viernes, 7 de septiembre de 2012

Rutas turísticas: LOS PUEBLOS NEGROS ( I )


En su conjunto, los Pueblos Negros de Guadalajara, han experimentado una profunda transformación durante los últimos diez años, orientada hacia el turismo; pero se echa en falta la presencia humana permanente en toda la comarca.

      Sepas, amigo lector, que durante el presente verano,  ya casi  a punto de concluir, he tenido tiempo sobrado de  viajar  a mis  anchas por algunos de los pueblecillos y de las serrezuelas que  tiñen de oscuro el mapa de la provincia. Debo advertir que los conocía todos. A varios de ellos los he encontrado igual  que hace  media  docena de años; a otros, ligeramente cambiados,  un poco tirando a nuevos, lo que no sé a ciencia cierta es si les va bien  o  les va mal, pero con menos gente. En todos he vuelto a sentir  los sudores póstumos de algo que sucumbe, de algo que  se va acabando irremisiblemente por momentos.
     La más reciente de mis salidas ‑y a fe que acabo de hacer­la por enésima vez‑ ha sido a los Pueblos Negros. Les he dedicado un  día y parte de otro. Del periplo por las sierras  del  Norte, acabo prácticamente de llegar.
     En  aquellos mínimos lugarejos de color ceniza que  acampan por entre la breña y el quejigo, más lejos o más cerca de  las faldas del Ocejón, uno se encuentra inmerso en su innata vocación viajera, más a sus anchas, se siente francamente a gusto embutido  en  el traje talar de aquellas serranías, sintiendo de  cerca  el aliento  de los hombres de bien, castellanos viejos y  gentes de buena raza a los que desde siempre preferí por amigos. El carác­ter serrano de las tierras del Ocejón es un carácter  singular, qué duda cabe, áspero y hosco como su campo, sufrido y fiel  como el alma de sus antepasados, dulce a veces como la silvestre miel de la jara, y desconfiado por esencia, muy desconfiado porque la vida y las circunstancias de la vida le obligaron a serlo.
     En el desvío de la carretera que hay poco antes de llegar a la  ermita de los Enebrales, pasada Tamajón, uno debe decidir si continúa adelante hasta la estación términi que sería  Majaelra­yo,  o girar hacia Valverde, perdiéndose lo demás, pero con la posibilidad  de alargar el viaje hasta Valdepinillos, La  Huerce, El  Ordial, La Nava, y toda la extensa nómina de pintorescas aldehuelas a las que, con un poco de buena voluntad y no  dema­siadas dificultades, se puede llegar a poco que uno se lo propon­ga. Lo mejor será concluir una ruta e iniciar después la siguien­te. Lo que nos vamos a encontrar allí tiene mucho en común,  pero también  mucho  de diferente. Luego, si el tiempo lo  permite,  o quitando en caso contrario un buen pellizco al día siguiente, porque  el motivo lo merece, no sería peor darse una  vuelta  por los cinco lugarejos guadalajareños de allende las sierras,  cuyas lomeras plomizas contrastan durante varios meses del año con  las cumbres nevadas de Somosierra: El Cardoso, Bocígano, Peñalba, Colmenar y Corralejo, son todos ellos, a los que en este trabajo acogeremos con cariño grande ‑faltaría más‑, como el  tercero  y último brazo de nuestro viaje.


     PRIMERA SALIDA

     A partir del alto de la sierra en donde queda solitaria  la ermita de la Patrona de Tamajón, la carretera desciende  salvando como  Dios le da a entender los mil vericuetos que le  ofrece  el terreno en su trazado. El panorama, por cuanto a paisaje se  re­fiere, comienza desde ese mismo lugar a tornarse  indescriptible. La palabra se queda corta, por mucho que uno se las ingenie, para decir con verdad lo que son por aquellas latitudes  las  cumbres enriscadas de las montañas, lo agreste y escarpado de las lade­ras, lo insólito de los riachuelos de agua dulce por donde cruzan como  saetas los alevines de la trucha, lo impoluto del aire que se respira con olor a bosque, el azul acristalado de los  cielos, el  vuelo  majestuoso  y limpio de  los  alcotanes..., y,  como pretexto vegetal para tan magno escenario, las jaras, los  maro­jos, el cantueso de delicada flor, los enebros y los ternascos de pinar, entre otras mil clases de hierbas y de matorrales que uno a primera vista desconoce. Todo un espectáculo donde el  hombre apenas si cuenta, quizás porque tampoco haga falta.

     Campillejo se extiende como un roído mantón de piedra oscu­recida al final de unos prados inmensos, preparados a  su  gusto por los veraneantes para disfrutar. A partir de Campillejo ‑y así hasta Majaelrayo‑  se encuentran los robles más  voluminosos  de todo el macizo. Campillejo se ha ido modernizando  durante  los últimos años con premura y con sentido común, es decir, sin rom­per  para  nada aquel que fuera su primitivo aspecto; lo  que  no está reñido, ni tiene por qué estarlo, con las reglas del confort y  de la comodidad para que la gente se sienta a gusto. Por  los paredones  pizarrosos de algunas casas de Campillejo, siempre  me llamaron la atención las incrustaciones en  piedra  caliza  con forma  de  cruz,  que los antiguos colocaron  con  gusto  y  sus descendientes conservan con decoro.

