martes, 4 de junio de 2013

Rutas turísticas: EN LA RUTA DE LOS PANTANOS ( I I )

    

      OVILA Y TRILLO

     Cuando  se  deja Cifuentes y se toma con dirección  sur  la carretera que baja hasta Trillo, siguiendo el curso de las  aguas del arroyo Cifuentes, que no es sino el sobrante de la Fuente  de la  Balsa cifontina que escapa por aquí hasta encontrarse con  el río Tajo, siempre se llevan por mascota en el horizonte las Tetas de Viana. Las Tetas de Viana son dos cerros gemelos, acabados  en un altiplano con corona de piedra. Seguramente que son, por cuan­to  a paisaje se refiere, la principal nota de identificación  de las  tierras de la Alcarria. Los dos Gárgoles, el de Arriba y  el de Abajo, uno a la derecha y otro a la izquierda del camino,  nos salen al paso antes de llegar a Trillo. En Gárgoles de Arriba hay un   importante  yacimiento  romano  en  el  que  se   iniciaron excavaciones  con éxito; en Gárgoles de Abajo, las bodegas  sub­terráneas  abiertas  al pie de un otero, nos dan idea de  lo  que fueron  los  caldos alcarreños antes de que viniese  la  filoxera hace tres cuartos de siglo.
     Sin  entrar  en el pueblo de Trillo, pero sí a  sus  mismas puertas, nos desviaremos ─merece la pena─ por una pista en no muy buen estado que dará con nosotros en Ovila al cabo de unos cuan­tos minutos.
     El  monasterio  de Santa María de Ovila se construyó  a  la vera del Tajo, allá por el siglo XIII con la ayuda de los monar­cas  castellanos; si bien, su fundación en origen se debe al  rey Alfonso VIII, hacia el año 1181, y no exactamente en donde  ahora está, sino un poco más arriba de su definitivo emplazamiento.  Su desaparición,  en lamentables circunstancias, constituye  una  de las historias más tristes que ha vivido la Alcarria.

     El  monasterio de Ovila fue vendido por sus dueños en  1930 al  caprichoso y desaprensivo magnate estadounidense  W.R.Hearts, quien  inmediatamente  lo mandó desmontar, piedra a  piedra,  con intención  de reconstruirlo de nuevo en su rancho de San  Simeón, en  California. El venerable cenobio fue deshecho en  sus  partes más  nobles y más antiguas, pero no se volvió a  reconstruir,  ya que,  por falta de medios económicos suficientes para  acabar  la empresa, y debido a las circunstancias políticas del momento  ─no demasiado a su favor─, las piedras de Ovila hubieron de encontrar albergue definitivo , después de mil vicisitudes, cinco incendios y otros tantos cambios de lugar, en un almacén de San  Francisco, cuando no demolidas y amontonadas entre la hojarasca de un parque en la misma ciudad, añorando ─quién sabe si como la misma  Alca­rria─  aquellos siglos postreros de la Edad Media en  que  fueran gala  de Trillo y ornato simpar de las vegas altas del  Tajo.  Lo único  que  aún puede verse del vetusto  monasterio  son  algunos arcos descarnados del claustro, ruinas irremediables, y una  gi­miente  espadaña  como testigo de algo que jamás  debiera  haberse hecho.
     Las  torres  parejas de la central nuclear  nos  sirven  de norte para volver a Trillo. Bajo un enorme puente que une los dos barrios,  discurren mansas las aguas del Tajo. Arriba  el  pueblo viejo, empinado y albo sobre su peana de arenisca, oteando  desde las  bodegas  que hicieron los moros la moderna  estampa  de  las calles del río.
      Trillo  es un pueblo singularmente hermoso. En  Trillo  es siempre  protagonista el agua. Por una parte el remanso  del  río encajado  entre frondosas arboledas, y herrajes de  pasamanos,  y paseos  ajardinados, y galerías y miradores de la  pequeña  villa cosmopolita; por otra, el desagüe precipitado del arroyo Cifuen­tes que se despeña en cascadas estruendosas al sombraje  perpetuo de los barrancos, desprendiendo al caer una neblina húmeda por la que  se cuelan los pájaros que acuden a picotear en  las  plantas del  liquen  y de la yedra que sale entre las  peñas.  Trillo  es pueblo de callejuelas pinas y de plazuelas señoriales a pesar  de su urgente actualización urbanística, forzada, claro está, por el aumento  de la población con motivo de la puesta en funciones  de la central nuclear.
     En  Morillejo,  lugar relativamente próximo  a  Trillo,  se fabrica por procedimientos centenarios el aguardiente de orujo  y el  churú, en sus populares destilerías caseras. El churú que  se hace en Morillejo es un líquido dulzón, mezcla de mosto sin fer­mentar  y de aguardiente de la cosecha, según  fórmula  magistral que tan solo conocen los lugareños; divino elixir con el que,  en las  noches de plenilunio, después de hartos de miel hasta  decir basta, se embriagan en las mesas peñascosas de las Tetas de Viana los brujos de la Alcarria mientras los hombres duermen.
  
     CON EL AGUA A LOS PIES

     Desde  Trillo  bajamos a favor de corriente  en  busca  del embalse  de Entrepeñas. Se puede hacer por Azañón y Viana,  o  de nuevo por la carretera de Cifuentes hasta Durón. Las  condiciones del camino aconsejan la segunda posibilidad. En Durón es recomen­dable  conocer  su fuente neoclásica; y en Chillarón del  Rey  el magnífico  retablo  mayor de la parroquia, una  de  las  mejores muestras  de  la escuela de Churriguera que existen  en  todo  el país.

