viernes, 21 de enero de 2011

UN ALTO EN LA SIERRA DE PELA


No tienen estas tierras un nombre con peso suficiente para ser visitadas, pero cuentan, eso sí, con un atractivo personal indefinible, un atractivo que no sabe ni quiere saber de masas humanas predispuestas a ver una cosa u otra, con arreglo a lo que ofrece antes de salir de casa la última guía de turismo; y bueno es saber que las guías de turismo suelen omitir rincones tan placenteros como los que hoy reclaman nuestra atención, tierras frías, casi vírgenes, pueblecitos en los que viven durante el invierno, privándose de todo lo que nosotros seríamos incapaces de hacerlo, un par de docenas de habitantes o poco más, pero que cuentan, como compensación a su heroísmo impuesto por las circunstancias, con esa paz tan deseada de la que carecen –y carecerán por siempre, visto lo visto- las ciudades en las que la gente vive, privada –también por siempre- de algo tan necesario como el contacto directo con los regalos de la naturaleza, pues naturaleza somos, por mucho que intenten distraernos de esa idea las filosofías caducas, la comodidad y las ofertas de un mundo en el que “hay de todo”. Entre lo uno y lo otro existe un término medio, un planteamiento de la vida bastante inteligente y que consiste en participar de ambas ofertas al mismo tiempo, de lo que para nuestro servicio hay en la ciudad, y de lo que también para bien nuestro ofrece la vida rural. Los modernos medios de desplazamiento lo hacen hoy posible, siendo, por tanto, una ocasión de oro que resultaría necio dejarla escapar; mucho más cuando los días son largos y el tiempo acompaña.
Estamos dando vista a la Sierra de Pela, la franja montañosa de no demasiada altitud que sirve de límite por el norte a nuestra provincia con las tierras de Soria. Cordillera huraña que hace mil años vio desfilar a lo largo de su altiplano los herrajes guerreros del Cid, y un milenio más tarde se adorna con los altísimos brillos metálicos de cincuenta o más torretas eólicas que imponen al paisaje una visión nueva. Hacia el saliente el castillo de Atienza y el cerro cónico del padrastro; abajo, frente a mí, pueblecitos de color tierra con los campanarios de sus iglesias alzándose por encima de los tejados que tienen alrededor: Miedes, Hijes, Ujados. Andaremos por ellos. Quizá por todos no por falta de espacio, y en el orden inverso al que se acaban de presentar.
Los pinos de la repoblación se han quedado atrás, a un lado y al otro de la carretera. Ahora son las jaras y las estepas las que se dejan ver en los baldíos y en las laderas de los bermejales. En las praderillas que hay junto al camino sacan sus piedras al sol las parideras en ruina del ganado. Más allá la sierra, y antes los campos de labor y los pueblos.
El cereal tardío, el fruto de los huertos y el ganado, fueron durante mucho tiempo el medio de vida ordinario en estos lugares. A pesar de las bajas temperaturas, las hortalizas y las nueces de Hijes y de Ujados fueron muy estimadas por toda la comarca, cuyos ejemplares de nogal enseñan su tronco voluminoso y su ramaje espeso en las orillas de los pueblos. Ujados, el primero de ellos, lo tenemos aquí. Ha cambiado mucho Ujados desde la primera vez que anduve por él. Como a casi todos los pueblos pequeños de Castilla, escasos en número de habitantes y casi moribundos, a Ujados le han dado la vuelta en menos de una década los que viven fuera. No obstante, aún se ven los tejados viejos de piedra negra por alguna parte, contrastando y conviviendo junto a los nuevos chalés. La piedra ocre enrojecida es la que marca el tono de las construcciones antiguas, incluso en algunas otras de nueva planta.
En la calle de José García Hernández, que es la calle principal de Ujados, despacha desde su camioneta el vendedor ambulante de Hiendelaencina. Como es fin de semana hay media docena de mujeres esperando turno. La plazuela de la iglesia es recogida y está muy limpia. Un humilde arco de piedra con un banco en donde sentarse recibe a media mañana el sol en la puerta de la iglesia de San Miguel Arcángel. La plazuela está completamente desierta. Los gorriones de los huertos pasan la mañana alborotadores y jolgoriosos en los huertos que hay tras al ábside.
Aquí, en Ujados, nació en 1867 el eminente escultor don Gaspar Cruz Martín, pastor de ovejas siendo niño, tallador de figuritas religiosas a corte de navaja en las largas jornadas de cuidador de ganado, y escultor anatómico de la Facultad de Medicina de San Carlos después, pasados sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando con una beca concedida por Romanones. La imagen de la Virgen de la Asunción rodeada de Ángeles que veneran como patrona en Torrelavega (Cantabria), pieza artística de incomparable valor, salió de sus manos. Murió este ujadeño ilustre, del que muy pocos teníamos noticia incluidos sus propios paisanos, en la Capital de España en 1909, víctima de la epidemia de tifus que aquel año asoló Madrid. Sin duda, uno más de los guadalajareños olvidados que bien merecen un puesto de honor entre los hijos más destacados de esta tierra. Lo hemos descubierto tarde, pero ahí lo dejamos sobre el candelero de los nombres con mérito, mientras viajamos hacia el pueblo vecino por estos campos en los que el artista debió de pasar jornadas de frío insufrible y de sol de justicia durante sus años de adolescente. Quede pues patente en estas líneas nuestro homenaje y nuestro recuerdo.
Muy cerca de Ujados, siempre tierra adentro y siguiendo el camino que nos llevó, entramos en el pequeño pueblecito de Hijes. Ya la primera vez que pisé sus calles me impresionó la grandiosa fábrica de su iglesia de la Natividad, cuya torre se alcanza a ver erguida en la distancia, siendo por su antigüedad y estilo una buena muestra de la arquitectura religiosa bajomedieval –culmen del arte románico- con retoques bien visibles probablemente del siglo XVI. De épocas anteriores se encontraron en su término cientos de tumbas celtibéricas y enseres varios de aquella cultura y de tiempos de la romanización, que en nuestros días se conservan en el Museo Arqueológico Nacional.
Se entra al pueblo junto al silencioso cementerio, al que linda una vieja ermita en mal estado. Los dos arcos de piedra arenisca del leve santuario en abandono se descomponen forzados por la dejadez y por las inclemencias del tiempo. Desde las orillas de Hijes se dominan extensiones grandes de la sierra, con las antenas del Alto Rey al mediodía y las viejas laderas de la Sierra de Pela en dirección opuesta.
Hay algunos coches estacionados en la plaza, bajo el grandioso respaldo de la iglesia. Casi todas las casas del pueblo se sostienen sobre un fortísimo roquedal plano. Por las orillas se han ido construyendo algunos chalés y viviendas cómodas, que, sabidas las bajas temperaturas de la comarca durante la mayor parte del año, es probable que sus dueños sólo las habiten en verano y en fines de semana durante el buen tiempo.
Tendremos que acabar aquí nuestro viaje y nuestro relato por hoy. Volveremos pronto. Poco más allá están Miedes, Romanillos y Bañuelos, pueblos en los que siempre se descubre algo nuevo en cada viaje, esencia del pasado rural en este retazo de Castilla (Soria a tiro de piedra), donde los escudos sobre las paredes y las leyendas, durarán seguramente más que los hombres y más que los pueblos como entidades administrativas; pues día habrá de llegar en que pasen a ser residencias de temporada, y así habría de ser, antes de que las nuevas maneras de vivir acaben con ellos.

(La foto corresponde a la Plaza de la Iglesia del pueblo de Hijes)

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