lunes, 18 de marzo de 2013

Rutas turísticas: LA CIUDAD DE GUADALAJARA (II)



A SAN GINÉS POR SANTA MARÍA DE LA FUENTE

            Como compensación a su riqueza monumental, no es Guadala­jara una ciudad aparatosa en bellezas naturales a su alrededor que ofrecer al visitante. Es más bien en ese sentido una ciudad monótona, sin más accidente natural que merezca interés que el cauce del Henares bañándole los pies por el lado norte. Como visión inmediata del balcón capitalino de todas las alcarrias, apenas cuenta con la llanura triguera de la Baja Campiña y con la recortada silueta del Pico Ocejón allá lejos, por las sierras que sirven de techo a la provincia.
            Como ciudad monumental, reflejo en piedra de las diferentes épocas por las que atravesó desde la primitiva Arriaca, Guadala­jara es un curioso laberinto de motivos en los que detenerse. Como prueba de ello, vamos a caminar a pie el kilómetro escaso que separa al Palacio del Infantado de la iglesia de San Ginés, pasando por la concatedral de Santa María.
            La Iglesia de Santiago será el primer eslabón de la apreta­da cadena de monumentos que cubren el recorrido. Se trata del extinto convento de Santa Clara, originario de la primera mitad del siglo XIV. Su estilo es gótico‑mudéjar, con un interior impe­cable, casi todo el montado sobre ladrillo que se puso al descu­bierto en una reciente restauración. La llamada "Capilla gótica" de esta iglesia se fundó en el año 1452, en tanto que la que sirve de fondo a la nave del Evangelio es obra visiblemente pos­terior, del siglo XVI posiblemente, con trazado que se atribuye a Covarrubias.
            A cuatro pasos de la iglesia de Santiago, frente por frente en la misma calle, hay un patio sombrío en cuya pared lateral izquierda se abre la portada plateresca de una capilla pertene­ciente al antiguo convento de La Piedad, fundado por doña Brianda de Mendoza, verdadera joya del arte renacentista castellano. Se montó en el año 1530, con trazado y participación directa durante las obras de Alonso de Covarrubias. La capilla queda anexa al Palacio de don Antonio de Mendoza, sobrino que fue del Gran Car­denal, en donde hay un artístico patio interior columnado y escalera de honor en tres tramos a base de piedra tallada. Es la primera muestra en España del Renacimiento en arquitectura civil. La fachada del edificio se debe a una restauración llevada a cabo a principios del siglo XX, obra del arquitecto Velázquez Bosco.

            El Convento de Carmelitas de San José queda en nuestro recorrido monumental un poco más adelante. Se construyó en el siglo XVII para recoger a la comunidad de religiosas fundada por doña Magdalena de Frías, siempre con el pláceme y la ayuda econó­mica de los duques del Infantado. Sencilla portada con una vieja estatua de San José y los escudos de Frías y Mendoza, es todo lo que el convento enseña como de más interés en su parte exterior. Dentro de la iglesia conventual cuenta con un bellísimo retablo barroco, buenas imágenes de talla en el mismo estilo, un lienzo representando a Santa Teresa con la firma de Andrés Vargas, y el moderno cofre que contiene los restos mortales de las Mártires Carmelitas de Guadalajara, puesto a la veneración de los fieles desde su beatificación en el mes de marzo de 1987.
            Los marqueses de Villamejor levantaron en el siglo XVIII un palacio frente al convento de San José y que hoy se conoce por Palacio de la Cotilla. Es un edificio de ladrillo con interior bastante bien conservado. Posee una curiosa "Sala Oriental", forrada toda ella con papel pintado a mano por artistas orienta­les, y unos jardines que, debidamente cuidados, podrían ser uno de los rincones más acogedores y apacibles de la ciudad.
            En la Cuesta de San Miguel, muy cerca ya de la Plaza de Santa María, se encuentra la llamada Capilla de Luis de Lucena, lo único que pervive de la que en otro tiempo fuera iglesia de San Miguel del Monte. La construyó a sus expensas y la diseñó el humanista guadalajareño Luis de Lucena, hacia el año 1540. Es toda ella de ladrillo, con meritorios motivos ornamentales conse­guidos con ese material. Los aleros, cornisas y contrafuertes, son modélicos, un juego de formas mudéjares la mar de original. El interior de la capilla es de doble planta, teniendo la primera en los techos y enjutas algunas pinturas interesantes de Rómulo Cincinato.

