martes, 15 de noviembre de 2011

UNA VISITA A MANTIEL


            El escaso número de habitantes que en estos momentos tiene Mantiel, contrasta con las muchas realizaciones, comodidades y servicios, que hoy se pueden aprecian al andar por sus calles, y tanto más si echamos la vista atrás en el tiempo y nos situamos en los años de esplendor de su famoso balneario, ahora cubierto por las aguas. No hace mucho que me pude informar por su propio alcalde que quieren retomar el hilo de las aguas medicinales y convertir en realidad un nuevo balneario. Sería bueno para el pueblo y para toda la comarca que ese proyecto se viera convertido lo antes que sea posible en algo real. En principio suena a utopía, a sueño imposible, pero cosas más difíciles se han visto resueltas cuando manda la tenacidad, y aquí está, unido al de su alcalde y el de todo el pueblo, nuestro deseo de ver favorecida a la Alcarria con algo más práctico y positivo que las aguas del embalse, por lo menos ateniéndonos a lo que llevamos visto hasta el día de hoy. Las atenciones y las ayudas de la Central Nuclear de Trillo se notan en casi todos aquellos pueblos, pero conviene abrir nuevos caminos de supervivencia, que en muchos casos, como en éste del posible renacer del balneario de Mantiel, pueden ser tan solo problema de constancia y de imaginación.

            Pero hoy he pasado por Mantiel con una finalidad bien distinta, con la de conocer un poco mejor e interesarme por sus monumentos, que aunque escasos y muy poco reconocidos como ocurre con los de tantos pueblos, también aquí los hay: la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Consuelo, cuya airosa espadaña se alza en las alturas como un referente del aspecto general, tan diverso y tan entrañable, del campo de la Alcarria.

            Me acompaña en este viaje desde la villa de Pareja don Fernando Rojo, el cura encargado de todos aquellos pueblos situados en la margen izquierda del pantano. Vuelvo a insistir en que no se deben abrir las puertas de las iglesias tan guapamente al primero que llega. Son demasiados los casos que continuamente se vienen dando de profanaciones y de robos sacrílegos, ante los que tan solo nos cabe el recurso a la indignación y al lamento inútil.

            Para ver la iglesia de Mantiel, donde nada importante de valor material hay en lo que fijar la mirada, conviene no pasar por alto la vista sobre la Alcarria que se ofrece desde los pies del muro exterior del ábside del edificio en dirección poniente. A más o menos distancia, siempre sobre una completa visión panorámica, quedan delante de los ojos las magníficas asperezas del campo alcarreño, plasmadas en un lienzo de naturaleza inmenso. Aquí las alamedas propias de la ribera, junto a las aguas del pantano que por estos días comienzan a rayar mínimos; allá las sinusidades fragosas de las laderas, revestidas por el verde opaco de la maleza, del encinar, del pino de repoblación, de los olivos chiquitos; y ya en el fondo la mancha clara de los pueblos más cercanos: Chillarón, Durón, y El Olivar coronando el altiplano algo más lejos. Es la imagen espectacular de las alcarrias todas la que se ve desde allí, siempre al descubierto desde los miradores que en tantos de los pueblos han sabido habilitar mirando al campo.

            La iglesia, toda por dentro pintada de blanco, es bastante pobre en su contenido. Un retablo sencillo como principal revestimiento ocupando parte del ábside, desde el que preside la única nave la imagen patronal de Nuestra Señora del Consuelo. En el muro lateral de la Epístola, todavía se conserva la gracia, que es recuerdo, de un púlpito revestido desde donde, durante años y durante siglos quizás, los respectivos párrocos del lugar se dirigieron al pueblo con sus sermones en las misas de los domingos; una pila redonda a manera de copa en un aparte de escasa capacidad, en la que recibieron las aguas bautismales generaciones y generaciones de hijos del lugar, entre los que debemos contar al más ilustre de todos, el profesor y eminente pedagogo don Rufino Blanco, nacido en Mantiel en el año 1861 y bautizado en aquella humilde pila labrada en piedra; y los restos de un órgano en un lateral del coro, sólo las tablas, de un antiguo instrumento de música en pequeño tamaño que, según consta inscrito en el secreto, “fue hecho por José Berdalonga, vecino de Alcalá de Henares, y costeado por la villa de Mantiel siendo alcaldes Manuel Millano y Pedro Millano, en el año 1803, más o menos cuando en el pueblo vivían cerca de cuatrocientas personas, tenían su escuela de niños, y los abuelos de los que ahora lo son se defendían con menos comodidades de las que ahora gozan sus descendientes, pero con un ambiente vivo de trabajos del campo, de fiestas y de costumbres que ahora no existen.

