miércoles, 28 de noviembre de 2012

Rutas turísticas: A PASTRANA POR CAMINOS DE MIEL ( I )


         

     La Alcarria, como hemos tenido ocasión de ver a lo largo de  estos trabajos, da para mucho. Hoy volveremos a tierras alcarre­ñas por una ruta con destacado interés. Pudiera ser  Guadalajara, la capital de provincia, el punto de partida. El sitio de destino Pastrana,  la Señora, una de las villas más distinguidas por  su contenido histórico y artístico de toda la región centro, inclu­yendo íntegras, naturalmente y sin excepción, las dos Castillas.
     La ciudad de Guadalajara se nos queda atrás, semianclada como un viejo galeón en el  Valle del Henares. A ella habrá que regresar en día no muy lejano para poner punto final a esta serie de viajes que nos han venido ocu­pando  durante tanto tiempo. Como remate a las cuestas que  dicen del Sotillo, saliendo por la carretera de Cuenca, nos sorprenderá en  las  altas alcarrias el señorial caserío de Miraflores, un extraño capricho  arquitectó­nico que, por ignorar, lo ignoran hasta los propios alcarreños; señorial, desde luego que sí, y sinceramente  novedo­so; casi todos los edificios por  allí  exis­tentes,  y  el redon­do palomar también, son obra de  don  Ricardo Velázquez Bosco, nada menos, el arquitecto de hace ahora un siglo que  revolucionó  a Madrid a través  de su obra, y  que  dejó  en Guadalajara edificios tan sobresalientes como la "Fundación de la Vega del Pozo", con el grandioso panteón incluido, del que en  su día habrá que hablar necesariamente.
     Una  villa principal, la de Horche, nos queda a mano  según descendemos  hacia la vega del Tajuña. Horche tuvo rey  moro,  un hijo  ilustre  que tradujo El Quijote al  latín  macarrónico,  se distingue  por su ardiente afición a la fiesta, y está  colocado, con mucho sentido común, sobre uno de los más afortunados mirado­res  de  la provincia. Durante las últimas décadas se  han  hecho famosos en esta villa los talleres artesanos, principalmente  de talla  en  madera y de restauración de imágenes.  Los  horchanos suelen  jactarse, con razón por cierto, de su bella y  acogedora Plaza Mayor.
     Tendilla,  abajo  ya en el valle del Arroyo  de  las  Vega, requiere cuando menos un poco de atención. Conviene detenerse  en Tendilla. Ahí la tenemos, estirada en soportales evocadores a  lo largo de su Calle Mayor. Bajo los soportales de Tendilla expusie­ron sus mercancías durante más de cuatro siglos los  guarnicion­eros, los cordeleros, los tejedores, los cereros, los  buhoneros y  cambistas  de casi toda España en la feria de San  Matías  que duraba  medio mes. En una plazuela jardín de la Calle Mayor  está su monumental iglesia, inacabada, una iglesia que se fue haciendo a  lo  largo de tres siglos y no se terminó nunca. No  lejos  del pueblo, sobre un escondido altozano de pinos jóvenes, se  conser­van en lamentable estado los restos del primitivo monasterio  de Jerónimos de Santa Ana de la Peña, fundado por don Iñigo López de Mendoza, hijo del Marqués de Santillana y primer conde de  Tendi­lla. Las mejores pinturas de su retablo renacentista,  flamencas del  siglo XVI, se lucen para mal nuestro en el museo  de  Bellas Artes de Cincinati, en los Estados Unidos de América.
     Destacable  en Tendilla, aparte de su estructura  peculiar, al gusto de la Castilla de capa y espada, la repostería tradicio­nal de turrones, mazapanes y bizcochos borrachos, que los amantes de lo auténtico suelen buscar en ciertas épocas del año.

     Subiendo  entre  curvas un largo trozo de camino  algo  más adelante,  un  sencillo monolito nos recuerda  que  por  aquellos sequedales  anduvo  ejerciendo como religioso de la  Orden  de San Francisco el Cardenal Cisneros. Fue en el desaparecido convento de  La Salceda,  cuyas ruinas a manera de torreón se ven justamente  por encima de nosotros. Tuvo gran importancia en su tiempo este con­vento  de Religiosos Recoletos de Nuestra Señora de  la  Salceda. Por estos altiplanos cultivó la huerta conventual e hizo milagros San Diego de Alcalá; de allí partió hacia la Corte fray Francisco Jiménez  de Cisneros para ser confesor de Isabel la Católica.  En sus recoletas y ascéticas celdas se ejercitó en duras penitencias fray  Julián de San Agustín, taumaturgo; dejando su  huella,  así mismo,  el arzobispo fray Pedro González de Mendoza, hijo de  los príncipes  de  Eboli, y autor de la Historia  del  Monte  Zelia, minucioso tratado de la vida del convento.  La ley de  Desamorti­zación  acabó  con todo, y tan sólo los lienzos de su  ruina  dan testimonio de cuanto allí hubo.
     El  pueblo de Peñalver queda recostado sobre una  ladera  a muy poca distancia de donde ahora estamos. No se ve al pasar; hay que ir exprofeso en su busca para conocerlo. Muchas de las calles de Peñalver son estrechas y pintorescas, con rincones que definen como en pocos lugares del contorno la arquitectura popular alca­rreña. Es un pueblo de origen probablemente medieval, cabecera de encomienda de la Orden de San Juan. Tuvo castillo, del que apenas se  conservan unos cuantos pedazos de muro en lo alto del  cerro. Peñalver merece una visita detenida al monumental edificio de  su iglesia  de Santa Eulalia, con portada de incipiente  plateresco, rica  en ornamentos y relieves, pero visiblemente dañada por  los agentes  atmosféricos y por otros muy diversos durante  los  casi cinco  siglos  que lleva en pie. Bellísimo su retablo  mayor,  de     transición  entre  el arte gótico y el estilo  renacimiento;  las dieciséis pinturas y la rica imaginería que adornan el altar,  se encuentra entre lo más estimable que existe en la diócesis.
      Peñalver es conocido, más que por el pueblo en sí, por  la tradicional  actividad de sus ciudadanos a lo largo de los dos  o tres últimos siglos. Ellos han sido, de manera muy especial,  los encargados  de promocionar y de distribuir por distintos  lugares del  mundo y, desde luego, por todas las regiones de  España,  el más  exquisito de nuestros productos: la miel. Hubo un tiempo  en el que un setenta por ciento de los vecinos de Peñalver, se dedi­caron a la obtención y venta de la miel de la Alcarria por  infi­nidad de lugares.
     En   Fuentelencina es obligado tomar la debida nota  de sus antiguas  casonas solar, de la rejería de buena forja  conque  se engalanan  algunas  de ellas, y del edificio  con  doble  galería acolumnada  de su Ayuntamiento en la Plaza Mayor,  obra  ejemplar del siglo XVI.
     Dentro de la iglesia de Fuentelencina conviene detenerse  a observar  con detalle su retablo mayor, renacentista como el  que acabamos de dejar en Peñalver, y como aquel con valiosas pinturas e imágenes del siglo XVI. Se piensa que el autor material de  los trabajos de talla pudo ser Francisco Gilarte, discípulo de Berru­guete, del que se conocen en otros lugares de Castilla auténticos monumentos en ese noble quehacer.

     Son famosas en Fuentelencina las fiestas de San Agustín,  a finales de agosto, donde suelen tener, una vez concluida la capea y la corrida de fiestas con el toro enmaromado, lo que en  varios pueblos  de la Alcarria conocen por la fiesta de los  huesos;  en ella se comen, entre los vecinos e invitados, las reses  toreadas durante esos días.