            La Iglesia de Santa María cuenta con el rango de concate­dral. Se construyó en el siglo XIII con el nombre de Santa María de la Fuente la Mayor. De la primitiva obra mudéjar queda el exterior casi completo. A principios del siglo XVI se le añadió un pórtico de elevadas columnas al gusto renacentista. Las puer­tas principales son de puro estilo mudéjar, con arcos de herradu­ra en dos de ellas y en otra tercera inutilizada sobre el muro de la antigua sacristía. La esbelta torre de Santa María, de planta cuadrada, concluye en afilado chapitel de conchas de pizarra. El interior data casi por entero del siglo XVII. Tres naves y algu­nas capillas laterales, empleadas como panteones de familias distinguidas de otro tiempo, ocupan prácticamente todo el espa­cio. El retablo mayor presenta artísticos relieves con tallas de mérito, en los que figuran escenas diversas de la vida de la Virgen. Su antigüedad se fija en el primer tercio del siglo XVII y es de autor anónimo.
            Existen en el entorno mismo de la Plaza de Santa María dos detalles históricos interesantes: el Torreón del Alamín, resto de la vieja muralla del siglo XII, con planta cuadrada y dos cuer­pos, y el Palacio de los Guzmán, casona solar reconstruida en el siglo XVII, donde nacieron y pasaron parte de su vida personajes tan importantes como don Nuño Beltrán de Guzmán, ilustre arria­cense a quien se debe la fundación de la ciudad de Guadalajara en México. Del palacio de los Guzmán, apenas si se salva de la ruina la fachada barroca con valiosos detalles ornamentales, así como el escudo de armas sobre el muro, perteneciente a las familias    Guzmán y Zúñiga.
            La Plaza de Bejanque representa para la capital un cruce importante de caminos, lo que la convierte en uno de los lugares más transitados de todo el casco urbano. Sobre un altillo situado al noreste de la Plaza de Bejanque se alza el antiguo  monasterio de San Francisco, ocupado hoy en su mayor parte por instalaciones militares y alguna colonia de viviendas. Su origen parece ser que se remonta a tiempos de doña Berenguela, que levantó un convento para los Templarios en aquel lugar. En su iglesia hubo siempre un magnífico retablo gótico con pinturas del guadalajareño Antonio del Rincón. Del primitivo convento franciscano se conserva su importante fachada neoclásica. Bajo el ábside de la iglesia queda la cripta panteón de la Casa del Infantado, que mandara construir para enterramiento de los suyos el décimo duque del Infantado, allá por los años finales del siglo XVIII, tomando seguramente como modelo el panteón de reyes del Escorial. Cuando la invasión napoleónica, los franceses saquearon el convento y profanaron las tumbas. Los restos de la insigne familia mendocina fueron recogi­dos algunos años más tarde, en 1859; confundidos y cargados en urnas mortuorias se llevaron a Pastrana para ser enterrados de nuevo en el panteón de la Colegiata, sin que haya sido posible precisar, después de tanto tiempo de abandono, cuales eran y a quién pertenecían.
            El más importante parque público con que cuenta Guadalajara comienza en las inmediaciones del convento de San Francisco, y se extiende hacia la zona céntrica de la capital en donde encontra­remos, al cabo de un rato, la iglesia de San Ginés. Este parque, La Concordia, se instaló como tal en 1854, aprovechando lo que hasta entonces habían sido las eras de pan trillar de los agri­cultores. Son magníficos sus paseos ajardinados, el templete central de la música en donde de tarde en tarde se suele progra­mar algún concierto a cargo de la Banda Provincial, así como una vistosa fuente surtidor de hechura reciente. El parque de la Concordia se prolonga en dirección este por el Paseo de San Ro­que, con plácidos rincones en sombra casi perpetua, modernas instalaciones deportivas y de recreo que se extienden hasta la ermita del santo, y la verja lateral de magníficos herrajes que limita con los terrenos y edificios de la Fundación de la Vega del Pozo.


            Acabamos el imaginario periplo monumental en San Ginés, ya en el centro de la ciudad moderna. Se trata de una antigua igle­sia conventual de los Dominicos, levantada en el siglo XVI por el arzobispo Bartolomé Carranza y Miranda, a quien la Inquisición desterró por atreverse a publicar un catecismo de la doctrina cristiana con ideas supuestamente heréticas. La iglesia de San Ginés tiene una sólida fachada de piedra de cantería, con dos machones laterales que acaban en sendas espadañas minúsculas para el campanario. El interior es de una sola nave con varias capi­llas laterales. A los lados del presbiterio quedan restos de los enterramientos de don Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, y de su mujer doña Juana de Valencia, violentados bru­talmente y deshechos durante la Guerra Civil de 1936. Se trataba de obras escultóricas del siglo XVI, procedentes del desaparecido convento dominico de Bolarque. En ambos brazos del crucero están los enterramientos de don Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, y de su mujer doña Elvira de Quiñones, traídos en el siglo XIX desde el monasterio jerónimo de Santa Ana, hoy en rui­na por las afueras de Tendilla. Como los anteriores, fueron prácticamente destruidos cuando la Guerra Civil.
            Mas no acaba aquí el legado artístico e histórico de Guadalajara. Fue una cumplida muestra que nos permitió conocer un poco la zona tradicional de la ciudad, pero nada más. En justi­cia, y sin salir del casco antiguo, habría que detenerse aunque fuera de paso en la iglesia jesuítica de San Nicolás, donde, aparte de un grandioso retablo churrigueresco, se conserva el sepulcro gótico de don Rodrigo de Campuzano, comendador santia­guista muerto en el siglo XV; en la iglesia del Carmen, regida hoy por padres Franciscanos,  donde está enterrada en sencillo mausoleo sor Patrocinio, "la monja de las llagas"; en la ermita patronal de la Virgen de la Antigua, vieja iglesia de Santo Tomé, obra mudéjar del siglo XIII, donde es de fe que rezó Alvar Fáñez de Minaya después de la reconquista de la ciudad en el verano de 1085; en la iglesia renacentista de Los Remedios, cuyos esbozos se atribuyen, como en tantos monumentos de la ciudad, al genio de Covarrubias; en los palacios de la Diputación Provincial y del Ayuntamiento, ambos de la segunda mitad del siglo XIX, aparte de otras muchas casonas solar, conventos y palacetes, que harían esta relación demasiado extensa.
            A pesar de todo, teniendo en cuenta su condición de monu­mento poco común, no demasiado conocido pero de gran significado para la moderna traza de Guadalajara, nos referiremos más cumplidamente al panteón en particular, y en general a la Funda­ción de la condesa de la Vega del Pozo

(Fotos de: Santa María de la Fuente, Ayuntamiento de Guadalajara, Convento de la Piedad y Parque de La Concordia) 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Rutas turísticas: LA CIUDAD DE GUADALAJARA ( I )


    La ciudad de Guadalajara; la capital de la Alcarria por definición, y por añadidura de las demás comarcas que integran la provincia, no desdice en interés del resto de los lugares, tie­rras, villas y municipios que hemos venido conociendo, y de los cuales asume la responsabilidad de ser cabecera por razones históricas, o lo que es lo mismo, por motivos irrenunciables que el tiempo se encargó de irle colocando sobre la espalda.

