lunes, 4 de julio de 2011

E M B I D


Viajar hasta los confines de la provincia por el saliente requiere, entre otras cosas, que el tiempo acompañe; y aun así, cuando uno se va aproximando a los primeros sabinares de la comarca molinesa, se da cuenta de que las cosas siempre cambian con respecto a la climatología que dejamos atrás. Solamente es preciso viajar de un extremo al otro de la provincia en cualquier dirección, para darse cuenta de la variedad de paisaje, de temperamento, de costumbres y hasta de maneras de vivir, de unos lugares a otros apenas desplazarse desde el punto de partida durante una hora de viaje. La facilidad -y la necesidad- que ahora tenemos de ir de un sitio a otro por causas distintas va limando estas diferencias, pero aun así en el medio rural todavía son notorias.

A Embid, pueblo de los rayanos molineses al que acudo por segunda vez después de tanto tiempo, se puede llegar directamente desde Cillas por la carretera que sigue hacia Tortuera, o dando un poco de vuelta por La Yunta, obligándose de esta manera a pisar durante unos minutos caminos de Aragón. No es la ruta más aconsejable para llegar a Embid desde Molina, pero tomé ésta segunda opción a pesar de que la distancia sea un poco mayor, pues se cuenta con la ventaja de andar por tierras menos conocidas y con la posibilidad de descubrir algo nuevo: un viejo monumento en ruinas, un arroyo seco, o una ermita solitaria, como ésta de Santo Domingo de Silos que aparece junto a nosotros en una leve hondonada al poco de volvernos a incorporar en tierras guadalajareñas. Una ermita en la que quienes van de paso se pueden deleitar con la apretada serie de esgrafías e inscripciones grabadas sobre la piedra, que son un valioso documento a la vez que una muestra de la singular paciencia y de los deseos de perpetuar su memoria por parte de muchos de los habitantes de la comarca, a lo largo de los dos o de los tres últimos siglos.

La solitaria ermita de Santo Domingo ocupa los bajos de un pequeño promontorio, por cuyas pedregosas cercanías pasa la carretera comarcal que sigue hacia Daroca. A cuatro pasos de la ermita queda el cauce exangüe del río Piedra y una especie de fortaleza natural de rocas erosionadas que se recortan en formas caprichosas.

La ermita de Santo Domingo es un lugar apacible. Uno siente verdadera devoción por estos sitios tan apartados y tan silenciosos que nuestra civilización ha ido excluyendo, y en cuyos centenarios sillares queda constancia de horas inolvidables, de emociones amarillentas por el paso del tiempo, de idilios, quién sabe, que comenzaron en lugares así con ocasión de una romería y acabaron juntando dos vidas para siempre en tiempo de nuestros abuelos.

Sobre las dovelas de la ermita aparecen inscritas, con letras nobles que el romero trabajó y pulió con esmero, nombres de pueblos y de personas que ya son historia. Gentes llegadas hasta allí para honrar al Santo procedentes de Tortuera, de Cimballa, de Monterde..., y fechas que arrancan de 1770, pasan por 1884, y otras recientes incluso de nuestro nuevo siglo. Allí hay un viejo reloj de sol señalado en la piedra, en medio de vivas y de vítores en honor del santo taumaturgo, y cuatro paredones encalados por los que corretean, recién salidas del letargo, las lagartijas.

Embid, a paso de automóvil, se alcanzará a ver algo más adelante. El pueblo aparece como extendido sobre la cuesta mirando al mediodía. Encima de un leve alcor, a la entrada del pueblo y mirando hacia las casas de Embid, están los muros, los torreones hundidos, las agujas enhiestas de piedra desgranada de lo que fue el castillo. Estampa de un valor evocador después de tanta distancia, de tanto campo y de tanta soledad por todas partes.