     Moratilla de los Meleros es otro de los pueblos más signi­ficados de la comarca. El desvío después de Fuentelencina aparece a un par de kilómetros, más o menos, cuando se sale con dirección a Pastrana. Moratilla de los Meleros es pueblo de abundante fron­dosidad y de bienestar notorio en la veguilla del arroyo que  los nativos conocen por Carraguadala. Es digna de verse, en el  sitio justo  en donde se alza, la esbelta picota de la villa, al  gusto renacentista del siglo XVI, sostenida sobre cuatro o cinco gradas de piedra en escalón, y teniendo las choperas de la vega  siempre como telón de fondo. La iglesia parroquial de Moratilla conserva, de  lo que hace siete siglos fue, tan sólo la  portada  románica; muy  valioso  resulta en su interior el artesonado  de  tradición mudéjar, obra del siglo XVI, cuya realización se atribuye con  no malos criterios al artífice alcalaíno Alonso de Quevedo.
     Desde Moratilla de los Meleros, siguiendo adelante hasta la nacional  200, o volviendo atrás sobre lo andado para  seguir  de nuevo  por la carretera que trajimos desde  Fuentelencina,  todos los caminos llevan a Pastrana.

(Las fotografías nos muestran:Un aspecto de los soportales de Tendilla; una panorámica de Peñalver, y la picota de Moratilla de los Meleros) 

viernes, 26 de octubre de 2012

Rutas turísticas: ALTO SEÑORÍO MOLINÉS (III)



         Siguiendo carretera adelante se divisa a distancia el pueblo de Labros, descolgado sobre una ladera. De momento dejé­moslo estar, volveremos más tarde. Ahora, aprovechando el ramal que cruza a nuestra derecha, bajaremos hasta Milmarcos y Fuentel­saz. Viajando camino de Milmarcos, nos sorprenderá en seguida, asentada en la vertiente donde las sabinas y las carrascas han crecido con el favor de los soles y de los años, la ermita de Santa Catalina (siglo XII), todo un feliz descubrimiento aún en término municipal de Hinojosa. Las impecables formas románicas de su portada oculta, así como los vistosos arquillos del atrio, destacan resbalando frente a la luz del sol en medio de la pradera y del bosque. Los vecinos de aquellos contornos, sensi­bles lo mismo que sus antepasados al soplo de la tradición, suelen acudir en jornada romera hasta las sombras de Santa Cata­lina el día 17 de agosto.
         Milmarcos, viniendo por donde acabamos de llegar, coge un poco a trasmano. En realidad, para ir a Milmarcos desde Molina debe hacerse por la carretera de Calatayud que abandonamos en Rueda. Por Milmarcos pasa el arroyo Guitón, afluente del Mesa, al que se une en las afueras de Jaraba, antes de acabar en el embal­se de La Tranquera, en tierras de Zaragoza. Fue por tradición la villa más poblada de toda la sexma del Campo, ahora ya no lo es, la despoblación de hace dos décadas la dejó casi en cuadro. No obstante, posee una distribución urbanística y toda una serie de edificios tan importantes, que la mantienen todavía en palmas del interés, tales como las casonas de la antigua posada, la de los López Montenegro, o el señorial palacete de los García Herreros. La Plaza Mayor es, como todo en el pueblo, señorial y despejada. A un lado de la plaza queda el severo edificio del Ayuntamiento, al otro la portada renacentista de la iglesia de San Juan, de la que es aconsejable conocer el retablo mayor, manierista, tallado en Calatayud durante la primera mitad del siglo XVII. La ermita de Jesús Nazareno es otro de los edificios más destacados de Milmarcos; la mandó construir a mediados del siglo XVIII uno de los magnates de la villa, don Pascual Herreros; se ve adornada con profusión y finura, al gusto barroco de aquel tiempo con ciertas tendencias versallescas.
         Los antiguos esquiladores de ganado, oficio muy corriente entre los habitantes de Milmarcos y de Fuentelsaz, viajeros nómadas por tierras castellanas y aragonesas durante dos o tres meses cada año, solían utilizar para entenderse una jerga la mar de peculiar, llamada migaña o mingaña, ya en desuso y a riesgo de desaparecer. Usaban la migaña siempre que consideraban incorrecto el comportamiento del amo con los esquiladores, o se hacía mere­cedor de algún reproche y deseaban manifestarlo estando él pre­sente. "Dica el vale, qué fila navega de manduga", en migaña quiere decir "Mira el amo, qué cara de burro tiene".
         Fuentelsaz es el pueblo de la provincia más próximo a Milmarcos, y a la raya de Aragón también en la cara norte del Barranco de Cimballa. Reliquia de su pasado violento, porque la Historia lo quiso así, es lo poco que queda aún de su castillo roquero. Fue esta villa madre de hijos ilustres, entre los que se pueden contar tres obispos y una nutrida nómina de religiosos, catedráticos y jurisconsultos. Todavía quedan sobre el muro de la iglesia parroquial los "vítores" rituales que recuerdan, pese al andar de los siglos, la personalidad de todos aquellos hombres singulares de los que se sigue honrando el pueblo de Fuentelsaz.

        
         EL VALLE DEL RÍO MESA
        
         Pero volvamos otra vez hasta el pueblo de Labros, que dejamos atrás recostado sobre la varga, muy cerca ya de donde abre el Valle del río Mesa. Labros, el viejo pueblo molinés de origen presumiblemente romano, agoniza en la más absoluta soledad por falta de gentes que pisen sus calles. He oído decir que a los habitantes de Labros los apodan "pilatos", debido a que, si como se piensa, aquella fue en otro tiempo la Labria de la Hispania romana de la que hablan los cronistas latinos, tiene muchas probabilidades de haber sido la cuna del mismísimo Poncio Pilato, personaje de primer orden en la Pasión de Cristo como sabido es, lo que parece demasiado gratuito para que sea cierto. Los que sí son reales ‑y allí están todavía para ser vistos por quien lo desee‑ son los artísticos capiteles que adornan la portada romá­nica de su iglesia; sólo eso queda del bello templo que debió ser, desmoronado ahora en el barrio de arriba, ignoro si aguar­dando, con paciencia de siglos, que el resto de Labros corra la misma suerte.


         Por Amayas, a cuya entrada hay un airoso pairón construido en 1896 en honor de las Animas, de San Roque y de San Antonio de Padua, se entra de hecho en el Valle del Mesa; todo un cambio brusco e inesperado en el contexto general del paisaje que nos ha venido acompañando desde las puertas de Molina, un mundo distin­to. Bajar desde Amayas a Mochales significa, poco más o menos, descender de la hosca paramera y meterse en la Tierra de Promi­sión. Tal vez sea mero espejismo esa primera sensación, que a la hora de la verdad no se traduce en hechos concretos que afecten a la economía de una y de otra comarca, pero, en apariencia al menos, ese curioso fenómeno sí que se produce al bajar el pequeño puerto de carretera que, entre sabinas y otros arbustos improduc­tivos, darán con nosotros, ya bien entrada la tarde en plena ribera del Mesa, en la hortelana y recoleta villa de Mochales. El río por aquí juega a esconderse graciosamente, para volver luego a la superficie.