     Budia, aunque las distancias desde aquí siempre son cortas, viene  a caer un poco a trasmano, pero es  imprescindible  llegar hasta  él  si de veras se desea conocer lo más destacable  de  la comarca.  Budia se esconde entre las alamedas y se  resguarda  de los  vientos por sus cerros vigías. Es un pueblo  antiguo,  bello como pocos. En sus calles son frecuentes los rincones pintorescos que  trasladan  al  visitante con la  imaginación  cuatro  siglos atrás.  La Plaza Mayor es un recuerdo vivo de aquella época,  con el   edificio  consistorial  del  siglo  XVI,  pero   restaurado recientemente, como fondo. En la monumental iglesia de Budia  se guardan  los tesoros escultóricos más valiosos de toda  la  Alca­rria. Se trata de dos bustos en tamaño natural, de Pedro de Mena, que  representa  a La Dolorosa y  al  Ecce‑Homo  respectivamente, ambos procedentes de la cercana ermita patronal de Nuestra Señora del Peral. Son réplica de otros del mismo autor que se  conservan en las Descalzas Reales de Madrid. El altar mayor de la parroquia es  todo un joyel en plata repujada, resto de lo que fuera  antes de  su parcial saqueo y destrucción cuando la Guerra  Civil,  que había  sido  donado en siglos precedentes a su templo  común  por familias  hidalgas de la villa. Entre la rica gastronomía  de  la comarca destacan los bizcochos crispines, típico producto de  las fiestas de Budia. Por extramuros se levanta, restaurada  también, la famosa picota o rollo jurisdiccional de la villa.
     Luego Alocén y El Olivar, ambos con impresionantes mirado­res hacia las aguas del pantano. Más adelante, ya en la carretera de Cuenca, Sacedón, y poco antes Auñón, otra antigua villa alca­rreña  por la que sería un error para el viajero pasar sin  dete­nerse.
     Auñón  se presenta desde la carretera semicolgado sobre  el ribazo  pedregoso,  mostrando en lugar bien  visible  el  fornido corpachón  de la torre de su iglesia. Fue en la antigüedad  villa cabecera de encomienda de la Orden de Calatrava. Todavía se con­serva la Casa del Comendador entre las más añosas e  interesantes de  Auñón.  En el siglo XIX de la villa y de  todos  sus  títulos nobiliarios don Angel Saavedra, duque de Rivas, autor entre otras obras  de  su tiempo del famoso drama romántico Don Alvaro  o  la fuerza del sino. Dominando un paisaje hosco, pero bellísimo,  con el  inmenso  espejo de Entrepeñas siempre como fondo a  una  hora larga  de  camino a pie, se encuentra el  santuario  de  Nuestra Señora del Madroñal, celestial patrona de Auñón, cuya  primitiva imagen desaparecida en 1936, se consideró por tradición como una talla menuda debida al arte y al cincel del evangelista San  Lu­cas.

(Las fotografías nos muestran: un aspecto de las chorreras de Trillo, estado actual del monasterio de Óvila, y "La Dolorosa" de Pedro de Mena en la iglesia de Budia)

lunes, 3 de junio de 2013

Rutas turísticas: EN LA RUTA DE LOS PANTANOS ( I )



  
   A nuestros tres pantanos mesetarios por antonomasia: Entre­peñas,  Buendía y Bolarque, se les distinguió  por aquellos  años de  la  primera fiebre turística que vivimos los  españoles,  con nombres tan horteras y fuera de lugar como "El Mar de  Castilla", "La ruta de los lagos", "Los lagos de Castilla", y no sé si algún  apelativo  más por ese mismo estilo, tan  propios  de  una España  en convalecencia y no falta de buenos deseos por  hacerse notar.  La  cosa es que, con todo aquello, a la gente  de  tierra adentro le dio por venir a rueda de seiscientos durante los fines de semana, sobre todo desde la capital del Estado por aquello  de la  proximidad;  incluso  se empezaron a  levantar  los  primeros "clubs  náuticos",  los hotelitos de recreo en  la  árida  costa alcarreña;  se  pusieron de moda los pantaloncitos  cortos,  las camisetas porteñas, las lanchas motoras, las cañas de pescar  en edición  de  lujo y vaya usted a saber. Algunos  de  los  pueblos afectados por la venida de las aguas notaron un pronto beneficio; otros, no obstante, no se debieron enterar demasiado y se pusie­ron cuando llegó el momento a la cola de la doliente nómina de la emigración  como si tal cosa. Los olivos alcarreños comenzaron  a acusar  en  seguida los efectos del abandono, y las  riberas  del Tajo  y del Guadiela se cubrieron en cuestión de meses con  miles de  millones  de metros cúbicos de agua sobrante sus  campos.  La revolución  en las formas de vivir estaba servida; los  sueños  y proyectos de miles de paisanos parecían encarrilados por  sende­ros  de  prosperidad.  Como siempre ocurre  cuando  la  realidad palpable  se apoya en la ficción más que movediza, aquello  tocó fondo al cabo de los años; las aguas comenzaron a bajar de nivel, y las tierras ribereñas de estos embalses, para bien o para  mal, han  vuelto a colocar las cosas en su sitio; y ahí están,  retazo entrañable de nuestra geografía, complicadas y  provocadoramente hermosas  por  mérito propio como ahora veremos;  pasando  a  ser aquello de las aguas una circunstancia accidental, una  pesadilla en  noche de verano de las que nadie estamos exentos, que,  a  la larga,  ni dejó ni quitó apenas nada; tal vez dañara en parte  el paisaje tradicional de la Alcarria, pero qué le vamos a hacer.
     Hoy nos disponemos a caminar por aquellos lares de  nuestra provincia;  entrando  y saliendo, según convenga, en  la  castiza Ruta de los pantanos cuando el interés de las cosas así lo reco­miende.  Conviene  dejar claro antes de meterse  en  camino  que, apartando intencionadamente lo que en realidad no es por allí  la esencia de la Alcarria, nos encontramos en una de las zonas menos conocidas y más sorprendentes de la geografía guadalajareña. Casi todo al andar resultará para muchos novedoso, lo que convierte el camino en apacible y gratificador.


