sábado, 17 de marzo de 2012

Rutas turísticas: EL ALTO HENARES ( I I )



ANDAR POR SIGÜENZA
     Es bonito andar por Sigüenza. Deben ser pocas las impresio­nes que queden grabadas con más fuerza en el ánimo de quienes la conocen, que la que les produjo el encontrarse en ella por prime­ra vez. Como a todas las ciudades y villas castellanas, colgadas a perpetuidad en el perchero de los siglos, a Sigüenza le sobran motivos para gustar. Cuando el visitante camina por la estrechez antañona de alguna de sus callejuelas, se da cuenta de que el soplo de la Historia tiene en ella su verdadero asiento, que el pasado se hace presente en desacuerdo con los impulsos de la modernidad, ganando siempre aquel la última batalla.
     La Catedral, a la que más adelante dedicaremos cumplido espacio, es desde cualquier posición el eje inamovible sobre el que gira la ciudad. Nobilísimo emporio de sillería multicentena­ria, de torres piadosas, de murallones decrépitos y de arquillos medievales, que introducen al caminante en lo más profundo de su ser como ciudad vieja, en el corazón siempre palpitante de la señorial Sigüenza.    
     La ciudad medieval de los obispos don Bernardo y don Cere­bruno, ocupa el cogollo histórico de la moderna estructura segun­tina, la barriada románica que comienza en la Catedral y sigue hacia el barrio alto de las Travesañas, en donde aún se guarda como fiel recuerdo de su tiempo las iglesias de Santiago y de San Vicente Mártir, con bella portada en bocina las dos, rebosantes de filigranas en sus respectivas series de archivoltas; la Casa del Doncel, o de los Arce, en la que es creencia que llegó a vivir con su familia el joven don Martín; el viejo Hospital de San Mateo, el Palacio de la Inquisición, la Plazuela de la Cár­cel, portonas y murallones que encrestan, poco más arriba, con el Castillo de los obispos, restaurado no ha mucho, y convertido por imperativos de este tiempo nuestro en Parador Nacional de Turis­mo.

    Hay en Sigüenza una bellísima Plaza Mayor soportalada, con dos hileras de columnas dóricas bajo arcos a distinto nivel, fielmente representativas de la arquitectura castellana del Rena­cimiento. Ordenó que se iniciaran las obras el Cardenal Mendoza, allá por el año 1496, quedando emplazada entre el ala sur de la Catedral y el palacio del Ayuntamiento. Otras muestras interesan­tes del arte renacentista seguntino, en cuya construcción tanto tuvo que ver el obispo Santos de Risoba, son el antiguo Seminario Conciliar de San Bartolomé, la nueva Universidad Seguntina y el convento de Jerónimos, hoy Palacio Episcopal y Seminario Mayor de la diócesis. La nueva Universidad, reconstruida sobre la primiti­va que fundara en 1489 don Juan López de Medina, hace ya tiempo que dejó de funcionar como tal.
     El obispo Díaz de la Guerra, personaje activo y eficiente, de poca estampa física y delicado porte (1177‑1800), se encargó de la construcción y vigiló personalmente las obras del Barrio de San Roque, naturalmente que acorde y muy al gusto de la época neoclásica en la que se hizo. La barriada ocupa aproximadamente un tercio del casco de la ciudad. Las casonas que la integran, acertada muestra de la arquitectura civil española del siglo XVIII, así como las plazas y rincones que la engalanan o los monumentos religiosos que dentro de su entorno se levantan, son pieza capital en la estructura urbanística de Sigüenza. Como respiradero espacioso, aunque jamás en Sigüenza podrá hablarse con fundamento de problemas de contaminación, está el parque de La Alameda, y a su alrededor ‑piedra labrada, artísticos herrajes y estudiadas formas‑ el Palacio de Infantes, la romántica plazue­la de Las Cruces, el Parador de San Mateo y la iglesia conventual de las RR.MM. Ursulinas.
     Sigüenza, por lo demás, es ciudad que en sus maneras de vivir no ha perdido en absoluto el tren de los tiempos modernos. Las calles del Humilladero, del Cardenal Mendoza y otras adyacen­tes, próximas todas ellas a la Plaza Mayor, son centros comercia­les que nada tienen que envidiar a las más populosas y dinámicas de cualquier otra ciudad de su estilo. Todos los sábados, en plena Plaza Mayor y en los aledaños de la Catedral, se celebra el famoso "mercadillo" al que acuden por costumbre, unas veces a comprar y otras a mirar o a estar allí simplemente, muchas gentes de los pueblos vecinos.
 
LA CATEDRAL
     ¡Cuántas razones para no resignarse a tocar sólo veladamente la Catedral y, sin embargo, así habrá que hacer­lo!
     Nos encontramos delante de los dos soberbios torreones alme­nados que flanquean la fachada principal, la del poniente, de lo que a primera vista pudiera parecer una regia fortaleza medieval o algo por el estilo, y sin embargo no lo es. Se trata, sin duda, del primer monumento religioso que posee la provincia de Guadalajara, y sede de su mitra episcopal desde la primera mitad del siglo XII.
     Como todas las catedrales castellanas ‑ésta por más antigua, más severa tal vez‑, la de Sigüenza es un juego perfecto de los diferentes estilos arquitectónicos que han conducido el arte occidental desde el medievo hasta nuestros días. Don Bernardo de Agén dio principio a las obras una vez concluida la reconquista de la ciudad en el año 1124. Con la importante aportación de los obispos que le sucedieron, la Catedral quedó concluida, por cuanto a su arquitectura, a principios del siglo XVI.

