martes, 18 de septiembre de 2012

Rutas turísticas: LOS PUEBLOS NEGROS (III)


  
   TERCERA SALIDA

     Ahora vamos a emprender viaje por la comarca más  descono­cida  de las que forman el conjunto total de los Pueblos  Negros. La  verdad es que hemos de entrar en ella un poco por  la  puerta falsa,  pisando necesariamente tierras de Madrid para colarnos  a través del quicio de Montejo de la Sierra. Por Campillo de  Ranas y  Roblelacasa  la distancia es corta, pero solo existe,  por  el momento, senda para caminar a pie o como mucho en caballería. Los pueblos guadalajareños que quedan al otro lado del río  Jaramilla ‑nombre por el que se conoce al Jarama a poco de nacer‑, son: El Cardoso,  Bocígano, Peñalba, Cabida, Corralejo y Colmenar  de  la Sierra. Apostaría por que entre todos juntos no suman de hecho un centenar de almas. Por este rincón de junto a la Cebollera  están las  alturas más sobresalientes de la provincia de  Guadalajara, superiores en algunos puntos a los 2.270 metros, como es el  caso del Pico del Lobo, cerca de la estación invernal de La  Pinilla, en  los  límites casi con tierras de Segovia por Santo  Tomé  del Puerto.
     El  Cardoso  de la Sierra es un poco la  capital  de  todos estos  pueblos. A El Cardoso se llega fácilmente a través de  una carretera  animada por el paisaje. El pueblo aparece en el  fondo de un amplio vallejuelo al que rodean cerrucos grises. Las  pie­dras  de  pizarra  llevan  allí  en  su  composición  partículas argentíferas que centellean cuando brilla el sol. Resulta curio­sa  la  estructura particular de las viviendas,  con  el  clásico entramado  que pone al descubierto el tosco maderamen por  debajo de  los tejados. Los balcones y galerías de madera tallada  a  la vieja usanza, son también una característica del hábitat rural de El  Cardoso.  Al hablar con cualquiera de los  veinte  o  treinta vecinos que todavía quedan por allí ‑personas de edad casi  todas ellas‑, enseguida sale a colación el tema de sus fiestas  mayores de  la Asunción y de San Roque; o la vieja calaverada de "dar  el San Pedro", que consiste, por tan determinada fecha, en mantear o dejar  en  cueros vivos, al primer incauto que se les  ponga  por delante.  Fue  un gran pueblo El Cardoso hace algo  más  de  cien años; antes de que diera las últimas el siglo XIX, contaba con un censo de población muy próximo a los 400 habitantes, mientras que en  su  cabaña ganadera había que vérselas con  cerca  de  10.000 cabezas, entre cabras y ovejas trashumantes. El cerro Santuy,  de 1.930  metros en la cumbre, pilla a tres o cuatro kilómetros  del caserío; algo más lejos, pero no mucho, El Cerrón, La Buitrera, y el  Pico  del Lobo, todos ellos por encima de  los  2.200  metros sobre el nivel del mar, que no deja de ser una buena marca.
     Sierra  adentro desde El Cardoso, algunos kilómetros  des­pués, el camino se bifurca, salen dos ramales, muy juntos el  uno del  otro.  El primero parte a nuestra  izquierda,  en  dirección norte hacia Bocígano; el segundo, a nuestra derecha, sigue  hasta Colmenar de la Sierra.

