miércoles, 18 de enero de 2012

EL PEDREGAL AL OTRO EXTREMO DE LA PROVINCIA


            Echarse A la carretera con destino a El Pedregal requiere, cuando menos, habérselo pensado dos veces, considerar la duración del día, el estado del tiempo, y hurgar en el ánimo antes de salir. Ya he llegado al pueblo. El contador del coche marca 174 kilómetros desde la capital cuando llego a la altura de las primeras casas. A los vecinos de El Pedregal les gusta decir que el suyo es el último pueblo de la provincia, como así es cuando se viaja por aquella dirección; pero no es el más lejano, pues quiero recordar que Alustante, Motos, y quizá algún otro superan los 200.
            Tenía verdaderos deseos de volver a El Pedregal; era ya mucho tiempo, demasiado, el que había dejado pasar sin hacerle una visita. La pereza, ese diablo activo que todos llevamos dentro, tuvo mucho que ver en tan prolongada demora. El momento llegó al fin, y aquí tengo al nuevo pedregal, tan distinto al que conocí la primera vez; un pueblo extendido en el llano, de calles limpias y bien cuidadas, con rincones románticos adornados de flores y de parras que verdean las fachadas de las casas; calles que van a concurrir a la placita de la Iglesia, sensiblemente mejoradas, con doble denominación casi todas ellas, de modo que a la calle de D. José del Cerro se le conoce también con el nombre popular de calle de Atrás; a la plaza del hermano Gumersindo, Benito López; a la de San marciano José, Filomeno López, y a la de D. Víctor Felipe Serrano, el Barrio Verde. Como en tantos de nuestros pueblos, donde a los que se marcharon les sigue importando el lugar en que nacieron y en el que fueron niños, también en El Pedregal predomina lo nuevo sobre lo viejo, las casas nuevas o reconstruidas, previstas para los periodos de vacación, sobre las típicas del pueblo viejo que, poco a poco, van desapareciendo.
            Una de esas viviendas de nueva planta, junto a la carretera, es la de mi amigo David hermosilla. Me hubiera gustado volverlo a saludar; pero por mucho que insistí pulsando el timbre, nadie dio señales de vida. Es de suponer que tanto él, como su esposa y su hijo Alberto, estuviesen fuera, en el campo quizás o de viaje.
            - No creo; la señora estaba tendiendo la ropa hace sólo un momento. Deben de haber salido.
            Eran la hermana Rosa y doña Celia, que en ese preciso instante pasaban por allí. Debo reconocer que siempre que fui a El Pedregal tuve a mi disposición como guías a personas amables, onerosas y confiadas, como suelen ser la gente de estos pueblos molineses. En otro de mis viajes fueron don Juan José López Beltrán y su hijo Alejandro los que me acompañaron e informaron, de buena fuente, acerca del lugar y de sus alrededores; pues por aquellos años, y me refiero a la primavera de 1981, don Juan José había publicado ya un libro estupendo en el que tenía cabida la historia de España a manera de síntesis, la del Señorío de Molina sexma a sexma, y la de su pueblo, El Pedregal, en una visión completa, amena y detallada. Ni qué decir que guardo el ejemplar que me regalaron con el interés que merece, sobre todo en lo que se refiere a las dos últimas partes, dedicadas al Señorío y a su propio pueblo. En esta ocasión va a ser doña Celia la que me acompañe a ver la iglesia por dentro.
            - Pues mire -le he dicho. El pueblo creo que lo acabo de recorrer calle por calle. Lo que no he visto, ni ahora ni en viajes anteriores es la iglesia por dentro. Y, la verdad, sí que me gustaría.
            - No se preocupe, que enseguida busco la llave y vamos a verla
            La llave de la iglesia estaba en la casa de otra señora que se llama María amor Reyes, algo así como el ángel bueno del pueblo al que se acude cuando hay alguna necesidad. Mientras tanto la hermana Rosa me contó que su nombre de bautismo es Faustina, y que lleva cuarenta y nueve años como religiosa en Boliva, que le tuvieron que vaciar un ojo debido a que se le metió un virus de los que dicen de hospital después de una operación de cataratas, y que ahora suele venir al pueblo cada tres años, pero que al principio fueron once los años que pasó sin volver.
