miércoles, 23 de mayo de 2012

Rutas turísticas: ATIENZA Y EL ROMÁNICO RURAL ( I )


    Hoy vamos a viajar por caminos norteños. Es posible que  no sean  muchas  más las rutas por la provincia de  Guadalajara  con mayor  consenso que la que en este instante vamos a emprender. Pongámonos en marcha. Volveremos tarde. El paseo de sol a sol por las sierras atencinas, seguro que merecerá la pena.

     Al  pueblo de Hiendelaencina le llaman los  colindantes,  y también  sus  propios vecinos, Las Minas. La razón es  por  demás sabida,  puesto  que durante muchas décadas se  extrajo  de  allí plata  en abundancia y de excelente calidad, cosa que casi  todos sabemos.  En los campos de Hiendelaencina centellean las  piedras grises cuando el sol las mira de frente: es la plata. Se trata de un  pueblo  antiguo; hay constancia de que en  plena  Edad  Media tomaba parte del Común de tierras de Atienza. Por su situación es pueblo  serrano,  de elegante trazado urbanístico  y,  de  alguna manera, capitalidad de aquella comarca por la que, en buena  ley, se  encuentra la puerta principal por la que debe entrarse  a  la Sierra de Atienza.
     Desde 1972, en que don Bienvenido Larriba, sacerdote titu­lar de su parroquia, la puso en funciones a título de prueba (más con buena voluntad que con medios para pensar en remotos éxitos), se  viene  celebrando  con progresiva aceptación  la  ya  popular Pasión  Viviente, en la mañana del Viernes Santo. Representación escénica de los principales misterios de la Pasión de Cristo,  en la que intervienen como actores los propios vecinos del pueblo, y como escenario las calles y un escogido altillo del arrabal. Acto singular, trasplantado de otras regiones españolas en donde ya es tradición de siglos, que ha conseguido carta  de  naturaleza  y nombre  propio, tras la experiencia de cuatro décadas de  represen­tación.



A T I E N Z A

     Acabamos de entrar en Atienza por caminos serranos.  Atien­za,  en  el corto espacio de un quinquenio, se ha  convertido  en centro  de  interés para los visitantes, en  villa  estrella  del turismo. Motivos los tiene más que sobrados, ya lo creo, pero lo importante  es  que  a las gentes de Madrid  y de  Guadalajara, sobre  todo, les ha dado por visitar Atienza, y ello no  deja  de ser en cualquier caso una buena noticia, no sólo para los  conta­dos pobladores de la Villa Realenga, que bien se lo merecen, sino para todos nosotros.

     Pretendo con este breve trabajo acerca de aquellas  tierras de  la eterna Castilla, darte un empujón, amigo lector, para  que conozcas Atienza y por extensión toda su comarca; para que  com­pruebes por ti mismo, sobre el severo empedrado de sus calles  en cuesta,  el  latido arrítmico de la vida medieval;  para  que  te sacies  de  arte hallado casualmente en el sitio mismo  en  donde debe de estar; para que vivas, si ello te es posible, una jornada repleta de impresiones agradables, de visiones nada comunes,  con el aliciente en garantía de una naturaleza limpia y transparente, con  olor a campo. Andarás, ya te lo advierto, por encima de  los mil  doscientos metros de altitud sobre el nivel del mar, lo  que tampoco  deja de tener su encanto y su repercusión  favorable  en las temperaturas, sobre todo estivales. Te dejo en las puertas de Atienza.  Te encuentras a ochenta kilómetros, más o menos, de  la capital  y  a ciento treinta, aproximadamente, de Madrid.  En  la lejanía, allá por el poniente, todavía se vislumbran las  últimas vedijas de nieve sobre las crestas de Somosierra.  Aquí,  sobre nosotros,  el  castillo roqueño contrastando con  los  tules  del cielo castellano, siempre en solemne avanzadilla por las  tierras que cabalgó el Cid.

     Atienza se llamó Tithia en tiempos muy remotos, allá cuando nuestros  abuelos de la Celtiberia se batieron  bravamente,  pero inútilmente, por impedir a precio de sus vidas la ola  dominadora de las legiones romanas. El nombre de Atienza, o Atiença, que tal nos da, le vendría más tarde, quizá por derivación del  anterior, pero ya en vísperas de la conquista musulmana. Los moros la des­truyeron  una  vez y ellos mismos la levantaron de nuevo. Tres Alfonsos  consecutivos, el sexto, el séptimo y el octavo se  en­cargaron  de  incorporarla al reino de Castilla, de  colmarla  de privilegios  y de rodearla de murallas, pasando a ser su sino,  a partir  de entonces, el de la decadencia paulatina, con  períodos de mayor o de menor brillantez. Hoy, con la fuerza rediviva de un heraldo burlador de siglos y de civilizaciones, Atienza  ‑piedra, viento y poco más‑ se recrea sobre sí misma mostrando al visitan­te o al estudioso la gloria enmudecida de unos tiempos muy  leja­nos y muy presentes a la vez.

     El  histórico  caserío a que dio lugar la vieja  Tithia  se alza,  al llegar ante los ojos del viajero, asentado a la  salida del  sol  en la falda de un montículo que corona su  castillo  en ruinas. Atienza, así tal cual se le ve, amarrada a la roca, es de algún modo la imagen más exacta de lo perdurable, de lo incorrup­tible, de lo eterno. El soplo huracanado de los vientos y de  los siglos  se  estrella en Atienza contra las aristas  de  la  peña, dejando  a la postre todas las cosas como están, lo mismo que  lo estuvieron  siempre,  tal y como si el tiempo para  nada  hubiese contado en su vida. Ese, y no otro, es sobre todos los demás  que posee, su principal encanto.