     CIFUENTES


     La villa de Cifuentes se recoge en el fondo de una  extensa hoya, con las torres del Salvador y de Santo Domingo como enseña, un  poco  a la sombra del viejo castillo de don Juan  Manuel.  En Cifuentes, como en tantos otros lugares de Castilla y de la pro­pia alcarria, se hace presente al volver de cada esquina el  peso de la Historia.
     Bueno  será  advertirte, querido lector, que  por  aquellos andurriales  alcarreños hicieron parada y fonda los romanos.  Así lo  dejan  de  manifiesto  las  excavaciones  sobre  una  ciudad desconocida cerca de Gargolillos. Nada sobre la historia de  Ci­fuentes se sabrá a partir de entonces en un montón de siglos.  Sí es seguro que el Rey Sabio convirtió a Cifuentes en Señorío,  con algunas tierras más de sus contornos, para ofrecerlo a doña Mayor Guillén  de  Guzmán, su amante, que de esa manera pasó a  ser  su primera señora. En el siglo XV, había pasado todo a ser  posesión del infante don Juan Manuel, el de las buenas letras y el carác­ter  turbulento, quien hacia 1324 puso en marcha la  construcción de  la fortaleza, cuyas ruinas todavía enseña Cifuentes,  con  su desgastado blasón junto a la puerta.
     Son muchos los grandes personajes que por una u otra  razón estuvieron relacionados con el Castillo, además del propio infan­te do Juan Manuel. De entre todos ellos merece referirse al  Con­destable  de Castilla, don Alvaro de Luna, que por concesión  ex­presa  del rey Juan II llegaría a ser Señor de Cifuentes;  y  don Fernando  de  Antequera,  que  esperó dentro  de  sus  muros  el desenlace  a  su favor del Compromiso de Caspe; y  doña  Ana  de Mendoza,  Princesa de Eboli, que nació allí y perdió siendo  niña el ojo derecho mientras jugaba inocentemente junto al solar  for­taleza de sus mayores.
     De  las  muchas  horas amargas que padeció  la  villa,  el Castillo fue testigo desde su atalaya del incendio a que la some­tió  Felipe V, por haberse situado al lado del Archiduque  cuando los  últimos  coletazos de la Guerra de  Sucesión;  del  incendio voraz que volverían a repetir los soldados franceses del  general Hugo,  al  abandonarla bajo la férrea presión  de  El  Empecinado cuando  la Independencia; y de los bombardeos, en fin, de 1936  a muchos  de sus monumentos que quedaron seriamente  dañados,  ha­biéndose podido recuperar en posteriores arreglos casi íntegra su primitiva  imagen, como es el caso de la oronda espadaña  barroca del convento de Santo Domingo.

     Cuando se va a Cifuentes son muchos los motivos de  interés que  pueden reclamar la atención del visitante al andar  por  sus calles.  Puestos  a  sacar  de entre  todos  ellos,  será  justo referirse  en  primer lugar a la portada  tardorrománica  de  la iglesia del Salvador, una de las más completas en este estilo  de las  que  pueden admirarse en la provincia y que son  muchas.  Se construyó  entre 1261 y 1268. Uno de los cuerpecillos  esculpidos que  adornan la última archivolta, representa al obispo  de  Si­güenza que por aquellos años ocupaba la sede: "ANDREAS EPS SEGUN­TINUS" se puede leer escrito sobre la carteleta que lo  identifi­ca.  La  portada, a la que llaman de Santiago, es  lo  único  que queda en pie de la primitiva iglesia románica cifontina, levanta­da,  cabe suponer, bajo el favor de su primera señora doña  Mayor en el siglo XIII.
     En  la misma plaza en la que está situada la  parroquia  de Cifuentes  queda  el ya referido convento de  Santo  Domingo,  de finales  del  siglo XVI, con el escudo sobre portada  del  obispo fray Pedro de Tapia, dominico, que ostentó la prelacía  seguntina desde 1645. En otra cara de la plazuela que dicen de la  Provin­cia,  se ofrecen los artísticos relieves de un  escudo  familiar, mayor en tamaño de lo que es habitual en esta clase de  emblemas. Un juego complicado de figuras en el que se cuentan leones  ram­pantes, ángeles alados, escalas, puentes, caretas y penachos, que sirven de exquisito ornamento a un palacete al que la gente cono­ce por Casa de los Gallos.
     Casi todas las fuentes, de las cien que dan nombre al pue­blo, nacen al pie del cerro del Castillo, concluyendo en un canal que  arrastra las aguas hacia la mayor de todas ellas: la  Fuente de  la Balsa. Nace a borbotones de una covacha que hay a  ras  de suelo  bajo  mínima arcada, en apariencia  románica,  cuyo  manar lleva  anejo  un enorme balsón cristalino por el  que,  en  algún tiempo, nadaron en libertad los pequeños alevines de la trucha  y algunos ejemplares adultos de buen tamaño.
     Desde Cifuentes, y antes de seguir caminando por la carre­tera  de  Trillo, merece la pena escaparse hacia  los  solitarios pueblecitos  de Ruguilla, de Sotoca, de Huetos y  de  Carrascosa; este último, rayano a la comarca serrana del alto Tajo,  sorpre­nde  al viajero no prevenido con el delicado joyel de su  iglesia casi  subterránea.  En Ruguilla se ciernen como  en  un  remolino todos los vientos de la Alcarria. Dicen ─sin que les falte razón, y  pienso que nadie se molestará por ello─ que en los  colmenares de  Ruguilla se corta la mejor miel de todas las Alcarrias;  también, yo añadiría que los paisajes más conmovedores se dan  allí, en rincones concretos de sus tierras cercanas: un adelanto a  los paraísos que vendrán más adelante al chocar con el Tajo.

