sábado, 12 de abril de 2014

CAMPISÁBALOS, EN EL PÁRAMO NORTE

       
     «Y hasta el can pisábalos». La frase, como para fijar a partir de ella en su origen el nombre del pueblo, carece de rigor topo­nímico suficiente, hasta el punto de que para muy poco nos podría servir en ese sentido; pero así recuerdo que me lo contó hace años un anciano erudito del lugar, asegurando como dogma de fe que en tiempos muy lejanos -siglos más bien, si es que por siglos se pudiera medir el tiempo de Maricasta­ña- se dio una batalla cruel por aquellos páramos, y fueron tantos los muertos que no sólo el caballo y el caballe­ro pasaban por encima de los cadáveres de los vencidos, sino que "hasta el can pisábalos", y de ahí el nombre con el que este simpático lugar de la serra­nía atencina, a tiro de piedra de las tierras de Soria y de Segovia, ha llegado hasta nosotros.
            Y puestos a referir anécdotas, de aquellas que se perde­rán en el tiempo irremisiblemente si antes nadie se preocupa de asentarlas sobre el papel escrito para que perduren, ahí va otra inocente historia que tiempo atrás alguien me contó en aquella amplia y cuestuda Plaza Mayor de Campisábalos y que, por segunda vez después de muchos años, vuelvo a contar a nues­tros lectores.
            Dicen -o por lo menos así me lo contaron los más viejos del lugar-, que siendo rey de las Españas Fernando VII, un ricachón de Campisábalos apostó con él que sus perros ses­teaban en una cama de mucho más valor que la del propio rey. La apuesta, con hombres de solvencia como testigos, quedó en pie. Se compararon las camas en las que dormía el rey y las que usaban para sestear los perros del referido ricachón serrano y, efectiva­mente, el adinerado del lugar ganó la apuesta; pues si bien las alcobas reales eran, como cabía suponer, extraordinariamen­te ricas, todavía eran de mucho más valor los diez mil vello­nes de lana de ovejas y carneros sobre los que pasaban la noche y sesteaban durante el día los perros del aludido magnate. Eran otros tiempos, qué duda cabe; no obstante, la historia es muy posible que tenga algo de verdad; pues este límite entre las dos Casti­llas debió de ser una especie de tierra de promisión, a pesar de sus bajas temperaturas, en tiempos de la Mesta, cuando la lana llegaba a las ferias de toda Europa a precio de oro, y la trashumancia del ganado lanar durante el invierno a tierras más cálidas, una manera de vivir para ricos y pobres: para acaparadores de fortuna, prestamistas y otras malas hierbas del pasado, y para los humildes servidores de aquellos que no tenían otra salida para sobrevivir y sacar adelante a sus fami­lias.


            Sí es cierto que El Empecinado, en sus muchas incursiones desde su Castilla natal a esta otra de las Alcarrias, asentó por estos recovecos serranos de Campisábalos y Somolinos repetidas veces, donde parece que el invasor francés no tenía entrada o, por lo menos no la supo buscar. En cualquier caso, uno se encuentra, urgido por la historia y la leyenda, en la plaza de este pueblecito singular, diezmado en población de lo que fue antes, y teniendo frente a sí una de las muestras más admirables de nuestro arte medieval, que bien quisieran contar entre su patrimonio muchos pueblos y ciudades próspe­ros. Falta la presencia humana en éste como en tantos lugares más de su entorno geográfico en muchas leguas a la redonda, el latir del corazón del hombre se echa en falta, pero ahí queda, estirada sobre el muro de su iglesia de San Bartolomé, la huella del pasado en una serie de altorrelieves esculpidos sobre la superficie de la piedra caliza de finales del siglo XII, y que significa, cuando menos, una carta de saluta­ción valiosí­sima de nuestro pasado lejano. Y ahí está mirando al sol de la mañana, burladora de siglos, de guerras, de soles tórridos, de hielos e intemperies, para quienes deseen comprobar sobre pétreo documento, el vivir diario de nuestros campesinos por aquellos tiempos en los que hacer frente a la vida en su humilde condición, debió de ser obra de excepcio­nal mérito.
            No creo que sean muchos más de cincuenta los habitantes de Campisábalos en un día cualquiera que no coincida con el fin de semana. Cuando llegué a este pueblo por primera vez, y en él pasé por azares del destino la primera noche en la sierra, eran muchos más de esa cifra los niños que tenía en edad escolar. Campisába­los sufrió con saña el azote del éxodo en los años sesenta, lo que en nada afecta al encanto de su antigüedad, como podrá comprobar in situ quien vaya a cono­cerlo.

            Eran las doce de la mañana. El párroco de ésta y de algunas más de las feligresías serranas, se dispone a celebrar misa en la capilla anexa a la iglesia local. La capilla se abre tras una extraordinaria portada románica, herma­na gemela de la que tiene la iglesia bajo el atrio acolumnado y familiar no lejano de aquella otra que podríamos ver en Villacadima, a cuatro pasos de allí, y que por su indudable mérito habremos visto tantas veces fotografiada en libros y en revistas de arte.
            La capilla es pequeña: una nave con un presbiterio chi­quito y cinco o seis bancos de madera donde se sientan los fieles. Los capiteles sobre columnas que separan al presbite­rio de la pequeña nave, se adornan con figuras mitológicas en relieve, casi irreconocibles. Dentro de un nicho abierto en la pared lateral, protegida por una reja secular de buena forja, hay una urna sepulcral con una lápida cuya larga inscripción sobre la piedra comienza así: "En esta capilla donde está la rexa de hierro está enterrado el caballero Sangalindo, y de la dicha capilla y ospital y vienes y rentas suyas son patronos la Justicia y Regimiento de la villa de Atienza..." Referida al insigne hidalgo del que hay constancia que empleó una buena parte de su hacienda en favor de los enfermos y menesterosos de la comarca.

            Campisábalos no es pueblo para ser contado con palabras, ni con el frío de la letra impresa sobre el papel de una guía turística o de un periódico, sino para ser visto. La transpa­rencia de la mañana a 1350 metros de altura sobre el nivel del mar, el color de la piedra, el silencio de sus calles, el balido lejano de un rebaño de ovejas, el rostro de la viejita que te mira al pasar desde el ventanuco de la puerta de su casa..., también es Campisábalos. Y a cuatro pasos más al norte la Sierra de Pela, la sierra por la que anduvo el Cid camino del destierro. Páginas desvaídas de la historia y del arte de Castilla expuestas al sol y a las lluvias de abril en pleno páramo de la Sierra Atencina.    

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