miércoles, 18 de junio de 2014

LA HISTORIA NOVELESCA DE MARÍA CALDERÓN


En su tiempo y en los tratados de Historia que hablan de ella, se la conoce por el sobrenombre artístico que tuvo en vida: La Calderona; singular personaje del siglo XVII, que algo y no poco tuvo que ver, y aún tiene que ver, con la provincia de Guadalajara; pues fue en el monasterio de religiosas de Valfermoso, en la vega del Badiel, donde pasó la mayor parte de su vida como miembro de la Comunidad y allí fueron enterrados sus restos. La historia, aunque popular y harto sabido de La Calderona, es de lo más extraordinario y novelesco que uno pueda imaginar.
Se llamaba María Inés como nombre de pila, y Calderón como apellido familiar heredado de un padre cuyo oficio, en aquellos primeros años del siglo XVII, era muy afín al mundo de la comedia y de la farándula tan en boca en aquel tiempo. María Calderón, que por razones ya dichas había visto por primera vez la luz en ese curioso mundillo del teatro, se reveló muy pronto como una bella y excelente actriz, a la que su Madrid natal idolatraba y conoció por La Calderona. Había nacido en 1611. Con pocos años, sólo dieciséis, debutó en uno de los muchos corrales de comedias que por entonces se repartían en los distintos barrios de la Capital de España. Corral de la Cruz, se llamaba aquel teatro. No sólo su belleza, que con aquella edad derramaba frescura por todas partes, sino también por sus cualidades interpretativas, el nombre de La Calderona se paseaba a diario de boca en boca por los mentideros y por los ambientes de la alta sociedad madrileña, y, por supuesto, por la propia Corte; pues “El Rey Nuestro Señor, don Felipe IV de las Españas,  que Dios guarde” solía ser el primero en apuntarse al evento y a la aventura, siempre que hubiera una mujer joven y guapa de por medio. La historia de la decadencia Española aparece bien nutrida en monarcas con esa catadura, si bien, a Felipe IV —casado con la reina doña Mariana de Austria, y padre en la legalidad del más inútil e incapaz de nuestros monarcas, al que la Historia reconoce por El Hechizado— le privaba de manera especial el arte en cualquiera de sus manifestaciones; de ahí que las noticias acerca de La Calderona le llegasen con rapidez, por lo que su actuación, como cabe suponer con tales antecedentes, también fue fulminante.
Los comentarios en la Corte y fuera de ella sobre los amores ocultos del Rey con La Calderona ocuparon una buena parte del reinado del monarca, tiempo que se habría de prolongar más allá de su siglo debido a las circunstancias históricas que plantearía más tarde el problema de la sucesión. Las relaciones amorosas de la actriz con Felipe IV le obligaron a dejar los escenarios; pues, como fruto inmediato de aquella relación, dio a luz un hijo en el mes de abril de 1629, cuando su edad era de dieciocho años. Al niño le pusieron el nombre de Juan José, y por orden del Rey, pese al natural cariño de la joven madre, fue apartado de ella y de su ambiente para ser educado en el seno de otra familia, humilde pero más acorde con los deseos de Su Majestad. La nueva familia se lo llevó a León, después a la villa toledana de Ocaña, y cuando el chico cumplió 13 años, el Rey lo mandó llevar a su presencia para reconocerlo oficialmente como hijo, cosa extraña en él, pues de los seis hijos e hijas que tuvo fuera del matrimonio, solamente al hijo de La Calderona reconoció como tal, con todos los poderes, títulos y derechos, a su favor. Por expreso deseo de su padre el Rey pasó a llamarse desde entonces Juan José de Austria, seguramente que en memoria de aquel antepasado, bastardo también, vencedor en Lepanto.
                                                                        