         En el año de 1476, parece ser que el pueblo de Mochales pertenecía a don Iñigo López de Mendoza, mientras que en los primeros años del siglo XIX era propiedad del marqués de Casa Pavón. Fue alcalde de la villa mientras la Guerra de la Indepen­dencia el legendario Antonio Alba, a quien los soldados de Napo­león ahorcaron en la plaza pública, acusado de pasar alimentos a escondidas a los guerrilleros de la Junta de Defensa de Molina en 1810. Hija honorable de este pueblo fue Eusebia García García, nacida en 1909, con el nombre en religión de hermana Teresa del Niño Jesús y de San Juan de la Cruz; una de las tres Mártires Carmelitas de Guadalajara, beatificadas el 29 de marzo de 1987.
         El río Mesa nace en los ejidos del pueblo de Selas por la    sexma del Sabinar; cambia de dirección a las puertas de Anquela; pasa después por Mochales y continúa pegado a la carretera hasta los límites de la provincia. Los huertos, y las pequeñas hereda­des del regadío, ahora un poco dejadas a la ventura o sembradas de cereal, se van sucediendo hasta llegar a Villel. En las lade­ras que bajan hasta el camino, dan pomposa sombra las nogueras a caballo de cualquier bancal. Conviene repetir que los campos por aquí, amparados en el bajo por la corriente vitalizadora del río, son tierras de notorio privilegio a lo largo, y un poco también a lo ancho, de toda la vega.
         Villel de Mesa se presenta como descolgado en la solana de un cerro que baja a refrescar entre la fronda espesa de la ribe­ra. El pueblo se distingue de otros por la múltiple función de su Plaza Mayor, que sirve al tiempo de parque y de jardín. Al lado de un curioso arco romano, que con tanto acierto conserva el pueblo como adorno, crecen en perpetua actitud de desmayo los sauces, alternando con los abetos y con los rosales en flor; entre tan delicada vegetación, salta juguetona de uno al otro de sus cuatro niveles, el agua de un surtidor con forma de tarta nupcial. Las callejuelas en ascenso de Villel son todo un labe­rinto de rincones pintorescos, que alcanzan su mayor grado de tipismo en el pórtico solitario y romántico de la iglesia parro­quial. Por encima de todo, se elevan encrespados, maltrechos y mal sostenidos sobre las rocas, los cuatro muros que dejó el rayo en plena fiesta de San Bartolomé, pertenecientes al antiguo castillo de los Fúnez. Justo al pie de la peña del Castillo, queda la casa palacio de los marqueses de Villel, edificada en el siglo XVIII. Sin duda, tal vez por lo que el pueblo tiene de contraste en todo lo que su contorno es; por la gracia singular de sus edificaciones escalonadas; o por lo que de misterioso pudiera tener el oscuro Olimpo de su castillo por encima de las casas, por encima de la vida y de los hombres, nos encontramos en uno de los lugares más atractivos paisajísticamente  de todo el Señorío Molinés. Quizá, sólo pueda por estas latitudes rivalizar en bellezas naturales con Algar, el pueblo que nos disponemos conocer acto seguido.

         Al pequeño enclave de Algar de Mesa se entra por medio de festones rocosos. En algar es protagonista la Naturaleza: el agua, los precipicios, el frescor vespertino de las huertas, el perpetuo rumor de las chorreras, la placidez de sus prados, la gracia de sus puentecillos elementales... Nada mejor para acabar el día, y dormirse a placer al son cantarín de las aguas del río, donde los pescadores de truchas son auténticos maestros en el oficio. Lo mismo que Villel, Algar ofrece al visitante de manera gratuita la frondosidad de su ribera, el bravío espectáculo de sus cortes rocosos, la pureza sin parangón de su ambiente, pero, más que nada, el rugido  natural del arroyo que juega a saltar en cataratas trémulas por mitad de los juncos y de las espadañas, relamiendo así, de día y de noche, el pedestal de sus cimientos. Algar de Mesa hoy, ajeno a su pasado en causa común con la histo­ria particular de la vecina Villel, es dentro de su sencillez un pueblo escandalosamente bello. A la salida, siempre a la vera del río, se deja ver, pegada al viejo camposanto, la ermita patronal de Nuestra Señora de los Albares, un nombre romántico para un lugar que también lo es.

(Las fotografías corresponden a la cúpula de la ermita de Jesús Nazareno de Milmarcos, pareja de capiteles de la iglesia románica de Labros, el paseo-pórtico de la iglesia de Villel con su castillo al fondo, y las chorreras del río Mesa por los bajos de Algar)  

jueves, 18 de octubre de 2012

Rutas turísticas: ALTO SEÑORÍO MOLINÉS ( II )

La villa de La Yunta dista de Campillo cuatro o cinco kilómetros a lo sumo. Pueblos linderos y como tales, como mandan los cánones de la buena vecindad, también pueblos rivales. Muy parecidos los dos por cuanto a población y a medios de vida se refiere, pero con notorias particularidades cada uno.
         Aseguran que el nombre de La Yunta (la junta), le viene impuesto por haber sido allí el lugar de encuentro, allá por el siglo XIII, entre el rey Sabio de Castilla, Alfonso X, y el aragonés Jaime I. En su formación como pueblo jugó un importante papel la Orden de San Juan, a la cual perteneció en calidad de señorío durante mucho tiempo. La Cruz de Malta, en el pueblo tantas veces vista, y sobre todo el torreón fortaleza del siglo XIV que todavía se conserva en un lateral de la plaza, son testi­monio permanente de la influencia que tuvieron en la villa los caballeros de San Juan. Tal vez,  en esa curiosa circunstancia histórica, se encuentre la raíz de las apreciables diferencias que existen entre el pueblo de La Yunta y otros muchos de su misma comarca.
         La iglesia es un monumento severo, con espadaña de dos vanos orientada hacia la Plaza Mayor. Por su estructura puede ser obra de finales del siglo XVI. En el interior tiene una sola nave. El retablo está presidido por una extraordinaria talla barroca de la Virgen de la Mayor. Tiene el retablo una ornamenta­ción cargadísima, muy de acuerdo con las apetencias del siglo XVIII. Consta que lo doró el artesano Francisco de Orea en el año 1770. En la iglesia se venera la sagrada piedra a la que los vecinos conocen por el Cristo del Guijarro. Existe toda una piadosa tradición que cuenta cómo apareció milagrosamente la escena del Calvario, marcada en el corte transversal de un guijarro que, al romperse contra el suelo en los encinares de la Hombrihuela, desprendió un fortísimo resplandor en una noche oscura de tormenta. La piedra había sido arrojada por un pastor de la villa, de nombre Pedro García, sobre una oveja que preten­dió alejarse del aprisco. Otro signo más ‑verdad o leyenda‑ que durante cuatro siglos viene contando con el fervor sin condicio­nes de los hijos del pueblo. Imágenes alusivas a esta tradición o alegorías a la misma, suelen encontrarse marcadas sobre los dinteles de varias viviendas de La Yunta; en otras, en cambio, es la estrella de David la que se ve grabada, razón bastante que da pie al vecindario para asegurar ‑no sin fundamento‑ que por allí habitaron familias judías.
         Si se desea ir desde La Yunta hasta el pueblo de Embid por carretera, habremos de salir por un momento de la provincia y entrar en Aragón. Es mínimo el trozo de tierras zaragozanas por las que debemos andar, pues de inmediato nos sale al paso la carretera de Embid. Antes de llegar al pueblo conviene detenerse en la ermita de Santo Domingo, por cuyas inmediaciones pasa, agostado y seco por lo general, el cauce del río Piedra, el mismo que se despeñará más adelante, no lejos de allí, en aparatosas cascadas cuando llegue al célebre Monasterio que lleva su nombre. En la ermita de Santo Domingo de Silos tuvieron lugar populosas romerías, a las que solían acudir por costumbre gentes de toda la comarca en varias leguas a la redonda. Resulta curioso pararse a leer los nombres de personas, los vítores y frases piadosas, y las fechas que aparecen grabadas, con mucho trabajo y con mucha paciencia, sobre el dovelaje las jambas de la portada, pues las hay que datan del año 1679.
         El pueblo de Embid se recuesta sobre la solana con los restos de su castillo como observatorio. Es un lugar tranquilo, poco poblado; un lugar con sonada historia y silencioso presente; un lugar de los que, hundidos sin remisión en los postreros coletazos del segundo milenio de nuestra era, viene a ser sede sin igual para la paz del alma, y para el debido orden del cuerpo y del espíritu. Encima de un alcor, al que se accede sin demasia­das dificultades, queda a la entrada del pueblo, mirando hacia las casas, lo que todavía subsiste de su viejo castillo: tres torreones demolidos, varias saeteras, unos cuantos paredones y una aguja enhiesta y desgranada. Como adorno póstumo, se yerguen sobre las piedras destartaladas del castillo algunas antenas de televisión. El pueblo se deja ver adormilado frente por frente.
         Es posible que sea Embid uno de los pueblos que con más ímpetu han sufrido en sus carnes y en sus piedras los reveses de la Historia. Primero hasta su despoblación en el siglo IV, como consecuencia de las luchas fronterizas entre castellanos y arago­neses, volviéndose a repoblar años más tarde por autorización expresa de Alfonso XI, fechada en 1331, a don Diego Ordóñez de Villaquizán, que fue quien levantó el castillo. En el siglo XV lo rehizo don Juan Ruiz de los Quemadales, personaje mítico en las tierras del Señorío, conocido en las crónicas de su tiempo por el sobrenombre de "Caballero Viejo". En 1698, el último rey de los Austrias, Carlos II, le otorgó marquesado propio que vendría a recaer en la persona de su noveno señor, don Diego de Molina.
           