(En las fotografías, todo Cifuentes: La Fuente de la Balsa; La Plaza Mayor desde la Barbacana, y Portada románica de la iglesia)


miércoles, 10 de abril de 2013

Rutas turísticas: LA CIUDAD DE GUADALAJARA (III)



           EL PANTEON DE LA VEGA DEL POZO
           
            Guadalajara tiene como distintivo, aparte de otros monumen­tos que ya conocemos, el famoso panteón cuya cúpula bizantina refulge a todos los soles, allá por el saliente, no lejos del conocido paraje de extramuros al que la gente conoce por la Fuen­te de la Niña. Se llega a él siguiendo hasta el final el Paseo de San Roque, y se distingue por su elegante empaque, por su línea exacta y, desde luego, por traslucir en la piedra el nombre de un laureado arquitecto del pasado siglo, el de su autor.
            Todo en la Fundación de la Vega del Pozo, incluso el Pan­teón, es consecuencia de la generosidad piadosa de una mujer rica, doña María Diega Desmaissieres y Sevillano, quien decidió emplear una buena parte de su hacienda en levantar una casa donde pudieran ser acogidos los ancianos pobres y otros marginados que, ya por aquellos años postreros del siglo XIX, deberían abundar en los barrios menos afortunados de la ciudad. De paso, la buena señora quiso prepararse su propio enterramiento con toda la sun­tuosidad que, en aquellos tiempos de gran imaginación arquitectó­nica, fuera capaz de dar el mundo del arte. El resultado queda ahí, palpable; un monumento único como centro de toda la obra benéfica de aquella mujer. El trazado y dirección de las obras se debe al arquitecto Velázquez Bosco, considerado como una de las primeras figuras en el arte de la construcción de finales del    pasado siglo, quien, dicho sea de paso, dejó en Guadalajara lo mejor de su obra.
            El edificio principal de la Fundación tiene una fachada de piedra caliza, lujosamente trabajada, con profusión de detalles neorrománicos muy de acuerdo con la galanura de los restantes edificios, como parte quizá más visible del conjunto entero. Dentro hay un artístico claustro cubriendo jardín, encuadrado por cuatro filas de arcos sobre columnas y capiteles que intentan actualizar lo más escogido del arte románico español ya existente en los viejos monasterios medievales. La iglesia guarda, por su parte, la línea general del mencionado estilo sólo por fuera, pues en el interior se desborda en adornos góticos y mudéjares, entre otros motivos más inspirados en la arquitectura renacentis­ta de Guadalajara.


            Pero estamos ahora fuera de la casa madre, en el vallado de las huertas de la Fundación. Como canto solemnísimo en piedra labrada milimétricamente, con asombrosa pulcritud, se levanta el soberbio monumento del Panteón. Hablábamos antes de la cúpula en media naranja que lo cubre, rematada por una corona ducal y una cruz de piedra. Por debajo, en cualquiera de sus caras distribui­das en forma de cruz, entran en juego todas las posibilidades ornamentales de las maneras al uso, de los estilos más variados y de todo cuanto los materiales inertes son capaces de dar cuando no se ponen obstáculos al sabio laborar de los picapedreros, es decir, la estampa de lo sublime prácticamente total. El estilo románico lombardo presenta, en este grandioso monumento guadala­jareño, una muestra verdaderamente antológica. En su interior, capilla y cripta, abundan los mármoles, los jaspes, los mosaicos, y todos aquellos recursos materiales capaces de aportar algo al embellecimiento del edificio. Tras el altar de la capilla hay un óleo sobre tabla, de moderna concepción, que representa la escena del Calvario; lo pintó Alejandro Ferrant con un fondo de oro viejo. El mausoleo de la fundadora propiamente dicho ocupa el centro de la cripta, subterráneo, justo por debajo de la capilla. Se trata de un conjunto escultórico funerario, según los cánones modernistas de primeros de siglo, verdaderamente encomiable. Para la ejecución empleó García Díaz, su benemérito escultor, el bronce y el mármol como materiales básicos.

                  
            GUADALAJARA, FIESTAS Y CELEBRACIONES

           
            Si alguna vez acuerdas, amigo lector, llegarte hasta Guada­lajara en la mañana del Corpus, tendrás ocasión de asistir como espectador al desfile que en el procesión multitudinaria del Santísimo hace realidad cada año, desde el siglo XVI, la cofradía de Los Apóstoles. Trece personajes, vestidos rigurosamente con los atuendos que debieron estar al uso en la Palestina de hace dos milenios, representan en esta procesión a la persona de Cristo y a las de sus doce apóstoles.
            El origen de esta piadosa asociación guadalajareña es im­preciso. Hay razones con cierto fundamento para pensar que a principios del siglo XVI, si no antes, ya se había instituido como tal. Un documento manuscrito del año 1625, aparecido en los archivos municipales, habla de una partida presupuestaria en aquel ejercicio destinada al "Cabildo de Los Apóstoles". Consta así mismo que con motivo de la invasión francesa de 1808 se sus­pendieron sus funciones, y luego de resurgir hubo de disolverse en algún otro momento, por prohibición expresa de los actos públicos de culto y de todo aquello que supusiera piedad popular, coincidiendo con determinadas épocas de la Historia Moderna. Pero la cofradía de Los Apóstoles está ahí, activa e ilusionada, lle­nando de interés cada año la procesión del Corpus Christi, desfi­lando con seriedad ejemplar y elegancia por las principales ca­lles de la ciudad, entre cientos de chiquillos de primera comu­nión al abrigo más que molesto de las túnicas y de las barbas postizas, sin volver la vista atrás ‑lo dicen las ordenanzas‑ a no ser que el cofrade prefiera pagar el importe de la multa esti­pulada para tal caso, circunstancia que, por respeto a la propia Cofradía, jamás suele darse. El personaje que encarna la figura de Jesús, cuenta con el privilegio de poder mirar hacia atrás, si lo cree necesario, hasta tres veces en toda la procesión.
             A la Cofradía de los Apóstoles se entra por derechos de herencia. No puede pertenecer a ella cualquier persona que lo desee. Siempre el hijo mayor de alguno de su miembros será quien estatutariamente se encargue en su día de tomar el testigo de la continuidad, si bien, en circunstancias concretas y por esa vez, puede delegar en un hermano de sangre o en cualquier amigo varón. Está escrito que los miembros de la Hermandad han de ser en todo caso mayores de 25 años; que no hayan sido procesado jamás ni sean blasfemos; que vengan de buena familia, honrada y religiosa; y, si son casados, que sus mujeres se sientan tan gustosas como ellos de que los maridos pertenezcan a la cofradía. La cuota de entrada, según las ordenanzas, consiste en el pago de una libra de almendras.