     LAS SIETE IGLESIAS DE ATIENZA

     El conjunto urbanístico e histórico que supone en su tota­lidad la villa, en donde todo resulta aprovechable, como muy bien nos  será  fácil comprobar una vez allí, se carga de  interés  al visitar  cada una de las siete iglesias que tiene Atienza.  Siete sí, esas son, aunque hubo un tiempo en el que todavía fueron más: hasta doce. La más antigua de todas las que aún existen es la que se  dedica a la Virgen del Val, situada en el fondo de  un  valle que  hay  a extramuros de la villa. Para bajar  a  esta  iglesia, bordeamos  muy  de  cerca la llamada Puerta de la  Salida  en  la muralla,  por donde cuenta la tradición que los arrieros  sacaron al  rey niño Alfonso VIII en la madrugada de marras,  asunto  que trataremos  más adelante. Sobre la piedra vieja de la Virgen  del Val  se hace referencia escrita al año 1147, como fecha  probable del  remate  de las obras. Llama la atención en ella  la  curiosa portada  románica,  en la que diez frailecillos  de  largo  sayal retuercen sus cuerpos, como si de saltimbanquis de circo se tra­tase, alrededor del cilindro de caliza que da forma a la  archi­volta  que tiene en el centro. Una curiosa escena de la "Huida  a Egipto", románica también, luce sus particulares y desproporcio­nados  relieves  por encima de la piedra clave, a la  sombra  del alero que hay sobre la fachada. Salvo estos detalles valiosos que se apuntan, el resto de la iglesia del Val es obra del siglo  XVI con aditamentos posteriores.  

     El  rey  Alfonso VIII de Castilla ordenó  ‑por  razones  de gratitud con el pueblo atencino, de las que en su momento habla­remos‑ la construcción de varias iglesias románicas más según  el estilo de moda. Varias de ellas han desaparecido, y otras se  han ido  reconstruyendo de nueva planta, como así parece que se  hizo con  la actual parroquia de San Juan en la Plaza del  Trigo;  sin embargo  son  bellas muestras las que todavía quedan, tal  es  el caso  de  la de San Bartolomé, la que más a mano nos  coge  según volvemos de la iglesia del Val, que guarda íntegro su atrio por­ticado del siglo XIII, si bien, el resto se corresponde con  re­construcciones  más  tardías y lujosos  ornamentos  barrocos,  de entre  los que es obligado señalar el retablo mayor,  con  buenas pinturas de la escuela madrileña del siglo XVII, y sobre todo  el de la capilla lateral dedicada al Cristo de Atienza, con excelen­tes dorados  y formas cargadísimas, en cuya hornacina central  se luce  la  escena del Descendimiento, talla  policroma  con  siete siglos  de antigüedad, en la que aparecen las figuras de José  de Arimatea,  San Juan y Santa María Virgen, contemplando el  cuerpo muerto de Cristo que pende de la Cruz con la mano derecha descla­vada. La imagen cuenta desde tiempo inmemorial con el fervor sin condiciones de los atencinos, si bien en lo artístico, aunque  su valor  sea  incalculable,  es tan sólo uno de  los  tres  Cristos famosos que tiene Atienza.


     La  iglesia de Santa María del Rey alza su esbelto  torreón en la falda poniente del Cerro del Castillo. Este templo data del siglo  XII,  y  se debió levantar por mandato  expreso  del  rey Alfonso I de Aragón. Sólo quedan de su primera época dos  porta­das  románicas:  la del norte que en la actualidad  se  encuentra tabicada, y la que mira hacia el mediodía como fondo al cemente­rio  de la villa. Compone esta bellísima portada sur  una  bocina con  siete  archivoltas,  cubierta por  infinidad  de  figurillas talladas  en la piedra, donde se ven apóstoles,  ángeles alados, campesinos, monjes, grupos informes de bienaventurados,  encapu­chados  anónimos  con traje talar, y otros relieves de  no  fácil interpretación que muy bien pudieran referirse a la  resurrección de  los muertos o al Juicio Final. Se dice que una  galería  sub­terránea comunicaba el castillo con el presbiterio de la  iglesia de  Santa María del Rey, por la que solía descender a  diario  el obispo de Badajoz, don Alonso Manríquez, prisionero en la  forta­leza a la sazón, para decir misa.

     Una  de  las iglesias menores de Atienza está  dedicada  al Salvador.  Se  encuentra  situada en extramuros, al  pie  de  las murallas  en lo que fuera el antiguo arrabal  de  Puertacaballos, entre las de Santa María del Rey y la de la Trinidad. En la  ac­tualidad  pertenece  a particulares. Un agujero como de  tiro  de cañón  abierto  en la muralla, según se sube hacia  el  Castillo, permite  contemplar en impresionante visión cenital la torre  del Salvador con antepechos de piedra, chata, de cielo raso, impeca­ble  después de la restauración a que fue sometida en la  tercera década  del siglo XIX como consecuencia del incendio  que  sufrió durante la guerra de la Independencia.