          ESCUDOS HERALDICOS Y CAMPOS DE MIES
 
  
         Estas llanuras molinesas,  anchas, señoriales, son toda una provocación para el caminante que viene hasta ellas libre de prejuicios, con el honesto deseo de conocer, con las manos y con el corazón limpios. Tortuera es pueblo de hidalgos. En Tortuera, los palacetes y los escudos de piedra sobre las fachadas son algo esencial en la vida del pueblo. Recorrer una por una todas las casonas solar que tiene Tortuera, será un interesante quehacer del que el caminante no se arrepentirá nunca. Ahí tienes, amigo lector, para satisfacer tus deseos de pasado, el ejemplar palacete de los Morenos, y el de los Torres en la Plaza Mayor, los dos con  solera de siglos; el de los Romero en las orillas; el de los López Hidalgo de la Vera,  donde quiero pensar que, si en el silencio de la noche se escuchara con atención, tal vez  se sienta contra las baldosas del XVII el espolón de los egregios caballeros de la familia. Ahí debió nacer el que fue obispo de Badajoz don Diego López de la Vega, y su hermano don Andrés, general del ejército de Extremadura a finales del siglo XVII.
         El viejo pairón de las Animas, de estructura mural sobre piedra tosca en las afueras del pueblo, es uno de los más intere­santes de toda la comarca. De la iglesia parroquial, renacentis­ta del XVI, merecen referencia especial la portada en trazado rectiforme al gusto herreriano y la capilla de la Trinidad.
         Por la misma carretera de Daroca vamos a seguir un poco más en dirección a Molina. El pueblecito de Cillas queda como cogido entre pinzas, extendido al sol en el empalme con la carretera que viene de Calatayud. En un instante estamos en Rueda de la Sierra.
         A 1140 metros de altura sobre el nivel del mar, en Rueda de la Sierra juegan los oscuros bloques de arenisca del Castillo con los huertos, el agua de la fuente con la soledad. Apenas si quedan de continuo, como botón de muestra de lo que antes fue, una docena de familias en el pueblo. En Rueda de la Sierra llaman la atención tres cosas sobre todas las demás: el pairón barroco de junto a la carretera, la fuente abrevadero de 1898, y la portada románica de la iglesia. Como detalle muy particular, destaca sobre todos sus méritos el haber sido cuna del primer obispo de Madrid‑Alcalá, don Narciso Martínez Vallejo, asesinado a tiro de revolver en la iglesia de los Jerónimos de Madrid el 18 de abril de 1886, por un cura anarquista llamado Galeote. Sus paisanos recuerdan al prelado ilustre con una placa conmemorativa en la casa donde nació, y con un monolito, colocado en su memo­ria, delante mismo de la puerta de la iglesia.
 
          Rueda de la Sierra es cruce de caminos. Tomaremos ahora el que parte hacia el Valle del Mesa pasando por Torrubia, Tartanedo, Hinojosa  y Labros. Bella estampa de pueblo señor este de Torrubia. La torre de su iglesia es una de las más elegantes  de la provin­cia. El interior es todo un  juego de contorsiones barrocas, de movimiento manierista funcional del mejor estilo. La fuente pública, de primeros de siglo, da carácter a la plazuela en que fue instalada y contribuye a la buena imagen del pueblo.
         En Tartanedo habrá que detenerse, no por cortesía, que tal merecen cada uno de los lugares de esta paramera, sino por nece­sidad. Sus numerosos monumentos, callados y  solitarios, en esta quietud tan significativa de los pueblos que estuvieron a punto de quedarse sin gente, son un reclamo al que resulta imposible poderse resistir. A Tartanedo se entra dejando atrás una ermita y una cruz de hierro sobre romántico pedestal de piedra vieja en un claro de la arboleda. El pueblo en sí es un continuo memorial a los más preclaros hijos e hijas que nacieron allí, y cuyo recuer­do permanece vivo en un sinfín de datos y de detalles. Entre estos hijos ilustres de la villa hay que contar al arzobispo de Zaragoza don Manuel Vicente Martínez Ximénez; al obispo de Cádiz don Francisco Javier Utrera; al preclaro sacerdote don Emilio de Miguel, autor de excelentes trabajos sobre Apicultura, fallecido recientemente, y, desde luego, a la Beata María de Jesús López Ribas, "La Santa", como gusta llamarla a sus paisanos, nacida en la casa solar de los Montesoro y a la que Santa Teresa de Jesús apodaba cariñosamente "Mi Letradillo". La iglesia de Tartanedo, con portada románica y escalera helicoidal de acceso al campana­rio, se debe visitar necesariamente. El magnífico retablo mayor de la iglesia de San Bartolomé, fue un obsequio a su pueblo natal de parte de otro hijo ilustre, don Bartolomé Munguía, en su tiempo cirujano de la Casa Real. Durante los últimos años se han restaurado las pinturas del retablo de los Ángeles, en la impresionante y lumnosa capilla de la iglesia de Tartanedo, 
         De las muchas casonas y palacetes de hidalga raíz, es muy de destacar la  del Obispo Utrera, con escudo familiar y excelen­te rejería de la época. Ya a la salida, muy cerca de la iglesia, queda la fuente pública de estructura mural, en cuya superficie se informa, con perfectos caracteres latinos, como fue mandada construir por el arzobispo don Manuel Vicente Martínez Ximénez, en testimonio de cariño y de gratitud a su pueblo.
         El cerro Cabeza del Cid resguarda la villa de Hinojosa por el poniente. Dicen que sobre aquel altiplano acampó el Cid con su manojo de incondicionales cuando el destierro. A las tres de la tarde comienzan a hacerse notar los calores de Hinojosa. La ermita de los Dolores queda a mano al entrar. En sitio preferente de la portada se ve el escudo de los García Herreros, de cuya familia, un colegial y canónigo de Valladolid, de nombre José, la mandó levantar a sus expensas según las reglas más estrictas del arte barroco al uso. En el interior está la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, talla simpar en cuyo rostro se conjugan a un tiempo la dulzura, el dolor y el patetismo que acarrea el sufrimiento llevado al extremo. Una espada le atraviesa el pecho. Se desconoce al autor de la talla, pero bien pudo ser cualquiera de los notables imagineros castellanos del siglo XVIII. Por la fiesta de La Soldadesca (primer domingo de junio) los moros y los cristianos de Hinojosa se disputan, en singular batalla junto al olmo de la plaza, la imagen de la Virgen.
         Las calles de Hinojosa se adornan con rollo jurisdiccional de robusta caña, pero, mejor todavía, con los palacetes y casonas    molinesas que atestiguan, a dos o tres siglos vista, su pretérita grandeza; así están el de los Malo, los Ramírez, los Moreno, Los Iturbe y los García Herreros. Media docena de escudos nobiliarios van sellando, por los diferentes rincones del pueblo, todas estas casonas relicario del pasado.
 