            Durante el mes de septiembre ‑el día 8 como primer día‑ celebra Guadalajara la festividad de Nuestra Señora de la Antigua, alcaldesa honoraria y patrona de la ciudad. Es muy vistosa la procesión que tiene lugar a la caída de la tarde, en la que se devuelve a su santuario la imagen de la Virgen, que llegará acom­pañada de autoridades eclesiásticas y civiles, de jovencitas ataviadas con el traje regional alcarreño, de banda de música y de miles de devotos.


            Sólo unos días después tienen lugar las llamada "Ferias de Otoño", con una semana de duración, en la que la ciudad cambia de aspecto y de ritmo en su vivir durante esas fechas, para dar paso al festejo, sonoro y desenfadado, que de alguna manera desde hace una docena de años protagonizan "las peñas"; a las cabalgatas y a los encierros; a los festejos taurinos, y a otras muchas atrac­ciones más que cada año consiguen sacar de su sitio a miles y miles de visitantes escapados de la provincia a ciertas horas de la tarde. Es el tiempo de la Guadalajara en la calle, la hora festiva de la capital en la que cada vecino, de una o de otra manera, acostumbra participar según sus apetencias.

lunes, 18 de marzo de 2013

Rutas turísticas: LA CIUDAD DE GUADALAJARA (II)



A SAN GINÉS POR SANTA MARÍA DE LA FUENTE

            Como compensación a su riqueza monumental, no es Guadala­jara una ciudad aparatosa en bellezas naturales a su alrededor que ofrecer al visitante. Es más bien en ese sentido una ciudad monótona, sin más accidente natural que merezca interés que el cauce del Henares bañándole los pies por el lado norte. Como visión inmediata del balcón capitalino de todas las alcarrias, apenas cuenta con la llanura triguera de la Baja Campiña y con la recortada silueta del Pico Ocejón allá lejos, por las sierras que sirven de techo a la provincia.
            Como ciudad monumental, reflejo en piedra de las diferentes épocas por las que atravesó desde la primitiva Arriaca, Guadala­jara es un curioso laberinto de motivos en los que detenerse. Como prueba de ello, vamos a caminar a pie el kilómetro escaso que separa al Palacio del Infantado de la iglesia de San Ginés, pasando por la concatedral de Santa María.
            La Iglesia de Santiago será el primer eslabón de la apreta­da cadena de monumentos que cubren el recorrido. Se trata del extinto convento de Santa Clara, originario de la primera mitad del siglo XIV. Su estilo es gótico‑mudéjar, con un interior impe­cable, casi todo el montado sobre ladrillo que se puso al descu­bierto en una reciente restauración. La llamada "Capilla gótica" de esta iglesia se fundó en el año 1452, en tanto que la que sirve de fondo a la nave del Evangelio es obra visiblemente pos­terior, del siglo XVI posiblemente, con trazado que se atribuye a Covarrubias.
            A cuatro pasos de la iglesia de Santiago, frente por frente en la misma calle, hay un patio sombrío en cuya pared lateral izquierda se abre la portada plateresca de una capilla pertene­ciente al antiguo convento de La Piedad, fundado por doña Brianda de Mendoza, verdadera joya del arte renacentista castellano. Se montó en el año 1530, con trazado y participación directa durante las obras de Alonso de Covarrubias. La capilla queda anexa al Palacio de don Antonio de Mendoza, sobrino que fue del Gran Car­denal, en donde hay un artístico patio interior columnado y escalera de honor en tres tramos a base de piedra tallada. Es la primera muestra en España del Renacimiento en arquitectura civil. La fachada del edificio se debe a una restauración llevada a cabo a principios del siglo XX, obra del arquitecto Velázquez Bosco.

            El Convento de Carmelitas de San José queda en nuestro recorrido monumental un poco más adelante. Se construyó en el siglo XVII para recoger a la comunidad de religiosas fundada por doña Magdalena de Frías, siempre con el pláceme y la ayuda econó­mica de los duques del Infantado. Sencilla portada con una vieja estatua de San José y los escudos de Frías y Mendoza, es todo lo que el convento enseña como de más interés en su parte exterior. Dentro de la iglesia conventual cuenta con un bellísimo retablo barroco, buenas imágenes de talla en el mismo estilo, un lienzo representando a Santa Teresa con la firma de Andrés Vargas, y el moderno cofre que contiene los restos mortales de las Mártires Carmelitas de Guadalajara, puesto a la veneración de los fieles desde su beatificación en el mes de marzo de 1987.
            Los marqueses de Villamejor levantaron en el siglo XVIII un palacio frente al convento de San José y que hoy se conoce por Palacio de la Cotilla. Es un edificio de ladrillo con interior bastante bien conservado. Posee una curiosa "Sala Oriental", forrada toda ella con papel pintado a mano por artistas orienta­les, y unos jardines que, debidamente cuidados, podrían ser uno de los rincones más acogedores y apacibles de la ciudad.
            En la Cuesta de San Miguel, muy cerca ya de la Plaza de Santa María, se encuentra la llamada Capilla de Luis de Lucena, lo único que pervive de la que en otro tiempo fuera iglesia de San Miguel del Monte. La construyó a sus expensas y la diseñó el humanista guadalajareño Luis de Lucena, hacia el año 1540. Es toda ella de ladrillo, con meritorios motivos ornamentales conse­guidos con ese material. Los aleros, cornisas y contrafuertes, son modélicos, un juego de formas mudéjares la mar de original. El interior de la capilla es de doble planta, teniendo la primera en los techos y enjutas algunas pinturas interesantes de Rómulo Cincinato.