     En la iglesia de La Trinidad, no lejos de las dos anterio­res y de regreso al pueblo, se celebran todavía con cierta  fre­cuencia los actos de culto, aunque en realidad no se trate de  la verdadera parroquia de Atienza. Ya hace tiempo que dejó de  serlo como consecuencia de las fuertes emigraciones habidas. La  igle­sia  de  La Trinidad se encuentra situada en la  parte  alta  del pueblo,  al sur del Castillo.Posee un magnífico  ábside  románico del siglo XII, con ventanales rasgados y capiteles de interesante ornamentación  sobre columnas laterales de Matías de  Torres.  La capilla  rococó de la Purísima ‑regalo al parecer de Felipe V‑  y la conocida imagen gótica del Cristo de los Cuatro Clavos,  talla simpar del siglo XIV, completan con otros muchos detalles más  de enorme valor artístico la iglesia de la Trinidad, una de las  más interesantes de Atienza.

     La  iglesia  de San Juan del Mercado, fachada norte  de  la Plaza del Trigo y flanqueada por el famoso Arco de  Arrebatacapas en  la  muralla, es la verdadera y la única parroquia  que  ahora tiene  la  villa. Su interior está delimitado por  tres  naves  y cinco  tramos entre columnas. El retablo mayor  es  sencillamente grandioso,  de cargadas formas barrocas del siglo XVII  ajustadas al marco del ábside y al remate de la bóveda. Merecen en él men­ción especial los lienzos de Alonso del Arco que lo adornan  en­cuadrados por columnas salomónicas: "El Bautismo de Cristo",  "La lapidación de San Esteban", "San Martín y el pobre", y otros  más que convierten en auténtico joyel esta obra maestra de los enta­lladores Madrigal y Castillo, con dorados de Agustín Vázquez.  De la rica imaginería de San Juan del Mercado destaca el Cristo  del Perdón,  de Luis Salvador Carmona, idéntico a los otros  dos  del imaginero navarrés que se veneran en San Ildefonso y en el  con­vento de Agustinas de Nava del Rey, su pueblo natal. La  gravedad y el solemne patetismo de estos Cristos de Carmona (Luis  Salva­dor,  no  conviene confundirse con otros de  la  misma  familia), todos  iguales, todos con la rodilla izquierda apoyada sobre  una bola  del mundo, todos con los brazos entreabiertos, son  de  una profundidad  ascética  imposible  de superar en el  arte  de  la imaginería. (Continuará)

(Las fotografías corresponden al Arco de Arrebatacapas, a la Pasión viviente de Hiendelaencina,a una típica calle de Atienza, y a la iglesia románica de San Bartolomé)

martes, 15 de mayo de 2012

Rutas turísticas: POR TIERRAS DEL JARAMA Y LA CAMPIÑA (III)