(Las fotografías nos muestran: Detalle de la Plaza e iglesia de La Yunta; Casona molinesa de Tortuera, y Retablo de Los Ángles en su capilla de la iglesia de Tartanedo)
 

sábado, 13 de octubre de 2012

Rutas turísticas: ALTO SEÑORÍO MOLINÉS ( I )

       
            Henos de buena mañana en la falda molinesa del cerro que corona la Torre de Aragón. Abajo marca sus primeros pasos del día la ciudad de Molina. La nueva estampa de la capitalidad del Señorío nos pone al corriente de que Molina conserva con garbo su rango histórico, a pesar de las imposiciones y de las tendencias que llevan consigo los tiempos modernos, sin perder comba, natu­ralmente, en el juego de azar de finales de siglo. Queda la ciudad a nuestros pies, con los pináculos de sus iglesias y de sus conventos encendidos por el sol saliente; con el cuerpo estilizado y mate del Giraldo en vigilia desde la torre de San Francisco; con las aguas del río Gallo, menos cristalinas que antes, colándose bajo los sillares cárdenos del puente viejo, y escapándose después por entre las choperas con rumbo a los tajos míticos del Barranco de la Hoz. Volveremos a Molina en otra ocasión exprofeso. Hoy, en la luminosa mañana de mayo que nos deparó la suerte, tenemos previsto perdernos por las tierras del Señorío que parten de los murallones del Castillo y concluyen ‑burla burlando calzadas, aldehuelas y villas de buen nombre‑ en las chorreras del río Mesa, allá por los bajos del pueblo de Algar, uno de los parajes más bellos y menos conocidos de esta tierra. Confiamos en que los hados del día nos sean propicios, que el tiempo nos dé para todo. Es cuestión de viajar con método, y eso, en principio, se debe dar por supuesto; luego, las cir­cunstancias serán las que digan la última palabra.

            Apenas quedó atrás la ciudad de Molina reposando en el llano, con las torres de su castillo todavía visibles a nuestra espalda, vamos a tomar el camino de La Yunta y de los Cubillejos que parte hacia la derecha. Los Cubillejos son dos: Cubillejo del Sitio y Cubillejo de la Sierra. El primero de ellos recibe su apelativo "del Sitio" por haber sido allí, según la tradición, donde el rey de Castilla Fernando III el Santo se plantó con su ejército a la espera de que el tercer señor de Molina, don Gonza­lo Pérez de Lara, cediese ante sus tropas, pues, por razones que más adelante habremos de exponer, se había refugiado en el cerca­no castillo de Zafra. Otros, en cambio, aseguran que se trata solamente de una derivación casual del sobrenombre "el Cidio" que tuvo antes, como recuerdo del paso del Cid cuando el destierro por aquellas veredas de a este lado de la Sierra de Caldereros. Parece más lógica la primera apreciación, por otra parte muy ligada a la historia personal del Señorío de Molina. Antes de llegar a Cubillejo del Sitio, encontramos junto a la carretera su famoso pairón, dedicado a San Juan Bautista; limpio, perfecto, de fina y elegante concepción barroca, alzado por encima de cuatro escalones de piedra al lado de los trigos. Para mí, el más per­fecto de todos estos monumentos que engalanan, a la entrada y a la salida de los pueblos, la tierra del Señorío.

            Cubillejo de la Sierra vendrá algo más adelante, muy pron­to. Es, como curiosa paradoja a lo que nos pudiera sugerir su nombre, un pueblo llano, extendido como un mosaico de casonas viejas y de modernos hotelitos entre los árboles; un pueblo que, por su situación, anuncia la extensa palma de cereal de Tortuera y de La Yunta. En la plaza de Cubillejo de la Sierra se pueden contar repetidos ejemplares de viviendas según el gusto tradicional molinés, soportado gallardamente el peso de los años sobre dinteles de piedra enrojecida; casonas adornadas  con rejería de forja, cuya solidez y artística estructura los siglos no han sido capaces de borrar. El torreón bajomedieval de los Ponce de León es conocido por los habitantes de Cubillejo de la Sierra por "El Palomar". Existe todavía sobre los muros del viejo torreón un escudo de armas, y una leyenda bien visible que evoca la entrada de los Ponce de León en la villa. El poema, sobre todo, es un interesante legado de la Historia que, quienes pasen por Cubille­jo deben visitar y contemplar desde los pies de la torre. Su contenido literal es el siguiente:
           
             SALEN A LEON LOS PONCES
             SUCESORES DE ROLDAN.
             LA HERMANA DEL REI LES DAN
             POR VENIR DE ENPERADORES
             LLAMADOS DE AQUI LEONES
             EN SEVILLA ASENTARON
             I DE ELLOS AQUI PASARON
             POR BANDOS I DISENSIONES.
       
            El resto de la leyenda que aparece al pie de estos versos se grabó sobre la piedra con caracteres mínimos, difíciles de transcribir hoy si se tiene en cuenta el desgaste sufrido con el tiempo.

            Desde Cubillejo de la Sierra hasta La Yunta la distancia resulta insignificante. A pesar de todo, el semblante de los campos por los que hay que viajar cambia por completo en ese corto espacio. La vegetación de encinas y de pinos desaparece de pronto, y el terreno se torna llano como una carta, extenso como la mar, siendo posible advertir de lejos, como en un mismo plano, las villas de La Yunta y de Tortuera, en medio de incalculables superficies de tierra de labrantío, ahora pintadas de un verde tupido que es el color de los campos por estas latitudes, cuando la cosecha para los agricultores es todavía promesa. Antes de llegar a La Yunta, casi a sus mismas puertas, sale a la derecha de la carretera la desviación que parte hacia Campillo de Dueñas.

            El pueblo de Campillo queda un poco a la sombra de las Sierra de Caldereros, la agreste cordillera vecina en la que se dan altitudes rayanas con los 1500 metros sobre el nivel del mar, y que nos vino siguiendo desde los Cubillejos por el mediodía.

