miércoles, 24 de noviembre de 2010

UNA IMPROVISADA RUTA POR LOS CEMENTERIOS


Estamos en el mes de los cementerios. A manera de contraste con lo que suele suceder en el siglo presente respecto a la morada temporal en el mundo de los vivos, quitasueño de unos y delirio de confort para otros muchos, surgen los severos camposantos en donde la opulencia y la vanidad no cuentan, y el mero representar apenas si en ellos tiene cabida. Existen sonadas excepciones de panteones que son verdaderos derroches de suntuosidad, en los que parece se ha intentado prolongar por encima del tiempo la presencia terrena de quienes allí encontraron lugar para su descanso hasta el fin de los tiempos. La muerte, suprema manifestación de justicia y de equidad para todos los hombres, acaba con la función de cada cual en este mundo igualándolos sin distinción posible. Cervantes lo explica perfectamente en el capítulo doce de la segunda parte de su obra maestra, poniendo la reflexión en boca de Sancho, que compara la vida del hombre con las fichas de ajedrez, “que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y en acabando el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.”
De siempre he sentido un gran respeto por estos dormitorios de muertos donde los vicios se acallan por tiempo sin término, donde el silencio y la paz emergen de la tierra endurecida, de los mármoles y de los epitafios. Ante la palpable realidad de los cementerios, el alma, viajera sin billete de regreso en este correr caduco del tren de los años, se siente estremecida e insignificante.
Dudo si será de tu agrado, amigo lector, que en tu compañía vaya pasando revista a la huella que me dejaron marcada en la memoria -éste por una razón, aquél por otra bien distinta- algunos de los cementerios guadalajareños que hasta el momento he tenido ocasión de conocer. Los hubo que produjeron en mi ánimo una profunda tristeza debido a su estado de abandono, pero que después han sido restaurados y dignificados, como corresponde a su sagrada misión.
Como lugar vistoso y ordenado te invitaría a visitar, si tienes ocasión para ello, los pasillos que quedan entre las hileras de tumbas en el cementerio de la Capital; bosque de cruces enarboladas, de imágenes piadosas sobre el perpetuo lecho de los difuntos, de ángeles con rostros de dolor sobre cuyos ropajes de granito se apoyan las coronas de flores adornadas con cintas lilas o moradas, en las que unas cuantas letras de papel de oro intentan perpetuar el recuerdo de los vivos. El cementerio de Guadalajara conserva aún el sabor inefable de lo íntimo.
En las villas de Atienza, de Brihuega, de Albalate y de Uceda, impresiona el lugar elegido para su emplazamiento. En todos ellos se aprovechan retazos de muro que en otro tiempo fueron almenares o murallas, cuando no el interior mismo de templos medievales, de los que la piedra gris sigue siendo fiel testimonio.
Resulta digno de mención el cementerio de Atienza, recortado entre la antigua muralla que asoma al precipicio y la portada románica de Santa María del Rey, al pie del castillo roquero. Desde su silencio se domina una panorámica extensa de campos que limitan a no poca distancia las cumbres del Santo Alto Rey, del Ocejón y de Somosierra. Cada vez que paso por allí, salgo con la sensación de que nunca encontró la muerte mejor aposento que aquellas ruinas venerables del castillo de Atienza, donde todo parece dormir en eterno sueño bajo el regazo maternal de la Historia.
Los muertos descansan en Brihuega en un escenario bastante similar, encajados entre los viejos paredones del castillo de la Peña Bermeja, junto a la patronal de Nuestra Señora de la Peña, dando vista a la ancha vega de hortalizas que durante la noche adormecen las corrientes mansas del Tajuña.
Albalate de Zorita guarda los despojos de sus hijos en el interior de la que fuera en otro tiempo su ermita de Cubillas, al que se accede por una bella portada tardorrománica con origen cierto en el siglo XIII. Para reforzar todavía más el misterio de lo que aquello pudo ser, cuentan en el pueblo que se trata de un viejo convento de Templarios.