  
   COGOLLUDO
 
 
     Cogolludo, lo dice su nombre, es palabra que se deriva de cogollo.  Las casas de Cogolludo se presentan arracimadas, haciendo escalón como un cogollo apretado de viejos edificios que termina  con  las torres de San Pedro y de Santa María,  aún  por debajo del altozano final sobre el que se sostienen las ruinas de su castillo.
     Es  cierto  que la villa de Cogolludo no  está  situada  de lleno en tierras de la Campiña. Tampoco en las sierras del Ocejón o  del  Alto Rey propiamente dichas, si bien es posible  que, en justa proporción, participe de las ventajas y de los inconvenien­tes de una y de otra comarca.
     Los campos que rodean a Cogolludo son por lo general cali­zos,  de escasas pretensiones para el trabajo agrícola, donde  la gente  supervive  desde antiguo sin escatimar  sudores,  haciendo frente a los devaneos de la vida a fuerza de trabajo. Los  fondos de las vegas, sin embargo, suelen ser a menudo generosos, y,  con eso  y  poco  más, los labradores  tienen  por  costumbre  salir adelante.
     Si  hacemos  caso de lo que de ella nos dice  la  Historia, habremos  de hablar de Cogolludo como de una ciudad antiquísima. En sus inmediaciones se han encontrado restos abundantes de épo­cas de la vida del hombre anteriores a la Historia. En plena Edad Media, ya en el año de 1085, pasó a pertenecer a los  reyes  de Castilla  como cabecera de su propio alfoz. El rey  Alfonso  VIII hace donación del lugar y de sus tierras a la Orden de  Calatrava en 1176, a cambio de efectivos humanos para la reconquista de la ciudad de Cuenca que llevaría a cabo el año  siguiente.  En  el siglo XV, tras muchas vicisitudes habidas en torno a la villa y a sus pertenencias, Cogolludo pasa a ser posesión del primer duque de  Medinaceli, don Luis de la Cerda, quedando, hasta la aboli­ción de los señoríos en el siglo XIX, como propiedad de la  fami­lia. En tiempos de la invasión napoleónica, los soldados france­ses destruyeron una buena parte del caserío, habiendo servido en varias ocasiones como cuartel general de El Empecinado.
     Son  famosos, dentro de la rica gastronomía de Cogolludo  y de  sus pueblos vecinos, los asados de cabrito y de cordero.  Por estas  tierras  anduvo ‑sea cierto o no el origen  alcarreño  del glorioso almirante‑ el propio Cristóbal Colón en persona, comien­do  cabrito asado en Arbancón. La tradición así lo cuenta, y  con ese mismo rigor se queda escrito.
     La villa de Cogolludo tiene una magnífica Plaza Mayor ro­deada de soportales, amplísima, diseñada  seguramente  por  los duques  de  Medinaceli en el siglo XV, cuando  se  dispusieron  a iniciar  las  obras del palacio que, desde  entonces,  habría  de presidirla.  El palacio es, por sí solo, una de las piezas clave del  Renacimiento español todavía incipiente. La ornamentación  y el  buen  gusto prevalecen sobre lo que hubiera podido  tener  de fortaleza,  según costumbre al uso en períodos  precedentes  para este tipo de edificios civiles.
     Se  tiene por muy probable que fuera el arquitecto  Lorenzo Vázquez el autor del proyecto y el director de las obras, hombre muy vinculado a las construcciones mendocinas. El palacio tiene una fachada rectangular, alargada, uniforme, toda ella  revestida de sillería almohadillada con dos cuerpos separados por una larga imposta. El cuerpo inferior acoge en el centro del  edificio  la portada  de acceso. En el superior se alinean seis ventanales  en ajimez, todos iguales, enmarcados por adornos y emblemas que  van partiendo  en  mitad sendas columnillas  con  inequívoca  chispa palaciega.  Entre la admirable ornamentación de la portada: co­lumnas cubiertas de relieves, rosetas y cornucopias, candeleros y escudos  de familias, etc., aparecen como rareza exclusiva  tres majorcas  de maíz, elemento vegetal hasta  entonces  desconocido, que se ha llegado a interpretar como símbolo de la  participación personal del duque de Medinaceli en la empresa americana de Cris­tobal  Colón, quien, parece ser, que en uno de sus viajes de  re­greso desde el Nuevo Mundo, trajo, entre otros productos,  autóc­tonos, la tal especie, a fin de enraizarla en tierras españolas, como  así fue. Un soberbio escudo familiar de los  duques  ense­ñorea  desde  lo alto de la portada a todo el  edificio. Se ve recogido a  manera de enorme medallón dentro de una  corona  de laurel. El conjunto de la fachada concluye con un pretil  calado, al que van recorriendo, en toda su longitud, escudos  nobiliarios y un curioso crestón de candeleros o alfiles de ajedrez.
     Dentro  del  palacio de Cogolludo quedan las columnas que entornan su patio renacentista. Uno de los salones en  el  piso alto luce todavía una artística chimenea de escayola decorada con formas góticas y mudéjares, en el centro de las cuales destaca el escudo familiar de Medinaceli, sostenido por una pareja de sera­fines.
     La iglesia parroquial de Santa María es renacentista en  el tiempo,  y gótica por su estructura y ornamentación. Componen  el interior tres naves separadas por columnas de sillería, formando otras tantas bóvedas, en las que el capricho de las nervaduras se extiende  por toda la superficie en un incomparable laberinto de dibujos y de formas geométricas, que ponen de manifiesto su clara inspiración ojival. En una de las naves laterales se lució  hasta hace poco, como fondo, un lienzo de Ribera conocido popularmente como "El Capón de Palacio", aunque, en realidad, la escena que en él se representa no es otra que la de "Cristo despojado de sus vestiduras". Por motivos de seguridad se conserva de forma provisional en Sigüenza, a fin de evitar en lo posible  un segundo robo de la tela, como ya ocurriera en una noche  invernal de 1987, desgraciada para Cogolludo y para toda la provincia, en la  que  el famoso lienzo desapareció de la  iglesia sin  dejar rastro, siendo recuperado meses más tarde de forma inesperada, y devuelto a su lugar de origen. El pueblo ‑no  era  para  menos‑ recibió su famoso cuadro con repique de campanas y grandes  mues­tras de júbilo colectivo.
     Aparte de las ruinas del castillo sobre el cerro que  lleva su  nombre, y de los dos conventos  ya  inexistentes  de  San Francisco  y  de Carmelitas, conviene hacer  referencia  final, cuando  menos,  a la iglesia de San Pedro,  con  esbelto  torreón junto a la parroquial de Santa María, sin más de particular en su interior  que unas cuantas laudas sepulcrales, perdidas entre  el polvo y el olvido.
     Estamos ya muy cerca de concluir la apretada ruta del  día. De regreso hacia la capital, las tierras  del Henares se  dilatan a  contraluz. Una pareja de cigüeñas mantienen fija  su  silueta sobre la torre en la iglesia del pueblo. El cielo, en los atarde­ceres de estío por estos llanos campiñeses, siempre lleva consigo un ligero tinte añil con algo de escarlata. Estamos en Humanes.
     Humanes  de  Mohernando,  o simplemente  Humanes,  es  por tradición y quizá por merecimiento, la capitalidad de la  comar­ca.  Fue, agarrándonos a su historia, cabecera de  condado  desde los  tiempos del rey Felipe IV, quien le otorgó tal título en  la persona  de su gentilhombre don Francisco de Eraso,  miembro  de una  linajuda familia, titular de la ya existente  encomienda  de Mohernando. A mediados de septiembre celebra la villa  importan­tes  festejos patronales en honor de la Virgen de Peñahora,  cuya ermita  e imagen se encuentran en las inmediaciones  del  pueblo, muy cerca de la conjunción de los ríos Sorbe y Henares. En tardes apacibles de discreta brisa por las alturas, es fácil  contemplar desde  Humanes y desde sus aledaños el atrayente  espectáculo de ver volar a los hombres‑pájaro, que sin necesidad de  motor,  y sólo  a merced de las corrientes de aire, navegan en  el  espacio sobre  su ala delta en torno al cerro de La Muela, al  otro  lado del río en la vecina localidad de Alarilla; un deporte atrevido y espectacular,  que  tiene como segundo pago el  poder  contemplar desde la altura, a vuelo de águila, el panorama siempre  singular de la vega media del Henares.

martes, 8 de mayo de 2012

Rutas turísticas: POR TIERRAS DEL JARAMA Y LA CAMPIÑA ( I I )


     Desde Uceda vamos a volver sobre lo andado, siguiendo con­tra  corriente las vegas del Jarama. Las distancias, con  fortuna para quienes han de viajar por aquí con frecuencia, no son  lar­gas, y sí que resulta atrayente y novedoso el espectáculo  visual que vamos dejando entre pueblo y pueblo. Durante un largo  trecho será protagonista el paisaje.

