domingo, 11 de diciembre de 2011

CIRUELOS DEL PINAR


            Me había hecho a la idea cuando el terrible incendio de dejar pasar el tiempo antes de volver por allí. Uno guarda la estupenda imagen de tantos rincones de aquella comarca arrasados por el fuego no sólo en la memoria, sino también en el corazón; habían sido muchas las veces que me extasié desde lo alto de alguna peña contemplando el espléndido panorama de la masa boscosa más grande de España, que comienza allí, continúa por las sierras del Tremedal y de Albarracín, y se explaya en bellísimos paisajes de un verde intenso, en accidentes irrepetibles por la Serranía de Cuenca. Trece mil hectáreas de bosque nos arrebató la garra insaciable del fuego en aquellos días del mes de julio, y lo que todavía fue peor, pues por si lo demás hubiera sido poco, también se llevó por delante la vida de once personas en pleno desempeño de su trabajo, una herida que al tiempo le costará mucho borrar de nuestra memoria, si es que alguna vez lo consigue.
            Afectado, qué duda cabe, por el recuerdo de algo tan trágico que jamás debió ocurrir, tomo al fin el ramal de carretera que parte a mano derecha en la misma entrada de Maranchón, y sigo adelante camino de Ciruelos. La carretera no está en muy malas condiciones para andar por ella, pero es estrecha, apenas caben dos coches de tamaño normal si se cruzan de frente. Tierras de labor en los bajos, y laderas grises sobre las que se sostienen no lejos de allí, moviendo sus enormes brazos, los molinos de la luz, esos generadores de energía que poco a poco van adueñándose de las cimas de los oteros y colinas en varias zonas de la provincia, girando día y noche a impulsos del viento y cambiando de manera extraña la silueta de nuestros horizontes.
            A mitad de camino, con umbrosos álamos alrededor, hay una fuente abrevadero que nadie usa junto a la carretera, y una especie de refugio con chimenea interior, mesas de piedra repartidas por la pradera, una piscina abandonada, y algunas parrillas de las de asar que suponemos habrán sido clausuradas, quizás para siempre. Poco más adelante las viejas parideras del ganado, los llanos de las eras, y recogido como en mitad de la vega al volver de una curva, se deja ver el pueblo en su conjunto, con sus sólidas casas de piedra, la tranquilidad que le da el campo, contrastando en la media tarde con el sol poniente. Ya a la entrada, al otro lado de la carretera frente al lavadero y a la fuente del Sahúco, los almacenes de piedra o de metal al servicio de los agricultores. Una leve costanilla nos sube hasta la plaza, una de las plazas más elegantes y fotogénicas que uno recuerda en pueblos de su categoría
            Es sábado, y eso nos permite ver algunos coches estacionados en las calles. La plaza de Ciruelos tiene una pista rectangular en el centro, rodeada de bancos de piedra y una farola en mitad que la engalana. Al fondo la espadaña de la iglesia de la Magdalena, recogiendo en el campanario los últimos rayos del sol de la tarde.
            Por estas mismas fechas se cumplen veintitrés años de mi primer viaje a Ciruelos. El aspecto del pueblo no ha cambiado mucho desde entonces. Se han construido por las afueras algunas casas nuevas, se han restaurado otras, pero el pueblo sigue guardando aquel aspecto de velada distinción que tanto me impresionó en aquel momento. Pienso que el paso de los años se ha dejado notar, y que muchas de las cosas que ya existían se han ido envejeciendo. Hay que estar muy encima de plazas y jardines, no sólo en Ciruelos, para que se conserven en perfecto estado de revista, utilizando tal vez de manera inapropiada la terminología militar, como lo estaba el pueblo cuando don Samuel, el Secretario, me lo enseñó en su interior y en sus alrededores a bordo de su Citroen dos caballos, toda una institución, y un personaje importante, creo yo, del que en el pueblo seguramente que se hablará por mucho tiempo.
            Aparte del pueblo en sí, bello como pocos, fueron siempre sus alrededores la gran atracción, quiero pensar que bastante afectados como para ser vistos después del incendio, por lo que sólo he decidido salir dando un paseo hasta las orillas, donde ya aparecen sobre un alto junto a las últimas casas la muestra de la tragedia.
            - Fue una pena, señor; fue una pena –me ha dicho una señora que baja con un haz de matas secas debajo del brazo.

