viernes, 3 de febrero de 2012

H O M B R A D O S


              Cuando el verano ha tocado a su fin, los pueblos poco a poco se nos quedan sin gente. Pienso que septiembre es el mejor momento del año para ir a los pueblos, incluso para pasar en ellos alguna temporada. Es un tiempo en el que se vive en ellos como nunca la tranquilidad del campo, lejos del agobio de los veraneantes que dan (que damos) a los pueblos una imagen que no es la suya; y lejos también de ese mutismo casi sepulcral de los inviernos, tan crudos y tan desapacibles en nuestra tierra de Castilla, donde a veces resulta difícil encontrar por las calles una sola alma, esas calles de puertas cerradas en las que apenas se encuentra como única manifestación de viada el ladrido de un perro, o el tintineo lejano de alguna res que pasta aburrida más allá de las últimas casas. En septiembre no se da ninguno de esos dos extremos; la gente se fue, pero todavía queda ese puñado de incondicionales que no tienen prisa por marchar hasta que el rigor de la climatología les eche fuera, personas maduras que seguramente como tú y como yo han nacido en alguno de ellos y guardan entre los dientes el lejano sabor a la tierra de su niñez y de su juventud, aprovechando el tan manida símil de Paul Claudel. Hombrados, el pueblecito molinés hacia el que ahora voy, podría servirnos de ejemplo para justificar lo que acabo de decir.
            De hecho acaba de entrar el otoño. Son pocos, pero todavía quedan algunos de esos jubilados que estiran sus vacaciones sin tener en cuenta el cambio de estación. Hombrados, el recio lugar que hoy nos acoge en el silencio casi místico de sus calles desiertas, es un pueblo cuyo nombre me gusta pronunciar con un extraordinario respeto. Han pasado muchos años y muchas cosas desde que lo conocí y anduve por sus calles la primera vez: Por los amigos con los que me encontré en aquel primer viaje: don Fernando, el alguacil; don Andrés, el alcalde; o don Juan Herranz, el del teleclub, ni se me ha ocurrido preguntar, pues sé por experiencia lo doloroso que resulta pensar que aquellas buenas gentes, con las que en tiempo ya lejano compartí algunos minutos o algunas horas de mi vida, sin haber sabido de ellos nada después, puedan no contar siquiera en el mundo de los vivos, como casi siempre ocurre.
            Una fuente baja junto a la carretera, el característico pairón molinés por enseña, una leve costanilla que sube hasta la plaza, han dado conmigo en el pueblo de Hombrados después de más de dos horas de viaje, cuando la vieja villa comienza a desperezarse bien entrada la mañana.
            He dejado el coche junto al juego de pelota y me he puesto a mirar con detenimiento la casona que tengo a mis espaldas, modelo de palacete molinés, con su escudo de armas presidiendo la estructura frontal y sus sólidas piedras labradas en las esquinas, detalle éste que en su momento fue señal de señorío, y sin duda que así debió de ser; pues se trata, aún en estupendo estado de conservación, del palacete de los González Chantos-Ollauri, familia riojana que en el siglo XVIII plantó sus reales en aquel lugar, y de la que salieron algunos personajes merecedores de engrosar la nómina de molineses ilustres, como lo fue don diego Eugenio González Chatos-Ollauri, pensador y autor de algunos importantes tratados de historia; Maestrescuela del Cabildo de la Catedral y titular de la cátedra de Vísperas de Teología en la extinta Universidad Seguntina. La llegada de los Chantos-Ollauri supuso una total renovación para este pequeño burgo molinés, que todavía hoy rezuma en la piedra mate de algunos de estos sólidos edificios el espíritu ilustrado del siglo XVIII.
            Me dispongo después a dar un paseo por las calles del pueblo hasta las afueras. Sigo sin encontrarme con persona alguna. Desde muy cerca llega a mis oídos el tintineo de las esquilas de algún rebaño que no alcanzo a ver. Las sillas blancas se encuentran recogidas, unas sobre otras, en un rincón dentro de la explanada del teleclub; los columpios descansan hasta el fin de semana o hasta el verano próximo que vuelvan los niños. “TELECLUB DE HOMBRADOS” dice en letras grandes sobre la puerta de entrada. Está cerrado. El teleclub de Hombrados es la sede de la primera asociación que se formó en aquella comarca, fruto del tesón de hasta cuatrocientos socios empeñados en que la llama vital de su pueblo no se acabase por extinguir como ya había ocurrido en otras partes. Hace ya años que este teleclub contaba con una de las mejores bibliotecas que pueden verse por allí, donación para disfrute de sus paisanos como herencia de un canónigo llamado don Máximo, y que en el momento de la entrega superaba en número los mil volúmenes, cifra que de entonces a hoy deberá haber aumentado considerablemente.
     
