viernes, 2 de diciembre de 2011

BRIHUEGA Y SANTA MARÍA DE LA PEÑA


            La importancia histórica de la Villa de los Jardines hizo de ella un nombre y un lugar harto conocido, no sólo de alcance provincial o regional, sino en un ámbito mucho más amplio. En España y en el mundo se conoce a Brihuega por motivos distintos, siendo los más importantes las dos batallas que se dieron junto a sus muros: la de 1710 que colocó en el trono de España de manera definitiva a la familia francesa de los Borbones, y la de marzo de 1937 en que la villa fue bombardeada repetidas veces en uno de los enfrentamientos más conocidos de la Guerra Civil. También en los ambientes literarios quedó impreso el nombre de Brihuega, aun fuera de nuestras fronteras, debido al sustancioso capítulo que C.J.Cela le dedicó en el “Viaje a la Alcarria”, el más memorable de los libros escritos por nuestro último Premio Nóbel.
            Las gentes de Brihuega andan por el mundo con fama de ser una raza especial. Defensores de todo lo suyo, fervorosos de sus tradiciones y costumbres, con un carácter distinto al de las demás gentes de la Alcarria, y muy amantes de la Señora, de la milagrosa imagen que para los brihuegos no es otra que la de Santa María de la Peña, un nombre que tantos de ellos llevan en los labios y guardan en el corazón.
           El fervor de los brihuegos hacia la imagen de su Patrona tiene su origen en la Edad Media, y se basa en una leyenda, que resumida, pudiera ser así: La princesa Elima, o Zelima, hija del rey moro de Toledo Al-Mamún, había nacido, lo mismo que su hermana Casilda -luego Santa Casilda- de una esclava cristiana ya fallecida, cuyos principios en la fe se supone que debería conocer aprendidos de su propia madre. Es el caso que en las serenas noches estivales de la Alcarria, la princesa, alma sensible y soñadora, acostumbraba a pasar muchas horas contemplando por las aspilleras de la torre mayor y desde los adarves del castillo el plácido panorama de la vega, adormeciendo su espíritu cada trasnochada con el murmullo de las aguas cantarinas que se despeñaban sobre el abismo, observando con admiración el fulgor nítido de los miles de estrellas que en las noches claras se asoman desde la bóveda celeste, centelleantes unas, inmóviles otras, a velar desde la altura el sueño en paz de aquel tranquilo rincón de la Alcarria. Cátedra ideal para escuchar de labios de sus hayas -cristianas a la sazón- los grandes misterios de su fe y los aleccionadores pasajes de la vida de Cristo y de su santísima madre, mitad rigor evangélico, mitad fruto de la imaginación a la que eran tan dadas las gentes de aquel siglo.
            Cuenta la tradición que en una de aquellas noches de vela, cuando la princesa se encontraba sola alimentando la paz de su alma con el silencio de los valles, levemente contrastados a la luz de la luna, vio en la pequeña oquedad de unas rocas sobre las que se sostenía el castillo, la imagen fulgurante de de la Madre de Dios con su Hijo en los brazos. Corrió despavorida a dar la noticia a sus servidores, y uno de ellos, llamado Ponce, se descolgó hasta la cueva donde Elima había sido testigo de aquel portento de luz. Después de apartar cuidadosamente el ramaje y el matorral que se interponían ante la entrada de la cueva, se encontró, efectivamente, con una imagen sencilla de la Virgen, la cual, nueve siglos después de que aquello ocurriera, y bajo la advocación de la Virgen de la Peña, el pueblo ensalza y venera como Reina y Señora de Brihuega.    
            El hecho histórico que dio pie a la leyenda, pudo tener lugar durante las últimas décadas del siglo XI, de donde procede ésta, una de las más arraigadas devociones marianas de toda la Alcarria.
            Más o menos parejo a este hecho portentoso, o quizá no mucho tiempo después, se iniciaron los primeros trabajos para la construcción de un templo en honor de la Virgen, sobre la vertical del precipicio en el que apareció la imagen. Iglesia bellísima que, tras una interminable serie de mejoras en tiempos diferentes, de cambios y añadidos, de profanaciones y reparos, hoy podemos contemplar como una de las más importantes, más sólidas y mejor conservadas de toda la diócesis, después de la catedral de Sigüenza. No es una iglesia monumental la de Santa María por cuanto a su capacidad y tamaño, pero sí que en su estructura e incontables detalles arquitectónicos es francamente hermosa. El celo de su actual párroco queda patente en muchos de los últimos arreglos, restauraciones y añadidos, que no sería fácil enumerar sin correr el riesgo de pecar por defecto.
            De una de las naves laterales parte de cara al precipicio la fortísima estructura de hierro en zig-zag que hace posible bajar cómodamente, salvando el vértigo, a la cueva abierta en la roca donde, según la tradición, fue hallada la venerable imagen de Nuestra señora de la Peña, que preside desde su luminosa hornacina en el presbiterio, la iglesia parroquial a la que nos hemos referido y que lleva su nombre. La cueva, asegurada con puerta para entrar a media altura del cortante rocoso, guarda en su interior una reproducción de la verdadera imagen morena de la Patrona, frente a un ventanal que sirve de mirador hacia la vega; todo un espectáculo de calma y de grandiosidad, que deja a su pie los cuartelillos de las huertas, dispuestos para la siembra o la plantación de especies hortícolas tan pronto como el tiempo lo aconseje, tarea en la que los campesinos de la villa tienen tanta experiencia y tan buen tino. Una visión incomparable que nada nos extraña fuese hace siglos un atractivo para reyes, para altas dignidades de la Iglesia, para princesas y sultanes moros tan ligados en la antigüedad a la historia de Brihuega.
            Pero, con el mayor respeto hacia toda opinión distinta, la iglesia de San Felipe es para mi gusto la más hermosa de las tres que desde hace ocho siglos enriquecen los muchos valores que tiene la villa. Entrar en San Felipe y contemplar en una primera visión de esta iglesia, es uno de los espectáculos más gratificantes que puede ofrecer un paseo por tierras de la Alcarria. Lo mejor del arte religioso tardorrománico puede apreciarse, y gozar de él, en el silencio interior de esta iglesia, cuya correspondiente réplica, aunque en peor estado, queda poco más abajo, en la misma calle y acera: la iglesia de San Miguel, que en la actualidad, después de varios arreglos, se dedica a actos de tipo cultural.
            La iglesia de San Felipe tiene tres naves, la central alcanza una altura mayor que las naves laterales. Dos filas de columnas dividen las tres naves, y el juego de arcos que queda entre ellas es una exposición perfecta de lo mejor que el arte del siglo XIII regaló a Brihuega, por obra y gracia de sus señores en aquel tiempo, los arzobispos de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, el abanderado de las Navas de Tolosa, su gran benefactor, un nombre marcado a fuego en el libro de oro de la historia de Brihuega, tan repleta de nombres y de acontecimientos que tuvieron su reflejo en la historia nacional.
            Brihuega es hoy por hoy, y por mil razones, una de las villas castellanas más reconocidas, no sólo por su pasado, sino por su presente también. Las gentes de fuera van reconociendo a Brihuega poco a poco. Son importantes los proyectos futuros que ya existen para mejorarla todavía más. En tanto ahí está, para ser vista y admirada, para descubrirla y disfrutar de ella. Los diferentes establecimientos hosteleros que allí han abierto, seguro que nos ayudarán a que el viaje a Brihuega nos sea más grato. 

(En la foto, un aspecto de la iglesia de la Virgen de la Peña)  

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