            Cuesta trabajo, ciertamente, conseguir que aquellos que la desconocen entren de una vez por todas en la realidad presente y pretérita de esta singular ciudad castellana. Lo que significó en el concierto de la Historia de España en general y de la de Cas­tilla en particular; el legado artístico y costumbrista que to­davía poseemos; la manifiesta preferencia por parte de artistas y de hombres doctos que la eligieron para sus horas de expansión, cuando no para asiento permanente, son buena prueba de que esta capital de provincia en donde todavía se puede vivir y sacar partido del tiempo que se vive, posee ciertos encantos ocultos o no demasiado conocidos, cuyo descubrimiento ante los ojos de quienes la ignoran es misión que nos proponemos a partir de aquí, con la ilusión de quien aborda una tarea complaciente y por la que piensa que bien merece la pena tirarse al monte. Otra cosa es que esta ilusión de principio se vea cumplidamente correspondida. Como epílogo, pues, a toda esta serie de trabajos en torno a la provincia, vaya la presente referencia, ignoro si acertada o no, en favor y a honra de la ciudad que nos acoge.

        
                                      GUADALAJARA
           
            Se cree que Guadalajara tiene su origen en un viejo poblado carpetano que asentó sobre un vado del Henares, a poca distancia de donde ahora se encuentra, pero no exactamente en el mismo lugar. Se llamó Arriaca, que quiere decir "piedra", y con ese mismo nombre continuó durante la dominación romana y durante algunos siglos después. Dicen que, poco a poco, se iba extendiendo hacia esta otra parte del río en donde ahora se asienta, es decir, hacia la ladera y alto de una de las muchas sinuosidades que el Valle del Henares va dejando al pasar, en este caso a su margen izquierda. El nombre de Wad‑al‑hayara (río de las piedras) del que derivará su nominación definitiva, le fue impuesto por los árabes. Debió ser, tal y como lo deja entender la Historia, centro de extraordinaria importancia durante los primeros siglos de la dominación musulmana.
            Nos cuenta la leyenda que la vieja Wad‑al‑hayara fue re­conquistada a los moros por Alvar Fáñez de Minaya, pariente del Cid, la noche de San Juan del año 1085; noche de luna para más señas como así nos explica el escudo de la ciudad. El conquista­dor y sus huestes entraron ‑parece ser‑ por la "Puerta de la Feria", ahora "Torreón de Alvar Fáñez", sin que los moros ofre­cieran apenas resistencia para evitarlo. Es leyenda, naturalmen­te. La realidad histórica, que nada sabe de romances fronterizos ni de noches de luna, deforma un tanto los hechos, aunque los nombres de sus protagonistas sigan siendo los mismos. A pesar de todo es una visión bonita, muy en la conciencia de los arriacen­ses de hoy que para el caso no conocen otra, por lo que es preferible perderse en la penumbra de la vida medieval y dejarlo así.
            La hora de Guadalajara a lo largo y a lo ancho de su vida como núcleo de población determinado, fue la hora del Renacimien­to. En 1460 le concedía el rey Enrique IV el título de ciudad, tiempo justo en que comenzó a brillar, con una intensidad tal que trascendió a los diferentes reinos de España, la estrella recién encendida de los Mendoza, familia que desde entonces marcaría el devenir de la ciudad, convirtiéndola en un foco importantísimo de la vida renacentista española.
            De entonces a hoy las cosas han cambiado bastante. Guadalajara, a impulso de los tiempos y de las circunstancias, se ha convertido en una ciudad apacible, variopinta durante las últimas décadas en las que la población de hecho se llegó a tri­plicar, absorbiendo para sí a una buena parte de los habitantes de la provincia, y a muchos más de otras regiones de España al reclamo de sus fábricas; dependiente un poco de Madrid por aque­llo de la proximidad, y, desde luego, plagada de monumentos her­mosos y de un pasado histórico tan brillante que en ocasiones la llega a desbordar.
            Las costumbres más sobresalientes, un poco de su historia, y una referencia sucinta a lo más significativo del legado artístico de Guadalajara, es lo que pretendemos traer a colación como óbolo de la capital al conjunto de las tierras de la provincia. Para ello, nada mejor que entrar en materia haciendo alto en primer lugar en el edificio civil que más caracteriza artísticamente a Guadalajara; en el cenit del Renacimiento mendo­cino que contó entre sus moradores y huéspedes con personajes clave de la vida y de la cultura nacional, teniendo lugar en sus salones hechos que no son otra cosa sino páginas escogidas de la Historia, y cuya presencia en los tiempos modernos, como repre­sentación de una época, es muestra incomparable del arte español. Ni qué decir que nos estamos refiriendo al Palacio de los duques del Infantado.
           