            Emprendiendo ya el viaje de regreso tenemos a la salida del pueblo una ermita en inmejorable estado de conservación que ha sido restaurada por el ayuntamiento. Es ésta la ermita de San Roque, uno de los santos protectores más reconocidos y venerados, no sólo en éste, sino en muchos más de los pueblos y villas de España, y aun de Europa, pues la pequeña imagen que se alcanza a ver en su interior a través de los ventanucos de la puerta, ha sido traída desde Alemania por unos convecinos de temporada procedentes de aquel país, que han hecho de la Alcarria y de Mantiel su segundo lugar de residencia.

            Y aquí debería acabar cuanto con relación al pueblo, y en particular por cuanto a sus escasos monumentos religiosos se me ha ocurrido hoy dejar constancia escrita para nuestros lectores; pero quiero acabar haciendo referencia a un suceso que con relación a dos pueblos de esta provincia -y uno de ellos es Mantiel- llenó de conmoción durante una temporada, hace ahora justo cien años, a un sector importante de la intelectualidad española, a juristas, periodistas, y escritores de renombre sobre todo.

            Ocurrió, según se desprende de lo poco que he podido leer referente al caso, que en el año 1905 un fiscal de Guadalajara pidió, y así fue sentenciado por el juez correspondiente, la pena máxima para dos hombres del campo, Juan García y Eusebio García, padre e hijo, acusados de haber asesinado en Mazarete a su familiar Guillermo García, vecino de Mantiel, y conocido por el apodo de “El Aceitero”.

            La equivocación del juez debió de estar tan clara, y era tan grave la sentencia que se dictó contra los dos campesinos de Mazarete, que la defensa pública para estos desgraciados comenzó el 26 de agosto de 1904 con un artículo titulado “Un error judicial” que publicó “El Liberal” de Murcia, y al que en fechas sucesivas se fueron uniendo, con otros artículos y editoriales en el mismo sentido, “El Imparcial”, “El Heraldo”, “El Correo Español”, “El País”, “El Globo”, y casi toda la prensa madrileña en defensa de los condenados. Importantes personalidades, entre las que se encontraban José de Canalejas, Calixto Rodríguez, J. Ruiz Jiménez y algunos más, se adhirieron a la noble causa con cartas a los periódicos. Todo fue inútil, pues el Tribunal Supremo, con fecha 19 de enero de 1905, dio por irrevocable la sentencia dictada por el juez.

            El defensor de los acusados, don Tomás Maestre, no se dio por vencido. Se organizaron conferencias en el Ateneo de Madrid en torno a este asunto; se publicó la opinión del párroco de Mazarete en el sentido de que “tenía la convicción plena de la inocencia de Juan García y de su hijo; hubo manifestaciones públicas y el asunto llegó hasta los más altos poderes del Estado, en escrito firmado por varios de los nombres más conocidos de la política y de la intelectualidad española, en el que se demostraba que el fiscal se equivocó al pedir la pena de muerte en garrote vil para los dos campesinos, pues “el Aceitero de Mantiel fue un pobre suicida, un desventurado loco que se pegó un tiro”, por lo que consiguió de las Cortes no sólo el perdón, sino también la honra y la libertad que se les había quitado.

            El caso del Aceitero de Mantiel inspiró a Azorín, paisano y amigo de don Tomás Maestre, defensor de los acusados, para su relato titulado “El buen Juez”, que figura en “Los Pueblos”, una de sus obras más conocidas.

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