jueves, 31 de mayo de 2012

Rutas turísticas: ATIENZA Y EL ROMANICO RURAL (II)

  LOS MUSEOS DE ATIENZA

      De  la  que fuera parroquia de San  Gil,  antigua  iglesia asilo,  debe  señalarse sobre todo su ábside  románico  del  XII, menos espectacular, pero muy parecido en disposición y trazado al de  La Trinidad. Fue de exquisito gusto el artesonado  de  madera que  sirve de cobertura a la nave. Se ha dispuesto la iglesia  de San  Gil como Museo de Arte Religioso y depósito de lo mejor  del arte  atencino  en general, sobre todo por cuanto  se  refiere  a pintura y a orfebrería. Se inauguró con gran júbilo por parte del vecindario en el mes de julio de 1990, obra personal y  meritoria del párroco de la villa don Agustín González.
     El contenido del Museo es de lo más variado dentro del arte religioso,  tomando como punto de partida el siglo XII,  del  que puede  admirarse  una estupenda pila bautismal,  o  un  magnífico "Cristo  en la Cruz" del XIII; buenas pinturas de  Matías  Jimeno representando  "La Anunciación" y "La Adoración de los Reyes",  o las famosas "Sibilas" y "Profetas" de Santa María del Rey,  bello muestrario de pinceles renacentistas atribuidos a Berruguete; una "Natividad"  de  excepcional  ejecución al  gusto  italiano;  dos "Ecce‑Homo",  y un conjunto completísimo de pinturas anónimas  en las  que bien merecería la pena detenerse a investigar a fondo  . La  abundancia  de  tallas  y de  imágenes  hace  imposible  una enumeración  meticulosa, si bien predominan las piezas  renacen­tistas y barrocas, entre ellas una "Virgen del Rosario", de  José Salvador Carmona. Por cuanto a vasos sagrados , cruces  procesio­nales y de altar, así como otras muchas muestras interesantes  de orfebrería, la riqueza expuesta en el Museo es de imposible valo­ración. Lo mismo ocurre con la colección de documentos en los que se  recogen algunos de los privilegios que los reyes y los  papas vinieron a conceder, a lo largo de su historia, a la villa y a la iglesia de Atienza. El Museo de Arte Religioso continúa incremen­tando su fondo paulatinamente con nuevas obras, todas ellas  pro­cedentes de las distintas iglesias de Atienza, sobre todo de  las que permanecen cerradas al culto.
     Se muestran, así mismo, muebles tallados en maderas  nobles del  siglo XVI al XVIII, hachas de piedra del Paleolítico  y  del Neolítico, ajuares visigodos de bronce, algunos utensilios  cel­tibéricos,  así como varios centenares de fósiles encontrados  en la comarca de Atienza, procedentes de la Era Secundaria,  periodo Cretáceo, con algunos otros ejemplares de más lejano yacimiento y que resultan de un alto interés paleontológico.
     Posteriormente, como consecuencia del celo del cura párroco del lugar, el ya referido don Aguistín González, y urgido por la abundancia de arte de sus antiguas iglesias, se han ido abriendo otros dos museos mas: el de San Bartolomé y el de la Trinidad, en las iglesias de esos mismos nombre. El museo de la Trinidad, está dedicado en gran parte a la Caballada; fiotografías, documentación, vestuario propio de los miembros de Hermandad, y todo lo relacionado con esta festividad historico-religiosa, de la que escribinmos a continuación 

      L A  C A B A L L A D A
  
    Se  trata del acontecimiento festivo más importante de los que,  con el  paso de los siglos, se vienen celebrando en  la provincia de Guadalajara,  al  menos por cuanto se refiere a la  antigüedad  del hecho histórico que se conmemora y a loa trascendencia que tendría después en la historia de Castilla.
     Resulta  innecesario  para los atencinos  insistir  en  los orígenes de esta fiesta con ocho siglos de tradición, nada menos, sobre  sus  espaldas. Para quienes no conocen la aventura  de  la villa desde sus orígenes, la razón que motiva este acontecimiento anual  puede  resultar interesante. Es  difícil,  pero  intentaré resumir  cuanto  sea  posible las ideas más  elementales  que  el profano debe conocer en torno a la fiesta de La Caballada.
     Es  la Historia de Castilla la que cuenta cómo  el  pequeño rey Alfonso VIII, con sólo tres años de edad, fue traído de noche a caballo desde San Esteban de Gormaz hasta el castillo de Atien­za por Pedro Núñez de Fuentealmexir, para librarle de las  garras de  su  propio tío, el ambicioso rey de León Fernando  II,  quien deseaba a toda costa acabar con la vida del niño, a fin de reunir bajo  su cetro todo el reino que había dejado al morir  su  padre Alfonso VII.
     El tierno infante de Castilla pasó en paz sólo unos días en la peña de Atienza a salvo del mortal perseguidor, pues, enterado el  rey  leonés de la estratagema y de la burla de la  que  había sido objeto, mandó de inmediato un cuerpo de su ejército para que sitiase  la  fortaleza, con intención de coger  prisionero  a  su sobrino el infante don Alfonso.
     Ahí es donde entra en acción el ingenio y la astucia de los arrieros  de la villa. Ni cortos ni perezosos,  encomendando  tal vez la operación a su patrona la Virgen de la Estrella, a las del alba del domingo de Pentecostés del año 1162 tomaron al niño,  lo disfrazaron de arriero como uno de tantos, lo montaron sobre  una cabalgadura  de las que llevaban habitualmente, y abandonaron  el caserío  dirigiéndose como por costumbre lo solían  hacer,  valle abajo hasta la ermita de la Patrona de Atienza, ante cuya portada se pusieron a danzar cumpliendo con el viejo rito, para emprender al  instante la huida por otra dirección bien distinta, fuera  ya de  la  vigilancia del ejército sitiador, sin  que  los  soldados leoneses hubieran podido sospechar lo más mínimo.
     Siete días tardaron en poner a salvo al pequeño rey  dentro de  las  murallas  de la ciudad de Avila.  Siete  tortillas  con distintos  ingredientes que cada año se comen los  herederos  de aquellos  bravos  atencinos la víspera de Pentecostés,  para  así conmemorar  el hecho y dar principio a la fiesta de La  Caballada que les tendrá ocupados durante el día siguiente.

