jueves, 9 de agosto de 2012

Rutas turísticas: EL ALTO TAJO ( I )



ALGUNAS CONSIDERACIONES ANTES DE PONERSE EN CAMINO

He visto el Alto Tajo por tercera o cuarta vez después de mucho tiempo y debo confesar que he vuelto impresionado. En ocasiones precedentes lo había ido visitando a trozos, fraccionado, sin ligazón, ahora esto y dentro de una temporada lo otro. Jamás pude dedicar una jornada completa, de sol a sol, a seguirlo de cerca y contracorriente, sin otra misión que no fuera la de gozar de él. Hace tan solo algunas fechas se ha visto cumplido un viejo sueño. Desde luego, el viaje mereció la pena.

Señalar una ruta, para ser recorrida sin perderse absolutamente nada del curso alto del río, es una utopía que ni siquiera nos debe pasar por la imaginación. Al Tajo por aquellas latitudes es imposible seguirlo de cerca constantemente. Hay veces en que la orografía tan singular de aquellas sierras, y la disposición suigéneris del terreno, obligan a separarse hasta varios kilómetros del hilo de la corriente para volver más tarde de nuevo a él en otro punto y en otro paisaje. Es en realidad el entorno de la corriente lo que aquí nos interesa, el ambiente natural que va dejando a su paso, del que gozan, casi por igual, todos los sentidos. Las tierras de una belleza tal como son éstas -ya lo adelanto-, resultan imposibles de ser descritas, de ser fotografiadas con fidelidad, de ser transportadas al lienzo sin que les falte el retoque definitivo que aporta el ambiente en todo su entorno. Por muy hábil e inspirado que sea quien maneje estos medios tradicionales de expresión, nunca podrá llevar al ánimo de quien viere o leyere la sensación exacta del frescor ribereño que sube hasta la piel, por ejemplo; el canto punteado de los pájaros que sale por entre las mimbreras; el rugido del agua en los despeñaderos, o el murmullo que, como una constante, lleva el río al colarse por cualquier angosto entre los roquedales; el olor, en fin, de la menta, del cantueso, del romero, de la tierra húmeda o de la flor de té.

Para conocer el Alto Tajo se puede tomar otra dirección en cualquier punto del camino, sin salirse por ello de la comarca natural que conocemos con ese nombre; aquella sierra da para mucho más de lo que pudiera ser una jornada de viaje, por muy bien que se aproveche el tiempo. A pesar de todo, sin restar por ello mérito alguno a los infinitos rincones más que en buena ley debieran figurar aquí y no aparecen, como mero guía o animador de aquellos parajes selectos, parajes que, con sólo volverlos a evocar en el silencio de una mesa de escritorio, a uno le ponen las carnes de gallina, no hay más remedio que ceñirse a una ruta lo más extensa posible pero concreta, y eso será lo que a partir de ahora comience a contar.

 

ALLÁ EN EL ALTO TAJO

De buena mañana uno puede situarse en Ocentejo. Hay dos caminos para ir: vía Sacecorbo por Cifuentes, o vía Sacecorbo por Torremocha del Campo, Laranueva y Abánades. La segunda de las dos es la que tomé en la última ocasión, sin ningún motivo especial, por cierto.

Ocentejo es un pueblecito sorprendente, de casas nuevas y ordenadas donde la gente, por lo que se ve, debe vivir a gusto. Está colocado a propósito en un rellano al pie de soberbios montículos que preludian con bastante exactitud lo que vendrá después. Ocentejo es pueblo de huertas y de leyendas, de árboles frutales que los vecinos cuidan con mimo y de una inimaginable paz. El voluminoso chopo que presidió la Plaza del pueblo muestra aquí su tronco muerto como consecuencia de los años y de la enfermedad. El canal de las avenidas desciende calle abajo con su nueva estructura de hormigón. Dos cosas sobre todas las demás destacan por encima del limpio caserío de Ocentejo: la espadaña barroca de la iglesia, y el erguido farallón de piedra, en donde estuvo la mínima fortaleza de los Albornoz, que en el pueblo conocen por "El Castillo". Ya en las afueras, el cauce del río es todo un espectáculo.

El Alto Tajo -tomando como tal los ciento cincuenta primeros kilómetros de su recorrido, desde su nacimiento en los Montes Universales hasta Entrepeñas- es todo un revoltillo de novedades paisajísticas encadenadas, irrepetibles, que cambian al torcer de cada curva. Con Ocentejo a la espalda, absorbido por las sinuosidades violentas del terreno y también por la distancia, cambia por completo el horizonte y se pone delante de los ojos una nueva panorámica visual. Aquí opta el conductor por detener el vehículo a cada paso, y sentarse a observar plácidamente desde los bordes de la carretera, como atónito espectador delante de la bravura del campo.