            Cuentan que el pueblo de Campillo de Dueñas estuvo a punto de desaparecer del mapa, por efectos de la despoblación, en el siglo XV. Ahora, a pesar de la operación éxodo de los años sesen­ta, el pueblo anda en torno a las quinientas almas de derecho. Son linderos al pueblo toda  una red de arroyuelos y de regatos ‑secos casi todo el año‑ que concurren en las inmediaciones de Embid para engrosar los caudales del río Piedra. Hermosa iglesia dieciochesca conserva Campillo. Fue inaugurada con toda pompa el día 29 de julio de 1732, destacando entre sus muchos encantos, el capricho barroco de su retablo mayor, obra del maestro de Bello don Miguel Erber, cuyos dorados se mantienen intactos, luminosos, como si dos siglos, por lo menos, no hubieran pasado por ellos.

            Gozan de buena fama en Campillo  las llamadas "tortas de alma", una acertada variedad de la repostería molinesa que en el pueblo amasan y consumen durante las fiestas mayores. Consisten las "tortas de alma" en una especie de empanadillas, muy dulces, que contienen en su interior (el alma) una rica pasta a base de miel, peladura de naranja, pan rallado y algunos granos de anís; lo demás, lo que de verdad encierra el misterio de las famosas tortas, solamente lo saben las hábiles mujeres de Campillo.
            Muy cerca del pueblo, alzado sobre colosal plataforma de arenisca, encima de una más de las elevaciones que por allí presenta  la Sierra de Caldereros, están los restos del torreón y algunos muros del que en otro tiempo fuera el Castillo de Zafra. No hace mucho se le ha intentado salvar  con una meritoria res­tauración por parte de su dueño actual, el destacado molinés don Antonio Sanz Polo. El camino que hay desde Campillo para llegar a él, no va más allá de ser que una pista de tierra por la que las maquinarias del campo andan con facilidad relativa. Por caprichos de la Historia, el Castillo de Zafra fue una de aquellas forta­lezas medievales que, debido a su condición de inexpugnable, llegó a convertirse en  importante foco de codicias y de amargos sinsabores para magnates, guerreros, caballeros y reyes en plena Reconquista. Se fundó, parece ser, en tiempos del rey  Leovigil­do, y cuenta en su interesante historial con el hecho de haber sido, durante cuarenta días, lugar de refugio de don Gonzalo Pérez de Lara, tercer señor de Molina, cuando el rey Fernando III vino a pedirle cuentas por haber intentado ampliar, alegremente y a sus espaldas, el Señorío por tierras de Castilla. Todo acabó con la conocida "Concordia de Zafra", por la cual, Mafalda, hija de don Gonzalo Pérez de Lara, se comprometió en matrimonio con don Alfonso, hermano del rey castellano. Doña Mafalda y su marido habrían de ser, años más tarde, los cuartos señores de Molina.
            Dentro del término municipal de Campillo de Dueñas es posible, y fácil también, llegar hasta la Laguna Honda; una más de cuantas por allí existen, y que se encuadra en el mismo con­junto lacustre al que pertenece la famosa de Gallocanta, vecina así mismo, ya en tierras zaragozanas. En la Laguna Honda, habitan en pleno campo y navegan a placer, los patos de agua.
(En las fotos: Entrada a Cubillejo de la Sierra; pairón de Cubillejo del Sitio; y torre del homenaje del castillo de Zafra desde el interior del castillo)

martes, 18 de septiembre de 2012

Rutas turísticas: LOS PUEBLOS NEGROS (III)


  
   TERCERA SALIDA

     Ahora vamos a emprender viaje por la comarca más  descono­cida  de las que forman el conjunto total de los Pueblos  Negros. La  verdad es que hemos de entrar en ella un poco por  la  puerta falsa,  pisando necesariamente tierras de Madrid para colarnos  a través del quicio de Montejo de la Sierra. Por Campillo de  Ranas y  Roblelacasa  la distancia es corta, pero solo existe,  por  el momento, senda para caminar a pie o como mucho en caballería. Los pueblos guadalajareños que quedan al otro lado del río  Jaramilla ‑nombre por el que se conoce al Jarama a poco de nacer‑, son: El Cardoso,  Bocígano, Peñalba, Cabida, Corralejo y Colmenar  de  la Sierra. Apostaría por que entre todos juntos no suman de hecho un centenar de almas. Por este rincón de junto a la Cebollera  están las  alturas más sobresalientes de la provincia de  Guadalajara, superiores en algunos puntos a los 2.270 metros, como es el  caso del Pico del Lobo, cerca de la estación invernal de La  Pinilla, en  los  límites casi con tierras de Segovia por Santo  Tomé  del Puerto.
     El  Cardoso  de la Sierra es un poco la  capital  de  todos estos  pueblos. A El Cardoso se llega fácilmente a través de  una carretera  animada por el paisaje. El pueblo aparece en el  fondo de un amplio vallejuelo al que rodean cerrucos grises. Las  pie­dras  de  pizarra  llevan  allí  en  su  composición  partículas argentíferas que centellean cuando brilla el sol. Resulta curio­sa  la  estructura particular de las viviendas,  con  el  clásico entramado  que pone al descubierto el tosco maderamen por  debajo de  los tejados. Los balcones y galerías de madera tallada  a  la vieja usanza, son también una característica del hábitat rural de El  Cardoso.  Al hablar con cualquiera de los  veinte  o  treinta vecinos que todavía quedan por allí ‑personas de edad casi  todas ellas‑, enseguida sale a colación el tema de sus fiestas  mayores de  la Asunción y de San Roque; o la vieja calaverada de "dar  el San Pedro", que consiste, por tan determinada fecha, en mantear o dejar  en  cueros vivos, al primer incauto que se les  ponga  por delante.  Fue  un gran pueblo El Cardoso hace algo  más  de  cien años; antes de que diera las últimas el siglo XIX, contaba con un censo de población muy próximo a los 400 habitantes, mientras que en  su  cabaña ganadera había que vérselas con  cerca  de  10.000 cabezas, entre cabras y ovejas trashumantes. El cerro Santuy,  de 1.930  metros en la cumbre, pilla a tres o cuatro kilómetros  del caserío; algo más lejos, pero no mucho, El Cerrón, La Buitrera, y el  Pico  del Lobo, todos ellos por encima de  los  2.200  metros sobre el nivel del mar, que no deja de ser una buena marca.
     Sierra  adentro desde El Cardoso, algunos kilómetros  des­pués, el camino se bifurca, salen dos ramales, muy juntos el  uno del  otro.  El primero parte a nuestra  izquierda,  en  dirección norte hacia Bocígano; el segundo, a nuestra derecha, sigue  hasta Colmenar de la Sierra.

