martes, 11 de enero de 2011

POR LA RUTA DE LOS BELLOS HERRAJES


La última vez que anduve por aquellos pueblos los almendros de la Alcarria ya estaban en flor, mientras que por allí el invierno no daba muestras de quererse apartar por el momento. Son quinientos metros de altura sobre el nivel del mar la diferencia entre las dos comarcas, y eso se nota. La mañana es, en cambio, soleada, aunque las ventanillas del coche se deben cerrar porque el viento que produce la velocidad arroja sobre el rostro efectos cortantes.
Estamos por aquellos pueblos cuyos términos sirven de límite con las tierras de Teruel a la altura de las sierras Menera y del Tremedal algo más abajo, para nuestro uso por los pueblos más apartados de la capital de provincia, cuya cota más alta señalará en el contador del coche el pueblo de Motos (206 kilómetros de distancia desde Guadalajara), lo que significa, a una velocidad media prudencial, dos horas y media de camino.
Setiles atrás; Tordesilos algo más adelante. A la salida de Setiles parte un ramal de carretera retorcida que llega hasta Piqueras, pasando por Tordellego y Adobes. Uno conoce aquellos pueblos y debe manifestar que, aunque el índice de habitabilidad se vino abajo durante las dos últimas décadas, los pueblos en su aspecto externo se han rejuvenecido de manera increíble; los nuevos edificios, cómodos y saludables, de dentro y fuera del casco urbano, invitan a quedarse allí cuando llegue el buen tiempo, que por aquellas sierras no suele ser antes del mes de mayo. Los campos de labor son aprovechables tan sólo en los bajos, habida cuenta de que la calidad del terreno y el casi continuo inconveniente de las bajas temperaturas, convierten al resto en improductivo, apto quizás para el pastoreo sin que sea mucho lo que se le pueda exigir. Las encinas, los chaparros, y alguna que otra sabina, suelen ser las especies a considerar en aquellos parajes desfavorecidos, donde por primera vez suele verse el boj, o buje, como por aquellos pagos suelen llamar esa planta de terrenos fríos y eminentemente serrana.
Tordesilos es un pueblo con nombre sonoro; un pueblo que ha dado al mundo personajes de un cierto relieve, como, de bote pronto quiero recordar al que fue ministro de Información y Turismo, don Alfredo Sánchez Bella, y su hermano don Ismael, primer rector de la Universidad de Navarra. Allí nació también, y con singular afecto lo recuerdo, don Pablo José, canónigo de la catedral de Sigüenza, fallecido hace pocos años.
Sin salir del camino de paso, nos sorprende gratamente en Tordesilos la múltiple rejería que adorna las ventanas de una casa del pueblo; alguien me dijo que era la casa del herrero, y que aquella muestra de trabajo magníficamente elaborado era a modo de escaparate, pues el dueño de la casa era el propio artista, lo que deja fuera de toda validez el viejo dicho de que en casa del herrero cuchillo de palo. Del pueblo, situado en escalón, destaca sobre lo más alto la espadaña de su iglesia de la Asunción, con la imagen del Sagrado Corazón como remate.
La carretera sigue adelante atravesando un paisaje árido, curvas y vericuetos en una docena o más de kilómetros hasta llegar a la villa de Alustante, de alguna manera la capitalidad de la comarca, que, como corresponde a su vieja y bien ganada categoría, tomó con buen pie el tren del progreso según se advierte apenas entrar, pues son muchos los edificios nuevos y otros restaurados que se pueden ver al andar por sus calles. El número de habitantes, a pesar de todo, ha seguido en proporción el ritmo decadente del que adolece toda aquella sierra.
Me gusta hurgar en el pasado de los pueblos y sacar de nuevo a la superficie las piezas de valor que el paso de los años ha ido cubriendo con un mantillo, y que apenas soplar sobre él vuelve a salir con toda su frescura. En Alustante hay mucho que decir en este sentido, pues, sin salir de la iglesia, es tanto lo que hay que contar para general conocimiento: el retablo mayor recién restaurado, posiblemente de la escuela de Giraldo de Merlo; la imagen de Jesús Nazareno, obsequio del rey Carlos III, dicen que a su médico que era natural de Alustante; el artístico relieve de la Ultima Cena, que permanece oculto en el interior del sagrario; la imagen del famoso Cristo de la Lluvia, que cuenta con una cofradía antiquísima, y su famoso "caracol" para subir a la torre, obra maestra de Juan y Pedro del Vado, helicoidal sin espigón en el centro, que sigue admirando a todo el que lo ve desde el año 1555 en que fue montado. De Alustante fueron naturales, entre otros, fray Francisco Berdoy, eminente hombre de letras que vivió en el siglo XVI, autor de una de las primeras gramáticas de la Lengua Castellana, al que se conoció en su tiempo como el "Nebrija redivivo"; allí nació un siglo después Bonifacio Fernández de Córdova, que llegó a ser virrey de México; y el médico del pasado siglo don Vicente Fernández, cuyo busto en bronce preside la plaza de su pueblo sobre un discreto monolito de piedra.
Será Alcoroches el pueblo al que arribemos al cabo de unos minutos. La distancia es corta entre uno y otro lugar. En las umbrías que apuntan hacia el pinar, todavía pueden verse algunos retazos blancos de la última nevada. Alcoroches al punto. La Cueva, sobre la que descansa una vieja leyenda, queda al entrar a mano derecha: Luego la iglesia de Santa María la Mayor, en cuyo interior dice la tradición que se guardan los restos mortales de San Timoteo, al que tienen en el pueblo por patrón. No es sólo la estupenda rejería que adorna sus calles lo que sorprende al llegar hasta él al visitante; Alcoroches sigue siendo, para nuestro uso, uno de los pueblos más elegantes de la Provincia, y uno también en los que mejor se debe de vivir durante el buen tiempo. No muy lejos del pueblo queda el merendero de la Fuente del Angosto, una prolongación del Paraíso en pleno pinar, suficiente para demostrarlo.
Y desde los alrededores de Alcoroches, salimos en busca de una naturaleza todavía más espectacular, de las enormes peñas de arenisca bajo las que se acogen las casas de los pueblos y corren su caudal las fuentes y los arroyos. Es la hora de comer. Llegamos a Checa, villa simpar de la que hablaremos en otra ocasión porque el sitio lo merece. El mesón que dicen El Pinar, apenas se llega al pueblo, es el sitio mejor para reposar un rato, para descansar y resarcirse del viaje. Todavía quedan, con casi toda la tarde por delante, otras dos o tres horas de camino para volver a casa.

(En la fotografía, una típica reja del pueblo de Alustante)

3 comentarios:

  1. Ese es el balcón de mi casa!

    José, me ha gustado mucho como escribe. He aprendido cosas de mi pueblo que no sabía.

    Muchas gracias y un saludo!

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