lunes, 5 de diciembre de 2011

POVEDA DE LA SIERRA CON SOL DE OTOÑO

             Sí, con soles serranos del veranillo de San Martín que, fiel a la costumbre, nos trajo una bonanza climatológica que mereció la pena aprovechar. Es ese sol de otoño apetecible y crudo, un sol que torna las mañanas aún más transparentes y tiñe de brillo real las hojas de las choperas en las márgenes de los ríos.
      No ha sido fuerte el madrugón para estar allí, ni madrugón siquiera, en la mañana del sábado; pero a las once en punto me encontraba en la plazuela del olmo de Taravilla, la que tiene por vecina al frente la plaza del pueblo y el saloncillo de bar en el otro extremo. El olmo es allí, que nadie lo dude, el principal personaje. Es para mi uso -y creo que los conozco todos- el que tiene el tronco más rugoso y corpulento, más grueso y espectacu­lar de toda la Provincia. Tres metros quizá sean pocos para darnos una idea aproximada de su robustez, lo que supondría, al multiplicar esa medida por pi, un contorno próximo a los diez metros, es decir, que se necesitaría por lo menos de seis o siete hombres para abrazarlo alrededor. Y tiene hojas aún en su antiguo ramaje. Ha sido preciso llenar de piedras el vientre para que se sostenga e inyectarle por tres veces cargas de líquidos contra la grafiosis para que pueda seguir viviendo. Los ancianos del pueblo, aún se reúnen cada verano en tertulia mañanera bajo su sombra. Taravilla, pueblo del Alto Tajo, es conocido sobre todo lo demás por su famosa laguna nutrida de agua y de leyenda; también por el salto rugidor de la chorrera no lejos de donde está la laguna, y, desde luego, por la tranquilidad y el sosiego de su ambiente sereno, limpio y acogedor.
            De extramuros parte en Taravilla una carretera, valle abajo, que sigue hasta Poveda de la Sierra. Es una carretera por la que conviene viajar lentamente. Las curvas infinitas de su trazado así lo exigen, y lo recomienda la belleza agreste del paisaje, en todo similar a los más celebrados rincones de la Serranía de Cuenca con sus hoces inolvidables, sus farallones rocosos, sus mantos de peluche esmeralda cubriendo las laderas de las montañas tapizadas de pinos, las barranqueras oscuras, los arroyos y las fuentes de un agua delicada. Jamás había pasado por allí. Es ésta la primera vez que lo hago. Todo es por allí una lección variada de naturaleza selecta, de juegos de contraste, una página antológica de formaciones rocosas, a modo de madejas retorcidas, en los bruscos cortes de las peñas que, al no verlos con los ojos, costaría trabajo creer.
            A la vuelta de unas curvas, ya en el barranco, aparece la imagen más sorprendente y más grata a los ojos: el puente sobre el río. En mitad de un marco agreste, bravío, descomunal en dimensiones y rico en colores y en sonidos, transcurre manso y transparente -aguas verdes de cristal que permiten ver desde arriba el correr fugaz de los alevines- el padre Tajo, el río más largo de la Península Ibérica, muy joven aún, al que más los campos que los hombres por estas tierras le rinden culto. Y al lado del puente sobre el río, pero siempre dentro de la misma estampa, las vertientes pinariegas; allá en lo alto el cabezo rocoso que el sol dora y adornan los troncos canijos y las capotas de los árboles que crecen sobre él; raíces como serpien­tes gigantescas, retorcidas, que entran y salen por los agujeros de las peñas, y pinos haciendo equilibrios inverosímiles por encima de los crestones que se asoman sobre el precipicio. Unas aguas que braman al pasar como una constante, anulando el sonido del viento y los cantos de los pájaros que andan por aquel lugar. En los indicadores de junto al camino se lee: "Fuente del Berro", "Casas del Salto", "Acotado de pesca"... Y al punto, poco más allá, Poveda de la Sierra, con las heridas que le produjo la maquinaria del caolín abiertas a