     A Bocígano   le  avecina el río Berbellido, aquel  del  que  antiguamente se llevaban el agua para beber. En la plaza de Bocí­gano ha existido desde siempre un olmo voluminoso, testigo  fiel de  las horas festivas y de las dolorosas también en la vida  del pueblo.  Junto  a la plaza está la pequeña iglesia de  la  Virgen Blanca. De las valiosas tradiciones de toda la sierra, destaca en interés la fiesta de La Machada en Bocígano, todo un  espectáculo de  antiquísima raíz que la gente debiera presenciar alguna  vez. Se celebra este curioso acontecimiento el penúltimo fin de semana del  mes  del mes de agosto, trasladado por conveniencia  de  los hijos  del  pueblo que viven fuera desde el día  de  San  Miguel, fecha de finales de septiembre en que se celebró antes. Sus  pro­tagonistas en la actualidad ya no son pastores serranos, ni hijos de  pastores tampoco, nietos quizá sí, por lo que no se le  puede exigir  a la fiesta la pureza ni la autenticidad que debió  tener en tiempos pasados.
     El  mayoral conduce a los machos hasta la plaza del  pueblo en  el anochecer del sábado. Los machos son mozos  revestidos  al uso  de los viejos pastores de la sierra, que portan  chaleco  de piel  y  un cencerro colgado en bandolera. Van agarrados  unos  a otros por la correa de cuero que llevan a la espalda, formando un látigo  humano.  De vez en cuando comienzan a correr y  hacen  un quiebro o un  requiebro, llevándose con un ramalazo a quienes  se les ponen por delante. Cuando los machos se caen rendidos, se les reanima  con un trago de vino de la bota. Luego, se enciende  una gran  hoguera en plena noche, que hace tiempo solían  saltar  los más atrevidos. Al día siguiente, se reparten en mitad de la plaza puñados  de  migas de pastor a todos los asistentes,  que  éstos, siguiendo  la costumbre, deberán recoger y comer con  las  manos. Para que el público no se apelotone alrededor de los calderos  de migas,  cosa que suele ser bastante frecuente, los  machos  hacen algún  quiebro, dejando así la plaza despejada y restablecido  el orden.

     Es  muy  posible que hace dos siglos fuera Colmenar  de  la Sierra  el más importante de los pueblos de la comarca. Tuvo  por entonces ocho barrios anejos, y la categoría de villa incluida en el señorío del marqués de Montesclaros. Contó con seis telares, y su censo, por aquel entonces, sobrepasaba en mucho las quinientas almas.  Hoy  está prácticamente despoblado, como los  demás.  Los oriundos de Colmenar, hijos en buena parte de aquellos otros  que se  marcharon  cuando el éxodo de los años sesenta,  vuelven  con bastante regularidad y se preocupan por rehacer mucho de lo per­dido,  entre  otras cosas su iglesia parroquial de  Santa  María, que,  dicho sea de paso, contó con bellísimo  altar  renacentista del siglo XVI.
     Gusta  perderse  por estos pueblecitos  tan  apartados  del resto  de la provincia y tan desconocidos para muchos. La  visión de sus montañas punteras, cotas todas ellas destacadas de  Somo­sierra; la impresión de vértigo que producen al pasar los barran­cos  por los que danza invisible el arroyo truchero, y  el  color noche  de los pueblos que  adornan el paisaje en los lugares  más oportunos, son vivencias que costará trabajo olvidar. Allí  queda aún, sentado en cualquier rincón, el viejo pastor de la  trashu­mancia ‑reliquia al cabo de otra manera de vivir, casi convertida en  mito‑,  o la abuelita de negra y roída vestimenta  que  amaña calcetín  bajo  el tejadillo elemental de la puerta de  su  casa: ojos  penetrantes, mano firme y corazón en paz,  atisbando  desde lejos ‑seguro que más de cuanto fuera de desear‑ el paso impara­ble de los tiempos, tan dispares con aquellos otros de su juven­tud  más  al hilo con las apetencias ordinarias del vivir  de  la sierra.
     Peñalba  y  Corralejo tampoco  defraudarán,  pueden  estar seguros;  son muchas las particularidades de cada uno comunes  a los  demás pueblos. Quien esto dice los ha recorrido todos,  como cabe suponer, ha conversado con sus buenas gentes, conectó duran­te horas y horas con el ritmo del corazón de los vecinos, sin que haya notado mayores diferencias en favor o en demérito de unos  o de otros. Lejos del mundo, tal vez; pero muy próximos al Paraíso, seguramente;  pues un paraíso y no otra cosa es aquella  serranía de  inimaginables volúmenes, en donde la vista es limpia como  el cristal  y la Naturaleza brinda, a quienes lo saben apreciar,  el olor tierno y el sabor a creación reciente.

(En las fotografías: Cruce de Caminos, Mirador de El Bocígano y Paisaje de Colmenar de la Sierra)

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