            - Encontrará todo esto muy cambiado, desde que usted se fue –le he dicho.
            - Sí, mucho. El pueblo está mucho mejor, pero ahora hay menos gente. A los jóvenes es difícil que los conozca después de tanto tiempo sin estar aquí, y de los mayores, de las personas de mi edad quedan muy pocos.
            La población de hecho en El Pedregal se ha reducido a una quinta parte durante las tres o cuatro últimas décadas. Ahora escasamente llegan a ser durante los meses de invierno unas setenta personas, cuando no hace tantos años que el número de habitantes superaba las trescientas. Cuando llega el verano, es decir, a partir de la época que estamos, todo suele ser completamente distinto, las casas se llenan de gente siguiendo la norma general de todos nuestros pueblos, lo que no deja de ser una garantía de supervivencia.
            Doña Celia ya tenía llave, y allá que nos fuimos para ver cumplido un antiguo deseo: el de conocer por dentro la iglesia del pueblo, un edificio extraño que se sale por completo del aspecto de nuestros templos, sin atenerse a modelo ni a estilo alguno de entre los más conocidos. Esta iglesia sustituye a la que, después de haber puesto todos los medios para evitarlo, acabó por hundirse a finales del año 1894. La actual se vio acabada tres años después, a cargo de los contratistas locales Juan Bautista y Mariano Millán, por un importe total de 11.500 pesetas. Su planta es rectangular y alcanza una altura sorprendente; se remata con chapitel puntiagudo por encima del campanario, con esfera de reloj y una fecha escrita sobre el chapitel: 1943, tal vez el año en el que se llevó a cabo alguna reparación importante o se le hizo algún añadido. 
            La iglesia es por dentro de pequeña capacidad si se tiene en cuenta el tamaño medio de las de otros pueblos, aun dentro de la misma comarca. Sin duda que se tuvo en cuenta el número de habitantes que había en El Pedregal al tiempo de construirla. Tiene una sola nave, muy limpia y ordenada, y hasta cinco retablos, incluido el mayor que es de traza clásica y hecho de escayola como alguno más; los retablos que proceden de la antigua iglesia, como el que ocupa la imagen de San Marciano, son de estilo barroco, policromado, que contrasta con el aspecto general de la iglesia, la cual, como se ha dicho, apenas cuenta con poco más de un siglo.
            - Esa es la imagen de San Marciano, que era de aquí.
            - Ya me lo figuro. Todo un lujo para un pueblo. Yo creo que con Santa María de la Cabeza, es el único santo canonizado que hay en la provincia. Beatas hay tres, pero santos creo que sólo hay éste.
            - Dicen que la imagen no se parece mucho a como era él. La gente mayor, que se acuerda de haberlo visto, dice que se le parece muy poco.
            Una lápida en mármol colocada sobre un lateral del ábside, recuerda con fechas y otros detalles el hecho de su martirio y el de su beatificación en Roma por Juan Pablo II en 1990. La fecha de su canonización, nueve años después por el mismo papa, creo que no figura. La familia del Santo ha tenido la feliz idea de dedicar la casa donde nació, en la calle de Atrás, a capilla en su honor, con otras dependencias que le recuerdan, como la habitación en la que vino al mundo el 15 de noviembre del año 1900.
            Y ya casi nada más que decir. El espacio del que disponemos está ocupado sobradamente, aunque sean muchas las cosas que aún se podrían reseñar de este pueblo molinés, tan lejano y tan nuestro, donde la gente te habla con un ligero acento aragonés, influencia lógica de la comarca de la que son vecinos.

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