De María Calderón son imprecisos casi todos los que se conocen, muchos de ellos faltos de la correspondiente documentación que los acredite como ciertos. Se sabe con certeza que ingresó en el monasterio de San Juan Bautista de Valfermoso en el valle del Badiel, pero los autores no se ponen de acuerdo sobre el momento exacto en que eso ocurrió. Algunos afirman que fue por orden del Rey, poco después de que hubiese dado a luz. Otros, en cambio, se inclinan porque, efectivamente, fue el Rey quien dio la orden de que fuese recluida en aquel monasterio, pero trece años después del nacimiento de su hijo, es decir, cuando el padre lo reconoció oficialmente. Aún hay algo más respecto a su entrada en religión con el nombre de María de San Gabriel, y es que también llevó consigo otra hija llamada Luisa Orozco y Calderón, cuyo nombre parece ser que figura entre las abadesas del convento por aquellos años con el nombre de Luisa Francisca Orozco y Móriz, según quedó escrito en los archivos de Valfermoso. Doña María de San Gabriel, María Calderón en vida y La Calderona en el mundo de la farándula, aparece así mismo en esa relación de abadesas del monasterio en el siglo XVII. ¿Hasta qué punto es todo verdad…?
El decir de aquel tiempo, incluso en documentos escritos no faltos de cierto tinte literario, se habla de que aun estando ella de monja en el convento, el Rey pasó a verla en varias ocasiones. Otros afirman que no era el Rey el alto personaje que de tarde en tarde pasaba por el convento a ver a María de San Gabriel y a su hija, sino su propio hijo don Juan José de Austria, cosa que nada nos debe extrañar, pues era su madre la que se encontraba al otro lado del torno como hecho seguro, y tal vez también su hermana de sangre como hecho más difícil de demostrar y, por tanto, de admitir como cierto.

Hace algunos años pasé por el convento de Valfermoso. Las religiosas que viven allí su vocación son unas mujeres extraordinariamente amables, pero nada o casi nada saben del paso por aquel cenobio de la abadesa María Calderón. Tampoco es posible encontrar en todo el monasterio algún detalle que la recuerde. Se cuenta que hasta mediados del siglo XIX existió en el convento un cuadro con la efigie de aquella mujer, tal vez una más de las viejas pinturas que suele haber colgadas en las habitaciones y en los pasillos de los monasterios, como recuerdo de religiosas venerables que en su tiempo fueron ejemplo de virtud; pero que un día desapareció el cuadro, tal vez consumido por las llamas en el fuego del hogar, condenado por una monjita de la Comunidad que, al enterarse de que toda su virtud había sido la de ser comedianta en los corrales de Madrid, amante del Rey y madre de dos hijos fuera de toda unión matrimonial lícita, consideró como lo más oportuno acabar con él. Hoy lamentamos su falta como único recuerdo, ya que tampoco se conoce el lugar exacto en el que fue enterrada. Los saqueos, las   guerras, la persecución y profanación tantas veces repetidas de todo lo religioso habidas desde entonces hasta hoy, acabaron con todo posible rastro. Sólo la tradición y lo que quedó escrito en los archivos y en los tratados de Historia, nos la recuerdan.

Por cuanto a don Juan José de Austria, el hijo bastardeo del Rey con María Calderón, seguramente que hubiera sido un gran sucesor y con él se hubiese evitado una guerra sangrienta. Se le reconoce como un magnífico estratega y un hábil político mientras que ostentó el poder que le otorgó su padre; pero al morir el Rey, chocó contra la voluntad de la Reina viuda, doña Mariana, y con la oposición frontal de los grandes de la Corte. Tuvo que ceder. Es tema que escapa a nuestro propósito, por lo que, dicho lo dicho y expuesto lo expuesto, terminamos aquí. Eso sí, invitando a nuestros lectores a repasar, si tienen ocasión, las páginas de nuestra historia en las que se refieren los hechos a que dio lugar la llegada del nuevo Rey, de Carlos II el Hechizado, que unida a su desgracia personal, trajo a nuestro país una guerra cruel por la sucesión en el trono.
(En la fotos: Detalle actual del convento de Valfermoso; y los retratos de La Calderona y de su hijo don Juan José de Aústria.)

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