martes, 6 de septiembre de 2011

VIAJE A LAS CUENCAS DEL GARIGAY

El arroyo Garigay, subsidiario del Guadiela, sirve de línea divisoria entre las provincias de Guadalajara y Cuenca a lo largo de dos o tres kilómetros por la Hoya del Infantado, al otro lado de Alcocer. Todavía joven, cuando de las altas tierras de Peralveche desciende hasta los bajos de Salmerón, el arroyo Guirigay es poco más que una rambla y se le llama Valdemediana, vaya usted a saber desde cuándo y cuál es la razón; pero lo más curioso del caso es que con un nombre o con otro, el arroyo se suele secar incluso antes de que llegue el verano, y, de lo que antes fue, tan sólo le queda el nombre: Garigay, un nombre sonoro y bullanguero.
La antigua Hoya se reparte por esta zona entre toda una serie de pueblos memorables, en los que de vez en cuando bien vale la pena detenerse. Lo he hecho recientemente por enésima vez, aunque de manera fugaz. Alcocer, Millana, Escamilla y Salmerón, debieron de ser junto a Valdeolivas y a algún otro pueblo más de la Alcarria de Cuenca, piedras de excelente valor engarzadas en la real corona de quienes algún día fueron sus dueños, con la diferencia en favor de aquellos (de los pueblos, me refiero) de que sus dueños desaparecieron del mapa hace siglos y para siempre, y ellos han quedado casi todos aquí, con sus defectos endémicos y sus virtudes heredadas, mostrando a quienes la desean mirar la plana limpia de sus razones históricas, tantas de ellas repartidas en común, y sus viejos monumentos por enseña, que desde luego es bueno conocer.

La cabecera, o dicho de otro modo, la capitalidad de la Hoya del Infantado, es la villa de Alcocer, ribereña al río Guadiela, que se extiende como antiguo mantón bordado de escudos nobiliarios y de casonas ilustres en torno al soberbio torreón que domina, con su linterna final como remate, el magnífico templo que a mediados del siglo XIII mandara construir doña Mayor Guillén de Guzmán, señora de la villa y amante del Rey Sabio, el décimo don Alfonso, y que acabó sus días precisamente allí, en el convento de Santa Clara donde murió y reposaron sus restos hasta la hora, aún no demasiado lejana, de su demolición.
Desde Alcocer hasta Millana la carretera es asequible, aunque quebrada en algunos tramos como el terreno por donde pasa. Millana se inscribió en la larga relación de pueblos beneméritos debido a la portada románica de su iglesia, de aguda estampa y de reconocido interés dentro del románico alcarreño, debida con toda probabilidad a la mano hacendosa y bienhechora de doña Mayor y al impecable hacer de los canteros del siglo XIII que le dieron forma. De la noble condición de algunas de las familias que vivieron por allí queda constancia escrita sobre la piedra tallada, como se hace ver sobre la fachada de la casa de los Astudillo en el escudo de los suyos, una de las más impresionantes piezas heráldicas de las muchas que se lucen sobre tantos muros a lo largo y ancho de esta provincia antigua. La Casa Grande, a la que se ha de entrar bajo una solemne portada de dovelas, es otra de las muestras retrospectivas que, con Jorge Manrique, a uno le invitan a pensar que también para Millana cualquier tiempo pasado fue mejor. Desde la ermita de la Fuensanta se alcanza a ver por todo su entorno un espectáculo impresionante formado por tierras y por pueblos de las dos Alcarrias.

