sábado, 3 de agosto de 2013

VIAJE IMPROVISADO AL ALTO TAJO

   

        Cuando el tiempo se muestra favorable por estas latitudes, que por lo general suele extenderse hasta la mitad del año, es aconsejable echarse al campo y compartir con cierta frecuencia una pequeña parte de nuestro tiempo libre con la Naturaleza de la que somos parte, a la que estamos unidos desde la tarde de la Creación, y de cuyo favor en la vida del hombre es un contrasentido renunciar, siempre que no haya para ello una causa mayor.
            Perdona, amigo lector, si te digo que los que somos de tierra adentro sentimos un cierto complejo, de inferioridad, naturalmente, en relación con los que viven en las comarcas costeras, con aquellos que siempre tienen a mano las caricias de la brisa del mar. Las playas, al margen de otros criterios entre los que se encuentra el mío, son para muchos de nuestros paisanos un privilegio inalcanzable, una vivencia soñada de la que sólo unos pocos pueden disponer durante todo el año. Pienso que es un error del que tanto nos cuesta salir, a no ser que las circunstancias nos obliguen. Por fortuna, debido sobre todo a la proliferación de las Casas Rurales en una mayor parte de nuestros pueblos, y a la mejoría de las carreteras durante los últimos veinte o treinta años, el turismo rural va ocupando a lenta velocidad el sitio que le corresponde. El campo va escalando puestos en el querer de las gentes. Somos unos afortunados, y de ahí que en éste mi trabajo de hoy os proponga una excursión lo más de aprovechada, que tan solo hace unas semanas tuve ocasión de experimentar en compañía de parte de mi familia; una más de tantas posibles que cualquier residente de esta tierra se puede plantear, programar y cumplir, cuando apenas se dispone de tiempo suficiente para mayores proyectos o nos encontremos en temporada de crisis, como es la actual, que nos impida volar más lejos.
            Sábado, tres de la tarde. A alguien se le ocurre en la sobremesa dedicar las seis u ocho horas que tenemos por delante hasta que cierre la noche en salir al campo. Hay una mayoría que apoya la idea. Se me encarga improvisar un itinerario que complazca a todos y que se ajuste al tiempo del que disponemos. Unos minutos de silencio y una hora después estábamos en camino. Destino: el Alto Tajo; programa a seguir: ninguno, lo que durante el viaje pudiera surgir sobre la marcha.
            Son unas horas en las que por la Alcarria hace calor. La tarde comienza a entrar cuando nos apartamos de la autovía cerca de Almadreones. Cruzamos Cifuentes por un lateral. Dejamos atrás la villa de las Cien Fuentes, comentando sin detenernos en ella los muchos motivos de interés que le ha legado la Historia: las torres de sus conventos, la espectacular portada románica de su iglesia, la Fuente de la Balsa, el pasado mítico de la Cueva del Beato a la salida…, para enseguida disfrutar de las irrepetibles escenas del campo de la Alcarria, de áspera piel, tesos y pequeñas ondulaciones de matorral, selladas con la silueta en pareja de las famosas Tetas de Viana, empalmes de carretera que llevan a los pueblecitos más cercanos: Carrascosa, Oter, Canredondo, Esplegares. Los farallones de roca sobre la altura -Peña del Águila- que bordean Saelices de la Sal, son el anuncio previo de que vamos por el buen camino.
            En Saelices nos hemos detenido unos instantes para echar un vistazo a las salinas y después descansar un rato a la sombra de la fuente del lavadero, que a falta de solo dos de sus nueve caños, mana abundante por todos los demás un agua fresca que los expertos hortelanos del lugar emplean para regar sus huertos al amparo de una alameda densa, con ejemplares altísimos, rectos como velas. Son algo más de las cinco.
            Al pasar junto al pueblo de la Riba, hablamos del rico tesoro artístico-cultural de la Cueva de los Casares, y comentamos la tragedia que se inició por aquellos parajes, hace ahora ocho años, y que costó la vida a un nutrido grupo de paisanos nuestros en un accidente que jamás debió ocurrir.
            Huertahernando se deja ver sobre el altiplano coronando la vega, luciendo en la media distancia la espadaña barroca del campanario de su iglesia. Cuento a mis compañeros de viaje que por estos campos de Huertahernando, murió peleando en la batalla el obispo guerrero don Bernardo de Agén, fundador de la nueva Sigüenza en el siglo XII. Las siguiente parada lo será en el monasterio de Buenafuente del Sistal, que tenemos a cuatro pasos. Conocer este importante monasterio medieval, desempañando todavía el principal cometido para el que se fundo después de toda una serie de vicisitudes y controversias surgidas entre los reyes de Castilla y los señores de Molina, es uno de los enclaves de la provincia de Guadalajara que nadie debería privarse de conocer.

            Solo el canto de los pájaros altera el silencio que se acrecienta con la visión de las viejas piedras del monasterio. El rumor de la Fuente Santa es continuo dentro de la iglesia románica en donde se guardan los restos mortales de algunos personajes principales del histórico Señorío Molinés, de doña Sancha y de doña Mafalda, en la pequeña urna que se anuncia con una lápida reciente sobre un lateral. Un saludo a don Ángel, alma del monasterio desde hace casi medio siglo, escuchar el canto de vísperas en la capilla por las monjas cistercienses que se encargan de mantener encendida la llama del espíritu, una ligera vuelta por el exterior del monasterio, y de nuevo  a continuar el viaje que tendrá como siguiente escala otro paraje mítico del Alto Tajo: el Puente de San Pedro.
            El sol y las sombras de la tarde se reparten por igual cuando llegamos a la junta de los ríos, el Gallo, que baja color tierra, y el Tajo, joven aún, que corre abundante con un agua clarísima. Las tonalidades, ocre de uno y cristal del otro, continúan sin mezclarse ni confundirse cauce abajo durante un largo espacio. La bravura del entorno, los árboles equilibristas que nacieron y se desarrollaron sobre lo alto de las peñas, el agua tranquila que se extiende a manera de discreto remanso, forman un conjunto idílico, que en la tarde en calma invitan a gozar del frescor de las aguas. Un pequeño grupo de mujeres toman su merienda sentadas sobre l plataforma de piedra que hay al lado del río.
            - Estará permitido bañarse –les pregunto.
            - Sí; nosotras ya lo hemos hecho. El agua está un poco fría al entrar, pero después está estupenda. Con que se sepa nadar un poco no hay ningún peligro.

            Iniciamos el regreso por caminos distintos a lo que nos han traído. Es aconsejable una vez aquí no perderse una vista general sobre todas estas tierras desde el conocido como “Mirador de Zaorejas”. Se puede subir en coche. La naturaleza al desnudo a una hora en la que la tarde es pura trasparencia. Un espectáculo visual inolvidable en varios kilómetros de distancia a la redonda, donde el Alto Tajo en su conjunto y en todo su misterio, es posible de avistar desde la altura. Brilla el sol, se doran las peñas en los violentos cortados que bajan hasta el fondo por donde se retuerce el cauce del río. Todavía nos queda más de una hora de sol, lo suficiente par regresar a casa por Alcocer y la ruta de los pantanos. Otra posible excursión de cuatro o de cinco horas.   

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