     El Cubillo nos queda ahora a la derecha de la carretera,  y algo  más adelante, pero a nuestra izquierda, Casas de Uceda,  el pueblo que alza sobre el llano la mole monumental de su  iglesia. Algo más adelante se informa en un cruce de caminos que Cogolludo queda a 31 kilómetros si seguimos en la misma dirección, que a la izquierda por la carretera serrana se va al Pontón de la Oliva, y que al mediodía, al remate de una recta de dos o tres kilómetros, está Villaseca. Vamos a tomar el ramal que parte hacia las  sie­rras del norte. La carretera es más estrecha, pero aceptable y en buen estado. El paisaje se compone de campos de cultivo,  algunos oterillos baldíos, y como vegetación arbórea más frecuente se  da la  encina,  el chaparrillo y las sabinas; más  adelante  se  ven también  nogueras. A medida que el camino se introduce  hacia  la sierra,  los campos se van tornando ásperos  paulatinamente,  las jaras  ocupan  su sitio sobre los descampados y  las  laderas  en donde es la maleza la que manda. Varios cuarteles de labor ocupan en  buena parte la hondonada del Valle del Jarama. El  río  corre manso  por debajo del puente. Ahora se nos brindan  dos  opciones interesantes: conocer Valdepeñas de la Sierra y conocer Tortuero, dos  lugares serranos tan próximos como  diferentes.  Conoceremos los dos con riguroso orden, comenzando por el que queda más cer­ca, es decir, por Valdepeñas.

     Una vez situados en el ramal que sube hasta Valdepeñas,  el pueblo se deja ver muy pronto, encrestado al final de un  fecundo vallejo de mies. La temperatura ambiente al subir a Valdepeñas se nota que desciende. El pueblo tiene todo el aspecto de una resi­dencia  veraniega,  mimado por los que vienen de la  capital  los fines  de  semana. Sobre la hilera de edificios que  miran  a  la solana  destaca el robusto torreón de la iglesia del pueblo,  con triple  vano  en la cara sur por la que mira al  barranco  de  la Fuente del Cubillo. La iglesia de Valdepeñas de la Sierra es  uno de  los contados ejemplos del arte protogótico que  la  provincia tiene para ofrecer en toda su longitud y anchura; en ella hay una voluminosa pila bautismal, en piedra repujada, que es pareja  en antigüedad y en estilo con el propio templo.
     Cuando se han recorrido los primeros metros por la carrete­ra que baja hasta Tortuero, uno se da cuenta de que pisa  tierras anónimas, si no desconocidas por lo menos muy poco frecuentadas, lo  que en cualquier caso supone una tremenda equivocación;  pues estas  primeras  estribaciones de Somosierra, agrestes  y  crudas como cualquier tierra alpina que se precie, resultan de una  be­lleza  fuera  de lo habitual, muy próximas a  la  metrópoli,  por cierto,  circunstancia  que algunos madrileños conocen  y  saben aprovechar en sus horas de asueto.

     Tortuero,  muy  al  contrario que  su  vecino  Valdepeñas, aparece medio arracimado en el fondo de una hoya por la que  pasa el  río Concha, afluente del Jarama con el que se unirá poco  más abajo. Desde la primera curva de la carretera que nos aboca en el barranco  se divisa la iglesia con su grupo de casas ocre que  la rodean; el cerro Campillo y el de la Cresta cierran la decoración de  manera  completa. Al otro lado del pueblo uno se  imagina  la chorrera  de  agua espumosa en  donde se despeña  el  arroyo,  un puente antiquísimo de piedra oscura por el que los campesinos  y pastores  de Tortuero regresaban al son de campana en cada  ano­checida, mientras que a nuestros pies, cuatro muros de argamasa y lajas de pizarra enmarcan tres cipreses afilados y otras  cuantas crucecillas de madera que florecen en medio de yerbas  silvestres y de flores de lis; es el cementerio. La primera sensación  jus­tifica cumplidamente una visita a Tortuero. Luego, metidos en las calles del pueblo, uno se encuentra con el consabido espectáculo de  la despoblación que amenaza con acabar con todo. Las  huertas de  tierra mullida, entre el pueblo y el arroyo, han  sido  desde antiguo  la  despensa común de los lugareños, ahora  en  vías  de inminente  desaparición,  si las formas de vivir  no  cambian  de rumbo.

     Dejaremos  aquí estas tierras para cruzar la  vertiente  en busca  de  otros  motivos  de interés.  Todavía  quedan  en  las proximidades de donde ahora estamos lugares que podrían  merecer la pena, siempre al hilo de estos que acabamos de ver, en los que la Naturaleza es dueña absoluta de hombres y de haciendas,  donde las  viejas  formas de desenvolverse van unidas  al  mandato  que desde antiguo les impuso el entorno. Seguro que alargar el viaje, si  acaso queda tiempo, hasta Valdesotos o hasta Alpedrete de  la Sierra, nunca será tiempo perdido.
 

POR LAS SIERRAS DE ALLENDE EL JARAMA

     La distancia en kilómetros que separa  a Tortuero de Puebla de  Valles es relativamente corta; por medio, las corrientes  se­rranas del Jarama, la estrecha franja de su cuenca y nada más. No obstante,  las  pésimas comunicaciones en tan  corto  espacio  de tierra, nos colocan al llegar a Puebla en un mundo diferente.

