martes, 7 de febrero de 2012

C I N C O V I L L A S


            Aunque para el resto de la gente sean las Cinco Villas una importante comarca del reino de Aragón, famosa por sus cosechas de cereal, nosotros entendemos con ese nombre a algo más pequeño, menos conocido, pero no menos entrañable. Cincovillas, amigo lector, es un pueblo de nuestra provincia, un pueblo escaso en número de habitantes, pero con una bien marcada personalidad. Si viajas con dirección a Soria por la carretera 101, te encontrarás en Cincovillas apenas hayas dejado atrás el empalme de Atienza. Es éste el primero de una serie de pueblecitos situados al norte dela provincia, todos interesantes por una u otra razón; Alcolea de las Peñas, Tordelrábano, Paredes de Sigüenza, son los nombres de los otros lugares vecinos a los que me refiero.
            Lejos de lo que en mí es costumbre, que prefiero para viajar las primeras horas del día, llegué a Cincovillas después de la media tarde, de una de esas tardes serranas en las que el cielo parece más azul y las puestas de sol más encendidas, más trasparentes y tornasoladas. Aún quedaban en el pueblo veraneantes, casi todos jubilados, de esos que acostumbran estirar su tiempo de vacación mientras que el cuerpo resista, es decir, hasta una semana antes o después de la fiesta de Todos los Santos, que por estas latitudes suele ser cuando los primeros avisos del invierno aconsejen ponerse en marcha.
            Cincovillas debe de andar entre los treinta y los cuarenta habitantes con carácter fijo. El pueblo conserva su ayuntamiento propio, sin depender de nadie, primera prueba de esa personalidad de la que antes hablé y que no es demasiado frecuente en entidades de tan escasa población. Su clima es frío, pero tiene una estupenda vega para el cultivo, aparte de otros parajes de su término considerados de inferior calidad, que en su conjunto se encargan de mover entre tres agricultores; para los demás es la paga mensual de la jubilación la principal, cuando no la única, fuente de ingresos.

El pueblo en la vertiente
            Como tengo por costumbre, entré en Cincovillas un poco a la aventura. La tarde invitaba a viajar y lo hice con gusto, con el recuerdo en mente de mi primer paso por allí en los primeros años de la década de los ochenta. Como es fácil suponer encontré al pueblo diferente, bastante más cuidado, y con el principal problema que en aquella ocasión me contó su alcalde felizmente resuelto, y que no era otro que el arreglo de las calles, de la calle principal, dividida en tres tramos y con nombres distintos cada uno: Bajera, de la Iglesia, y calle Alta, además de las otras callejuelas laterales, y placitas de las que quiero recordar que vi dos, además de la del juego de pelota entre la Calle de la Iglesia y el Ayuntamiento.
            En la leve explanada que hay junto a la ermita de la Soledad, saludo a un señor que en aquel momento venía del barrio de abajo, del pequeño barrio en donde está el antiguo caserón de la venta de San Vicente, venta de arrieros acondicionada hoy como vivienda, al otro lado de la carretera. El hombre en cuestión no era otro que don Paulino Rodríguez, alcalde actual de Cincovillas, y alcalde así mismo de su pueblo cuando hace veinticinco años anduve por allí la primera vez. Nos tuvimos que presentar de nuevo, por aquello de que el tiempo afecta seriamente en el aspecto físico de las personas y porque la memoria también tiene sus limitaciones.
            -¿Todos esos años lleva usted como alcalde?
            - No. Han habido algunas temporadas en las que han sido otros.
            - El pueblo ha cambiado bastante desde entonces.
            - Sí; tenemos las calles arregladas y se han ido haciendo algunas cosas. Se han restaurado varias viviendas y el pueblo se nota que está mejor.
            Don Paulino Rodríguez me dice que es asiduo lector de nuestro periódico, que lleva suscrito a “Nueva Alcarria” cerca de cincuenta años porque le gusta estar al corriente de lo que pasa en la provincia.
            - ¿Sabe usted lo que costaba la suscripción entonces?
            - Pues no señor; ni me lo imagino.
            - Costaba cien pesetas por todo el año. Tenía menos papel que ahora, y era una cosa más sencilla.

Una visita fugaz
            Como en aquella ocasión, el alcalde de Cincovillas no tuvo inconveniente en acompañarme durante las escasas dos horas que estuve allí. Subimos calle arriba, y a la altura de la iglesia, dedicada a San Vicente que es a la vez patrón del pueblo, me detuve ante el portalejo que cubre la entrada, y todavía con mayor interés ante el enorme garitón esquinero añadido a la iglesia en algún momento de su historia, en que pudo servir como parapeto de defensa, según nos dan a entender los pequeños ventanucos en aspillera que presenta a diferentes alturas, o bien, y más probable, como almacén de productos del campo en la época del diezmo. En el cuerpo lateral de la iglesia se alcanzan a ver bajo el alero la serie de canecillos que avalan su antigüedad.
            -Siempre hemos oído decir que esta iglesia se empezó a construir en el siglo doce y se terminó en el catorce –explica el alcalde. 
           Al otro lado de la calle juegan al frontón un grupo de muchachos, residuo de los muchos más que vienen al pueblo durante los meses centrales del verano. El frontón de pelota es una de las instalaciones deportivas más comunes en casi todos los pueblos de Castilla, aunque se echa en falta aquellas recias partidas que nuestros mayores solían jugar a mano limpia en las grandas solemnidades.
            - Antiguamente se jugaba más con la mano. Los de ahora lo hacen con raquetas, y algunos juegan muy bien. Estos meses de atrás había tantos para jugar que tenían que esperar su turno. Los muchachos aquí se lo pasan bien en verano. Dentro de cuatro días ya no queda ni uno.
            - ¿A qué lugares se marchó la gente de aquí en aquellos años del éxodo?
            - Se fueron a muchos sitios, pero sobre todo a Madrid.
            Pasando junto a los jugadores de pelota, y en compañía de otros dos amigos más: José María García, que es agricultor y vive en el pueblo, y Serafín que vive fuera, pasamos a ver el salón del antiguo horno del pan habilitado ahora como barbacoa, con su fuego bajo chimenea, sus sillas, y unas mesas alargadas capaces para cualquier evento festivo que en el verano de los pueblos suelen ser bastante frecuentes.
            - Sí, lo hemos tenido que dedicar a barbacoa porque ahora, como no se puede hacer fuego en los espacios abiertos, la gente se mete aquí y se lo pasan de miedo, sobre todo los jóvenes.
            Bien, pues esto y poco más puede servir como instantánea en el vivir diario de uno de nuestros pueblos, de uno de los más desconocidos y más bonitos de nuestros pueblos en esa franja septentrional del mapa de la provincia. Allí está Cincovillas, orientado hacia la vega fértil en una de las comarcas donde la tranquilidad y el orden parecen ser dos de sus notas más características; con el arroyo Alcolea a cuatro pasos, y algo más al norte los conocidos Altos de Barahona, barrera natural con los primeros campos de Soria.

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