viernes, 26 de octubre de 2012

Rutas turísticas: ALTO SEÑORÍO MOLINÉS (III)



         Siguiendo carretera adelante se divisa a distancia el pueblo de Labros, descolgado sobre una ladera. De momento dejé­moslo estar, volveremos más tarde. Ahora, aprovechando el ramal que cruza a nuestra derecha, bajaremos hasta Milmarcos y Fuentel­saz. Viajando camino de Milmarcos, nos sorprenderá en seguida, asentada en la vertiente donde las sabinas y las carrascas han crecido con el favor de los soles y de los años, la ermita de Santa Catalina (siglo XII), todo un feliz descubrimiento aún en término municipal de Hinojosa. Las impecables formas románicas de su portada oculta, así como los vistosos arquillos del atrio, destacan resbalando frente a la luz del sol en medio de la pradera y del bosque. Los vecinos de aquellos contornos, sensi­bles lo mismo que sus antepasados al soplo de la tradición, suelen acudir en jornada romera hasta las sombras de Santa Cata­lina el día 17 de agosto.
         Milmarcos, viniendo por donde acabamos de llegar, coge un poco a trasmano. En realidad, para ir a Milmarcos desde Molina debe hacerse por la carretera de Calatayud que abandonamos en Rueda. Por Milmarcos pasa el arroyo Guitón, afluente del Mesa, al que se une en las afueras de Jaraba, antes de acabar en el embal­se de La Tranquera, en tierras de Zaragoza. Fue por tradición la villa más poblada de toda la sexma del Campo, ahora ya no lo es, la despoblación de hace dos décadas la dejó casi en cuadro. No obstante, posee una distribución urbanística y toda una serie de edificios tan importantes, que la mantienen todavía en palmas del interés, tales como las casonas de la antigua posada, la de los López Montenegro, o el señorial palacete de los García Herreros. La Plaza Mayor es, como todo en el pueblo, señorial y despejada. A un lado de la plaza queda el severo edificio del Ayuntamiento, al otro la portada renacentista de la iglesia de San Juan, de la que es aconsejable conocer el retablo mayor, manierista, tallado en Calatayud durante la primera mitad del siglo XVII. La ermita de Jesús Nazareno es otro de los edificios más destacados de Milmarcos; la mandó construir a mediados del siglo XVIII uno de los magnates de la villa, don Pascual Herreros; se ve adornada con profusión y finura, al gusto barroco de aquel tiempo con ciertas tendencias versallescas.
         Los antiguos esquiladores de ganado, oficio muy corriente entre los habitantes de Milmarcos y de Fuentelsaz, viajeros nómadas por tierras castellanas y aragonesas durante dos o tres meses cada año, solían utilizar para entenderse una jerga la mar de peculiar, llamada migaña o mingaña, ya en desuso y a riesgo de desaparecer. Usaban la migaña siempre que consideraban incorrecto el comportamiento del amo con los esquiladores, o se hacía mere­cedor de algún reproche y deseaban manifestarlo estando él pre­sente. "Dica el vale, qué fila navega de manduga", en migaña quiere decir "Mira el amo, qué cara de burro tiene".
         Fuentelsaz es el pueblo de la provincia más próximo a Milmarcos, y a la raya de Aragón también en la cara norte del Barranco de Cimballa. Reliquia de su pasado violento, porque la Historia lo quiso así, es lo poco que queda aún de su castillo roquero. Fue esta villa madre de hijos ilustres, entre los que se pueden contar tres obispos y una nutrida nómina de religiosos, catedráticos y jurisconsultos. Todavía quedan sobre el muro de la iglesia parroquial los "vítores" rituales que recuerdan, pese al andar de los siglos, la personalidad de todos aquellos hombres singulares de los que se sigue honrando el pueblo de Fuentelsaz.

        
         EL VALLE DEL RÍO MESA
        
         Pero volvamos otra vez hasta el pueblo de Labros, que dejamos atrás recostado sobre la varga, muy cerca ya de donde abre el Valle del río Mesa. Labros, el viejo pueblo molinés de origen presumiblemente romano, agoniza en la más absoluta soledad por falta de gentes que pisen sus calles. He oído decir que a los habitantes de Labros los apodan "pilatos", debido a que, si como se piensa, aquella fue en otro tiempo la Labria de la Hispania romana de la que hablan los cronistas latinos, tiene muchas probabilidades de haber sido la cuna del mismísimo Poncio Pilato, personaje de primer orden en la Pasión de Cristo como sabido es, lo que parece demasiado gratuito para que sea cierto. Los que sí son reales ‑y allí están todavía para ser vistos por quien lo desee‑ son los artísticos capiteles que adornan la portada romá­nica de su iglesia; sólo eso queda del bello templo que debió ser, desmoronado ahora en el barrio de arriba, ignoro si aguar­dando, con paciencia de siglos, que el resto de Labros corra la misma suerte.