            La Iglesia de Santa María cuenta con el rango de concate­dral. Se construyó en el siglo XIII con el nombre de Santa María de la Fuente la Mayor. De la primitiva obra mudéjar queda el exterior casi completo. A principios del siglo XVI se le añadió un pórtico de elevadas columnas al gusto renacentista. Las puer­tas principales son de puro estilo mudéjar, con arcos de herradu­ra en dos de ellas y en otra tercera inutilizada sobre el muro de la antigua sacristía. La esbelta torre de Santa María, de planta cuadrada, concluye en afilado chapitel de conchas de pizarra. El interior data casi por entero del siglo XVII. Tres naves y algu­nas capillas laterales, empleadas como panteones de familias distinguidas de otro tiempo, ocupan prácticamente todo el espa­cio. El retablo mayor presenta artísticos relieves con tallas de mérito, en los que figuran escenas diversas de la vida de la Virgen. Su antigüedad se fija en el primer tercio del siglo XVII y es de autor anónimo.
            Existen en el entorno mismo de la Plaza de Santa María dos detalles históricos interesantes: el Torreón del Alamín, resto de la vieja muralla del siglo XII, con planta cuadrada y dos cuer­pos, y el Palacio de los Guzmán, casona solar reconstruida en el siglo XVII, donde nacieron y pasaron parte de su vida personajes tan importantes como don Nuño Beltrán de Guzmán, ilustre arria­cense a quien se debe la fundación de la ciudad de Guadalajara en México. Del palacio de los Guzmán, apenas si se salva de la ruina la fachada barroca con valiosos detalles ornamentales, así como el escudo de armas sobre el muro, perteneciente a las familias    Guzmán y Zúñiga.
            La Plaza de Bejanque representa para la capital un cruce importante de caminos, lo que la convierte en uno de los lugares más transitados de todo el casco urbano. Sobre un altillo situado al noreste de la Plaza de Bejanque se alza el antiguo  monasterio de San Francisco, ocupado hoy en su mayor parte por instalaciones militares y alguna colonia de viviendas. Su origen parece ser que se remonta a tiempos de doña Berenguela, que levantó un convento para los Templarios en aquel lugar. En su iglesia hubo siempre un magnífico retablo gótico con pinturas del guadalajareño Antonio del Rincón. Del primitivo convento franciscano se conserva su importante fachada neoclásica. Bajo el ábside de la iglesia queda la cripta panteón de la Casa del Infantado, que mandara construir para enterramiento de los suyos el décimo duque del Infantado, allá por los años finales del siglo XVIII, tomando seguramente como modelo el panteón de reyes del Escorial. Cuando la invasión napoleónica, los franceses saquearon el convento y profanaron las tumbas. Los restos de la insigne familia mendocina fueron recogi­dos algunos años más tarde, en 1859; confundidos y cargados en urnas mortuorias se llevaron a Pastrana para ser enterrados de nuevo en el panteón de la Colegiata, sin que haya sido posible precisar, después de tanto tiempo de abandono, cuales eran y a quién pertenecían.
            El más importante parque público con que cuenta Guadalajara comienza en las inmediaciones del convento de San Francisco, y se extiende hacia la zona céntrica de la capital en donde encontra­remos, al cabo de un rato, la iglesia de San Ginés. Este parque, La Concordia, se instaló como tal en 1854, aprovechando lo que hasta entonces habían sido las eras de pan trillar de los agri­cultores. Son magníficos sus paseos ajardinados, el templete central de la música en donde de tarde en tarde se suele progra­mar algún concierto a cargo de la Banda Provincial, así como una vistosa fuente surtidor de hechura reciente. El parque de la Concordia se prolonga en dirección este por el Paseo de San Ro­que, con plácidos rincones en sombra casi perpetua, modernas instalaciones deportivas y de recreo que se extienden hasta la ermita del santo, y la verja lateral de magníficos herrajes que limita con los terrenos y edificios de la Fundación de la Vega del Pozo.


            Acabamos el imaginario periplo monumental en San Ginés, ya en el centro de la ciudad moderna. Se trata de una antigua igle­sia conventual de los Dominicos, levantada en el siglo XVI por el arzobispo Bartolomé Carranza y Miranda, a quien la Inquisición desterró por atreverse a publicar un catecismo de la doctrina cristiana con ideas supuestamente heréticas. La iglesia de San Ginés tiene una sólida fachada de piedra de cantería, con dos machones laterales que acaban en sendas espadañas minúsculas para el campanario. El interior es de una sola nave con varias capi­llas laterales. A los lados del presbiterio quedan restos de los enterramientos de don Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, y de su mujer doña Juana de Valencia, violentados bru­talmente y deshechos durante la Guerra Civil de 1936. Se trataba de obras escultóricas del siglo XVI, procedentes del desaparecido convento dominico de Bolarque. En ambos brazos del crucero están los enterramientos de don Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, y de su mujer doña Elvira de Quiñones, traídos en el siglo XIX desde el monasterio jerónimo de Santa Ana, hoy en rui­na por las afueras de Tendilla. Como los anteriores, fueron prácticamente destruidos cuando la Guerra Civil.
            Mas no acaba aquí el legado artístico e histórico de Guadalajara. Fue una cumplida muestra que nos permitió conocer un poco la zona tradicional de la ciudad, pero nada más. En justi­cia, y sin salir del casco antiguo, habría que detenerse aunque fuera de paso en la iglesia jesuítica de San Nicolás, donde, aparte de un grandioso retablo churrigueresco, se conserva el sepulcro gótico de don Rodrigo de Campuzano, comendador santia­guista muerto en el siglo XV; en la iglesia del Carmen, regida hoy por padres Franciscanos,  donde está enterrada en sencillo mausoleo sor Patrocinio, "la monja de las llagas"; en la ermita patronal de la Virgen de la Antigua, vieja iglesia de Santo Tomé, obra mudéjar del siglo XIII, donde es de fe que rezó Alvar Fáñez de Minaya después de la reconquista de la ciudad en el verano de 1085; en la iglesia renacentista de Los Remedios, cuyos esbozos se atribuyen, como en tantos monumentos de la ciudad, al genio de Covarrubias; en los palacios de la Diputación Provincial y del Ayuntamiento, ambos de la segunda mitad del siglo XIX, aparte de otras muchas casonas solar, conventos y palacetes, que harían esta relación demasiado extensa.
            A pesar de todo, teniendo en cuenta su condición de monu­mento poco común, no demasiado conocido pero de gran significado para la moderna traza de Guadalajara, nos referiremos más cumplidamente al panteón en particular, y en general a la Funda­ción de la condesa de la Vega del Pozo