     Los  hermanos de la cofradía ‑cuyas Ordenanzas son aún  las mismas,  las  auténticas que en su día otorgó y firmó  el  propio Alfonso VIII‑ se reunen bien de mañana en la puerta del prioste o hermano  mayor. Allí se leen las multas habidas durante  el  año, que  los  cofrades infractores acatarán y pagarán  en  libras  de cera. Acto seguido, con los músicos,los seises,el mayordomo y  el abad,  se  baja a caballo, campo abierto, hasta la ermita  de  La Estrella, donde se procede a la subasta y a la función religiosa. Es  costumbre que durante la Misa algunos cofrades dancen  en  la puerta,  organizándose  luego la procesión hasta la  Peña  de  la Bandera, en donde se reza por los cofrades fallecidos. El momen­to más emotivo quizás, y también el más pintoresco, es la galopa­da  a todo correr que, a la caída de la tarde, llevan a cabo  los cofrades   subidos sobre sus caballos en el arrabal de la  villa, con la Atienza histórica y la silueta de su castillo roquero como telón de fondo.
     Salvo contadas excepciones, que por motivos muy  especiales se dejó de celebrar en el transcurso de los últimos ocho  siglos, la fiesta de La Caballada es puntual cada año en el día de Pente­costés. Se cree que el propio Alfonso VIII, ya como rey de Casti­lla,  tuvo ocasión de asistir a ella personalmente en más de  una edición, dotándola de excepcionales privilegios.
 

     POR LAS SENDAS DEL ROMANICO RURAL
     Conviene  completar  la impresión que nos  produjo  Atienza saliendo  unos cuantos kilómetros más allá, adentrándonos en  las vecinas  sierras,  donde se conservan interesantes  muestras  del quehacer artístico de los pueblos cristianos que por allí vivie­ron,  a  caballo de los tres últimos siglos  de  la  Reconquista. Atienza  nos  pudo  servir de interesante botón  de  muestra  por cuanto al gusto arquitectónico de aquellos tiempos, sobre todo en portadas  y  en ábsides de algunas de sus  iglesias  que  todavía recordamos.  Ahora serán los pueblecitos de aquella serranía  los que  se  descubran, ante los ojos del visitante, con  sus  viejas piedras  labradas con precisión geométrica, colocadas en arco  de medio punto, y luciendo en aquellas soledades todo el encanto del estilo  cluniacense  en  su más sabrosa  modalidad  castellana  y rural.
     Cañamares  será la primera escala de esta ruta en busca  de las  muestras  románicas de las que hemos hablado. El  pueblo  de Cañamares  se quedó durante los últimos años casi sin  habitantes de  hecho.  Llaman la atención al entrar en  Cañamares  la  buena planta y mejor disposición de algunas de sus viviendas,  situadas en ambas márgenes del río que lleva su mismo nombre. Al otro lado de  las  casas, se cruzan las limpias aguas del río  Cañamares  a través de un puente medieval, muy grande, con tres ojos,  montado sobre recia piedra arenisca  en tonalidades grises y rodenas, que sirvió de vía para caminantes y carruajes durante ocho siglos, y aún sigue empleándose para la misma función. Vamos a cruzar  el puente.  Entre sombraje de acacias y de nudosos  lombardos,  si­guiendo  siempre  de cerca el cauce del arroyo, se  llega  a  la solitaria  iglesia  parroquial. El pequeño  templo  tiene  doble campanario  de sillería y portada románica que los canteros  la­braron en archivoltas lisas y acordonadas. Está oculta dentro  de un portalón añadido algunos siglos más tarde. (Continuará)

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