martes, 4 de junio de 2013

Rutas turísticas: EN LA RUTA DE LOS PANTANOS ( I I )

    

      OVILA Y TRILLO

     Cuando  se  deja Cifuentes y se toma con dirección  sur  la carretera que baja hasta Trillo, siguiendo el curso de las  aguas del arroyo Cifuentes, que no es sino el sobrante de la Fuente  de la  Balsa cifontina que escapa por aquí hasta encontrarse con  el río Tajo, siempre se llevan por mascota en el horizonte las Tetas de Viana. Las Tetas de Viana son dos cerros gemelos, acabados  en un altiplano con corona de piedra. Seguramente que son, por cuan­to  a paisaje se refiere, la principal nota de identificación  de las  tierras de la Alcarria. Los dos Gárgoles, el de Arriba y  el de Abajo, uno a la derecha y otro a la izquierda del camino,  nos salen al paso antes de llegar a Trillo. En Gárgoles de Arriba hay un   importante  yacimiento  romano  en  el  que  se   iniciaron excavaciones  con éxito; en Gárgoles de Abajo, las bodegas  sub­terráneas  abiertas  al pie de un otero, nos dan idea de  lo  que fueron  los  caldos alcarreños antes de que viniese  la  filoxera hace tres cuartos de siglo.
     Sin  entrar  en el pueblo de Trillo, pero sí a  sus  mismas puertas, nos desviaremos ─merece la pena─ por una pista en no muy buen estado que dará con nosotros en Ovila al cabo de unos cuan­tos minutos.
     El  monasterio  de Santa María de Ovila se construyó  a  la vera del Tajo, allá por el siglo XIII con la ayuda de los monar­cas  castellanos; si bien, su fundación en origen se debe al  rey Alfonso VIII, hacia el año 1181, y no exactamente en donde  ahora está, sino un poco más arriba de su definitivo emplazamiento.  Su desaparición,  en lamentables circunstancias, constituye  una  de las historias más tristes que ha vivido la Alcarria.

     El  monasterio de Ovila fue vendido por sus dueños en  1930 al  caprichoso y desaprensivo magnate estadounidense  W.R.Hearts, quien  inmediatamente  lo mandó desmontar, piedra a  piedra,  con intención  de reconstruirlo de nuevo en su rancho de San  Simeón, en  California. El venerable cenobio fue deshecho en  sus  partes más  nobles y más antiguas, pero no se volvió a  reconstruir,  ya que,  por falta de medios económicos suficientes para  acabar  la empresa, y debido a las circunstancias políticas del momento  ─no demasiado a su favor─, las piedras de Ovila hubieron de encontrar albergue definitivo , después de mil vicisitudes, cinco incendios y otros tantos cambios de lugar, en un almacén de San  Francisco, cuando no demolidas y amontonadas entre la hojarasca de un parque en la misma ciudad, añorando ─quién sabe si como la misma  Alca­rria─  aquellos siglos postreros de la Edad Media en  que  fueran gala  de Trillo y ornato simpar de las vegas altas del  Tajo.  Lo único  que  aún puede verse del vetusto  monasterio  son  algunos arcos descarnados del claustro, ruinas irremediables, y una  gi­miente  espadaña  como testigo de algo que jamás  debiera  haberse hecho.
     Las  torres  parejas de la central nuclear  nos  sirven  de norte para volver a Trillo. Bajo un enorme puente que une los dos barrios,  discurren mansas las aguas del Tajo. Arriba  el  pueblo viejo, empinado y albo sobre su peana de arenisca, oteando  desde las  bodegas  que hicieron los moros la moderna  estampa  de  las calles del río.
      Trillo  es un pueblo singularmente hermoso. En  Trillo  es siempre  protagonista el agua. Por una parte el remanso  del  río encajado  entre frondosas arboledas, y herrajes de  pasamanos,  y paseos  ajardinados, y galerías y miradores de la  pequeña  villa cosmopolita; por otra, el desagüe precipitado del arroyo Cifuen­tes que se despeña en cascadas estruendosas al sombraje  perpetuo de los barrancos, desprendiendo al caer una neblina húmeda por la que  se cuelan los pájaros que acuden a picotear en  las  plantas del  liquen  y de la yedra que sale entre las  peñas.  Trillo  es pueblo de callejuelas pinas y de plazuelas señoriales a pesar  de su urgente actualización urbanística, forzada, claro está, por el aumento  de la población con motivo de la puesta en funciones  de la central nuclear.
     En  Morillejo,  lugar relativamente próximo  a  Trillo,  se fabrica por procedimientos centenarios el aguardiente de orujo  y el  churú, en sus populares destilerías caseras. El churú que  se hace en Morillejo es un líquido dulzón, mezcla de mosto sin fer­mentar  y de aguardiente de la cosecha, según  fórmula  magistral que tan solo conocen los lugareños; divino elixir con el que,  en las  noches de plenilunio, después de hartos de miel hasta  decir basta, se embriagan en las mesas peñascosas de las Tetas de Viana los brujos de la Alcarria mientras los hombres duermen.
  