     Puebla de Valles, lo mismo que Tortuero, es otro de nuestro pequeños paraísos anónimos; un mar de calma hundido en la  ladera y  en los bajos de un barranco, que invita a contemplarlo  a  di­stancia antes de decidirse a bajar hasta él. La carretera  brinda desde  los altos una gratificante visión de este pequeño  munici­pio,  casi deshabitado. Desde el augusto mirador del camino,  uno se da cuenta en seguida de que se trata de un pueblo con  cober­tura  parda,  de iglesia esbelta colocada a  propio  intento  por encima del ramaje de una alameda, de pintoresca estampa que ador­na, como en los cuadros de los impresionistas franceses, el  seco barandal  de  un puente sobre el arroyo. Todo ello,  ocupando  la solana de un cerro que se corona con las tronqueras retorcidas de viejos  olivos. En el pueblo interesa la iglesia  parroquial,  en mal  estado;  se cubre el muro absidal con  un  sencillo  retablo neoclásico, en donde se ven pintadas figuras de obispos y escenas de  la  Pasión y Muerte de Nuestro Señor; sobre el suelo,  a  los pies  del altar mayor, hay nueve lápidas mortuorias con  sus  co­rrespondientes epitafios, que cubren los restos mortales de  hon­rados  caballeros del siglo XVII, prohombres, cabe  imaginar,  de aquellos valles, dueños quizá de honores sin cuento, de  personas y de haciendas hará cuatro centurias.


     Luego  Retiendas. El pueblo de Retiendas cae más al  norte, desviado a la izquierda según se avanza por la carretera que sube hasta  Tamajón. Retiendas une a su particular encanto  de  pueblo serrano,  acogedor y pintoresco, el contar en su término ‑sólo  a dos kilómetros de las últimas casas‑ las ruinas venerables de  un famoso cenobio medieval, levantado en aquel rincón ribereño  allá por los años finales del siglo XII. Se trata del monasterio cis­terciense de Bonaval. Tuvo monjes, naturalmente, esta joya aban­donada  y  maltrecha del tardorrománico castellano.  Vinieron  de Palencia hasta él en el año 1170 los frailes del Cister, bajo  la obediencia  a  un tal don Nuño, que fue su primer  abad;  y  allí permanecieron durante muchos años, hasta 1821 en que lo tuvieron que abandonar definitivamente. Tanto el paraje en donde se  halla como  las  ruinas en sí del monasterio, son un recogido  coso  de sosiego,  de  evocaciones  lejanas para quien  goce  de  corazón sensible,  de calma  hasta el extremo, de paz, de mucha paz.  En las  húmedas  praderas de Bonaval se conjugan, al abrigo  de  los hoscos cerros de su cercanía, las formas románicas de los capite­les  y  las corrientes del arroyo, en un  juego  entretenido  que vislumbran por doquier los álamos y las nogueras, el jaral y  las delicadas varillas del brezo. Los turistas de ocasión, que acuden por  aquí atraídos por la maravilla natural del rincón  en  donde reposa la piedra sillar del monasterio, acostumbran a no detener­se  bajo  los arcos apuntados que surgen en el  muro,  por  cuyas oquedades  se cuela el ramaje silvestre de las higueras y  tapiza la  yedra. El mecenas del viejo convento ‑ya hace años  de  ello‑ fue, según dice la Historia, el rey castellano Alfonso VIII.

     Tamajón es por estos lares  la capital de la Sierra, y  por añadidura  de todo el Macizo, al que volveremos más  adelante  en trabajo exclusivo y monográfico. Es muy probable que en la actual Tamajón estuviera la antigua Tamalla, refiriéndonos a los prime­ros siglos de nuestra era. Resulta de fe que en la antigüedad fue Tamajón  una ciudad importante. Existen en sus inmediaciones  las ruinas  de un convento de Franciscanos, fundado en 1592 por  doña María de Mendoza y de la Cerda,  y las de una importante  fábrica de  cristal  que estuvo produciendo vidrio de gran  estima  hasta mediados del siglo XIX. Se cuenta, que fue en esta llanura serra­na de Tamajón, donde el rey Felipe II pensó edificar en principio el célebre monasterio de San Lorenzo, que definitivamente  cons­truiría  en El Escorial de la sierra madrileña. También  aseguran sus  vecinos  que en el Arroyo de las Damas, que corre  junto  al pueblo,  se dieron en otros tiempos ‑dudo si históricos o de  le­yenda‑  las piedras preciosas. Fue célebre durante la  Independ­encia Española contra los franceses el "Cura de Tamajón",  Matías Vinuesa, famoso guerrillero que, el 4 de abril de 1821, fue saca­do violentamente de la cárcel  donde cumplía diez años de condena  por un grupo de liberales descontrolados y ávidos de sangre y de venganza, los cuales le asesinaron de inmediato y arrastraron después  su cuerpo por las calles de Madrid. El recién  instalado ayuntamiento  de la villa, permite hacernos idea de lo  que  pudo ser su viejo palacio de los Mendoza.


