martes, 29 de marzo de 2011

LA BARBOLLA EN UN SEGUNDO ENCUENTRO


Hace años que anduve por allí y no había vuelto desde aquel primer viaje en el que, fuera de todo lo previsto, di con gente amable, hospitalaria y cordial, a la que he vuelto a recordar por diversas causas en posteriores ocasiones. He pasado muy cerca de La Barbolla tantas veces más, pero hasta hoy, y no en viaje ocasional, sino exprofeso, no había vuelto a entrar en él, y en tan buena hora, pues he podido comprobar el cambio habido a pesar de su pequeñez; continúa el pueblo sin tener casas hundidas -lo que bien llamó mi atención en el anterior viaje-, aunque, todo hay que decirlo en honor a su memoria, faltan algunos de aquellos buenos amigos con los que me crucé, y no porque hayan abandonado el pueblo como en los años del éxodo hicieron tantos, sino que por ley de vida dejaron de contar en la nómina de los vivos, y pasado el tiempo en el pueblo se hace notar su ausencia. Valga el breve preámbulo como homenaje de gratitud a don Joaquín Barahona, entonces alcalde de La Barbolla, hombre de bien y de fundado optimismo, quien en aquella ocasión dijo que todo en la vida tenía remedio menos la muerte, y su sentencia se ha visto cumplida: ya tienen agua abundante en la fuente del pueblo, aunque él no puede verla con aquellos ojos cansados que hace un año se comió la tierra. Descanse en paz. El verano se escapa por tierras de Sigüenza. La Barbolla, el pueblo, se solaza en el llano con el castillo roquero de La Riba como fondo al paisaje en un mismo escenario. Algunos de los que viven fuera andan ocupados en trabajos de albañilería, de últimos retoques antes de marchar. Por las afueras han levantado naves enormes que sirven de almacén a los tres o cuatro agricul­tores que cultivan aquellos campos. En La Barbolla quedan muy pocos habitantes; de derecho es muy posible que no lleguen a veinte, aunque en verano la población de hecho tal vez ande rondando el centenar.


La plaza de la iglesia, la del pilón redondo que hace años conocí, está ocupada por tractores, cosechadoras y otros voluminosos aparatos de labor. Es inútil empeñarse en sacar una fotografía del pórtico cubierto y de la airosa espadaña en conjunto. Las piedras sillar que dan forma al campanario presentan una tonalidad entre dorada y sanguina, como corresponde al material con el que la hicieron, la arenisca rodena tan frecuente en ésta y en otros comarcas de la Provincia. En una pequeña explanada, donde antes estuvo el horno, se alza una piedra tallada en forma de prisma con una inscripción entrañable: «A Joaquín Barahona, un buen alcalde. Los vecinos de La Barbolla. 1996» El detalle, qué duda cabe, honra a uno y a otros: al homenajeado a título póstumo, y al pueblo, que de manera tan patente ha querido manifestar así su agradecimiento; un ejercicio nada actual, precisamente en estos tiempos en los que la gratitud como tal es una virtud en baja. Pasan una temporada en el pueblo Micaela López y Margarita Vázquez. Las dos son maestras y las dos ejercen en sus ratos libres como artistas autodidactas, una en pintura y la otra en cerámica. Expusieron en Atienza a primeros de agosto, con gran éxito según he sabido después. La familia, a la que ambas pertenecen, tienen una casa grande en las orillas del pueblo, de cara a los campos llanos del Vadillo; una casona en la que se acomodan las diferentes ramas familiares y se reunen a comer y a trasnochar bajo un árbol frondoso en tiempo de vacaciones. Las dos, Margarita y Micaela, me enseñan parte de su obra que, efectivamente, es admirable. Micaela tiende por el bodegón y por las estampas rurales de algunos pueblos del contorno. Margarita maneja con maestría la cerámica artística en cualquiera de sus variedades. Con ellas, y con Amado Ortega, visitamos en su interior la iglesia del pueblo dedicada a la Cátedra de San Pedro.

-Que al mismo tiempo -me explican- es nuestro Patrón, con fiesta local el veintinueve de junio. Han cubierto con tarima el piso de la iglesia. Ha quedado mejor, más cómoda y menos gélida durante el invierno; pero se echan en falta aquellas tumbas, algunas con artísticos relieves, que quedaron escondidas por debajo de las maderas y que recuerdo haber visto en mi primer viaje. El retablo mayor, con una hermosa talla de San Pedro en la hornacina central, es una bella muestra del arte del siglo XVIII, con magníficos dorados, y de lo que en el pueblo se deben sentir orgullosos. Otros cuantos retablillos laterales completan el interés del pequeño templo. Desde la casa de Amado Ortega se deja ver a media distancia el pueblo de Imón, colgado sobre la ladera que asoma a las salinas. Imón, La Riba, Villacorza y Valdealmendras, son los que La Barbolla cuenta como vecinos. Por aquellos contornos corren las aguas del río Salado, que bajan desde Valdelcubo o quizás desde más lejos. Los altos del saliente corresponden a la Sierra de la Pila, una especie de preludio a Sierra Ministra que se hará presente algo más adelante, por tierras de Horna y de Bujarrabal en los límites geográficos con la provincia de Soria. La nota tierna, romántica, la pone el bien cuidado jardinillo de la señora Mari, aquí junto a nosotros, lindero con la vivienda de Amado y de Trini, donde las madreselvas, con sus flores blancas y amarillas, efímeras en el tiempo, pero delicadas en aroma al amanecer y a la caída de la tarde, se hacen por un momento dueñas de los sentidos. Aunque los campos de alrededor y a estas alturas, al parecer, prometen, pese a las bajas cotas del termómetro en los inviernos serranos, los pueblos se encuentran prácticamente desiertos. Casi todos ellos pertenecen como entidades anejas al ayuntamiento de Sigüenza, que hace de cabecera de municipio. No obstante, todos gozan de una marcada personalidad, de un carácter que les viene de siglos; pero que corren el riesgo de desapare­cer, al menos como núcleos urbanos, cuando los contados habitan­tes sobre los que todavía se apoya la vida municipal, vayan desapareciendo sin haber dejado un renuevo que los sustituya. Siglos de existencia que se hacen notar en los sólidos edificios de piedra bien dispuesta, en las costumbres y ritos festivos que convendría mantener a toda costa, aunque los vientos de la modernidad no soplen, precisamente, en dirección favorable.

(En la fotografía, jardín y sencillo monumento a Joaquín Barahona, el buen alcalde)

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