miércoles, 13 de marzo de 2013

Rutas turísticas: LA CIUDAD DE GUADALAJARA ( I )


    La ciudad de Guadalajara; la capital de la Alcarria por definición, y por añadidura de las demás comarcas que integran la provincia, no desdice en interés del resto de los lugares, tie­rras, villas y municipios que hemos venido conociendo, y de los cuales asume la responsabilidad de ser cabecera por razones históricas, o lo que es lo mismo, por motivos irrenunciables que el tiempo se encargó de irle colocando sobre la espalda.

            Cuesta trabajo, ciertamente, conseguir que aquellos que la desconocen entren de una vez por todas en la realidad presente y pretérita de esta singular ciudad castellana. Lo que significó en el concierto de la Historia de España en general y de la de Cas­tilla en particular; el legado artístico y costumbrista que to­davía poseemos; la manifiesta preferencia por parte de artistas y de hombres doctos que la eligieron para sus horas de expansión, cuando no para asiento permanente, son buena prueba de que esta capital de provincia en donde todavía se puede vivir y sacar partido del tiempo que se vive, posee ciertos encantos ocultos o no demasiado conocidos, cuyo descubrimiento ante los ojos de quienes la ignoran es misión que nos proponemos a partir de aquí, con la ilusión de quien aborda una tarea complaciente y por la que piensa que bien merece la pena tirarse al monte. Otra cosa es que esta ilusión de principio se vea cumplidamente correspondida. Como epílogo, pues, a toda esta serie de trabajos en torno a la provincia, vaya la presente referencia, ignoro si acertada o no, en favor y a honra de la ciudad que nos acoge.

        
                                      GUADALAJARA
           
            Se cree que Guadalajara tiene su origen en un viejo poblado carpetano que asentó sobre un vado del Henares, a poca distancia de donde ahora se encuentra, pero no exactamente en el mismo lugar. Se llamó Arriaca, que quiere decir "piedra", y con ese mismo nombre continuó durante la dominación romana y durante algunos siglos después. Dicen que, poco a poco, se iba extendiendo hacia esta otra parte del río en donde ahora se asienta, es decir, hacia la ladera y alto de una de las muchas sinuosidades que el Valle del Henares va dejando al pasar, en este caso a su margen izquierda. El nombre de Wad‑al‑hayara (río de las piedras) del que derivará su nominación definitiva, le fue impuesto por los árabes. Debió ser, tal y como lo deja entender la Historia, centro de extraordinaria importancia durante los primeros siglos de la dominación musulmana.
            Nos cuenta la leyenda que la vieja Wad‑al‑hayara fue re­conquistada a los moros por Alvar Fáñez de Minaya, pariente del Cid, la noche de San Juan del año 1085; noche de luna para más señas como así nos explica el escudo de la ciudad. El conquista­dor y sus huestes entraron ‑parece ser‑ por la "Puerta de la Feria", ahora "Torreón de Alvar Fáñez", sin que los moros ofre­cieran apenas resistencia para evitarlo. Es leyenda, naturalmen­te. La realidad histórica, que nada sabe de romances fronterizos ni de noches de luna, deforma un tanto los hechos, aunque los nombres de sus protagonistas sigan siendo los mismos. A pesar de todo es una visión bonita, muy en la conciencia de los arriacen­ses de hoy que para el caso no conocen otra, por lo que es preferible perderse en la penumbra de la vida medieval y dejarlo así.
            La hora de Guadalajara a lo largo y a lo ancho de su vida como núcleo de población determinado, fue la hora del Renacimien­to. En 1460 le concedía el rey Enrique IV el título de ciudad, tiempo justo en que comenzó a brillar, con una intensidad tal que trascendió a los diferentes reinos de España, la estrella recién encendida de los Mendoza, familia que desde entonces marcaría el devenir de la ciudad, convirtiéndola en un foco importantísimo de la vida renacentista española.
            De entonces a hoy las cosas han cambiado bastante. Guadalajara, a impulso de los tiempos y de las circunstancias, se ha convertido en una ciudad apacible, variopinta durante las últimas décadas en las que la población de hecho se llegó a tri­plicar, absorbiendo para sí a una buena parte de los habitantes de la provincia, y a muchos más de otras regiones de España al reclamo de sus fábricas; dependiente un poco de Madrid por aque­llo de la proximidad, y, desde luego, plagada de monumentos her­mosos y de un pasado histórico tan brillante que en ocasiones la llega a desbordar.
            Las costumbres más sobresalientes, un poco de su historia, y una referencia sucinta a lo más significativo del legado artístico de Guadalajara, es lo que pretendemos traer a colación como óbolo de la capital al conjunto de las tierras de la provincia. Para ello, nada mejor que entrar en materia haciendo alto en primer lugar en el edificio civil que más caracteriza artísticamente a Guadalajara; en el cenit del Renacimiento mendo­cino que contó entre sus moradores y huéspedes con personajes clave de la vida y de la cultura nacional, teniendo lugar en sus salones hechos que no son otra cosa sino páginas escogidas de la Historia, y cuya presencia en los tiempos modernos, como repre­sentación de una época, es muestra incomparable del arte español. Ni qué decir que nos estamos refiriendo al Palacio de los duques del Infantado.
           