Me acabo de parar al lado de la iglesia. El coche se refresca entre dos contrafuertes. Unos pasos más y alcanzo las murallas del castillo. No tenía intención de emprender la escalada, pero la senda por la que se sube hasta el castillo no parece ofrecer demasiadas dificultades. Sopla un poco de viento. Ya dentro de las ruinas venerables de la antigua fortaleza apenas se distinguen las formas cilíndricas de tres torreones, algunas saeteras, media docena de almenas y el muro puntiagudo de la torre del homenaje. Sobre las piedras mal altas de los paredones en ruinas se airean algunas antenas de televisión.

Quiero recordar ahora cómo en el anterior viaje a Embid, aquí mismo al pie del castillo, me encontré con un señor extraordinariamente amable y abierto conversador. El buen hombre se llamaba don Nazario Martínez, por entonces tenía ya noventa años y de haber vivido en estos momentos sobrepasaría los cien sobradamente. El señor Nazario subía todos los días durante el buen tiempo al cerro del castillo y llevaba la cuenta de las piedras que cada invierno se iban desprendiendo de la torre mayor.

Hacia un lado, el pueblo queda todo él extendido al descubierto desde el castillo, con la torre en espadaña de la iglesia en primer término, luciendo un arco del XVI que abre la entrada y una cúpula recortada en perfecto octógono. Alrededor, extramuros del pueblo, se ven algunos macizos desgastados de tierras viejas, oteros grises en los que no hay vida, y una ermita pequeña, la de la Soledad, que apreciamos en la media distancia como a vista de pájaro. En dirección opuesta, muy a lo lejos, se recortan en el horizonte los picachos dentados de la Sierra de Caldereros, otro más de los referentes principales de la comarca molinesa, donde se sostiene enhiesta sobre la fuerte peña, desafiando vientos y tempestades, la torre del castillo de Zafra.

Es la de hoy una hora cualquiera de un día de trabajo. La mañana no invita a estar en la calle. Durante el poco tiempo que me he quedado en Embid, apenas si he podido ver a dos personas por sus calles: una señora tendiendo ropa en un balcón y a un hombre que salía del ayuntamiento con unos papeles en la mano. Como en tantos pueblos más de esta misma comarca, también aquí nos suelen sorprender a cada paso casonas de sólida estructura, que invitan a pensar en un tiempo que se fue. Embid es uno de los pueblos que más han sufrido durante siglos y siglos los reveses de la Historia. Primero, hasta su despoblamiento en el siglo XIV, debido a las luchas fronterizas entre castellanos y aragoneses, volviéndose a repoblar poco más tarde por autorización expresa de Alfonso XI de Castilla, fechada en 1331, a don Diego Ordóñez de Villaquirán, que fue quien construyó el castillo. Luego sería rehecho un siglo más tarde por don Juan Ruiz de los Quemadales, conocido en su tiempo por el “Caballero viejo”. En 1698, el último rey de la dinastía de los Austrias, Carlos II, le concedió marquesado propio que vino a caer en el que por entonces era su noveno señor, don Diego de Molina.

Dos detalles más, con dos fechas separadas por varios siglos de por medio, me han llamado la atención momentos antes de emprender el viaje de regreso. El primero de ellos lo encuentro marcado sobre la piedra en el arco de entrada a la iglesia en la solana; se trata de un escudo tallado en la prolongación de la piedra clave con la cifra de 1530, fecha que por su antigüedad no es demasiado corriente verla escrita en las piedras de nuestros edificios. El segundo de estos detalles sería una fuente desangelada que a alguien se le ocurrió situar en una esquina de la plaza. La fuente tiene una placa escrita, con mucha más pomposidad en el texto que la causa que la motivó, incluso que su propia presencia: “Año 1953. Fuente del Teniente General Abriat. Lograda merced a su beneficiosa actuación en pro de este pueblo, con la ayuda del Estado y Excma. Diputación Provincial. El vecindario de Embid, agradecido.”

Ha pasado la hora del medio día. Un denso nubarrón se ha formado por el poniente. Sobre el pueblo y el castillo merodean unas cuantas parejas de aves rapaces.

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