viernes, 18 de noviembre de 2011

POR LAS FUENTES DEL RÍO SALADO

            Los caminos de Guadalajara nos llevan en esta espléndida tarde de verano por tierras de Sigüenza. Si se tiene en cuenta la gran cantidad de pueblos y de aldeas que en su momento fueron incorporados en lo administrativo al ayuntamiento de la Ciudad Mitrada, cabe pensar que las tierras de Sigüenza ocupan una superficie importante de terreno tanto al norte de la provincia como al mediodía del joven Henares que nace por allí, y de sus pequeños afluentes que durante el invierno se suelen quedar sin agua.
            Nuestro punto de mira se dirige en esta ocasión a dos pueblecitos situados por aquellas tierras: La Barbolla y La Riba de Santiuste son esos pueblos. Los dos tienen alrededor importantes llanuras para el cultivo del cereal, y a más o menos distancia los campos baldíos, pedregosos, de maleza y matorral que bajan de las colinas. Campos de pan llevar y de sudores, tierras frías, lugares superpoblados durante los dos o los tres meses de verano, y prácticamente vacíos durante el resto del año. Desde la carretera en la media distancia, los dos ofrecen al espectador y al viajero sus más importantes enseñas como fondo a los sembrados o a las rastrojeras: la espadaña de su torre sobre el pueblo en los llanos de La Barbolla, y el solemne y desafiador castillo de La Riba alzado sobre las rocas, dando lugar a uno de los paisajes más hermosos de toda la provincia.
       
            La Barbolla tiene como población de hecho durante el invierno dos o tres familias solamente; en verano las cosas cambian, de manera que las veinte o las treinta viviendas que se pueden contar por sus calles se encuentran todas ocupadas. Son viviendas bien acondicionadas éstas de La Barbolla, un pueblecito que pese a su más que escaso vecindario tras el éxodo a la ciudad de los años sesenta, jamás encontré en él ni una sola casa en ruinas, fenómeno que durante el último medio siglo ha sido, y sigue siendo, el pan nuestro de cada día en el panorama rural castellano. En La Barbolla, los pocos que han sido se preocuparon siempre por el bien de su pueblo, y ahí está para el recuerdo y como modelo su buen alcalde al que yo conocí, don Joaquín Barahona, luchador incansable por el bienestar del vecindario encomendado a su responsabilidad, y cuya feliz memoria reza en un sencillo monumento de piedra labrada clavado en el centro mismo de un pequeño jardín junto a la plaza de la iglesia: “A Joaquín Barahona, un buen alcalde. Los vecinos de La Barbolla. 1996” en homenaje póstumo.
            La iglesia de San Pedro es el edificio más importante que hay en La Barbolla. Está levantado sobre piedra oscura, un ocre tostado, extraída de las canteras de la comarca. La puerta de la iglesia está cerrada. Todavía conservo en la memoria el recuerdo de esta iglesia en su interior, cuando un buen día de la década de los ochenta la pude visitar en compañía de don Joaquín Barahona, el buen alcalde, y de su hermano don Marcos. El retablo mayor, de magníficos dorados, lo preside una imagen sedente de la Cátedra de San Pedro, con algunos detalles más que en este momento no procede enumerar.
            El sol poniente tiñe de oro viejo las piedras del campanario. Una señora con porte de ciudad lee “El Quijote” a la sombra de su casa junto a la iglesia. Un perro negro con cara de poca salud me ladra enfurecido en la Calle Mayor.

            El pueblo de La Riba de Santiuste está poco más allá, a cuatro pasos de La Barbolla; se puede ir de uno a otro pueblo dando un paseo a pie sin demasiado esfuerzo. La Riba, antes de haber entrado en él, parece un mínimo pretexto de habitabilidad al pie del cerro del Castillo, que, si no el más grande y el mejor cuidado, sí que es, al menos para mi uso, el más espectacular, el más acorde con el paisaje, situado en la cumbre a lo largo del voluminoso montículo de rocas laminadas que lo sostienen. Al pie del alto del Castillo: los campos rasurados, los huertos, las casas y los chalés.

            - Oiga, y el puente que es muy bonito; no se le olvide ponerlo.

            - Y el puente también, sí señora. Un puente antiguo de sólidos pilares sobre el arroyo que baja exangüe.
       
    El castillo de La Riba es hoy propiedad de particulares, como consecuencia de una de las normativas o leyes no convenientes que de vez en cuando vomitan los gobiernos de turno para sacudirse toda responsabilidad sobre el patrimonio heredado. Los dueños del castillo no suelen acudir siquiera a visitarlo, y si lo hacen es muy de tarde en tarde. Este castillo dicen los estudiosos que en un principio se llamó de San Justo, y que más tarde tomó el nombre del pueblo por encontrarse en la ribera del río. De su pasado se conocen muchos datos, que como es fácil suponer se reducen a un continuo toma y daca entre los reyes de Castilla y los obispos de Sigüenza, desde el siglo XI hasta el XIX en que desapareció en España el privilegio del que gozaban los señoríos. Durante la guerra de la Independencia, tiempo aquel en el que los gavachos consiguieron abundantes redadas, en piezas de arte sobre todo por la comarca entera, las tropas francesas al mando del general Duvenet lo destruyeron en el año 1811.
            Los veraneantes pasean por el campo y las señoras pasan la tarde en amena conversación a la sombra de las plazas. Son mujeres simpáticas, de conversación fácil, pero que saltan despavoridas del asiento cuando digo que les voy a sacar una fotografía. Dos de ellas acceden al final amable y voluntariamente. Sólo una de las mujeres con las que hablé vive en el pueblo de manera continua. Las demás son habitantes de temporada, que por lo general tienen su residencia en Madrid o en Guadalajara.

            - Pues ya ve usted, los pueblos iban a menos, los hijos se marcharon, y al final acabaron tirando de nosotros.

            - Pero vienen con frecuencia, supongo.

            - Hombre, claro que venimos con frecuencia. Tenemos nuestras casas, mejores o peores, y cuando amanece el mes de junio ya empezamos a venir.

            - Hasta octubre, por lo menos.

            - Sí; algunas aguantamos hasta el día de Los Santos, o después. Eso depende de cómo venga el tiempo; ya sabe.

            En la Plaza Mayor de La Riba concurren los edificios de uso común que hay en el pueblo: la iglesia, el ayuntamiento que ha sido restaurado, y la fuente pública en mitad con su clásico pilón redondo.
            Como posible ruta para visitar, y aun para dedicarle un fin de semana, muy cerca de allí tenemos toda una serie de pueblitos entrañables, varios de ellos deshabitados, que seguramente valga la pena conocer y andar por la soledad de sus calles y entre los cascotes de sus casas abandonadas: Querencia, Tobes, Valdealmendras, Villacorza, son algunos de ellos. Pueblecitos con su pasado, con sus recuerdos y con sus nostalgias, que allí están al amparo de nadie.  
  
(En la fotografía: Un aspecto de la plaza de La Riba, con su castillo al fondo)

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