(Fotos de: Santa María de la Fuente, Ayuntamiento de Guadalajara, Convento de la Piedad y Parque de La Concordia) 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Rutas turísticas: LA CIUDAD DE GUADALAJARA ( I )


    La ciudad de Guadalajara; la capital de la Alcarria por definición, y por añadidura de las demás comarcas que integran la provincia, no desdice en interés del resto de los lugares, tie­rras, villas y municipios que hemos venido conociendo, y de los cuales asume la responsabilidad de ser cabecera por razones históricas, o lo que es lo mismo, por motivos irrenunciables que el tiempo se encargó de irle colocando sobre la espalda.

            Cuesta trabajo, ciertamente, conseguir que aquellos que la desconocen entren de una vez por todas en la realidad presente y pretérita de esta singular ciudad castellana. Lo que significó en el concierto de la Historia de España en general y de la de Cas­tilla en particular; el legado artístico y costumbrista que to­davía poseemos; la manifiesta preferencia por parte de artistas y de hombres doctos que la eligieron para sus horas de expansión, cuando no para asiento permanente, son buena prueba de que esta capital de provincia en donde todavía se puede vivir y sacar partido del tiempo que se vive, posee ciertos encantos ocultos o no demasiado conocidos, cuyo descubrimiento ante los ojos de quienes la ignoran es misión que nos proponemos a partir de aquí, con la ilusión de quien aborda una tarea complaciente y por la que piensa que bien merece la pena tirarse al monte. Otra cosa es que esta ilusión de principio se vea cumplidamente correspondida. Como epílogo, pues, a toda esta serie de trabajos en torno a la provincia, vaya la presente referencia, ignoro si acertada o no, en favor y a honra de la ciudad que nos acoge.

        
                                      GUADALAJARA
           
            Se cree que Guadalajara tiene su origen en un viejo poblado carpetano que asentó sobre un vado del Henares, a poca distancia de donde ahora se encuentra, pero no exactamente en el mismo lugar. Se llamó Arriaca, que quiere decir "piedra", y con ese mismo nombre continuó durante la dominación romana y durante algunos siglos después. Dicen que, poco a poco, se iba extendiendo hacia esta otra parte del río en donde ahora se asienta, es decir, hacia la ladera y alto de una de las muchas sinuosidades que el Valle del Henares va dejando al pasar, en este caso a su margen izquierda. El nombre de Wad‑al‑hayara (río de las piedras) del que derivará su nominación definitiva, le fue impuesto por los árabes. Debió ser, tal y como lo deja entender la Historia, centro de extraordinaria importancia durante los primeros siglos de la dominación musulmana.
            Nos cuenta la leyenda que la vieja Wad‑al‑hayara fue re­conquistada a los moros por Alvar Fáñez de Minaya, pariente del Cid, la noche de San Juan del año 1085; noche de luna para más señas como así nos explica el escudo de la ciudad. El conquista­dor y sus huestes entraron ‑parece ser‑ por la "Puerta de la Feria", ahora "Torreón de Alvar Fáñez", sin que los moros ofre­cieran apenas resistencia para evitarlo. Es leyenda, naturalmen­te. La realidad histórica, que nada sabe de romances fronterizos ni de noches de luna, deforma un tanto los hechos, aunque los nombres de sus protagonistas sigan siendo los mismos. A pesar de todo es una visión bonita, muy en la conciencia de los arriacen­ses de hoy que para el caso no conocen otra, por lo que es preferible perderse en la penumbra de la vida medieval y dejarlo así.
            La hora de Guadalajara a lo largo y a lo ancho de su vida como núcleo de población determinado, fue la hora del Renacimien­to. En 1460 le concedía el rey Enrique IV el título de ciudad, tiempo justo en que comenzó a brillar, con una intensidad tal que trascendió a los diferentes reinos de España, la estrella recién encendida de los Mendoza, familia que desde entonces marcaría el devenir de la ciudad, convirtiéndola en un foco importantísimo de la vida renacentista española.
            De entonces a hoy las cosas han cambiado bastante. Guadalajara, a impulso de los tiempos y de las circunstancias, se ha convertido en una ciudad apacible, variopinta durante las últimas décadas en las que la población de hecho se llegó a tri­plicar, absorbiendo para sí a una buena parte de los habitantes de la provincia, y a muchos más de otras regiones de España al reclamo de sus fábricas; dependiente un poco de Madrid por aque­llo de la proximidad, y, desde luego, plagada de monumentos her­mosos y de un pasado histórico tan brillante que en ocasiones la llega a desbordar.
            Las costumbres más sobresalientes, un poco de su historia, y una referencia sucinta a lo más significativo del legado artístico de Guadalajara, es lo que pretendemos traer a colación como óbolo de la capital al conjunto de las tierras de la provincia. Para ello, nada mejor que entrar en materia haciendo alto en primer lugar en el edificio civil que más caracteriza artísticamente a Guadalajara; en el cenit del Renacimiento mendo­cino que contó entre sus moradores y huéspedes con personajes clave de la vida y de la cultura nacional, teniendo lugar en sus salones hechos que no son otra cosa sino páginas escogidas de la Historia, y cuya presencia en los tiempos modernos, como repre­sentación de una época, es muestra incomparable del arte español. Ni qué decir que nos estamos refiriendo al Palacio de los duques del Infantado.
           

