sábado, 2 de julio de 2011

L U Z Ó N


La memoria me dice que esta es la tercera vez que paso por Luzón, un pueblo singular anclado por aquellas serrezuelas del Alto Tajuña, en donde todavía quedan de manera continua algunas docenas de personas manteniendo encendida la llamita de su nombre y de su antigüedad, como uno de los primeros lugares que selló su nombre, no sólo en lo que hoy ha venido a ser la provincia de Guadalajara o toda nuestra región, sino aun de España entera. En años precedentes anduve por Luzón en otras dos ocasiones: en el verano de 1982, tomando los datos oportunos para el reportaje correspondiente en “Plaza Mayor” de este mismo periódico, y once años más tarde, en junio de 1993, con ocasión del cálido homenaje que el pueblo dedicó a su hijo más ilustre, el doctor Layna Serrano, con motivo del primer centenario de su nacimiento.

Como en el primero de mis viajes a Luzón sorprendo al pueblo de buena mañana. Cuando antes de llegar hasta él se da vista a la fecunda vega que riega el Tajuña acabado de nacer, el pueblo se descubre en silencio, antiguo y señorial, sobre una ligera ondulación del terreno, resbalando los rayos del primer sol sobre las esquinas de las torres y sobre los ventanales en ojiva de Los Escolapios, tiñendo de un color encendido los sillares de arenisca rodena que conforman el monumental campanario de la iglesia de San Pedro.

Si la tradición no nos engaña, ya que, al menos que yo sepa no hay documento alguno que lo demuestre, aunque tampoco exista nada en contra que invite a sospecharlo, en el valle que tenemos delante de los ojos, resguardado al bajar por vertientes abruptas y rudos roquedales, debieron de instalar su cuartel general y tomar estas tierras como suyas las primitivas familias de los lusones, un pueblo celtíbero que, veinticinco siglos atrás, ocupo por estas latitudes una franja extensa de terreno mesetario, cuya capitalidad pudo estar situada precisamente aquí, en lo que ahora es el pueblo de Luzón o en sus alrededores. El pueblo está encajado entre cerros ásperos de piedra gris y rojiza, que se manifiestan en roquedales pintorescos, enhiestos como vigías que velasen desde sus puestos respectivos en el Alto de las Peñas, en Los Frailes o en la Veracruz, el sueño de los hombres, procurando garantizar la paz de la vega tantas veces alterada por los reveses de la historia desde que sus primeros pobladores tuvieron a bien instalarse en aquel escogido lugar.

Ya dentro, enseguida nos sale al paso la estupenda fuente del pueblo, con sus nueve caños de manar abundante, muy cerca del cauce del Tajuña, cuyas aguas del sobrante le aporta después de pasar por las solitarias albercas del lavadero. Desde la fuente, una calle estrecha nos lleva a la Plaza Mayor.

La plaza de Luzón se despereza bien entrada la mañana al pie de la torre de la iglesia. Una placa conmemorativa clavada sobre la pared del ayuntamiento, recuerda que en este pueblo nació el insigne historiador -al que tanto de nuestro saber debemos todos- don Francisco Layna Serrano, nombre que el pueblo ha dado también a una calle contigua que viene a caer a la misma plaza, en donde todavía está, también con su placa conmemorativa correspondiente, la casa en que nació el autor de tantas obras memorables en las que se recoge el pasado, más que completo, de Guadalajara y de casi toda su provincia.

Luzón es sobre todo un pueblo para ver, para ser observado en silencio mientras se camina despacio por sus calles en cuesta, en las que a cada paso van apareciendo motivos para detenerse a contemplar: callejones retorcidos, puertas cerradas, un dintel, un ventanuco, y más arriba las antiguas escuelas en piedra sillar como parte que son, junto a la capilla que tienen al lado, del tan elegante como inservible hoy colegio de escolapios. Aula de niñas y aula de niños. “Escuelas católicas fundadas por Juan Bolaños y Ayuso”, se puede leer con claras letras de molde marcadas en relieve en lo más alto de la fachada. Un edificio sorprendente donde la piedra lo dice todo, mientras que el silencio y el olvido no dicen nada, o por lo menos nada de lo que nos gustaría oír o adivinar. Por una de las ventanas de la escuela he podido ver maderas y palitroques amontonados, como si sus dueños lo empleasen de almacén trastero.

- Es el mejor edificio que hay en el pueblo ¿No le parece?

- Claro que sí. La pena es que no le den algún uso mejor.

- Todos los que vienen por aquí suben a verlo.

- ¿De quién es esto ahora?

- Ahora pertenece al ayuntamiento.

Los Escolapios, llamativa construcción al gusto neogótico, según proyecto del arquitecto Sr.Marañón, es lo que queda de una fundación creada por el ya dicho don Juan Bolaños, un eclesiástico nacido en Luzón a finales del siglo XIX, que en vida llegó a ostentar el cargo, dentro de su ministerio, de canónigo de la catedral de Málaga.

Comprenderá el lector que en una mañana fría, cuando en los pueblos uno se encuentra con las puertas cerradas, y los pocos habitantes que pudieran ser ausentes de las calles, no es posible conocer tantas cosas como a cualquiera que llega le gustaría conocer. De mis viajes anteriores a Luzón quiero recordar la llamativa oscuridad de su iglesia por dentro, con doble cúpula y un retablo monumental bien dorado, que preside una imagen centenaria de San Pedro revestido con los ornamentos pontificios. La Patrona es, como en Brihuega, la Virgen de la Peña, que tiene su ermita en la parte más alta del pueblo, mirando a la vega del Tajuña.

Las bajas temperaturas serán probablemente la nota negativa para el campo de Luzón, pero su vega es fecunda, rica en aguas y privilegiada por cuanto a la calidad del suelo. A pesar de todo, tanto beneficio no fue suficiente para retener a la población, que en una buena parte prefirió marcharse de allí durante los años sesenta y dejar el pueblo en bastante menos de la mitad de lo que hasta entonces fue; aunque, eso sí, haciéndose presentes con frecuencia en el lugar de sus mayores durante ciertas temporadas y en fechas muy concretas a lo largo del año, manteniendo así, aunque a distancia, activos los movimientos del viejo corazón de uno de nuestros pueblos más interesantes y con mayor vitalidad, pese a su exigua población de hecho y de derecho.

- Ah, pues le advierto que ahora el pueblo tendrá que subir.

- ¿Y eso?

- Porque nos van a dar mucho dinero cuando pongan los molinos esos que producen energía eléctrica. Se habla de doscientos millones.

- ¿De euros?

- No creo. Serán de pesetas. En el ayuntamiento lo saben bien.

El interlocutor no me da más explicaciones; acaba de llegar a la plaza desde Madrid en el momento justo que pongo el coche en marcha para volver a casa. Son más de las doce del medio día; el frío persiste; el cielo se ha nublado en un decir amén, y estamos en los últimos días de un invierno en el que los problemas del tráfico por estas latitudes a causa de la nieve y de los hielos nos hacen pensar en lo peor.

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