miércoles, 9 de noviembre de 2011

MADRIGAL, EN LOS DECLIVES DE SIERRA GORADA


            Conviene aprovechar la circunstancia a favor que ofrece este verano, excesivamente caluroso, para viajar hasta nuestras sierras del norte de la provincia. La diferencia por allá en estas mañanas y en estas tardes de sol inclemente, es mucha en relación con los días de agobio en la capital durante ciertos días del verano.

            Si no conoces Madrigal, amigo lector, cosa que me parece más que probable, deberías acercarte hasta él sin dar lugar a que las condiciones climatológicas te lo pongan más difícil. Este pueblecito queda a muy poca distancia de la villa de Atienza. Desde los pies del castillo roquero se puede llegar en cinco minutos, no más, viajando en coche. El camino te regalará con la sorpresa con la sorpresa de pasar junto a la ermita de origen medieval en la que los atencinos veneran a su Patrona, la Virgen de la Estrella, sitio aquel en el que cuenta la tradición, y la historia lo asegura, que los arrieros de Atienza danzaron en aquella mañana memorable del día de Pentecostés, cuando con toda la astucia que cabe imaginar por su parte, pusieron a salvo de sus enemigos -tan tierno aún- al rey niño Alfonso VIII de Castilla. Tampoco anduvo lejos el Cid Campeador de aquellos cerrucos mondos y pedregosos por entre los que cruzamos para llegar al pueblo. La Sierra Gorda y los límites con las tierras de Soria, resguardan al Madrigal de los vientos del norte.

            La histórica ermita de la Estrella, a nuestra mano izquierda, la fuente de la Canaleja manando junto al camino poco más adelante, los campos de mies rasurados ya en el fondo del valle entre las laderas grises e improductivas, y Madrigal -nombre que es piropo- al cabo de un instante, extendido en la solana tras una escasa arboleda al amparo del silencio y de la más estricta soledad.

            No dejes para muy tarde el viaje a Madrigal, si es que deseas conocerlo; pues corres el riesgo de encontrarlo sin gente, y eso, te lo aseguro, resulta siempre una experiencia ingrata. Sin gente estaba la vez anterior que anduve por allí, y no porque en su censo no cuente todavía con algún vecino, que, aunque pocos, sí que los había, sino porque era una tarde desapacible y los cuatro que aún eran decidieron quedarse junto al fuego del hogar y no salir de casa. En esta última ocasión los residentes y algunos veraneantes se me dejaron ver y hablar con ellos, sentados a la sombra de los árboles o trajinando junto a la puerta de sus casas.

            Las viviendas color tierra, sobre las que destaca la espadaña gris del campanario de la iglesia, se alinean de derecha a izquierda mirando al mediodía y teniendo como fondo a la caída las tierras oscuras del vallejo. Las calles son pinas y estrechas hasta subir a la plaza. Las casas de los que todavía viven allí y las de los que vienen al pueblo con frecuencia se adornan con frondosas parras. Algunas de estas casas tienen balcones de herraje antiguo, desde donde se divisa el variado espectáculo natural de los Huertos, de las Umbrías y de Valderujas.

            En la plaza del pretil hallamos dos arcos de piedra tallados en dovelas. En algunas de las paredes se distinguen esgrafías y dibujos marcados a dedo sobre la argamasa por algún artista inexperto. En una puerta destartalada, muy antigua, pero que en otro tiempo debió de ser una auténtica obra de fina talla, se puede leer con letras en relieve sobre la madera el nombre del dueño. Marcada en la piedra hay una fecha escrita: 1794, tiempo aquel cuando Madrigal contaba con más de cincuenta vecinos y andaba muy cerca de las trescientas almas.

            Un callejón que en el pueblo llaman del Horno nos acerca hasta la Plaza Mayor. La plaza de Madrigal es larga, bien soleada, con una sola fila de vivendas y un pilón de forma rectangular que los dos caños del monolito que tiene en el centro llenan de un agua clara como el cristal, La plaza se prolonga por una calle que procuro seguir hasta el final, hasta el camino que va a perderse al campo. En el espacio de solar de una casa hundida picotea entre los escombros una gallina rodeada de polluelos, la escena es antigua y en extremo tierna y maternal. Dos perros me ladran a la vez escandalosamente.     

            - ¡Chucho! ¿A quién ladras?

            - Debe ser a mí. Se ve que no están acostumbrados a ver gente extraña.

            El hombre se llama Ricardo. Al momento sale de la casa otra señora que se llama Carolina.

            - Serán ustedes -les digo- de los pocos habitantes que hay en el pueblo.

            - Somos pocos, sí señor; y en invierno todavía menos.

            - Por lo que veo ustedes son de los que se van.

            - No señor. Nosotros estamos aquí todo el año.

            Aunque le insinué que me lo dijera, no me explicó el señor Ricardo si son más o menos de diez los habitantes que viven en el pueblo de continuo, aunque sospecho que no llegue a una docena. Un pequeño residuo de lo que fue, sin muchas esperanzas de que la cosa cambie en su favor, sino más bien al contrario.

            - Nada, aquí somos todos gente mayor. La juventud se marchó del pueblo hace mucho tiempo, y aquí quedamos los que no servimos para otra cosa.

            En Madrigal se ha tenido desde siempre una gran devoción al Cristo de los Desamparados, con su capilla propia dentro de la iglesia; si bien, el patrón es San Lorenzo mártir, con fiesta mayor el 17 de septiembre, según se me informó la primera vez que pasé por aquí, hace no menos de veinte años. Recuerdo que entonces, una señora muy amable, doña Candelaria Ortega, y un hombre simpático y servicial, don Lorenzo Mangada, me acompañaron a ver la iglesia. No los he vuelto a ver, y en este último viaje a Madrigal ni siquiera pregunté por ellos, pues son muchos los sinsabores que llevo sobre la espalda por amigos de los pueblos -todos de setenta u ochenta para arriba- que cuando he vuelto después ya no contaban en el mundo de los vivos.

            La entrada de la iglesia está precedida por un pequeño atrio, con una barbacana que permite asomarse hacia los campos y hacia las vertientes de robledal que hay al otro lado de la vega. Una hermosa espadaña románica, portada del mismo estilo bajo soportal sostenido por dos columnas y canecillos aguantando el alero, dan a la solitaria iglesia un marcado aire medieval, tan acorde con el ambiente y con el paisaje.

            Quiero recordar que allá cuando mi primer viaje, pese a su manifiesto estado de abandono se notaba que la de Madrigal era una iglesia sobre la que se había volcado el interés de los fieles cuando los vientos de la historia fueron más favorables para el medio rural. Escribí en aquella ocasión que en su interior “hay varios retablos recubriendo sus muros cargados de imágenes, de exvotos, de años y de desidia”. Confío en que desde entonces a hoy las cosas habrán cambiado en atención al templo. Por cuanto lo que más me llamó la atención en aquel momento, repaso viejos textos y me encuentro con que entonces escribí: “Lo más llamativo, con mucho sobre todo lo demás, es la capilla del Cristo, que ocupa parte de la nave lateral del ala del Evangelio. La talla del Cristo es antiquísima, de traza gótica, grande en tamaño y patética en la expresión de su rostro. Lástima que esté rodeada de tanta pobreza. Una inscripción que bordea por encima de los exvotos, hace saber que se pintó en 1853, a expensas de los vecinos del pueblo.”

            Madrigal se solaza a esas del medio día. Por lo que antes fueron las eras sopla una ligera brisa que la piel agradece. Hacia el poniente, alzado sobre su peana de rocas, se alcanza a ver en la media distancia la silueta inconfundible del castillo de Atienza.

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