miércoles, 5 de enero de 2011

POR EL ARROYO DE LA SOLANA


«Hasta La Puerta el camino va siempre a orilla, o casi a orilla, del arroyo; algunas veces se aparta un poco y entonces, entre el arroyo y el camino aparecen las huertas. Para entrar en el pueblo se entra por un puente de piedra, pequeño, gracioso. El Solana pasa por debajo y se cuela después entre dos grandes grupos de rocas en forma de sierra o, mejor aún, de cresta de gallo.» (C.J.C. "Viaje a la Alcarria")

Los tentáculos del pantano, metidos en primavera y después de las generosas lluvias de un invierno llorón, se estiran a buen paso por los vallejuelos del arroyo de la Solana camino de La Puerta. Han conseguido llegar hasta el empalme con el camino que parte hacia Cereceda, que, por cierto, todavía están en obras. Por lo demás, la carretera que sigue hacia Trillo es nueva, espaciosa y limpia, como jamás lo fue.
Hoy, primeras horas de un sábado que amaneció con sol, he preferido escapar hacia estos recovecos alcarreños en los que desde hace años no pisaban mis pies. El pueblo de La Puerta primero, el de Viana después, y luego lo que salga, si es que la mañana diese para más.
La Puerta es un pueblo que se distingue, un pueblo diferente a los demás, un lugar de la Alcarria con un trazado urbanístico la mar de original. Se extiende todo él a lo largo de un canal de cemento, a la caída de una serrezuela violenta, a manera de crestón oscuro, de pedruscos descomunales que lo privan del último sol del día y de los vientos nocivos del poniente. En la mañana del sábado, ya de cara al medio día, los coches del fin de semana ocupan casi toda la calle a uno y otro lado del canal. Tengo la impresión de encontrarme -nada más incierto- en un pueblo de esparcimiento y descanso, en una barriada turística de cualquier villa porteña del Levante español. Al soberbio murallón de rocas que el pueblo tiene sobre sí como vecino y protector, le llaman el Cerro de las Piedras.
- ¿Y al arroyo que corre por dentro del canal, cómo le dicen?
- Este no tiene nombre. Baja desde aquellos cerros de arriba. Cuando yo era chico, recuerdo que siempre tenía agua; luego, con tantos años de sequía se conoce que se secó el manantial, hasta este año que, ya lo ve usted, aún baja un buen chorro.
El anciano, que anda gastando por las calles del pueblo el escaso carburante que todavía le queda al gastado motor de su corazón, se llama Florián, don Florián Benito, noventa y un años sobre sus piernas y sobre el bastoncillo que usa al caminar, lentamente, de un lado para otro hablando con la gente.
El pueblo es pequeño. Pese a encontrarlo hoy con una población que quizá supere las doscientas almas, en un día cualquiera que no coincida con el fin de semana, se reduce a cincuenta o tal vez menos. Cuando llega el verano, metidos en el mes de agosto hay días en los que su número de habitantes se multiplica por diez. Hace siglo y medio en La Puerta había muy cerca de las trescientas almas de hecho y de derecho.
Me doy un paseo por la calle principal siguiendo a lo largo el cauce del canal. Algún bar, alguna tienda, algún otro establecimiento de servicio..., La Puerta ofrece una impresión inesperada, nueva, sorprendente para un pueblo de tan escasa entidad. Como experto, y curtido en el ambiente rural de nuestros pueblos, no acabo de comprender el aspecto capitalino de la calle Mayor de La Puerta en lo más agreste y más severo de la severa Alcarria. Una placa bien visible, pegada sobre la pared a mitad de la calle, dice: «El Excmo. Ayuntamiento de Trillo a don Baldomero Martínez Fernández, insigne maestro, en agradecimiento a su labor docente desarrollada en este pueblo de La Puerta de 1925 a 1952». De puro infrecuente, uno piensa que el ayuntamiento de Trillo tuvo un detalle señor al agradecer públicamente el trabajo que supone veintisiete años educando, cuando menos a dos generaciones, en el ambiente monótono y siempre hostil de un pueblo pequeño.
La iglesia, dedicada a San Miguel Arcángel, es de origen medieval aunque a primera vista no lo parezca, románica del siglo XII, como adivinamos por algunos detalles que desde afuera se dejan ver.
El tiempo corre, el calor de la mañana se hace sentir y las abejas laboran en las flores amarillas de las aliagas que nacieron en el terraplén. Viana de Mondéjar queda a poco más de media hora de camino a pie y a cinco minutos si se va en coche. El pueblo de Viana, con sus casas antiguas, aparece al instante engarabitado al final de una cuesta. Son muy pocos los que deben de vivir allí de manera continua. Sólo he visto a dos o tres hombres, anciano todos, en aburrida conversación sentados al sol en una esquina.
En Viana hay dos motivos ineludibles a los que el cronista, el viajero o el curioso, se ha de referir necesariamente: sus famosas Tetas y la portada románica de su iglesia de la Zarza, solitaria, llamativa, refulgente al sol vivo de las doce y media. Esta es la iglesia pueblerina en la que José Luis Sampedro sitúa la fiesta litúrgica de Primera Comunión de un grupo de niños y niñas por aquellos años de las maderadas, uno de los episodios más auténticos y enternecedores de su estupenda novela El río que nos lleva: «Sonaron las campanas cuando ellos llegaban, y los niños penetraron en la iglesia ordenados en dos filas y con los brazos en cruz; primero las niñas de blanco; luego las otras, y, finalmente, los chicos. empezó la ceremonia, y cuando, al poco tiempo, el sacerdote se volvió para la plática, Paula dirigió hacia él su atención, acordándose conmovida del cura de Oterón.» La iglesia está cerrada, como por temor a los amigos de lo ajeno lo suelen estar en casi todas las iglesia de los pueblos. Al fondo del atrio queda la hermosa portada románica, con cuatro archivol­tas sobre capiteles de ornamentación vegetal y tres columnas a cada lado. Dentro, recuerdo haber visto en otra ocasión la no menos interesante estampa de su retablo barroco.
Desde las orillas del pueblo salgo dando un paseo hasta el pie de las Tetas. Voy siguiendo un camino en cuesta que tiene a mano izquierda un barranco tapizado de hierba. Al otro lado del barranco, cerca del pueblo, se ve una covacha enorme abierta entre las piedras oscuras. A las Tetas de Viana las conocieron los antiguos con otro nombre; las llamaban Peñas Alcalatenas o peñas del castillo. Son dos, como cabe suponer, las famosas Tetas, enseña incomparable del campo de la Alcarria. La visión desde algunos lugares es mucho más precisa y simétrica que desde otros. El acceso a sus cimas gemelas se me antoja complicado, como bien puede verse desde el mismo pie, cuando la verticalidad de la roca que las corona se aprecia como en realidad es.
Con los primeros soles del mes de abril, una visita a estos rincones de la diversa Alcarria resultan reconfortantes, el paisaje sorprendente, los pueblos tranquilos, y la gente, la poca gente que todavía queda por allí, amable y acogedora.


(En la fotografía: Plaza y calle principal de La Puerta)

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