           
            EL PALACIO DE LOS DUQUES DEL INFANTADO
           
            Seguro que ningún otro monumento de Guadalajara recibe a lo largo del año tantas miradas y tantas visitas como el Palacio de los duques del Infantado. La fachada sobre todo, y el patio interior que dicen de "los Leones", atraen a diario el interés del visitante y el de las cámaras fotográficas que acuden hasta él con el lógico deseo de llevarse, por lo menos la imagen como recuerdo, de esta maravilla única de la arquitectura civil de finales del siglo XV.
            El edificio ocupa el mismo solar en el que antes estuvieron unas casas principales propiedad de don Pedro González de Mendo­za, el Gran Cardenal de España. Lo mandó construir el segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, en un tiempo récord de diecisiete años, quedando, salvo algunos cambios y añadiduras posteriores, tal y como ahora se ve.
            De 1480 a 1483 se fue levantando la fachada, a continuación el patio columnado, y en poco más de otra década se acabó con el palacio entero. Años más tarde, hacia el 1570, el quinto duque, también Iñigo López de Mendoza como su antecesor, modificó la    fachada con algunos detalles renacentistas, al tiempo que ordena­ba decorar los techos de varios de los salones nobles con frescos realizados por pintores italianos, de los que a la sazón andaban por España con motivo de la pintura de El Escorial. De aquella época son de destacar los frescos de Rómulo Cincinato que todavía se conservan.
            Fue autor del trazado y director de las obras del palacio el arquitecto Juan Guas, a quien se le deben monumentos tan im­portantes como el castillo de Manzanares el Real o el monasterio toledano de San Juan de los Reyes. Intervinieron así mismo muchos artesanos mudéjares especializados en decoración: rejerías, fri­sos, azulejería, artesonados, etc.
            Describir con palabras lo que aquellos maestros renacentis­tas fueron capaces de conseguir con la piedra, es de alguna mane­ra pretender emparejarse con ellos, ponerse a su nivel, cosa que sencillamente resulta imposible. A pesar de todo, y contando con el apoyo de las fotografías que acompañan a este trabajo, el  lector que todavía no lo conoce, podrá sacar una idea bastante aproximada. Se puede apuntar cómo la puerta principal no ocupa el centro geométrico de la fachada, sino que queda bastante des­viada hacia la mano izquierda de quien la mira. Hileras de pirá­mides iguales clavetean toda la superficie de esta fachada, de­jando apenas los vanos en los que se sitúan media docena de ven­tanales renacentistas. La portada queda en medio de dos columnas que contienen entre ambas artísticos relieves góticos, con obje­tos y alegorías a la enseña familiar de la familia Mendoza. Por encima aparece la figura en altorrelieve de dos salvajes soste­niendo un artístico florón, en cuyo interior se destaca el escudo mendocino con una celada, un grifo, dos tolvas de molino y otros enseres relativos al árbol genealógico de la nobleza alcarreña. El remate de la fachada principal es obra grandiosa y delicada, más de orfebres que de canteros. Se trata de una serie corrida de ventanales y juegos de ajimez, colocados alternativamente entre garitones simétricos con idénticos motivos como decoración,  muy acordes con el gusto gótico‑mudéjar de todo el conjunto.


            El patio interior ─sonoro espectáculo de piedra aparente­mente moldeable─ tiene forma rectangular. Las columnas que sos­tienen la arquería baja son lisas con capitel dórico; portan sobre los respectivos arcos a los que dan lugar un conjunto re­cargado de motivos mendocinos: leones tenantes, tolvas, celadas, coronas ducales, y los escudos correspondientes de las armas Mendoza y Luna, alternándose por encima de cada capitel. La ga­lería superior recarga todavía más la ornamentación del primer cuerpo del patio. Las columnas aquí se muestran retorciendo en torno a su fuste con elaboradas estrías la forma de la piedra, los leones son grifos alados, en tanto que va sumando a su extraordinaria decoración de relieves la gracia de un barandal o pasamanos con calados, que sigue por sus cuatro caras todo el corredor de la galería.
            Algunos de los salones del Palacio sirven de albergue en la planta baja al Museo Provincial de Bellas Artes, donde pueden contemplarse, entre otras piezas de interés, la estatua yacente de doña Aldonza de Mendoza, bellísimo trabajo gótico de la prime­ra mitad del siglo XV; una "Virgen de la Leche" sobre lienzo de Alonso Cano; un "San Francisco recibiendo las reglas de su Orden"    de José de Ribera, y un "San Bernardo" de Carreño. En otro salón se guarda el famoso retablo de mediados del siglo XV, con pintu­ras de Jorge Inglés, que el Marqués de Santillana mandó montar con destino al hospital de Buitrago, en el que puede verse su propio retrato y el de su mujer en posición orante.
            La restauración del Palacio del Infantado, después de los tremendos desperfectos que sufrió durante la Guerra Civil, ha sido encomiable. Se ha devuelto al patrimonio artístico un valio­so edificio, orgullo de Guadalajara y regalo para la posteridad de la más insigne de las familias que por ella pasaron.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Rutas turísticas: A PASTRANA POR CAMINOS DE MIEL (III)