     El Espinar asoma más adelante, alzando a mano izquierda  de la carretera su crestón negro. Junto al destartalado lavadero  de el  Espinar, chorrea una fuente clarísima de agua fría en la  que nadie bebe. El pueblo queda como apartado,  expectante  y silencioso,  como viéndolas venir que siempre es un  quehacer  no falto  de sentido común. Cuando llega el buen tiempo, los que un día  se marcharon de El Espinar regresan en desbandada y ocupan todas las casas. En pleno mes de agosto, el pueblo acoge por lo  menos  un centenar de almas.

     Roblelacasa  y  Robleluengo, uno antes y otro después de Campillo de Ranas, se apartan de la carretera en dirección opues­ta al Pico Ocejón, que ya se empieza a elevar a nuestra  derecha. A Roblelacasa hay que ir exprofeso, el pueblo ni queda al paso ni se  ve siquiera. El camino de ida, y el porte muy  personal  del caserío sobre su plataforma de peñas negras, hacen en cualquier caso recomendable la visita hasta él. Desde Roblelacasa la  gente se  acerca con facilidad hasta Corralejo y hasta Colmenar de  la Sierra, cruzando a pie o en caballerías por rudimentario pasadizo el  cauce del Jarama, lo que resultaría imposible conseguir con cualquier  otro medio de transporte, si no se accede por la  pro­vincia de Madrid dando un enorme rodeo.

     El pueblo que contó desde antiguo con la categoría de cabe­cera  de Concejo es Campillo de Ranas; lo sigue siendo aún,  pero contando  con la rivalidad manifiesta de Majaelrayo, tal vez  más conocido de Sierra hacia afuera, seguramente por conservar  hasta el día de hoy su grupo de danzantes y su botarga, si bien, Campi­llo tiene como pueblo mucho que enseñar al caminante, sobre  todo en  tipismo,  en rincones de marcado bucolismo que le vienen de siglos tal como ahora están, y en la estampa  general de su conjunto. La iglesia parroquial de Campillo de Ranas eleva  sobre el resto de los edificios una torre con exquisita  personali­dad;  los  rurales artífices del Siglo del Barroco que  por  aquí anduvieron ‑pienso que influidos un poco por el sentido ornamen­tal de los vecinos‑ tuvieron a bien incrustar en la pizarra, base del  cuerpo de la torre, hileras de piedra caliza que  cargan  al robusto campanario de una fuerte dosis de originalidad y de  en­canto. No lejos de la iglesia hay, sobre el triste frontal de una casona  en  ruinas, un reloj de sol que utiliza como  esfera  una enorme losa de piedra. En Campillo de Ranas la gente vive en paz, un  poco a la antigua usanza pero en sana y envidiable  paz.  Las gallinas de Campillo escarban y picotean en los yerbazales, y las caballerías  abrevan en el redondo pilón de la plaza retocado  de losetas. Por las praderas y por los cercados extramuros se oye, de vez en cuando, el mugido maternal de una vaca de cría.

     Robleluengo anda en la actualidad prácticamente despoblado. Fuera, junto al  tronco malherido  del  olmo concejil, quedan los palitroques  del  viejo juego de bolos cortando un rectángulo perfecto. en la Calle Mayor se alinean hermosos edificios, cargados de detalles interesantí­simos, propios de la arquitectura negra común a toda la comarca. A todo esto se le ha puesto solución durante los últimos años, arreglando la carretera, restaurando la iglesia, y acondicionado el pueblo, aunque la presencia humana de manera continua es francamente exigua.
 

     En Majaelrayo se acaba el camino por esta primera ruta,  es decir, se acaban los pueblos de la provincia, que los caminos no, puesto  que a partir de ahí, una pista de mal firme sigue  sierra arriba hasta los hayedos de Cantalojas por Sonsaz, y otra en algo mejor  estado, se retuerce hacia Riofrío y Riaza  atravesando  el Puerto  de la Quesera, con cotas en algunas cumbres cercanas  que se aproximan a los 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar.
     A  Majaelrayo le cambiaron el nombre en el siglo  XVII,  y pienso  que el sitio de su emplazamiento también. Antes se  llamó Majadasviejas, y quedaba cerca de donde ahora  está,  pero  más retirado  hacia las montañas. Aparte del Pico Ocejón, padre  como sabido es de todas aquellas sierras, las buenas gentes de Majael­rayo  hablan  con tanta o más familiaridad  del  Campachuelo, de Hoyosduros, y también de La Pinilla, éste último en tierras de Segovia, donde viene a parar la estación de esquí que  lleva  su mismo nombre. Las casas de Majaelrayo, la Plaza de la Iglesia, sus calles, han sufrido durante las últimas década un profundo cambio,  tanto  que a uno se le ocurre  que a punto  estuvo  todo ello de operar en detrimento de su más que valioso tipismo, de su encanto de siglos como pueblo que fue de pastores  trashumantes; al final no ha ocurrido así, mejor que mejor. Son dignas de vi­virse en Majaelrayo sus fiestas tradicionales, animadas en cada ocasión por el botarga y por su correspondiente grupo de danzan­tes,  que  bailan, trenzan las cintas y palotean a placer  en  la fiesta  mayor  del Santo Niño, a celebrar el domingo  primero  de septiembre de cada año.

(En las fotografúias aparecen: Panorámica de los Pueblos Negros con Campillo de Ranas y el Pico Ocejón al fondo; un detalle de vivienda serrana de El Espinar, y Plaza de la Iglesia de Majaelrayo) 

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