lunes, 12 de mayo de 2014

PASTRANA: LA HUELLA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

  

    
        Han pasado los años, y los siglos, y el recuerdo de los grandes hombres y de las grandes mujeres que pasaron por allí, todavía se cierne como alimento del espíritu en los aires de la villa. Pastrana vive y gusta vivir de la rica herencia que le dejó el pasado, y que en ella perdura con carácter permanente. Pastrana esconde en su cuerpo viejo un alma joven, perdida a retazos en las páginas de la Historia desde tiempo inmemorial, como bien saben los pastraneros que, por el simple hecho de serlo, a menudo toma parte de su particular manera de ser.
            Por motivos que no vienen al caso, no hace mucho que anduve por allí como huésped de la hospedería que ahora funciona en el antiguo convento de Carmelitas. No es nada nuevo para mí andar por aquellos lugares que pisaron los pies de sus santos fundadores: Teresa y Juan, los reformadores de la Orden. Anduve con relativa frecuencia hace bastantes años por aquellos rincones que avecinan con la Villa Ducal entre las tres vegas, pero quizás con menos detenimiento a como lo hice en esta última ocasión, con el ánimo ensombrecido entonces por la novedad de lo que acababa de descubrir, más como pasto para los ojos que para el corazón.
            Años por medio, cuando nada hay que ver por cuanto a la presencia humana de frailes carmelitas, o de franciscanos que lo ocuparon después, uno pone en juego los recursos de la imagina­ción, avalados por la realidad del paisaje y por lo que quedó escrito; de manera que al cabo de ver, de leer y de pensar, las piezas encajan perfectamente y el puzle muestra con claridad meridiana la imagen de los primeros frailes orando y laborando de sol a sol, hasta que la primera ermi­ta, la de San Pedro, con la pequeña estancia aneja tal como ahora la vemos, les pudiera servir de morada y de santuario donde dar culto, al margen de las cuevas que se asoman al precipicio. Mariano Azzaro y Juan Narduch, luego fray Ambrosio Mariano y fray Juan de la Miseria, fueron aquellos dos prime­ros frailecicos de los que se valió la Santa para llevar a cabo la fundación (segunda de Carmelitas Descalzos) en el verano de 1569.

            Pero es fray Juan de la Cruz, el místico, el más profundo de los poetas líricos en lengua castellana que ha dado nuestra literatura nacional, quien nos ha movido a dar principio y final a este trabajo, una vez contemplados plácidamente y al caer la tarde los tres valles que quedan al alcance de los ojos desde el solemne mirador donde, apartados del enorme cenobio, convertido en hospedería hoy en una buena parte, quedan las primeras ermitas, reliquia tras los siglos de aquellos santos varones, sus primeros frailes.
     
           La serenidad de la tarde en aquellos recovecos de la Alcarria que humedece el Arlés, la riqueza de matices, de verdes, de grises, de dorados y de cárdenos, nos llevan de manera inequívoca a la número cinco de las canciones del poeta que en su "Cántico espiritual", escrito muchos años después durante su prisión en la ciudad de Toledo, pero inspi­rada en este mismo mirador durante aquel otoño de 1570 en que la villa contó con su presencia, y que dice así:

            Mil gracias derramando
            pasó por estos sotos con presura,
            y yéndolos mirando,
            con sola su figura
            vestidos los dejó de su hermosura.

            Y la presencia del místico se acrecienta al bajar por el estrecho pasadizo que lleva hasta la cueva, abierta en el cortante que hay sobre un barranco ocupado por árboles y maleza. Una negra cruz de palo marcaba la sendilla que baja hasta la cueva. Dicen que una vez, algún desalmado profanó el vene­rable escondrijo de los primeros frailes, gol­pean­do, hasta destruirlas, las calaveras in­crustadas en las pare­des de la roca y en el altar, que servi­rían a los frailes como razón primera de sus meditaciones, en tantas ocasiones mientras que vivieron allí.
            Arriba, al borde de las huertas, un granado mostraba en medio del ramaje su fruto en sazón. Una imagen que, cientos de años antes, sirvió al Alma para cantar al Amado en el más bello de los poemas escrito en lengua castellana:

            Y luego a las subidas
            cavernas de la piedra nos iremos,
            que están bien escondidas,
            y allí nos entraremos
            y el mosto de granadas gustaremos.

            ¿De qué puedes dudar, lector amigo? Es la canción número treinta y siete del "Cántico espiri­tual", insuperable, exacta, actual, como si el tiempo y las circunstancias no hubiesen pasado por aquellos pagos después de más cuatro centurias.


            La zarza con fruto y sin espinas que crece en la solani­lla de la ermita solitaria al final de las huertas, es el detalle que suelen admirar como inaudito quienes pasan por allí. Es, sin duda, uno más de los motivos que se marcan en el recuerdo después de la visita a aquellos bancales venerables, en cuyo mensaje, aunque trasno­chado, marchito y olvidado, no sería malo volver la vista alguna vez como antídoto contra el imparable correr de los tiem­pos, de nuestros tiempos, que toman a despecho el sacrificio y el hacer callado de aquellos hombres y mujeres que, cuando menos, sirvieron de sólido pilar a nuestra cultura.
            Pastrana, Señora de la Alcarria por tantas razones, sigue siendo libro abierto, pozo sin fondo donde indagar acerca de muchas de las pequeñas glorias místicas de nuestro pasado, escondidas entre las cenizas del abandono; circunstancia de la que, como casi siempre ocurre, todos, individuos e insti­tuciones, debié­ramos sentirnos responsables como protagonistas de la Historia en ésta y en pasadas generaciones, todos por igual. Esperemos que lo que falta por venir agudice la fibra de la sensibilidad en favor de los importantes hitos del pasado que salpican nuestras tierras, y que, como en el caso de los lugares tere­sianos de Pastrana, a Dios gracias aún están ahí, a pesar de todo, para contarlo.


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