     Hoy es Tamajón un pueblo saneado y de impecable imagen. Los cerros  plomizos y los collados de su contorno lo  resguardan  de los  malos vientos, como quien preserva una joya del orín de  los tiempos. Sitio ideal para dedicarse a la profunda meditación,  al descanso y a la  contemplación en vivo de la naturaleza en su más pura y escueta desnudez.
     A  la salida de Tamajón por la carretera de la  sierra,  se alza  el robusto torreón de la parroquia. La primera iglesia  que tuvo  Tamajón fue románica, pero la actual, con  atrio  porticado incluso,  es  toda ella obra del siglo XVI. Más  allá  queda  la ermita patronal de Nuestra Señora de los Enebrales, desde la que se dominan las alturas más destacadas de la sierra con sus  pica­chos  oscuros y con sus aristas. Aquellas praderas mesetarias  de enebros y de abetos poco desarrollados, fueron  por  tradición sede de populosas romerías, a las que solían acudir devotos pro­cedentes de todas las aldehuelas del contorno. Es costumbre  que las  portonas de la ermita de Los Enebrales permanezcan  siempre abiertas  de par en par. Ahora impide la libre entrada  al  sacro recinto una reja de hierro; si bien, las puertas continúan abier­tas con arreglo a la costumbre. Son curiosas por allí las  formas que  suelen adoptar las piedras en los alrededores, pues las  hay haciendo  figura de arco, otras se doblan en  comedidas  curvas, otras, en fin, se contornean en farallones que la erosión consi­guió modelar con maneras caprichosas.
     A  las  sierras del poniente volveremos  después, en otro tiempo pero no demasiado tarde; allí tendremos ocasión de  vivir, en colaboración estrecha con los caprichos  paisajísticos  del Macizo,  la "aventura de los Pueblos Negros". De momento vamos  a regresar en buena hora hacia las veguillas de blancal que  regó, cuando  era más caudaloso, el arroyo Aliendre. Vamos a tomar  por sorpresa, zigzagueando por la carretera retorcida que baja de  la sierra,  la  histórica villa de Cogolludo, uno  de  los  antiguos cabeceras  de partido judicial, en donde habrá que detenerse  por un sinfín de razones que lo aconsejan. En el camino tenemos muy a mano  las aguas rugidoras del río Sorbe, que desciende a  trechos encajado  entre peñas; los pueblos escondidos de Muriel y  Arba­ncón, y, al final, Cogolludo, un clásico de la Geografía  Histó­rica de Guadalajara.

(Las fotos corresponden a una calle de Valdepeñas, al monastserior en ruinas de Bonaval, y a una plazuela de Tamajón)

sábado, 28 de abril de 2012

Rutas turísticas: POR TIERRAS DEL JARAMA Y LA CAMPIÑA ( I )


     La  Campiña del Henares, o simplemente La Campiña, es la comarca  menos extensa y más poblada, en proporción, de toda la provincia de Guadalajara. La excelente condición de sus  tierras de labor por una parte, y la bonanza de la climatología por otra, tienen la culpa. Para las gentes campesinas de más allá o de  más acá, que no gozan de los suscritos privilegios, tan  directamente implicados en el devenir agrícola del medio rural, la Campiña del Henares es, sobre todas las cosas, la comarca triguera por anto­nomasia,  una tierra rica y de mejor porvenir que las  demás. La razón, que posiblemente la hay, es más lógica que real, por  lo que bueno sería, llegado el caso, ajustar algunos matices.
     De lo que no hay duda es de que la comarca campiñesa, den­tro  del variopinto mantel de la provincia de Guadalajara, es  la tierra de la luz y de los equilibrios estables, la de los esplén­didos horizontes y los atardeceres limpios, en los que el  mismo sol  se  siente ruboroso en cada atardecida, y la  luna  tiñe  de plata todo lo que mira, como así se asegura en la fantástica historia de Alfanhuí, gestada por estas latitudes. Tierras  de lucido  cristal sobre campos de sudor, vigilada de lejos  durante ciertas temporadas del año por los firlachos de nieve que  cuel­gan de las sierras del norte. Uno, harto de pasear la Campiña  en cualquiera de los doce meses del año ‑perdona, amigo lector‑ no sabe definirla de otra manera.

     Los ambientes capitalinos se nos han ido quedando otra  vez atrás.  Pasado  el cauce, tantas veces guijarroso  y  seco,  del arroyo Torote, parece un contrasentido que en campos de mies, de oterillos baldíos y de olivar, aparentemente tan poco recomenda­bles para el asueto como éstos que ahora pisamos, se encuentre el foco de recreo más importante que por el momento conoce la  pro­vincia,  sin contar algún otro inmediato a la capital: me  estoy refiriendo a la urbanización que dicen "Parque de las dos Casti­llas".  Henos desde aquí a punto de entrar, en buena hora, a la villa de El Casar, al oeste de las tierras de Guadalajara, ya  en el  límite de las otras vecinas de Madrid. A la caída del  pueblo bajan mansas, por aquella otra parte, las aguas del Jarama, cor­tando en su mitad una vega fecunda.

     El Casar es un pueblo con raíz y corazón  latidores, un pueblo vivo. Cada 2 de febrero celebran en El Casar una fiesta la mar de original, atrevida, en la que, con aquello de la  costum­bre, se sacan a relucir públicamente desde el balcón del ayunta­miento, los defectos más sonoros  del  prójimo ‑exagerándolos, naturalmente‑, aun contando con los aludidos entre el auditorio. Eso  sí, siempre en verso. A la tal fiesta la llaman La Carta  de Candelas. Costumbre valiosa que cuenta, además, con una serie  de actos  religiosos  y callejeros de gran  interés.  Insólito,  así mismo, en este lugar de la Campiña, es el Calvario del siglo  XVI que tienen en las afueras, y que por su situación sirve de mira­dor sobre las vegas del Jarama. se trata de un recinto de ladri­llo, cerrado y enrejado, pero descubierto a los antojos de la climatología. tres imágenes componen el Calvario: la de Cristo en la Cruz y la de los dos ladrones del Gólgota, uno a su derecha  y otro a su izquierda. El correr de los siglos no ha hecho demasia­da  huella  en las imágenes de piedra, si  bien,  les  favoreció mucho  una reciente restauración. Según consta escrito  sobre  la cruz de Cristo, se levantó en el año 1648, a costa y  pago  del bachiller Diego López, canónigo de Santa María  de  Arvas  y presbítero de la villa de El Casar. Refugio  incomparable de sosiegos  ante la grandeza simpar del Valle del Jarama, mientras nos  van refrescando la piel lentamente, imperceptiblemente,  los vientos norteños de la Cebollera y de Somosierra.