     Todo  el arte y objetos de valor ‑que en Pastrana son  mu­chos‑,  ornamentos  sagrados y útiles litúrgicos de  interés,  se encuentran recogidos en los salones de la Colegiata destinados  a museo parroquial, siendo el más importante de todos ellos la  que fuera sacristía mayor. Allí están colgados algunos de los famosos tapices góticos del siglo XV, tejidos en el taller belga de Pas­chier  Granier, sobre cartones del pintor de la corte  portuguesa Nuño Gonçalves, en los que se representan con inmejorable icono­grafía y materiales de guerra, pendones y vestimenta de la  épo­ca,  varios pasajes de la toma de Arzila y de  Alcazarquivir  por los ejércitos del rey Alfonso V de Portugal en el norte de Afri­ca. Pero como no se trata de hacer una mera y detallada lista  de objetos  artísticos,  o personales que guardan  relación  con  la historia de Pastrana, se puede reseñar un poco someramente que en el Museo de la Colegiata se exponen y custodian un par de imáge­nes barrocas de Salzillo; lienzos del taller del Greco y otros de Morales y de Carreño Miranda; vasos sagrados y cruces procesiona­les  que regalaron a la iglesia de Pastrana o a los primeros  du­ques el Papa Urbano VIII, Santa Teresa de Jesús y la propia Prin­cesa de Eboli; valiosas arquetas en plata repujada o con esmaltes de  Limoges, sin réplica posible; objetos personales que son  re­cuerdo  de Santa Teresa, de San Juan de la Cruz, de doña  Ana  de Mendoza,  y un sinfín de detalles más que hacen  merecedora  del mayor encomio a la villa de Pastrana.

 

 
     EL CONVENTO DE CARMELITAS
 

     El antiguo convento de carmelitas está situado, aguas abajo del  río  Arlés, a un kilómetro escaso de la villa.  Se  advierte sobre un otero que da vistas a la vez a tres vegas distintas. La ley de Desamortización obligó a los monjes a abandonarlo, siendo ocupado después por frailes de la Orden franciscana que  tuvieron en él su seminario menor hasta hace solamente unos cuantos  años. Fundó  este  convento Santa Teresa, en 1569, a instancia  de  los príncipes  de Eboli, junto a otro más para mujeres dentro  de  la villa.  El convento se redujo al principio a unas cuantas  cuevas abiertas  en la peña, que todavía existen, y a  pequeñas ermitas donde los monjes llevaban una vida prácticamente de  anacoretas, si bien, regidos por las reglas del Carmelo reformado. Allí  pu­sieron sus plantas y vivieron días de intenso quehacer y no pocos conflictos  con la Princesa, la Santa de Avila y San Juan  de  la Cruz,  quienes,  según cuenta la tradición, moraron  en  aquellas cuevas  y rezaron en una ermita que está recubierta en su inte­rior  con calaveras y huesos humanos que todavía  perduran.  Años más tarde, metidos ya en el siglo XVII, se inició la construcción del actual convento, con iglesia y estructura típicamente carme­litas.
 

     Existe en el museo del convento toda una serie de óleos valiosos representando escenas de la vida de su fundadora  rela­cionadas directamente con los días de Pastrana. Los padres fran­ciscanos  tienen allí instalado un interesante museo de  fauna  e Historia  Natural con fondos traídos de Filipinas y  del  Extremo oriente,  repleto  de ejemplares exóticos y  curiosos  que,  por necesidades de la casa e imposición de las circunstancias, nunca encontró su definitivo lugar de acomodo.

     La  mística española en general, y en particular  la  Orden Carmelita, tienen en estos rincones pastraneros su más  fervoroso santuario. Allí la naturaleza aparece limpia, como  acabada  de estrenar;  los  ásperos  montículos de su entorno  y  los  valles fértiles  de su triple vertiente, invitan al sosiego y a  la  paz más íntima que tan bien entendieron aquellos frailes. Nada  mejor que  los  versos del Cántico Espiritual,  inspirados  y  escritos seguramente  allí  por el "Frailecico" de Santa Teresa,  con  los valles al pie y la villa como fondo, sobre un oterillo conventual de la Alcarria:

 
          Mil gracias derramando

          pasó por estos sotos con presura,

          y yéndolos mirando,

          con sola su figura,

          vestidos los dejó de su hermosura

 
     Hoy, la Villa Ducal, hidalga y carmelitana, se ha converti­do por gracia singular de la Alcarria y de su particular  historia, en sede casi permanente de acontecimientos culturales, de  ferias y congresos. Se hizo popular en pocos años su Feria Apícola a la que asisten con asiduidad y en número creciente participantes de toda la Península, con los últimos adelantos habidos en el dulce arte de la miel; y  son frecuentes las convenciones internacionales sobre temas relacio­nados con la Historia y con la Literatura sobre todo. Las indus­trias de mobiliario, al estilo castellano de época,  reminiscen­cia  vuelta  a  la luz de sus viejos artesanos, y la  moderna instalación de algún taller peletero por añadidura, así como  la incontenible afluencia de turistas durante las dos últimas déca­das,  han llevado consigo la apertura y puesta en  funcionamiento de evocadores y cómodos mesones en donde satisfacer la demanda de hospedaje de la nueva Pastrana.

     El gozo de respirar su aire de histórica villa renacentis­ta,  el  caminar, de sorpresa en sorpresa, por sus callejuelas estrechas y sugerentes, hacen recomendable en cualquier caso, más bien obligatorio, un viaje sin prisas a la vieja Palaterna. Otra de las silentes joyas del tesoro común de todas las Alcarrias.