     Predomina en su estructura el estilo gótico cisterciense. La planta tiene forma de cruz latina, con tres naves y girola como lo más significativo de su distribución interior. En la fachada principal puede apreciarse la triple arcada de acceso, de puras formas románicas que completan algunos ventanales y un magnífico rosetón central del mismo estilo. Se trata de la parte más anti­gua, aportación y memoria del propio don Bernardo de Agén y del obispo don Cerebruno; si bien las torres, primero la de nuestra derecha y la de nuestra izquierda después, se irían construyendo durante los siglos XIV y XVI respectivamente. Varias arcadas góticas por añadidura sobre el rosetón y los ventanales, así como la pétrea balaustrada que la corona, dejan ya en la fachada el anuncio de la diversidad de estilos que después comprobaremos dentro. La fachada sur, escaparate de buena sillería, en el que siguen predominando los arcos de medio punto con alguna que otra ojiva que delata tiempos más recientes, luce, con su mínimo tejadillo y saeteras acribilladas a balazos, la espigada torre que llaman del Santísimo, y un excelente rosetón del siglo XIII con calados difícil de emparejar con ningún otro de su tiempo. El resto de ésta fachada sur  son arreglos ornamentales del obispo Díaz de la Guerra, añadidos durante el siglo XVIII, cuyo escudo  figura en el interior del triángulo barroco que cubre la portada.
     Por anotar únicamente los detalles más considerables que la Catedral lleva por dentro, habremos de referirnos sobre todo a tres: el Claustro, el altar de Santa Librada y la famosa Capilla de los Arce; dejando un poco al margen, que no en el olvido, la Capilla Mayor, el Coro, el Museo Catedralicio con su valiosa "Anunciación" del Greco, e incluso la Sacristía Mayor, o "de las cabezas", en cuyo diseño intervino Alonso de Covarrubias y en su ejecución el maestro entallador seguntino Martín de Vandoma.
     El claustro corresponde al estilo gótico de finales del siglo XV. Tiene forma cuadrada con siete arcadas ojivales en cada una de sus caras. En el centro existe todavía el lujoso brocal renacentista de un pozo del que se sirvieron los clérigos de la catedral y no pocos vecinos de los aledaños. En los corredores, el visitante se suele sorprender ante las portadas de "Jaspes" y la plateresca de la capilla de Santiago, sellada ésta última en su tímpano con el escudo del obispo don Fadrique.
     El altar de Santa Librada pone en el interior de la Catedral la nota exquisita del arte plateresco de la mejor factura. En el centro del segundo cuerpo queda, tras artística reja, la urna en plata repujada donde se guardan los restos y reliquias de la santa. El retablo lo adornan pinturas manieristas al gusto ita­liano de Juan de Pereda; tallas de santos y de santas entre las que se encuentran las ocho hermanas de la titular, y parejas de ángeles tenantes sujetando el escudo de don Fadrique de Portugal, cuyo mausoleo, del mismo estilo y ejecución, completa en ángulo con este altar, los inicios del plateresco español, aportación de Alonso de Covarrubias, que aquí se ofrece en toda su elegancia, a la altura del crucero de la catedral seguntina.
     ¿Y qué decir, llegado el momento, de la capilla de los Arce? O mejor: ¿Qué decir de la estatua recostada y silente de don Martín, el Doncel, la pieza más universal de toda Sigüenza? El joven santiaguista que dejó su vida peleando contra los moros en la Acequia Gorda de Granada en octubre de 1486, duerme y piensa con sueños de eternidad sobre su propio sepulcro, teniendo por armadura y por carne la piedra alabastrina mejor trabajada del mundo. Obra de ángeles y no de hombres pudiera ser la estatua de don Martín Vázquez de Arce, con la mirada y el pensamiento sus­pendidos sobre las páginas del libro que sostiene entre sus manos, sin que en el gesto sereno de su rostro de adolescente parezca contar el tiempo, ni la vida, ni siquiera la muerte. se desconoce quién pudo ser el autor de la obra, lo que no deja de acrecentar su encanto. Hay quienes apuestan por Juan Guas "maes­tro mayor de las obras de mis señores los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, muerto en 1495", apreciación poco proba­ble. Otros le asignan como artífice al maestro Sebastián de Toledo, sin que tampoco para ello se cuente con argumentos defi­nitivos. Como todo lo sublime, el Doncel tiene entre sus insupe­rable méritos el de ser modelo único y culmen del arte gótico sepulcral, además del ya referido de su anonimato. Piedra espiri­tualizada en sobresaliente exposición de lo imposible; arte huma­no fraguado a lo divino y capaz de ennoblecer por sí sólo el joyero de la Catedral, cuando no a toda Sigüenza.
     Yacen en la misma capilla los restos mortales de los padres del Doncel, don Fernando de Arce y doña Catalina de sosa, dados por las estatuas yacentes de ambos que, juntas las dos, ocupan el centro de la capilla. Su hermano, el que fuera obispo de Canarias don Fernando Vázquez de Arce, espera el momento de la resurrec­ción en su tumba plateresca, con  imagen yacente revestida de pontifical, bajo un arco de triunfo abierto en el muro. El silen­cio de la piedra, el frío de la muerte, se dan con increíble sensación de paz en la capilla de los Arce.
     A la salida de la Catedral, conviene detenerse en el Museo Diocesano de Arte Religioso. Una feliz iniciativa del obispo Castán Lacoma, que recoge en unas cuantas salas lo más interesan­te de la pintura, la imaginería, así como los ornamentos y vasos sagrados que se consiguieron traer de las muchas parroquias semiabandonadas que existen en la diócesis.

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