lunes, 27 de agosto de 2012

Rutas turísticas: EL ALTO TAJO (y III)


 
Por estos parajes de Cobeta y de sus villas menores se da con profusión la sabina. Las tierras han cedido en espectacularidad, que no en encanto. Al fondo de un vallejo se divisa el corpachón conventual de Buenafuente con todos sus edificios ane¬xos: la hospedería, la recepción, las salas de servicio, la igle¬sia y los huertos de alrededor. En Buenafuente del Sistal habitan aún dieciséis religiosas de clausura, más otras cuatro o cinco de Santa Ana que atienden la residencia y asisten a los ancianos de la comarca, internos y externos.
La fuente milagrosa, la "buena fuente" de la que tomó nombre el monasterio, está en el interior de la primitiva iglesia. Su caudal sale íntegro al exterior, chorrea en un monolito levantado para su aprovechamiento en 1898.

El monasterio de Buenafuente tiene su origen en la segunda mitad del siglo XII, cuando unos frailes franceses de San Agustín afincaron allí en el año 1177. La construcción del monasterio y su repoblación con monjas procedentes de Casbas (Huesca) llegaría algo más tarde. Cuenta la leyenda que don Alonso, señor de Molina, quedó curado de una enfermedad penosa al beber de las aguas que manaban a la sazón por aquel vallejo; se lo hizo saber a su hermano, el rey Fernando III, hablándole de una "buena fuente" con cuyas aguas había recobrado la salud, y sobre ella se construyó la primitiva iglesia. Lo del Sistal es palabra que deriva de Cister.

Perteneció en propiedad al Arzobispo de Toledo Ximénez de Rada; a doña Berenguela, hija de Alfonso VIII; al ya referido don Alonso, señor de Molina; al abad de Santa María de Huerta; y por último a las monjas de Casbas, luego de Buenafuente. Contó con el favor de los reyes de Castilla y de los señores de Molina, hasta que, tras una serie de vicisitudes históricas, comunes a los demás monasterios no lejanos, el de Buenafuente llegó a sentir en sus piedras la garra demoledora del abandono amenazador de ruina. Fue en 1971, gracias al celo pastoral y apostólico de un joven sacerdote, don Ángel Moreno, cuando estas piedras venerables y estos caminos perdidos comenzaron a renacer. En 1973 se cuenta con los primeros "Amigos de Buenafuente", y en 1977 se funda la Misión Rural, que tiene como principal cometido el atender a un buen número de ancianos de la comarca en sus propios domicilios, además de los que viven allí como residentes perpetuos y son atendidos en las modernas instalaciones preparadas con ese fin.

En la nueva iglesia, preside los actos de culto una talla de Cristo en la Cruz del siglo XII. La primitiva iglesia conventual es tardorrománica, del siglo XIII. Tiene una sola nave y está completa y perfectamente restaurada. La bóveda del presbiterio tuvo una buena pintura mural, con un Pantocrator románico rodeado de los cuatro Evangelistas, del que apenas queda señal. Recientemente se ha colocado en una hornacina protegida con rejas, la urna que contiene los restos mortales -así lo aseguran- de doña Sancha Gómez, fundadora del monasterio, y de su hija doña Mafalda, ambas señoras de Molina en el siglo XIII, que fueron enterradas en el centro de la iglesia últimamente restaurada. El altar mayor se adorna con un bello retablo barroco del XVII, presidido por una hermosa talla de la Madre de Dios, y las de dos santos señeros en la Orden del Cister: San Benito y San Bernardo.
De entre los muchos e interesantes documentos relativos al monasterio, cuyas reproducciones se pueden admirar en la sacristía, merecen especial atención el más antiguo de todos, firmado por Alfonso VIII y fechado en 1177, así como el que pudiera considerarse más importante para la vida del secular cenobio, fechado el 17 de mayo de 1245, por el cual se autoriza a las monjas de Casbas para que vengan a Buenafuente a ocupar las nuevas instalaciones. Las monjas bernardas vendrían un año después, es decir, en 1246, un poco amedrentadas debido a la extrema soledad de estos parajes.
Otro último rincón de extraordinario interés paisajístico se esconde en estas tierras del Alto Tajo; justo en los estrechos rocosos a que da lugar el cauce del arroyo Arandilla, afluente a su vez del río Gallo, entre los pueblos de Cobeta y de Torremocha del Pinar, con acceso posible en automóvil, aunque no fácil, desde ambos municipios, y que, sin duda, viene a ser uno de los anónimos paraísos perdidos con los que cuenta la provincia de Guadalajara. Por supuesto que las referencias anteriores van dirigidas al Barranco de Montesinos: santuario, hospedería y otras dependencias en las que tuvo asiento desde tiempo inmemorial la piedad popular de la comarca, convertidas hoy, al fondo de aquellos impresionantes crestones rocosos, en mito para el recuerdo y en lugar común de almas románticas y de amadores hasta el delirio de la Naturaleza dentro de la más exquisita variedad y en su propio jugo.

Se adorna, por si lo antedicho fuera poco, el Barranco de Montesinos con una hermosa tradición en la que se cuenta cómo, allá por los años mediados del siglo XII, una pastorcilla natural de Cobeta vio curada milagrosamente su mano seca por intercesión de la Virgen, lo que trajo como consecuencia inmediata la conversión a la fe cristiana del capitán árabe Montesinos, que ocupaba a la sazón el castillo de Alpetea, en las cercanas tierras de El Villar, personaje que anduvo a partir de entonces morando como ermitaño en la soledad y en la penuria por aquellas cuevas. Fue durante siglos lugar -y todavía lo sigue siendo- de romerías y de fervores en honor de la Madre de Dios que, desde entonces, se venera por toda la comarca bajo la advocación de Nuestra Señora de Montesinos.

(En las fotografias: Vita general e Iglesia del monasterio)

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