           
            EL PALACIO DE LOS DUQUES DEL INFANTADO
           
            Seguro que ningún otro monumento de Guadalajara recibe a lo largo del año tantas miradas y tantas visitas como el Palacio de los duques del Infantado. La fachada sobre todo, y el patio interior que dicen de "los Leones", atraen a diario el interés del visitante y el de las cámaras fotográficas que acuden hasta él con el lógico deseo de llevarse, por lo menos la imagen como recuerdo, de esta maravilla única de la arquitectura civil de finales del siglo XV.
            El edificio ocupa el mismo solar en el que antes estuvieron unas casas principales propiedad de don Pedro González de Mendo­za, el Gran Cardenal de España. Lo mandó construir el segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, en un tiempo récord de diecisiete años, quedando, salvo algunos cambios y añadiduras posteriores, tal y como ahora se ve.
            De 1480 a 1483 se fue levantando la fachada, a continuación el patio columnado, y en poco más de otra década se acabó con el palacio entero. Años más tarde, hacia el 1570, el quinto duque, también Iñigo López de Mendoza como su antecesor, modificó la    fachada con algunos detalles renacentistas, al tiempo que ordena­ba decorar los techos de varios de los salones nobles con frescos realizados por pintores italianos, de los que a la sazón andaban por España con motivo de la pintura de El Escorial. De aquella época son de destacar los frescos de Rómulo Cincinato que todavía se conservan.
            Fue autor del trazado y director de las obras del palacio el arquitecto Juan Guas, a quien se le deben monumentos tan im­portantes como el castillo de Manzanares el Real o el monasterio toledano de San Juan de los Reyes. Intervinieron así mismo muchos artesanos mudéjares especializados en decoración: rejerías, fri­sos, azulejería, artesonados, etc.
            Describir con palabras lo que aquellos maestros renacentis­tas fueron capaces de conseguir con la piedra, es de alguna mane­ra pretender emparejarse con ellos, ponerse a su nivel, cosa que sencillamente resulta imposible. A pesar de todo, y contando con el apoyo de las fotografías que acompañan a este trabajo, el  lector que todavía no lo conoce, podrá sacar una idea bastante aproximada. Se puede apuntar cómo la puerta principal no ocupa el centro geométrico de la fachada, sino que queda bastante des­viada hacia la mano izquierda de quien la mira. Hileras de pirá­mides iguales clavetean toda la superficie de esta fachada, de­jando apenas los vanos en los que se sitúan media docena de ven­tanales renacentistas. La portada queda en medio de dos columnas que contienen entre ambas artísticos relieves góticos, con obje­tos y alegorías a la enseña familiar de la familia Mendoza. Por encima aparece la figura en altorrelieve de dos salvajes soste­niendo un artístico florón, en cuyo interior se destaca el escudo mendocino con una celada, un grifo, dos tolvas de molino y otros enseres relativos al árbol genealógico de la nobleza alcarreña. El remate de la fachada principal es obra grandiosa y delicada, más de orfebres que de canteros. Se trata de una serie corrida de ventanales y juegos de ajimez, colocados alternativamente entre garitones simétricos con idénticos motivos como decoración,  muy acordes con el gusto gótico‑mudéjar de todo el conjunto.


            El patio interior ─sonoro espectáculo de piedra aparente­mente moldeable─ tiene forma rectangular. Las columnas que sos­tienen la arquería baja son lisas con capitel dórico; portan sobre los respectivos arcos a los que dan lugar un conjunto re­cargado de motivos mendocinos: leones tenantes, tolvas, celadas, coronas ducales, y los escudos correspondientes de las armas Mendoza y Luna, alternándose por encima de cada capitel. La ga­lería superior recarga todavía más la ornamentación del primer cuerpo del patio. Las columnas aquí se muestran retorciendo en torno a su fuste con elaboradas estrías la forma de la piedra, los leones son grifos alados, en tanto que va sumando a su extraordinaria decoración de relieves la gracia de un barandal o pasamanos con calados, que sigue por sus cuatro caras todo el corredor de la galería.
            Algunos de los salones del Palacio sirven de albergue en la planta baja al Museo Provincial de Bellas Artes, donde pueden contemplarse, entre otras piezas de interés, la estatua yacente de doña Aldonza de Mendoza, bellísimo trabajo gótico de la prime­ra mitad del siglo XV; una "Virgen de la Leche" sobre lienzo de Alonso Cano; un "San Francisco recibiendo las reglas de su Orden"    de José de Ribera, y un "San Bernardo" de Carreño. En otro salón se guarda el famoso retablo de mediados del siglo XV, con pintu­ras de Jorge Inglés, que el Marqués de Santillana mandó montar con destino al hospital de Buitrago, en el que puede verse su propio retrato y el de su mujer en posición orante.
            La restauración del Palacio del Infantado, después de los tremendos desperfectos que sufrió durante la Guerra Civil, ha sido encomiable. Se ha devuelto al patrimonio artístico un valio­so edificio, orgullo de Guadalajara y regalo para la posteridad de la más insigne de las familias que por ella pasaron.