Subimos con dirección a Valtablado para descender más adelante. Creo que es ésta la única ocasión en todo el recorrido en que se viaja a favor de corriente. En un determinado momento, uno se crea la obligación de dejar el automóvil arriba, junto a la carretera, y bajar a pie por un camino hasta tocar las aguas del río. El Tajo anda por aquí con una relativa tranquilidad. Aguas arriba se oyen los lejanos murmullos de alguna chorrera que no se alcanza a ver. Por la ribera ha florecido el espliego, huele el romero, y se van muriendo poco a poco, comidas de yerbajos, las cepas raquíticas de una viña. El río comienza a colocar a sus lados enormes moles de piedra caliza, cortadas a cuchillo en vertical desde el santo cielo hasta el mismo nivel de las aguas. Los pescadores aguardan pacientes que pique la trucha, escuchando por entre las espadañas y en el ramaje de los primeros árboles el canto del cuclillo, el silbo de la oropéndola o el trino acristalado del jilguero común. Las choperas se alinean en perfecto orden por detrás de las mimbreras, dibujando a doble fila el cauce del río. Otra curva, otro paisaje, otro meandro espectacular en forma de herradura al fondo del barranco, otra panorámica impensable y distinta de la anterior. Hay que detenerse una vez más ante lo irresistible de la curiosidad y el deseo casi lujurioso de la vista por recibir impresiones nuevas. Acto seguido, el río prefiere emparedarse, oprimir su cauce entre murallones gigantescos de piedra blanca y ocre. La carretera, ciertamente, no es una autopista ni muchísimo menos; es estrecha y va pasando por el sitio justo que el paisaje le permite pasar, por el único lugar de la vertiente reservado para ella.


El Tajo se abre a la luz en el Puente de Valtablado, una vez que quedó atrás el paraje de bosque bajo que los campesinos de la comarca conocen desde antiguo por la Umbría del Estepar. En ambos lados del Puente de Valtablado dejan sus coches los pescadores de caña. El puente tiene seis ojos: dos mayores en el centro, y otra pareja más de ojos menores a cada lado por los que no corre el agua, salvo en extremas circunstancias de riada. Los vecinos aseguran que han visto varias veces colarse el agua por todos ellos.

Valtablado del Río, el pueblo, queda algo más arriba. Visto a distancia es un lugar bonito, con cuatro docenas de casas en las que habitualmente suelen vivir no más allá de las veinte o de las treinta personas.

No es mucha, en realidad, la distancia que hay entre Valtablado y Arbeteta. Ahora viajamos tierra adentro sin esperanzas de volver a las ariscas riberas del Tajo, ni a sus inmediaciones siquiera, hasta llegar a Peñalén o a Huertapelayo, ya veremos. En el bosque de Rascosa se da el pino; más adelante compartirá su predominio con el carrasquillo y con la encina en partes prácticamente iguales. Los bosques del Alto Tajo debieron tener en principio su vegetación peculiar, su flora autóctona, en donde no debió contar para nada el pino como planta específica, sino el quejigo, la encina y el boj. Uno piensa que el pino, aunque viejo ya como especie predominante en estas sierras, es un árbol advenedizo, impuesto por el hombre; en tanto que el bosque bajo y fragoso, hubo de brotar en parto espontáneo cuando la primera noche de la Creación, y lo sigue haciendo con la misma espontaneidad sin que nadie lo empuje, ni lo desee siquiera. Es la ley suprema de la Naturaleza, contra la que el hombre algo tiene que hacer, pero muy poco.

El castillo de Arbeteta nos sorprende de inmediato haciendo equilibrios encima de la roca que le sirve de peana. Queda muy poco de él: los cuatro muros. En el castillo de Arbeteta el murallón y la roca bajan en correcta verticalidad hasta los pequeños huertos que hay al pie, junto al arroyo. Ahí debieron habitar a temporadas, hace más de cinco siglos, servidores y afines a los duques del Medinaceli, que en tiempo de los Reyes Católicos fueron los dueños y señores de muchas de estas tierras.

El flamante Mambrú danza a capricho de los vientos sobre el pináculo de la torre de la iglesia; una de las torres más galanas y hermosas de la provincia de Guadalajara. El nuevo Mambrú de Arbeteta es voluminoso y sólido, forjado en plancha de hierro oscura, moldeado a conciencia por el artista de Alcolea del Pinar, García Perdices, y colocado en su lugar de destino a expensas de la Diputación Provincial en 1988. Dos años antes fue destruido el anterior por un rayo, lo que supuso para el pueblo un trago amargo, una vez que constituye con mucho su principal seña de identidad.

En Arbeteta existen todavía antiguas casonas con puertas adoveladas y escudos de armas que adornan las paredes; rincones de añosa aristocracia y una envidiable paz. Arbeteta, la histórica villa serrana, es hoy por hoy otro de los paraísos perdidos por las tierras de Guadalajara, en donde el corazón se hace grande y el alma se afianza como los cimientos sobre la dura peña de su castillo.

Hacia Villanueva de Alcorón se sale por la misma carretera que llegamos, pero en dirección opuesta a la que hemos empleado para venir. Al cabo de unos minutos de viaje se llega al cruce en perpendicular con la carretera de Villanueva. Por el momento no tiene indicador. Debemos seguirla torciendo en el empalme hacia nuestra mano izquierda.

Las fotografías nos muestrtan: Puente de Valtablado, sobre el río Tajo; un meandro en el curso alto; chapitel de la iglesia de Arbeteta con el famoso "Mambrú"





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