     A Bocígano   le  avecina el río Berbellido, aquel  del  que  antiguamente se llevaban el agua para beber. En la plaza de Bocí­gano ha existido desde siempre un olmo voluminoso, testigo  fiel de  las horas festivas y de las dolorosas también en la vida  del pueblo.  Junto  a la plaza está la pequeña iglesia de  la  Virgen Blanca. De las valiosas tradiciones de toda la sierra, destaca en interés la fiesta de La Machada en Bocígano, todo un  espectáculo de  antiquísima raíz que la gente debiera presenciar alguna  vez. Se celebra este curioso acontecimiento el penúltimo fin de semana del  mes  del mes de agosto, trasladado por conveniencia  de  los hijos  del  pueblo que viven fuera desde el día  de  San  Miguel, fecha de finales de septiembre en que se celebró antes. Sus  pro­tagonistas en la actualidad ya no son pastores serranos, ni hijos de  pastores tampoco, nietos quizá sí, por lo que no se le  puede exigir  a la fiesta la pureza ni la autenticidad que debió  tener en tiempos pasados.
     El  mayoral conduce a los machos hasta la plaza del  pueblo en  el anochecer del sábado. Los machos son mozos  revestidos  al uso  de los viejos pastores de la sierra, que portan  chaleco  de piel  y  un cencerro colgado en bandolera. Van agarrados  unos  a otros por la correa de cuero que llevan a la espalda, formando un látigo  humano.  De vez en cuando comienzan a correr y  hacen  un quiebro o un  requiebro, llevándose con un ramalazo a quienes  se les ponen por delante. Cuando los machos se caen rendidos, se les reanima  con un trago de vino de la bota. Luego, se enciende  una gran  hoguera en plena noche, que hace tiempo solían  saltar  los más atrevidos. Al día siguiente, se reparten en mitad de la plaza puñados  de  migas de pastor a todos los asistentes,  que  éstos, siguiendo  la costumbre, deberán recoger y comer con  las  manos. Para que el público no se apelotone alrededor de los calderos  de migas,  cosa que suele ser bastante frecuente, los  machos  hacen algún  quiebro, dejando así la plaza despejada y restablecido  el orden.

     Es  muy  posible que hace dos siglos fuera Colmenar  de  la Sierra  el más importante de los pueblos de la comarca. Tuvo  por entonces ocho barrios anejos, y la categoría de villa incluida en el señorío del marqués de Montesclaros. Contó con seis telares, y su censo, por aquel entonces, sobrepasaba en mucho las quinientas almas.  Hoy  está prácticamente despoblado, como los  demás.  Los oriundos de Colmenar, hijos en buena parte de aquellos otros  que se  marcharon  cuando el éxodo de los años sesenta,  vuelven  con bastante regularidad y se preocupan por rehacer mucho de lo per­dido,  entre  otras cosas su iglesia parroquial de  Santa  María, que,  dicho sea de paso, contó con bellísimo  altar  renacentista del siglo XVI.
     Gusta  perderse  por estos pueblecitos  tan  apartados  del resto  de la provincia y tan desconocidos para muchos. La  visión de sus montañas punteras, cotas todas ellas destacadas de  Somo­sierra; la impresión de vértigo que producen al pasar los barran­cos  por los que danza invisible el arroyo truchero, y  el  color noche  de los pueblos que  adornan el paisaje en los lugares  más oportunos, son vivencias que costará trabajo olvidar. Allí  queda aún, sentado en cualquier rincón, el viejo pastor de la  trashu­mancia ‑reliquia al cabo de otra manera de vivir, casi convertida en  mito‑,  o la abuelita de negra y roída vestimenta  que  amaña calcetín  bajo  el tejadillo elemental de la puerta de  su  casa: ojos  penetrantes, mano firme y corazón en paz,  atisbando  desde lejos ‑seguro que más de cuanto fuera de desear‑ el paso impara­ble de los tiempos, tan dispares con aquellos otros de su juven­tud  más  al hilo con las apetencias ordinarias del vivir  de  la sierra.
     Peñalba  y  Corralejo tampoco  defraudarán,  pueden  estar seguros;  son muchas las particularidades de cada uno comunes  a los  demás pueblos. Quien esto dice los ha recorrido todos,  como cabe suponer, ha conversado con sus buenas gentes, conectó duran­te horas y horas con el ritmo del corazón de los vecinos, sin que haya notado mayores diferencias en favor o en demérito de unos  o de otros. Lejos del mundo, tal vez; pero muy próximos al Paraíso, seguramente;  pues un paraíso y no otra cosa es aquella  serranía de  inimaginables volúmenes, en donde la vista es limpia como  el cristal  y la Naturaleza brinda, a quienes lo saben apreciar,  el olor tierno y el sabor a creación reciente.

(En las fotografías: Cruce de Caminos, Mirador de El Bocígano y Paisaje de Colmenar de la Sierra)

martes, 11 de septiembre de 2012

Rutas turísticas: LOS PUEBLOS NEGROS (II)


      
     Volvamos  atrás y partamos de nuevo del empalme de  caminos que  hay  junto a la ermita de Los Enebrales en  las  afueras  de Tamajón. Ahora reanudamos la marcha en dirección Norte,  buscando los pies del Ocejón por la cara del saliente: Almiruete, Palanca­res y Valverde de los Arroyos, son los tres primeros pueblos con los  que nos habremos de encontrar. El paisaje en nada  desmerece del que nos fue siguiendo a lo largo de la primera ruta. En esta ocasión, tal vez andemos más cerca de las cimas de las montañas; también nos sobrecogen todavía más las laderas violentas  y  los fondos perdidos de los barrancos.
     Almiruete aparece escalonado en la solana, un poco a tras­mano. El pueblo es pequeño como todos los de la comarca, frecuen­tado  por  cazadores y por veraneantes, también como todos los demás.  Quienes conocen los usos y costumbres de los pueblos  de Guadalajara, saben muy bien que en Almiruete salen "los botargas y las mascaritas" a la calle el martes de Carnaval, ataviados con extraña vestimenta blanca y sonando con estrépito los  cencerros que  rodean su cintura. Un curioso espectáculo, de profunda  raíz en el tiempo y digno de verse.
     Palancares  se empieza a divisar a distancia, allá  lejos, como  una mancha clara al otro lado del soberbio barranco que  ha de  bordear  la  carretera por la que  andamos. El pueblo de Palancares  está casi vacío. La espadaña de su  pequeña  iglesia habla de un tiempo no lejano en el que hubo vida. El tronco muer­to de la olma en el centro de la plaza nos cuenta sabidas histo­rias de abandono y de desolación, un amargo espectáculo al  que, queramos o no, hemos de acostumbrarnos cuantos vivimos por estas tierras. La fuente pública de la carretera, ajena a los éxodos  y a  los  devaneos demográficos o de tipo social  que  imponen  los nuevos tiempos, sigue chorreando abundante y fresca desde 1924 en que la construyeron.
    
      Vamos a entrar en Valverde de los Arroyos. Lo  hacemos conscientes  de  que llegamos a un pueblo sonoro y  de  notorios atractivos, aparte, claro está, del paisaje, que una vez allí se hace  más sublime con la cumbre del Ocejón como vecina. Antes  de llegar, las aguas de los arroyos saludan al que viaja dibujando pequeñas  torronteras espumosas por ambos lados del camino. Unas cabras  carean en la pradera sonando sus esquilas al  tiempo  que comen.  En la solana, se retuestan al sol paciente de la sierra las colmenas pobladas. Valverde lo tenemos aquí, ocre  y  plomo, alineando  unas  junto a otras las viviendas que adornan  por  su entorno  las  ramas del frutal. En Valverde  la  fruta  autóctona tiene un sabor distinto. Cuando los valverdeños de fuera se di­spusieron a poner  en orden las viviendas que heredaron de sus antepasados, tuvieron muy en cuenta la circunstancia singular del pueblo, y se metieron en obras procurando no romper para nada  el estilo obligado al que atenerse y que les viene marcando la pro­pia  serranía. Aquí la Plaza Mayor, junto a la que se  yergue  el fornido campanario de la parroquia; más arriba "la Era", donde el vecindario en pleno trillaba sus cosechas, y hoy tienen lugar los actos  multitudinarios  en los que participa el pueblo; aún  más lejos la imponente e impetuosa chorrera de Despeñalagua, un paseo obligado y nunca perdido, en donde se goza del estruendo y de  la gratificante visión de un arroyo que se suicida, descomponiéndose en  finísima  niebla  al  estrellarse  contra  las  peñas.   Les recomiendo, sin pasión pero con interés, un viaje a Valverde en la festividad de la Octava del Corpus si quieren gozar del colo­rido y de la luz de su folklore, o en cualquier otra ocasión  si lo que prefieren es vivir la agreste paz de sus alrededores y su ambiente peculiar de paraíso serrano. Piérdanse alguna  vez  por Valverde, merece la pena.