            Aunque la tarde que pasé por allí era una de esas puramente otoñales de mediados de octubre, el sol alumbraba con una claridad sorprendente. Me hubiera gustado volver a visitar la Fuente de la Pradera, o la Piedra del Cobertera, o contermplar de lejos el valle de los Milagros, como en aquella otra lejana ocasión lo hice acompañado de don Samuel que me sirvió de guía.
            El pueblo sigue estando limpio, guardando aquella velada elegancia de cuando lo conocí. Los membrillos de los árboles –abundantes, por cierto, y de gran tamaño- brillaban como lámparas amarillas a mi paso mientras subía hacia el Teleclub. El Teleclub de Ciruelos ocupa la planta baja de un edificio inmenso, ejemplo de aquella arquitectura de alcurnia tan propia de los pueblos donde los bosques, y sobre todo la ganadería, tuvieron su repercusión económica en épocas pasadas.
            El salón del Teleclub se conserva con su cumplida capacidad como para acoger en los grandes acontecimientos a toda la población. Varias mesas están repartidas por la ancha superficie del local, una mesa de billar en la que nadie juega, y una barra de mostrador larga tras la que una muchacha sirve a los tres o cuatro clientes que se encuentran allí en aquel momento. Los clientes del Teleclub hablan de caza y de la escasez de setas y de níscalos que hay en el pinar.
            - Si no ha llovido casi. No es posible que salgan níscalos –dice uno.
            - Desde que se quemó el suelo, no saldrán níscalos en muchos años –dice el otro.
            He pedido una infusión de manzanilla que me es servida al instante. Los clientes y la chica del bar me miran con extrañeza. No todos los días aparece por allí un forastero con una cámara de fotos, mirándolo todo y tomando nota con disimulo de lo que ve. Los avisos que a veces ponen en los bares junto a los anaqueles en donde están las botellas me gusta leerlos, porque suelen ser con frecuencia un dechado de ingenio. El que pende escrito tras el mostrador en el Teleclub de Ciruelos no lo había visto en ninguna parte:

            Abrimos cuando llegamos,
            cerramos cuando nos vamos,
            y si vienes y no estamos
            es porque no coincidimos.  
       
            El curioso monorrimo no creo que pueda pasar a la preceptiva literaria como modelo, pero de lo que no hay duda es de que tiene su aquel, y que muy bien pudiera servir de ejemplo para andar por casa en cualquier tratado de lógica. Algo hay que hacer, y que decir, cuando la población es tan escasa como la de Ciruelos del Pinar, reconociendo que algunos servicios, como éste de bar, no vale la pena tenerlo disponible sobre un horario continuo fuera de los dos meses de verano y durante algunas de las fiestas mayores a lo largo del año, que cada vez son menos. Otra de las muchas limitaciones a las que se han de acostumbrar los pueblos cuando su número de habitantes es inferior a las mil almas como población de hecho. Circunstancia bastante común en el medio rural y en cualquiera de sus comarcas.
            A pesar de todo, Ciruelos del Pinar es un pueblo que conviene ser tenido en cuenta. Confiamos, y sobre todo deseamos, que sea el menor tiempo posible el que haya de transcurrir hasta que su campo, sus bosques, y sus infinitos motivos naturales que tanto lo enriquecen, vuelvan a ser lo que antes fueron; aun así, vale la pena pasarse por allí. Si eres de los muchos para los que el campo es poco menos que una necesidad vital, te aseguro que saldrás satisfecho.     

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