Una de las fotografías que acompañan a este trabajo la tomé en el cementerio de Uceda. Se trata de las naves, hoy al descubierto, y del triple ábside de la primitiva iglesia románica de la Virgen de la Varga. Sin desmerecer en nada la filigrana medieval de su arco apuntado que sirve de entrada, deseo resaltar el impresionante espectáculo de la sillería del XIII distribuida en arcos, bajo cuyas sombras conventuales destaca el gris granítico de las cruces de mármol, el reflejo tibio del sol poniente sobre la superficie de las losas, y el color desvaído de los manojos de flores artificiales o la natural languidez de los lirios. A la caída, mirando hacia las sierras, se alcanza a ver al fondo de un hundido el fértil valle del Jarama.
Pero continuemos sin distraer el vuelo por los pequeños lugarejos cuyas necrópolis -corral de muertos, les llamó Unamuno- nos impresionaron en su día y hoy son razón de recuerdo que nombrar aquí.
En Aragosa, a la vera del río Dulce, y bajo el solemne planear de los buitres por encima de los peñascos que rodean al pueblo, hay un cementerio chiquito y romántico del que fijé en mi memoria el simple detalle de una losa pegada al muro de la barbacana, discreta y olvidada. Aparece en recuerdo de Domingo Leoncio, fallecido a los 18 años, 5 meses y 22 días, allá por el año de 1858, tal vez de tisis, la enfermedad de moda; justo cuando Bécquer, tan joven como él, se sintió tocado del mismo mal y publicaba una de sus más célebres leyendas, la de El caudillo de las manos rojas.
Los difuntos de Huertahernando esperan la hora de la resurrección al amparo de la fe, de la esperanza y de la caridad, muy juntos a la sillería de la iglesia. Desde las tumbas sólo hay que ponerse en pie para vislumbrar en la distancia la adusta piel de la Alcarria en generosa panorámica, y las primeras sinuosidades y barrancos del Alto Tajo.
Tortuero es pueblo serrano y campiñés, tan bello como olvidado, perdido al fondo de uno de los valles que humedece el río Jarama. A la caída de un hondo terraplén junto a la carretera, queda su pequeño camposanto. Cuatro tapias de argamasa y piedra oscura enmarcan el filo de tres cipreses y de otras cuantas crucecillas de madera pobre. Por entre las yerbas asoman su pálida tonalidad malva las flores de lis.
Y ya en las sierras, Cañamares y La Cabrera son pueblecitos entrañables que llevan parejo a su pequeñez el don del silencio y el de la paz perdurable en donde descansan sus muertos. Para no interrumpir tan suprema quietud, ni siquiera el viento rompe apenas la calma, quizá en las noches de invierno lo sean, pero muy levemente, los rumores del arroyo cercano invitando a la oración y al sueño sin final. El cementerio de La Cabrera se asegura con artística verja de hierro, forjada por el artista local Adrián Escudero en 1928.
Y seguiríamos más, por lo menos hasta perdernos en el alto del castillo de Motos, tan lejos de aquí, para acabar esta improvisada ruta por una docena de cementerios guadalajareños, con la boca cerrada y con los ojos de la cara y los del corazón bien abiertos, allí lo sería para admirar la magnífica forja que da paso al humilde camposanto pueblerino, junto a la ermita patronal de los santos Fabián y Sebastián que se asoma al pueblo y al campo.
Después de todo lo dicho, y de lo que uno sospecha que le falta por decir si hurgase un poco más entre los pliegues de la memoria, el final del viaje viene a ser cuando menos halagador, al pensar que Guadalajara es tierra en la que hasta la muerte puede resultar hermosa si se sabe morir, capítulo aparte del libro de las ciencias humanas que no todo el mundo conoce.

(En la fotografía, un detalle del cementerio de la villa de Uceda, bajo el triple ábside de la antigua iglesia románica de la Virgen de la Varga)

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