           
            EL PALACIO DE LOS DUQUES DEL INFANTADO
           
            Seguro que ningún otro monumento de Guadalajara recibe a lo largo del año tantas miradas y tantas visitas como el Palacio de los duques del Infantado. La fachada sobre todo, y el patio interior que dicen de "los Leones", atraen a diario el interés del visitante y el de las cámaras fotográficas que acuden hasta él con el lógico deseo de llevarse, por lo menos la imagen como recuerdo, de esta maravilla única de la arquitectura civil de finales del siglo XV.
            El edificio ocupa el mismo solar en el que antes estuvieron unas casas principales propiedad de don Pedro González de Mendo­za, el Gran Cardenal de España. Lo mandó construir el segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, en un tiempo récord de diecisiete años, quedando, salvo algunos cambios y añadiduras posteriores, tal y como ahora se ve.
            De 1480 a 1483 se fue levantando la fachada, a continuación el patio columnado, y en poco más de otra década se acabó con el palacio entero. Años más tarde, hacia el 1570, el quinto duque, también Iñigo López de Mendoza como su antecesor, modificó la    fachada con algunos detalles renacentistas, al tiempo que ordena­ba decorar los techos de varios de los salones nobles con frescos realizados por pintores italianos, de los que a la sazón andaban por España con motivo de la pintura de El Escorial. De aquella época son de destacar los frescos de Rómulo Cincinato que todavía se conservan.
            Fue autor del trazado y director de las obras del palacio el arquitecto Juan Guas, a quien se le deben monumentos tan im­portantes como el castillo de Manzanares el Real o el monasterio toledano de San Juan de los Reyes. Intervinieron así mismo muchos artesanos mudéjares especializados en decoración: rejerías, fri­sos, azulejería, artesonados, etc.
            Describir con palabras lo que aquellos maestros renacentis­tas fueron capaces de conseguir con la piedra, es de alguna mane­ra pretender emparejarse con ellos, ponerse a su nivel, cosa que sencillamente resulta imposible. A pesar de todo, y contando con el apoyo de las fotografías que acompañan a este trabajo, el  lector que todavía no lo conoce, podrá sacar una idea bastante aproximada. Se puede apuntar cómo la puerta principal no ocupa el centro geométrico de la fachada, sino que queda bastante des­viada hacia la mano izquierda de quien la mira. Hileras de pirá­mides iguales clavetean toda la superficie de esta fachada, de­jando apenas los vanos en los que se sitúan media docena de ven­tanales renacentistas. La portada queda en medio de dos columnas que contienen entre ambas artísticos relieves góticos, con obje­tos y alegorías a la enseña familiar de la familia Mendoza. Por encima aparece la figura en altorrelieve de dos salvajes soste­niendo un artístico florón, en cuyo interior se destaca el escudo mendocino con una celada, un grifo, dos tolvas de molino y otros enseres relativos al árbol genealógico de la nobleza alcarreña. El remate de la fachada principal es obra grandiosa y delicada, más de orfebres que de canteros. Se trata de una serie corrida de ventanales y juegos de ajimez, colocados alternativamente entre garitones simétricos con idénticos motivos como decoración,  muy acordes con el gusto gótico‑mudéjar de todo el conjunto.


            El patio interior ─sonoro espectáculo de piedra aparente­mente moldeable─ tiene forma rectangular. Las columnas que sos­tienen la arquería baja son lisas con capitel dórico; portan sobre los respectivos arcos a los que dan lugar un conjunto re­cargado de motivos mendocinos: leones tenantes, tolvas, celadas, coronas ducales, y los escudos correspondientes de las armas Mendoza y Luna, alternándose por encima de cada capitel. La ga­lería superior recarga todavía más la ornamentación del primer cuerpo del patio. Las columnas aquí se muestran retorciendo en torno a su fuste con elaboradas estrías la forma de la piedra, los leones son grifos alados, en tanto que va sumando a su extraordinaria decoración de relieves la gracia de un barandal o pasamanos con calados, que sigue por sus cuatro caras todo el corredor de la galería.
            Algunos de los salones del Palacio sirven de albergue en la planta baja al Museo Provincial de Bellas Artes, donde pueden contemplarse, entre otras piezas de interés, la estatua yacente de doña Aldonza de Mendoza, bellísimo trabajo gótico de la prime­ra mitad del siglo XV; una "Virgen de la Leche" sobre lienzo de Alonso Cano; un "San Francisco recibiendo las reglas de su Orden"    de José de Ribera, y un "San Bernardo" de Carreño. En otro salón se guarda el famoso retablo de mediados del siglo XV, con pintu­ras de Jorge Inglés, que el Marqués de Santillana mandó montar con destino al hospital de Buitrago, en el que puede verse su propio retrato y el de su mujer en posición orante.
            La restauración del Palacio del Infantado, después de los tremendos desperfectos que sufrió durante la Guerra Civil, ha sido encomiable. Se ha devuelto al patrimonio artístico un valio­so edificio, orgullo de Guadalajara y regalo para la posteridad de la más insigne de las familias que por ella pasaron.

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