(En las fotografías: Detalle de uno de los famosos tapices; Convento de Carmelitas, y ermita de Santa Teresa en la huerta del convento)
 

 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Rutas turísticas: A PASTRANA POR CAMINOS DE MIEL (II)


   
     Hay que descubrirse, amigo lector; o cuanto menos, hacer una  leve inclinación de reconocimiento antes de entrar en Pastrana.   A la Villa  Ducal  conviene venir con el pensamiento lleno  de  buenos propósitos y con el alma limpia de toda perversa inclinación.  No todos saben lo que es y lo que significa en el magno concierto de las  tierras de la provincia la villa de Pastrana: muchos de  los pastraneros, por supuesto, tampoco lo saben.
     A Pastrana la que ahora pisamos, la teresiana, la  llamaron Palaterna en tiempos del Imperio Romano, y Paterniana después. No hay  duda  de que durante los cuatro o cinco primeros  siglos  de nuestra  era Pastrana debió ser ya una ciudad distinguida, de  la que  quiere  la tradición que fuese San Avero su  primer  obispo, allá  por los años del 550. Un largo silencio en su historia  nos lleva al 1174, año en el que el rey Alfonso VIII dona a la  Orden de Calatrava el castillo de Zorita, y con él todas sus tierras  y caseríos  anejos,  entre los que se encontraba  Pastrana.  Varios siglos  más tarde, el emperador Carlos I vendió la villa  a  doña Ana de la Cerda, viuda de don diego de Mendoza, conde de  Melito, con lo que comienza a resplandecer en sitio tan importante de  la Alcarria, una nueva estrella de la constelación mendocina. En  el año de 1569, una nieta de la compradora, doña Ana de Mendoza y de la  Cerda,  Princesa de Eboli, y su esposo Ruy  Gómez  de  Silva, consiguieron  del rey Felipe II el título de Duques de  Pastrana, lo que les dio ocasión para emprender de inmediato la  urbaniza­ción y embellecimiento de la villa sin reparar en gastos, para lo que les fue preciso buscar a los más diestros peritos en el  arte de la ornamentación y del tejido, mozárabes casi todos ellos, que se  establecieron en el barrio morisco del Albaicín.  La  costosa puesta en pie del Palacio Ducal es muestra del exquisito gusto de los primeros duques, y en especial de doña Ana de Mendoza,  mujer de carácter complicado a la que el tiempo se encargó de  agrandar sus innegables defectos y de juzgar con injustificada  parciali­dad.  Fray  Pedro  González de Mendoza,  arzobispo  hijo  de  los príncipes de Eboli, emprendió allá por los inicios del siglo XVII la ampliación de la actual Colegiata, con el doble fin de  hacer de ella un digno templo dedicado al culto, y un panteón  familiar para él y para sus padres, a los que amaba y admiraba con  reve­rencia.
     Por  cualquiera  de las calles de Pastrana se  respiran  al andar aires renacentistas. Son tres los barrios más característi­cos  que recuerdan al visitante la vida española del  siglo  XVI, tal  como fue o tal como nos la imaginamos: Albaicín, Palacio,  y el viejo barrio cristiano de San Francisco, que tiene como culmen la voluminosa fábrica de la Colegiata.
     En el barrio de Palacio queda la llamada Plaza de la  Hora, nombre  que le viene dado porque fue una hora cada día el  tiempo que la desdichada Princesa de Eboli podía dedicar a la contempla­ción  del mundo desde la famosa reja que da a la  plaza,  durante los  largos  años de prisión en su propio palacio que hubo de cumplir, por mandato del rey Felipe II, hasta el día de su  muerte. En el barrio de San Francisco están los rincones pastraneros con más  sabor a siglos. Callejuelas estrechas y sombrías con  aleros que casi se tocan, empedrados aún muchos de ellos con guijarros y losas que conocieron aquellos otros tiempos de histórica noble­za; encrucijadas  con  enseñas  piadosas a  la  luz  de  alguna lamparita  que invitan a pensar en el más allá y en la  brevedad de  la vida durante las noches de invierno, por las que a  menudo deambula y se santigua en la oscuridad de la noche alguna vieji­ta  enlutada. Luego los conventos: el de las Monjas de Arriba  en la que fuera Casa de Moratín,  que fundó Santa Teresa; todo  ello sin  contar  el de los frailes Carmelitas, a media  legua  de  la villa,  al  que, dado su interés, dedicaremos al  final  cumplido espacio. En el barrio del Albaicín, moruno como su nombre indica, se  adivina al pasar durante los días grises de la  Alcarria  el trastaleo monótono de las ruecas y de los viejos talleres de  la hilandería.  No  faltan quienes aseguran que el  cuadro  de  Las Hilanderas  de  Diego Velázquez representa un  telar  del  barrio morisco de Pastrana.
     A  pesar de todo es la Colegiata, la iglesia parroquial  de la villa, la que recibe a diario mayor número de visitantes. Y no es  sólo  por el templo en sí, que méritos tiene,  sino  por  el tesoro  en arte y en valores históricos que en él  se  conservan, recogido  casi todo en el museo parroquial, del que destacan  los famosos  tapices flamencos del rey Alfonso V de Portugal.
     Ya se adelantó que la actual Colegiata de Pastrana se  debe en buena parte al arzobispo fray Pedro González de Mendoza, cuyos restos y los de sus padres, como ese era su propósito,  descansan allí.  Se levantó sobre otra iglesia gótica ya existente que  fue aprovechada como coro al fondo de la nave central. Las obras  del edificio,  tal  y como hoy puede verse, se iniciaron  en  1637  y concluyeron  cinco años más tarde. Consta de tres naves,  capilla mayor  y crucero. El coro queda como se ha dicho al fondo  de  la nave central, con valiosa sillería de nogal que, en los actos  de gran  solemnidad, solía ocupar en su tiempo uno de  los  cabildos más numerosos de España, sin contar el de la catedral de  Toledo. El  retablo  mayor es de colosales proporciones, obra  de  Matías Jimeno.  Se adorna con diez cuadros que representan  imágenes  de santas  mujeres,  de  vírgenes y mártires  al  gusto  manierista, además de un lienzo en la parte superior con la imagen de  Cristo en  la Cruz, y otro en el centro con la verdadera imagen  de  San Francisco.