         Por Amayas, a cuya entrada hay un airoso pairón construido en 1896 en honor de las Animas, de San Roque y de San Antonio de Padua, se entra de hecho en el Valle del Mesa; todo un cambio brusco e inesperado en el contexto general del paisaje que nos ha venido acompañando desde las puertas de Molina, un mundo distin­to. Bajar desde Amayas a Mochales significa, poco más o menos, descender de la hosca paramera y meterse en la Tierra de Promi­sión. Tal vez sea mero espejismo esa primera sensación, que a la hora de la verdad no se traduce en hechos concretos que afecten a la economía de una y de otra comarca, pero, en apariencia al menos, ese curioso fenómeno sí que se produce al bajar el pequeño puerto de carretera que, entre sabinas y otros arbustos improduc­tivos, darán con nosotros, ya bien entrada la tarde en plena ribera del Mesa, en la hortelana y recoleta villa de Mochales. El río por aquí juega a esconderse graciosamente, para volver luego a la superficie.

         En el año de 1476, parece ser que el pueblo de Mochales pertenecía a don Iñigo López de Mendoza, mientras que en los primeros años del siglo XIX era propiedad del marqués de Casa Pavón. Fue alcalde de la villa mientras la Guerra de la Indepen­dencia el legendario Antonio Alba, a quien los soldados de Napo­león ahorcaron en la plaza pública, acusado de pasar alimentos a escondidas a los guerrilleros de la Junta de Defensa de Molina en 1810. Hija honorable de este pueblo fue Eusebia García García, nacida en 1909, con el nombre en religión de hermana Teresa del Niño Jesús y de San Juan de la Cruz; una de las tres Mártires Carmelitas de Guadalajara, beatificadas el 29 de marzo de 1987.
         El río Mesa nace en los ejidos del pueblo de Selas por la    sexma del Sabinar; cambia de dirección a las puertas de Anquela; pasa después por Mochales y continúa pegado a la carretera hasta los límites de la provincia. Los huertos, y las pequeñas hereda­des del regadío, ahora un poco dejadas a la ventura o sembradas de cereal, se van sucediendo hasta llegar a Villel. En las lade­ras que bajan hasta el camino, dan pomposa sombra las nogueras a caballo de cualquier bancal. Conviene repetir que los campos por aquí, amparados en el bajo por la corriente vitalizadora del río, son tierras de notorio privilegio a lo largo, y un poco también a lo ancho, de toda la vega.
         Villel de Mesa se presenta como descolgado en la solana de un cerro que baja a refrescar entre la fronda espesa de la ribe­ra. El pueblo se distingue de otros por la múltiple función de su Plaza Mayor, que sirve al tiempo de parque y de jardín. Al lado de un curioso arco romano, que con tanto acierto conserva el pueblo como adorno, crecen en perpetua actitud de desmayo los sauces, alternando con los abetos y con los rosales en flor; entre tan delicada vegetación, salta juguetona de uno al otro de sus cuatro niveles, el agua de un surtidor con forma de tarta nupcial. Las callejuelas en ascenso de Villel son todo un labe­rinto de rincones pintorescos, que alcanzan su mayor grado de tipismo en el pórtico solitario y romántico de la iglesia parro­quial. Por encima de todo, se elevan encrespados, maltrechos y mal sostenidos sobre las rocas, los cuatro muros que dejó el rayo en plena fiesta de San Bartolomé, pertenecientes al antiguo castillo de los Fúnez. Justo al pie de la peña del Castillo, queda la casa palacio de los marqueses de Villel, edificada en el siglo XVIII. Sin duda, tal vez por lo que el pueblo tiene de contraste en todo lo que su contorno es; por la gracia singular de sus edificaciones escalonadas; o por lo que de misterioso pudiera tener el oscuro Olimpo de su castillo por encima de las casas, por encima de la vida y de los hombres, nos encontramos en uno de los lugares más atractivos paisajísticamente  de todo el Señorío Molinés. Quizá, sólo pueda por estas latitudes rivalizar en bellezas naturales con Algar, el pueblo que nos disponemos conocer acto seguido.

         Al pequeño enclave de Algar de Mesa se entra por medio de festones rocosos. En algar es protagonista la Naturaleza: el agua, los precipicios, el frescor vespertino de las huertas, el perpetuo rumor de las chorreras, la placidez de sus prados, la gracia de sus puentecillos elementales... Nada mejor para acabar el día, y dormirse a placer al son cantarín de las aguas del río, donde los pescadores de truchas son auténticos maestros en el oficio. Lo mismo que Villel, Algar ofrece al visitante de manera gratuita la frondosidad de su ribera, el bravío espectáculo de sus cortes rocosos, la pureza sin parangón de su ambiente, pero, más que nada, el rugido  natural del arroyo que juega a saltar en cataratas trémulas por mitad de los juncos y de las espadañas, relamiendo así, de día y de noche, el pedestal de sus cimientos. Algar de Mesa hoy, ajeno a su pasado en causa común con la histo­ria particular de la vecina Villel, es dentro de su sencillez un pueblo escandalosamente bello. A la salida, siempre a la vera del río, se deja ver, pegada al viejo camposanto, la ermita patronal de Nuestra Señora de los Albares, un nombre romántico para un lugar que también lo es.

(Las fotografías corresponden a la cúpula de la ermita de Jesús Nazareno de Milmarcos, pareja de capiteles de la iglesia románica de Labros, el paseo-pórtico de la iglesia de Villel con su castillo al fondo, y las chorreras del río Mesa por los bajos de Algar)  

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