     Desde Valverde tenemos paso directo y fácil hasta Umbrale­jo, con un bello paisaje al caminar, por cierto. Umbralejo es  el pueblo  que compró el Estado hace más de una década, y que ahora se emplea para acoger muchachos de acampada o de convivencia. Sin salirse  del material al uso, es decir, de la piedra de  pizarra, el pueblo ha sido restaurado de pies a cabeza,  quitándole  una gran parte de su antiguo encanto rural.
     Ahora, por carretera en deficiente estado se llega hasta La Huerce,  cabecera de municipio, un histórico de los pequeños lugares de aquella serranía. Ya no vive casi nadie en La Huerce. Uno  piensa ‑y las razones a la vista están‑, que a la Huerce  le han arañado el regusto de aquella bucólica aldehuela que  conoció hace  dos docenas de años. Desde la carretera, el  pueblo  mezcla las casas de pizarra color grafito con otras que no lo son, dando como resultado un pastiche que anda muy lejos de  corresponderse con  los cánones de la estética peculiar de la sierra.  Se  habrá ganado en comodidad, ciertamente, pero se ha perdido en otro tipo de  intereses, también estimables, que impone la costumbre y el entorno. Siguen gozando, no obstante, de todo el  parabién  de quienes  por allí van, los regatos cantarines que corren junto  a las trochas y que la gente emplea para regar los huertos.
     En  Valdepinillos, anejo a La Huerce y tan despoblado  como él, las contadas viviendas que se recuestan en la ladera  mirando al  sol, tienen, por lo menos, la gran virtud de lo  genuino.  Si alguien desea estudiar con meticulosidad los pormenores del hábi­tat en los Pueblos Negros, yo le recomiendo que acuda a Valdepi­nillos. Aún son frecuentes allí los balcones voladizos de  pali­troques  en algunas de sus fachadas; las coberturas  de  pesadas planchas de pizarra que ni las lluvias torrenciales ni los  vien­tos huracanados son capaces de mover; los hornos de cocer adosa­dos a las viviendas, dibujando como un curioso tambor de panza angular o redonda; los regatillos que descienden, pueblo abajo, siguiendo a trechos la dirección de las  calles; los balidos lastimeros del chivo lechal que llama desde la oscuridad  de  la taina a su madre errante; la palabra amable, en fin, de la vieji­ta  encorvada  que llega hasta ti con timidez y, como  mucho,  te pregunta si vienes de la capital o si compras corderos. Sobre el pueblo  y  sobre la gente del pueblo la espadaña  de  la  iglesia levantada con lajas negras y con cal blanca; dentro de la iglesia aguardan,  montadas  en su humilde andaje, las  imágenes  de  San Antonio y de Santa Bárbara, esperando que suene de nuevo el cam­panillo el día de la Función; sobre el pueblo, sobre la  espadaña de la iglesia, sobre las humildes imágenes de los santos protec­tores de Valdepinillos, alerta siempre hacia los lugarejos de la sierra ‑una sierra, ¡Vaya por Dios!, en la que no hay  niños  ni gañanes  que  retocen  por el campo‑ la  mirada  escrutadora  del Ocejón desde sus 2.058 metros de altura.
     Otra  posible  escapada desde Umbralejo, sin  salirse  para nada  de  la comarca, sería llegarse hasta la cima del  Alto Rey pasando por La Nava, Arroyo de Fraguas, El Ordial y Aldeanueva de Atienza.  Un paseo más para gozar en la paz de los montes de los mil  y  un encantos que, al menos en los meses de estío y  por aquellos lugares, proporciona la altura. Verdaderamente, por aquí no se puede buscar otra cosa que la caricia de la Naturaleza. Los pueblos, ya se sabe, heridos de muerte desde que vino la emigra­ción,  y  algunos de ellos acusando la  penuria  del  deterioro. Pienso que el día, más o menos lejano, en que estos  pueblecitos de la Sierra del Ocejón vayan desapareciendo del mapa, a Guadala­jara le faltará algo vital, precioso e irreparable. A fe que nada desearía más que equivocarme, pero, también en estos  menesteres, y muy a pesar nuestro, el tiempo será testigo.


     El Santo Alto Rey de la Majestad es la montaña sagrada. Las gentes  de todos estos pueblos en varias leguas a la redonda  la nombran con respeto, casi con veneración. Sobre su cima, a más de 1850 metros de altura y en pedestal de roca, se conserva la  pe­queña ermita en la que se da culto, por lo menos una vez al  año, al Santo Alto Rey y a Santa María Reina de los Angeles, presentes allí con  sendas imágenes de cemento gris en la oscuridad del modesto santuario.
     El  Alto Rey es uno de los miradores más privilegiados  que hay en esta provincia de vistas incomparables. El espejo del  día refleja  desde allí con absoluta nitidez por el poniente los ce­rros pardales de Cantalojas, de Galve, las crestas  oscuras  de Somosierra  todavía  más lejos, y entre una finta de pinar y de blancales  calinos el campo de los Condemios y  de  Campisábalos, con  otro  mito de la orografía serrana como fondo:  el  Pico  de Grado.  Al  norte y al saliente todo el  rosario  de  pueblecitos menudos que conforman, cada cual en su lugar preciso, la Serranía de Atienza: Albendiego, en su vallejo de álamos; Somolinos,  allá en  la  limpia vaguada en la que nace el  Bornova,  amparado  por cerros  de buena talla; Ujados, la aldehuela de Ujados más  allá; Miedes la señorial, disuelta como una mancha ocre al pie mismo de la paramera por la que anduvo El Cid; Atienza todavía más  lejos, con  su  castillo roquero de eterno bogar por  salvaguarda,  como muestra de la propia eternidad de Castilla. Y al mediodía el gozo indefinible de los pueblecitos que asientan a pie de montaña: Bustares,  el de las tiernas praderas de robledillo suelto  y  un poco  de  tierra de labor; Las Navas, El  Ordial,  Gascueña, los reflejos lejanos del Pantano de Pálmaces, y más aún hasta perder­se de vista, los campos de media Guadalajara dibujando un inmenso tapiz de tonalidades pardas y frías. Por un instante, a uno se le ocurre  pensar en aquellos caballeros Templarios que  por  estas peñas  cimeras debieron pasear hace ocho siglos, y en los  cantos de maitines, a esas del alba, de los Canónigos Regulares de  San Agustín,  guerreros  también,  que  a  temporadas  y  cuando  la climatología serrana lo aconsejaba, solían  alzarse  por  aquí desde  Santa Coloma buscando el sosiego y la paz de las  alturas. Todo en apariencia sigue lo mismo, acaso hayan sido los  hombres por  estos lares los únicos que han cambiado desde el corazón  de la Edad Media. 

(En las fotos aparecen: Panorámica de Valverde de los Arroyos y el Pico Ocejón; Desfile de botargas en Almiruete; Un aspecto de la cima del Alto Rey)