     El  enterramiento de lo primeros duques y de  otros  muchos Mendozas  más se encuentra en una cripta que hay  bajo el presbiterio de la iglesia. La cripta ofrece forma de cruz, con un altar pequeño como fondo del pasillo. Los sepulcros,  situados por ambas caras, llevan inscritos sus correspondientes epitafios que  recuerdan  el nombre y la fecha de  fallecimiento  de  toda aquella  nobleza mendocina. Resultan especialmente  emotivos  los cofres  sepulcrales  que contienen los despojos de  los  primeros duques,  Ruy Gómez de Silva, príncipe de Eboli, y su esposa  doña Ana  de Mendoza y de la Cerda, muerta en la solitaria  habitación de  su  palacio en febrero de 1592. Bajo el suelo  de  la  cripta fueron sepultados, así mismo, los restos mortales de muchos Men­dozas  más, traídos desde el convento de San Francisco de Guadalajara,  años después del saqueo y de la profanación de  los que  fueron  víctima cuando la invasión de los  franceses;  entre ellos  tal vez se encuentren los del autor de las  Serranillas  y los de los primeros duques del Infantado.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Rutas turísticas: A PASTRANA POR CAMINOS DE MIEL ( I )


         

     La Alcarria, como hemos tenido ocasión de ver a lo largo de  estos trabajos, da para mucho. Hoy volveremos a tierras alcarre­ñas por una ruta con destacado interés. Pudiera ser  Guadalajara, la capital de provincia, el punto de partida. El sitio de destino Pastrana,  la Señora, una de las villas más distinguidas por  su contenido histórico y artístico de toda la región centro, inclu­yendo íntegras, naturalmente y sin excepción, las dos Castillas.
     La ciudad de Guadalajara se nos queda atrás, semianclada como un viejo galeón en el  Valle del Henares. A ella habrá que regresar en día no muy lejano para poner punto final a esta serie de viajes que nos han venido ocu­pando  durante tanto tiempo. Como remate a las cuestas que  dicen del Sotillo, saliendo por la carretera de Cuenca, nos sorprenderá en  las  altas alcarrias el señorial caserío de Miraflores, un extraño capricho  arquitectó­nico que, por ignorar, lo ignoran hasta los propios alcarreños; señorial, desde luego que sí, y sinceramente  novedo­so; casi todos los edificios por  allí  exis­tentes,  y  el redon­do palomar también, son obra de  don  Ricardo Velázquez Bosco, nada menos, el arquitecto de hace ahora un siglo que  revolucionó  a Madrid a través  de su obra, y  que  dejó  en Guadalajara edificios tan sobresalientes como la "Fundación de la Vega del Pozo", con el grandioso panteón incluido, del que en  su día habrá que hablar necesariamente.
     Una  villa principal, la de Horche, nos queda a mano  según descendemos  hacia la vega del Tajuña. Horche tuvo rey  moro,  un hijo  ilustre  que tradujo El Quijote al  latín  macarrónico,  se distingue  por su ardiente afición a la fiesta, y está  colocado, con mucho sentido común, sobre uno de los más afortunados mirado­res  de  la provincia. Durante las últimas décadas se  han  hecho famosos en esta villa los talleres artesanos, principalmente  de talla  en  madera y de restauración de imágenes.  Los  horchanos suelen  jactarse, con razón por cierto, de su bella y  acogedora Plaza Mayor.
     Tendilla,  abajo  ya en el valle del Arroyo  de  las  Vega, requiere cuando menos un poco de atención. Conviene detenerse  en Tendilla. Ahí la tenemos, estirada en soportales evocadores a  lo largo de su Calle Mayor. Bajo los soportales de Tendilla expusie­ron sus mercancías durante más de cuatro siglos los  guarnicion­eros, los cordeleros, los tejedores, los cereros, los  buhoneros y  cambistas  de casi toda España en la feria de San  Matías  que duraba  medio mes. En una plazuela jardín de la Calle Mayor  está su monumental iglesia, inacabada, una iglesia que se fue haciendo a  lo  largo de tres siglos y no se terminó nunca. No  lejos  del pueblo, sobre un escondido altozano de pinos jóvenes, se  conser­van en lamentable estado los restos del primitivo monasterio  de Jerónimos de Santa Ana de la Peña, fundado por don Iñigo López de Mendoza, hijo del Marqués de Santillana y primer conde de  Tendi­lla. Las mejores pinturas de su retablo renacentista,  flamencas del  siglo XVI, se lucen para mal nuestro en el museo  de  Bellas Artes de Cincinati, en los Estados Unidos de América.
     Destacable  en Tendilla, aparte de su estructura  peculiar, al gusto de la Castilla de capa y espada, la repostería tradicio­nal de turrones, mazapanes y bizcochos borrachos, que los amantes de lo auténtico suelen buscar en ciertas épocas del año.