Escamilla viene a caer un poco a trasmano por la carretera de Salmerón, pero a muy poca distancia. No es mucho lo que queda en Escamilla de su viejo castillo medieval que se alzaba en las orillas del pueblo, y que destruyeron a cañonazos los soldados franceses de Napoleón, después de saquearlo y de arrear con todo cuanto de valor pudo haber dentro, y que no sería poco. Escamilla, como algunos más de los pueblos de esta comarca fronteriza, perteneció al alfoz de la ciudad de Cuenca, y se rigió por el mismo fuero que en el año 1177 el rey conquistador, Alfonso VIII, otorgó a la Ciudad del Júcar. Sobre todas las demás de su contorno, sobre las más galanas y estéticas de la provincia entera, y muy por delante de las torres castellanas habidas en cualquier latitud, apunta hacia los cielos de la alcarria la torre de Escamilla. La torre parroquial es de estilo neoclásico y fue construida en el siglo XVIII; su trazado se atribuye nada menos que al genial arquitecto Ventura Rodríguez; un juego geométricamente perfecto de cornisas, de balaustres, de cupulinos, de molduras, todas de piedra, y de otros elementos ornamentales que van a concluir en la famosa Giralda, repuesta con muy poca fortuna años después de que la anterior, la auténtica Giralda de Escamilla, tan unida a la leyenda como amor sempiterno del Mambrú de Arbeteta, fuese destruida por un rayo.

Y como término, Salmerón. Para ir a Salmerón es preciso volver de nuevo atrás desde Escamilla. Henos ya en la Plaza Mayor de Salmerón. Una plaza soportalada y sugerente, ordenada y mayestática como los son las plazas mayores de algunas villas importantes de Castilla. Sobre la piedra sillar que conforma la primitiva fachada del Ayuntamiento, existen, perfectamente legibles desde hace más de tres siglos que alguien las mandó grabar, sentencias morales y frases piadosas sacadas de la Sagrada Escritura. En la plaza de Salmerón uno piensa en la mole parroquial tan grande como el mundo que tiene a cuatro pasos, y en la tienda al antiguo estilo que fue de don Ramón Paramio, aquella que en otro viaje ya tan lejano en el tiempo, le ofreció en medio de tanta limpieza y pulcritud un olor remoto a alcanfor y al añejo aroma de la soledad.
Salmerón conserva algunas calles estrechas con buen herraje en los balcones. La Fuente Grande es un rincón solitario y sombrío, donde uno se pondría a leer a Bécquer, sentado a la sombra y muy a sus anchas y sintiendo de continuo el rumor de los chorros. Junto a la fuente hay un edificio antiguo, de piedra labrada, que la gente del lugar pone en duda si antes sirvió de cárcel o fue convento.
Muy cerca de aquí, saltándose la línea provincial y apenas entrar en tierras de Cuenca está Salmeroncillos de Abajo, también junto al arroyo. Un pueblecito de la otra Alcarria al que tratamos con respeto, e incluso con gratitud, porque allí nació en 1845 un personaje ilustre al que tanto debemos los que ahora nos gusta andar con holgura por los caminos de nuestro pasado. Hablo de don Juan Catalina García López -¿verdad que te suena su nombre, amigo lector?-, y que fue académico de la Historia y primer cronista provincial de Guadalajara, cuyos restos mortales, como corresponde a una de las figuras más destacadas de su tiempo, fueron enterrados en la sacramental de San Isidro de Madrid al punto de morir, que fue en enero de 1911. El tiempo pasa para todos y se lleva por delante personas y recuerdos, pero ahí queda la obra de cada uno, el trabajo eficiente al servicio de los que venimos después.
Y si todo lo que en esta ocasión te invito a visitar te supiera a poco, y tuvieses un poco más de tiempo para descubrir lugares y monumentos de los que por fortuna te quedan a una hora de camino, o poco más, o poco menos, me atrevo a aconsejarte que, ya que estás aquí, te des una vuelta por Valdeolivas, lo tienes a un paso. Allí podrás ver algunos restos de molinos de viento en pleno corazón de la Alcarria, un campanario monumental, irrepetible, y un pantocrátor dentro de su iglesia que es todo un lujo para esta comarca en la que hay de todo, y a la que la gente, aunque nos cueste llevarla, poco a poco se va acostumbrando a visitar.


(En la fotografía, "Dertalle de la Plaza Mayor de Salmerón")




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