perpetuidad en la Cuesta de la Rastra, con sus fuentes hermosas -dos por lo menos-, sus casi doscientos habitantes de derecho, sus parajes irrepetibles y sus recuerdos. Un arroyo sin nombre al otro lado de la calle Real trae a la memoria del vecindario que por allí estuvo el molino de los Pastores, de cuya familia, Segundo Pastor, nacido en Poveda el 23 de junio de 1916, eminente concertista de guitarra y composi­tor de reconocimiento internacional, alcanzó las cotas más altas del gloria con las que pueblo alguno puede soñar; glorias a las que habría que añadir las de otro hijo ilustre en el campo de la política, don Pablo Arias Templado, nacido allí y bautizado en la pila de su iglesia, quien llegó a ser alcalde de la ciudad de Sevilla hacia la cuarta década del siglo XVII.
            Poveda de la Sierra tiene un plaza magnífica, amplia, con una fuente de dos caños en mitad que tiene otra réplica en la calle Real. Antes tuvo un olmo de apretada fronda en el centro, que se secó y ha sido repuesto con otro jovenzal, creo que sobre las mismas gradas. Una serie de casas antiguas y de otras reformadas rodean la Plaza Mayor por sus cuatro caras. De todas ellas, la más nueva es en la actualidad la casa-ayuntamiento, de piedra sillar fortísima y bien cuidada, que recuerda en solidez y estructura a tantos más de aquellos palacetes señoriales con los que uno suele topar a cada paso por los pueblos molineses. Por allí, a la puerta de su tienda en la plaza está Juanito Rico, un hombre observador, que sólo habla cuando se le pregunta y con respuestas breves, acertadas y contundentes. En la tienda de Juanito Rico he comprado algunas postales con temas del pueblo y de sus alrededores, que él se encargó de editar y ahora de distribuir entre la clientela.
            -Deseaba conocer la iglesia. Por lo menos la portada.
            -Mire, no tiene pierde. Desde aquí se ve el campanario.
            Han restaurado hace muy poco la iglesia de Poveda. Fue una obra hecha a conciencia y de gran mérito, en la que la gente y las instituciones contribuyeron creo que en algunos casos hasta de manera generosa. Han devuelto al mundo una valiosa obra de arte, por lo menos en lo que se refiere a su portada románica, que es lo único que he podido por hallar la puerta cerrada. Celebran en Poveda fiestas mayores en honor de San Roque y de la Virgen de los Remedios. Hace años el pueblo tuvo su romería hasta la ermita de la Patrona, costumbre antiquísima que venía del tiempo de los calatravos, y que llamaban de la Caridad, pues hubo por costumbre obsequiar a los transeúntes con pan y cañamones; luego -los tiempos son otros- con un troncho de salchichón y pan de panadería.
            Desde el pretil de la iglesia se alcanza a ver un panorama variado por los bajos de la vega: las canteras de la cuesta de la Rastra, las choperas de junto al arroyo, los cerros grises en la lejanía, los tejados rojizos de los chalés y el verde de los huertos y de los jardines que rodean las casas, y se recibe, casi como si en este tiempo comenzase a molestar, el soplo frío que sube del barranco. Desde el mirador de la barbacana, uno se da cuenta de que el pueblo, como tantos otros de por allí, queda encajado en el fondo de una hoya rodeada de cerros, de montañu­cas ásperas de gran altura y con nombres que la gente conoce (la Cumbre de Santa María, el Majadal, la Cruz de Gil, la Peña del Grajo). Una tierra que la distancia ha convertido para nosotros en exótica, en algo inalcanzable como no nuestro, que bien merece la pena conocer y visitar de cuando en cuando, y gozar de ella como ya lo hacen desde el día en que la descubrieron gentes y familias del Levante español, al decir de las matrículas de los coches que uno se encuentra por aquellos caminos, y que en días como el de hoy son quienes más la frecuentan.

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