     Subiendo  entre  curvas un largo trozo de camino  algo  más adelante,  un  sencillo monolito nos recuerda  que  por  aquellos sequedales  anduvo  ejerciendo como religioso de la  Orden  de San Francisco el Cardenal Cisneros. Fue en el desaparecido convento de  La Salceda,  cuyas ruinas a manera de torreón se ven justamente  por encima de nosotros. Tuvo gran importancia en su tiempo este con­vento  de Religiosos Recoletos de Nuestra Señora de  la  Salceda. Por estos altiplanos cultivó la huerta conventual e hizo milagros San Diego de Alcalá; de allí partió hacia la Corte fray Francisco Jiménez  de Cisneros para ser confesor de Isabel la Católica.  En sus recoletas y ascéticas celdas se ejercitó en duras penitencias fray  Julián de San Agustín, taumaturgo; dejando su  huella,  así mismo,  el arzobispo fray Pedro González de Mendoza, hijo de  los príncipes  de  Eboli, y autor de la Historia  del  Monte  Zelia, minucioso tratado de la vida del convento.  La ley de  Desamorti­zación  acabó  con todo, y tan sólo los lienzos de su  ruina  dan testimonio de cuanto allí hubo.
     El  pueblo de Peñalver queda recostado sobre una  ladera  a muy poca distancia de donde ahora estamos. No se ve al pasar; hay que ir exprofeso en su busca para conocerlo. Muchas de las calles de Peñalver son estrechas y pintorescas, con rincones que definen como en pocos lugares del contorno la arquitectura popular alca­rreña. Es un pueblo de origen probablemente medieval, cabecera de encomienda de la Orden de San Juan. Tuvo castillo, del que apenas se  conservan unos cuantos pedazos de muro en lo alto del  cerro. Peñalver merece una visita detenida al monumental edificio de  su iglesia  de Santa Eulalia, con portada de incipiente  plateresco, rica  en ornamentos y relieves, pero visiblemente dañada por  los agentes  atmosféricos y por otros muy diversos durante  los  casi cinco  siglos  que lleva en pie. Bellísimo su retablo  mayor,  de     transición  entre  el arte gótico y el estilo  renacimiento;  las dieciséis pinturas y la rica imaginería que adornan el altar,  se encuentra entre lo más estimable que existe en la diócesis.
      Peñalver es conocido, más que por el pueblo en sí, por  la tradicional  actividad de sus ciudadanos a lo largo de los dos  o tres últimos siglos. Ellos han sido, de manera muy especial,  los encargados  de promocionar y de distribuir por distintos  lugares del  mundo y, desde luego, por todas las regiones de  España,  el más  exquisito de nuestros productos: la miel. Hubo un tiempo  en el que un setenta por ciento de los vecinos de Peñalver, se dedi­caron a la obtención y venta de la miel de la Alcarria por  infi­nidad de lugares.
     En   Fuentelencina es obligado tomar la debida nota  de sus antiguas  casonas solar, de la rejería de buena forja  conque  se engalanan  algunas  de ellas, y del edificio  con  doble  galería acolumnada  de su Ayuntamiento en la Plaza Mayor,  obra  ejemplar del siglo XVI.
     Dentro de la iglesia de Fuentelencina conviene detenerse  a observar  con detalle su retablo mayor, renacentista como el  que acabamos de dejar en Peñalver, y como aquel con valiosas pinturas e imágenes del siglo XVI. Se piensa que el autor material de  los trabajos de talla pudo ser Francisco Gilarte, discípulo de Berru­guete, del que se conocen en otros lugares de Castilla auténticos monumentos en ese noble quehacer.

     Son famosas en Fuentelencina las fiestas de San Agustín,  a finales de agosto, donde suelen tener, una vez concluida la capea y la corrida de fiestas con el toro enmaromado, lo que en  varios pueblos  de la Alcarria conocen por la fiesta de los  huesos;  en ella se comen, entre los vecinos e invitados, las reses  toreadas durante esos días.

     Moratilla de los Meleros es otro de los pueblos más signi­ficados de la comarca. El desvío después de Fuentelencina aparece a un par de kilómetros, más o menos, cuando se sale con dirección a Pastrana. Moratilla de los Meleros es pueblo de abundante fron­dosidad y de bienestar notorio en la veguilla del arroyo que  los nativos conocen por Carraguadala. Es digna de verse, en el  sitio justo  en donde se alza, la esbelta picota de la villa, al  gusto renacentista del siglo XVI, sostenida sobre cuatro o cinco gradas de piedra en escalón, y teniendo las choperas de la vega  siempre como telón de fondo. La iglesia parroquial de Moratilla conserva, de  lo que hace siete siglos fue, tan sólo la  portada  románica; muy  valioso  resulta en su interior el artesonado  de  tradición mudéjar, obra del siglo XVI, cuya realización se atribuye con  no malos criterios al artífice alcalaíno Alonso de Quevedo.
     Desde Moratilla de los Meleros, siguiendo adelante hasta la nacional  200, o volviendo atrás sobre lo andado para  seguir  de nuevo  por la carretera que trajimos desde  Fuentelencina,  todos los caminos llevan a Pastrana.

(Las fotografías nos muestran:Un aspecto de los soportales de Tendilla; una panorámica de Peñalver, y la picota de Moratilla de los Meleros)