     Cerca  de El Casar asienta, en el fondo de un  vallejo,  el lugar de Valdenuño Fernández, más conocido por su fiesta anual del Niño Perdido, que con extraordinaria algarabía celebra  desde  tiempo inmemorial el domingo siguiente a la festividad de Reyes. Durante la fiesta del Niño Perdido sale a la calle "la botarga", vestida con  un  traje irrisorio de colores chillones, cosido a  base  de remiendos  para  provocar la burla. El rostro de  la  botarga  va cubierto con una careta diablesca, muy propia para asustar a  los chiquillos que corren por delante guardando las distancias,  in­sultándole, y burlándose de ella con dichos como éste:

               Botarga la larga,
               la castañoleta,
               se mata los piojos
               con una escopeta

     El sujeto en cuestión que encarna la botarga, protagonista con los ocho danzantes y con el tamboril de la jornada festiva de Valdenuño, sacude al publico con unas pesadas  castañuelas, ha­ciéndolas sonar sobre la espalda de sus víctimas, o con la ca­chiporra de madera que lleva en la otra mano.

            En El Cubillo de Uceda hay una iglesia parroquial artísti­camente valiosa. La iglesia de El Cubillo conserva del primitivo templo que fue el ábside románico‑mudéjar de principios del siglo XIII, montado a base de ladrillo  adoptando rigurosamente, en la triple serie de ventanales cegados, las formas arquitectónicas de su tiempo. Todo lo demás en la excepcional iglesia de El Cubi­llo es obra del XVI ‑lo deja claro la fecha grabada que hay sobre el  dintel de uno de los ventanales que mira hacia el  mediodía‑, incluida la portada plateresca de escuela castellana que tiene al poniente, en la que aparece, ocupando la hornacina del  tímpano, una talla representado a San Miguel sobre relieves platerescos en el arquitrabe y friso que hay a sus pies. El porche, sobre  altas columnas  renacentistas, aporta un cierto señorío a  este  bello templo de la Campiña.
     Tierras  llanas, carreteras limpias, campos de arada, nos acercan en dirección noroeste a la villa de Uceda. El término municipal  de Uceda raya al poniente con la provincia de  Madrid. De  hecho,  todas las tierras bajas que se  vislumbran  desde el mirador de la Varga (Torremocha, Patones, Torrelaguna) al otro lado del cauce del Jarama, pertenecen a la Comunidad de Madrid.
     Los  retazos históricos de un reconocido interés, así  como las leyendas en torno a la villa de Uceda, hacen de éste un pue­blo  francamente  interesante. Se sabe que el rey Fernando I de Castilla en el año 1060, y Alfonso VI en el 1085, la  recuperaron del  poder musulmán, concediéndole un fuero propio como  cabecera de  un  extenso alfoz que ocupaba la mitad de la Campiña.  En  el  año  de  1575 fue vendida por el rey Felipe II al  caballero  don Diego Mejía de Avila y Ovando, a quien nombró conde de Uceda,  si bien,  los vecinos consiguieron su rescate y exención como  villa independiente dieciocho años más tarde. En su alcázar moruno, del que  apenas hoy si queda el recuerdo, estuvieron prisioneros  por diferentes motivos el Cardenal Cisneros y el Duque de Alba.


     Aún queda en la villa para dar mérito a su pasado el magní­fico ábside tardorrománico de la vieja iglesia de la Virgen de la Varga,  y la portada, con ocho archivoltas apuntadas que da  paso al  cementerio que ocupa sus ruinas. Es obra de la primera  mitad del siglo XIII, alzada a buen seguro por orden de los  arzobispos de Toledo, a la sazón señores de Uceda.
      Resulta impresionante por sus enormes proporciones la  ac­tual parroquia en pleno casco urbano. Lo mismo que la anterior en ruinas a la que nos acabamos de referir, está dedicada a la Vir­gen  de  la Varga. Las obras hasta su final, que  debieron  durar como poco un par de siglos, concluyeron en el año 1800, por di­sposición del Cardenal Lorenzana, a instancias de su cura  propio don Joaquín Alonso Carrera, según se lee en una lápida  que  hay sobre  el  muro del atrio. Cuenta esta iglesia de Uceda  con  una estupenda cruz procesional de plata repujada, hecha en los talle­res toledanos de un orfebre apellidado Abanda, allá por el  siglo XVI. Hasta el año 1835 tuvo el pueblo un convento de padres Fran­ciscanos del que nada queda.
     Para los habitantes de Uceda y de los lugares próximos,  es de fe que en tierras de su término  nació y vivió Santa María  de la  Cabeza, esposa de San Isidro Labrador el patrón de Madrid,  a la que tienen como copatrona y benefactora de la villa.

(En las fotografías: El Calvario de El Casar, el ábside románico de la iglesia de El Cubillo. y la antigua iglesia de la Virgen de la Varga en Uceda)