     CON EL AGUA A LOS PIES

     Desde  Trillo  bajamos a favor de corriente  en  busca  del embalse  de Entrepeñas. Se puede hacer por Azañón y Viana,  o  de nuevo por la carretera de Cifuentes hasta Durón. Las  condiciones del camino aconsejan la segunda posibilidad. En Durón es recomen­dable  conocer  su fuente neoclásica; y en Chillarón del  Rey  el magnífico  retablo  mayor de la parroquia, una  de  las  mejores muestras  de  la escuela de Churriguera que existen  en  todo  el país.

     Budia, aunque las distancias desde aquí siempre son cortas, viene  a caer un poco a trasmano, pero es  imprescindible  llegar hasta  él  si de veras se desea conocer lo más destacable  de  la comarca.  Budia se esconde entre las alamedas y se  resguarda  de los  vientos por sus cerros vigías. Es un pueblo  antiguo,  bello como pocos. En sus calles son frecuentes los rincones pintorescos que  trasladan  al  visitante con la  imaginación  cuatro  siglos atrás.  La Plaza Mayor es un recuerdo vivo de aquella época,  con el   edificio  consistorial  del  siglo  XVI,  pero   restaurado recientemente, como fondo. En la monumental iglesia de Budia  se guardan  los tesoros escultóricos más valiosos de toda  la  Alca­rria. Se trata de dos bustos en tamaño natural, de Pedro de Mena, que  representa  a La Dolorosa y  al  Ecce‑Homo  respectivamente, ambos procedentes de la cercana ermita patronal de Nuestra Señora del Peral. Son réplica de otros del mismo autor que se  conservan en las Descalzas Reales de Madrid. El altar mayor de la parroquia es  todo un joyel en plata repujada, resto de lo que fuera  antes de  su parcial saqueo y destrucción cuando la Guerra  Civil,  que había  sido  donado en siglos precedentes a su templo  común  por familias  hidalgas de la villa. Entre la rica gastronomía  de  la comarca destacan los bizcochos crispines, típico producto de  las fiestas de Budia. Por extramuros se levanta, restaurada  también, la famosa picota o rollo jurisdiccional de la villa.
     Luego Alocén y El Olivar, ambos con impresionantes mirado­res hacia las aguas del pantano. Más adelante, ya en la carretera de Cuenca, Sacedón, y poco antes Auñón, otra antigua villa alca­rreña  por la que sería un error para el viajero pasar sin  dete­nerse.
     Auñón  se presenta desde la carretera semicolgado sobre  el ribazo  pedregoso,  mostrando en lugar bien  visible  el  fornido corpachón  de la torre de su iglesia. Fue en la antigüedad  villa cabecera de encomienda de la Orden de Calatrava. Todavía se con­serva la Casa del Comendador entre las más añosas e  interesantes de  Auñón.  En el siglo XIX de la villa y de  todos  sus  títulos nobiliarios don Angel Saavedra, duque de Rivas, autor entre otras obras  de  su tiempo del famoso drama romántico Don Alvaro  o  la fuerza del sino. Dominando un paisaje hosco, pero bellísimo,  con el  inmenso  espejo de Entrepeñas siempre como fondo a  una  hora larga  de  camino a pie, se encuentra el  santuario  de  Nuestra Señora del Madroñal, celestial patrona de Auñón, cuya  primitiva imagen desaparecida en 1936, se consideró por tradición como una talla menuda debida al arte y al cincel del evangelista San  Lu­cas.

(Las fotografías nos muestran: un aspecto de las chorreras de Trillo, estado actual del monasterio de Óvila, y "La Dolorosa" de Pedro de Mena en la iglesia de Budia)

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