            La iglesia se encuentra a cuatro pasos sobre una leve prominencia. Lo mismo que el palacete de los Chantos-Ollauri y que algunas más de las casas centenarias que hay en el pueblo, la iglesia está construida con piedra rojiza, y según tengo entendido, salvo su aspecto exterior en perfecto estado guardando la línea dieciochesca como tantas más de su misma época, no debe tener en su interior nada destacable. También está cerrada.
            Desde el llano de las Eras se alcanza a ver en la media distancia la Sierra de Caldereros, con el soberbio torreón sobre las rocas del castillo de Zafra, uno de los hitos más conocidos de la particular historia del Señorío; pues fue allí donde se refugió el tercer señor de Molina, don Gonzalo Pérez de Lara, cuando el rey Santo, Fernando III, le puso sitio durante cuarenta días por haber intentado extender sus dominios por tierras de Castilla.
            También queda desde allí a nuestro alcance sobre su cerrillo la ermita de San Segundo, importante lugar de romerías para los habitantes del pueblo y de la comarca, sin que a este santo lo tengan como patrón, que lo es San Agustín, con fiesta local el 28 del mes de agosto.
            Y busco ahora, al otro lado del pueblo muy en las afueras, la ermita de la Soledad, que es en importancia, con la iglesia y con el palacete de los Chantos-Ollauri el tercero en importancia de los monumentos todavía en pie que se conservan en Hombrados y que vale la pena conocer. Se trata de una muestra magnífica del arte religioso popular del siglo diecisiete, levantada “A honor y honra de Jesús y de Santa María”, cuyos anagramas aparecen grabados sobre la piedra del dintel, junto a la fecha de 1698. Recuerdo haber visto también su interior en mi primer viaje, una nave grande con crucero, presidida por la venerable imagen de Nuestra Señora de la Soledad y otra de Jesús Nazareno; colgaduras en las paredes, estampas y exvotos sin otro valor que el del cariño de quienes los que pusieron, y una curiosa colección de óleos del XVIII representando escenas del Vía Crucis,  pintados por vecinos de Hombrados según se hace constar en la leyenda que figura en cada pie, con aires manifiestos de pintor bisoño.
            Dos hombres con sombrero de paja salen de un almacén próximo y se acercan hasta donde yo estoy. En todos los pueblos molineses la gente es amigable y fácil a la conversación, aun con personas a las que no conocen.
            -¿Le gusta la ermita?
            - Sí señor, mucho. Pero esto es más que una ermita.
            -Dicen que está hecha en dos siglos distintos. La parte de atrás y esto de delante se llevan cien años.
            - Es posible, yo creo que hasta se nota un poco.
            Y nada más. Allí quedó, atrás, después de dos horas de estancia, aquel pueblo pequeño, pero con empaque de gran señor, al que les invito a pasar si es que en alguna ocasión viajan a Molina y cuentan con tiempo suficiente para acercarse hasta él. Se encuentra a muy pocos kilómetros de distancia del límite de nuestra provincia con la de Teruel. Todo es proponérselo. Hombrados, su pasado y su presente merecen una visita.   

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