domingo, 6 de abril de 2014

EN LAS VIEJAS CALLES DE SIGÜENZA



            «Sigüenza, a lo lejos, con su caserío extenso, las dos torres grandes, almenadas, como de castillo, de la catedral, y su fortaleza en lo alto, le produjo a Alvarito gran afecto. El arriero llevó al prestidigitador, a su criado y a Álvaro a una posada de la calle Travesaña Baja, donde él paraba. La posada, medio derruida, ostentaba este letrero, escrito con letras negras en la pared: SE GISA A LA PERFEZION. A Alvarito le llevaron a un cuarto grande y destartalado, frío como el Polo Norte, con telas de araña en el techo» (Pío Baroja "La nave de los locos")

            Nadie duda que si don Pío hubiese podido volver en este tiempo nuestro a la ciudad de Sigüenza, la encontraría muy parecida a lo que el describe, al menos en lo fundamental, en su esencia, en su verdad histórica; pero muy distinta en lo accesorio, en lo que en ella ha surgido después. No son demasiado afortunadas las palabras del insigne vascongado, pero ahí están. Aún así, no deja de ser un honor personal para Sigüenza el aparecer en un título de la famosa serie de novelas que, bajo el apelativo genérico de “Memorias de un hombre de acción”, escribió don Pío y que a instancia de amigo os recomiendo.
            Pocas experiencias debe de haber tan placenteras y sedantes, tan confortables y aleccionadoras, como un paseo a pie en tarde de abril por las calles más antiguas de Sigüenza, por el trecho de ciudad que se extiende desde la Catedral hasta el Castillo, desde la Casa del Doncel hasta el arquillo románico -y romántico- del Portal Mayor allá por las murallas, donde uno ha de esforzarse siempre que sube con el fin de retener en la memoria la realidad del tiempo en el que vive; pues pisar sus piedras, vagar a la sombra de los añosos edificios que delimitan sus añosas rúas y sus pequeñas placitas, es trasladarse por artes de hechicería al mismo corazón de la Castilla del XVI, de la de capa y espada, de malandrines y de esquinas en penumbra, de la que tan cumplida referencia nos dejaron los clásicos de la época.


            La Calle Mayor y su paralela de Arcedianos se empinan al subir hacia el Castillo por entre los cruces de las dos Travesañas. Todavía quedan en los húmedos portales de las casas, donde tal vez ahora nadie habite, recuerdos turbios de aquellas humildes tiendecillas de los siglos de penuria, de cuando no había con qué comprar y el pueblo llano se las iba arreglando -qué remedio- con mucho menos medios de lo imprescindible.
            Una anciana sube jadeante, al lado del hombre que la acompaña, con la cesta de la compra, que medio llenó en el mercadillo de la Puerta del Toril, colgada de la mano. Es sábado por todos que la Plaza Mayor y sus aledaños son durante la mañana un mercado abierto para los seguntinos y para los forasteros que acuden, fieles a la costumbre, desde todos los pueblos de la comarca, desde las vegas del Henares y desde la propia Sierra.
            Arriba luce su arcada en medio punto la iglesia de San Vicente Mártir, la iglesia de los barrios altos, la que después de su restauración se muestra a quienes hasta ella van, con tanto o más esplendor de aquel que tuvo en el glorioso siglo de don Cerebru­no, el obispo que allá por la Alta Edad Media sembró la ciudad de joyas arquitectónicas según el estilo al uso, como las arcadas de acceso a la Catedral o la portada, no menos interesante, de la iglesia de Santiago.
            Uno se da cuenta al caminar por estos recovecos de que el seguntino de buena ley siente un respeto profundo por las calles que ahora piso, y que el viajero de ocasión prefiere perderse por estos rincones de piedras desgastadas donde todo, en su silencio, tiene algo importante que decir: las nuevas torres del viejo Palacio de los Obispos, la Plazuela de la Cárcel, la Casa del Doncel, el solitario arquillo del Portal Mayor que siempre que paso se me antoja cargado de misterio, el Hospital de San Mateo, donde cuentan que existió la botica poseedora del más artístico botamen de Talavera y que -para mal suyo y de toda Sigüenza- se tragó el demonio  en persona durante la guerra civil, el Primitivo Ayuntamiento, la Posada del Sol, aquella que aparece reflejada en el falso Quijote de Avellaneda, los cubos maltrechos todavía en pie y los lienzos de muralla, las fachadas de sus iglesias adornadas con florituras y con bellísimos entrelazados sobre la piedra, el silencio anodino de sus rincones engalanados con farolas de aquellas que iluminaron las noches con el aromático crepitar de la resina, luego con el acetileno y más tarde con el hilillo incandescente de la lámpara de Édison, que acrecienta si cabe el silencio de las noches y la oscuridad en cada esquina...

            ¿Quién es capaz de ofrecer más al viajero ávido de saberes que estas viejas calles de Sigüenza, en un espacio tan diverso y tan reducido como el suyo? Más abajo, como término a todas las hileras de viejas mansiones blasonadas y de balcones de llamativo herraje, las torres almenadas de la Catedral, las dos torres castilleras, acerca de las cuales el maestro Ortega y Gasset, admirador sin condiciones de la antigua ciudad, dejó escritas, y ahí quedan para la posteridad, frases como éstas: «...tuvo que ser a la vez castillo; sus dos torres cuadradas, anchas, recias, brunas, avanzan hacia el firmamento pero sin huir de la tierra, como acontece con las góticas. No se sabe qué preocupaba más a sus constructores: si ganar el cielo o no perder la tierra...»

            Con el ánimo recogido y las alas de la imaginación dispues­tas para volar a través del tiempo y del espacio al que invitan las prometedoras mañanas de abril, uno sigue de un lado para otro caminando por las viejas callejuelas de la Ciudad Mitrada, colocando con las flores de la imaginación aquí un espadachín, allí un truhán, más adelante un miembro del cabildo arropado en su manteo, en aquella esquina un ciego pidiendo limosna, y tras la cancela el taller de un artesano... No es la primera vez que anduve por aquí sin una misión predeterminada, sin algo específico que me atrajera hacia la vetusta imagen de la ciudad, donde uno sospecha que bajo el peso inamovible de tantos sillares mohosos, oscurecidos por el paso lento de los siglos, debe de ocultarse alguna leyenda hermosa, repleta de nombres desconocidos y de aconteceres que se perdieron y que jamás se volverán a escribir. Esto es Sigüenza, amigo lector: ciudad levítica, universitaria, mercantil, pequeño paraíso de esparcimiento para las tórridas jornadas del castellano estío. Sigüenza para ver, para vivir, para soñar, para sentir; para admirar y para amar sobre todas las cosas, como lo hacen sus hijos, los fervientes seguntinos a los que yo conozco: Sigüenza, París y Londres, siempre por ese orden…, y no se hable más.   

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