martes, 15 de febrero de 2011

ALMOGUERA EN VIAJE DE PASO


La simple visión escrita de su nombre (Almoguera: Almugara, que en árabe significa “cueva”) nos viene a decir que esa raza, el moro, tantas veces presente en nuestra historia nacional, algo tuvo que ver con los orígenes y con los primeros vagidos como municipio de esta importante villa situada en la Alcarria Baja. La cueva, o las cuevas en el cerro son una de sus señas de identidad.
La presencia musulmana, porque los azares y las circunstancias lo quisieron así, nunca ha sido ajena a la vida de Almoguera y así lo sigue siendo también en nuestros días, pues en su escudo de armas, con cuatro siglos de antigüedad como mínimo por insignia, figuran cortadas las cabezas de tres moros: enseña hoy, botín en otro tiempo, cuya razón figura en las páginas de la Historia de Castilla como centro de una de las más sonoras victorias conseguidas por el rey Alfonso VIII contra los almohades, la de las Navas de Tolosa en 1212, donde parece ser que algunos componentes de sus milicias concejiles se hicieron notar por su osadía, incluso un personaje destacado y nacido allí, el canónigo de la catedral de Toledo Domingo Pascual, que fue el portador durante la pelea del guión personal del arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada. De todo ello existen datos suficientes y precisos que permiten, sin mucho margen para el error, reconstruir los momentos más importantes del pasado de la villa, y del que es un resumen su escudo de armas, cuya descripción transcribo de un antiguo original, del Diccionario Madoz escrito hacia el año 1850: “Hace Almoguera por armas tres cabezas de moros, dos banderas encarnadas con unos signos árabes, y en medio una cruz y un castillo”. Después se ha sabido que en las dos banderas de color rojo lo que hay escrito, en tipografía árabe, es la frase “Gua-la Galib-ila-Allah”, es decir, “No hay vencedor sino Dios”, traducido a nuestro idioma.
Después de un largo periodo de tiempo sin entrar en Almoguera, salvo viajando de paso hacia alguno de los pueblos de su comarca, me doy cuenta de que la villa ha cambiado mucho desde la última vez que anduve por allí; y ha cambiado, sobre todo, por cuanto se refiere a infraestructuras en defensa de su seguridad frente a las fortísimas avenidas de los arroyos y en la edificación de nuevos barrios alrededor del pueblo antiguo, del Almoguera conocido por todos anterior a las riadas, y, desde luego, sin descartar la gracia del castillo, reconstruido de manera testimonial sobre la misma base que antes tuvo la fortaleza histórica y que ahora sirve como espacio libre de recreo para quienes deseen aprovecharse de él. Una idea feliz y un logro que, cuando menos, merece la aprobación y el aplauso de quien hace años lo conoció como un altiplano inmundo, como fondo a la iglesia y a la torre de la iglesia, que en Almoguera como en Chinchón son edificios aparte.
En la media mañana de un día de invierno, las calles de Almoguera nada tienen que ver con aquellas otras que vi en ocasiones precedentes, cuando la fiesta del Cristo de Septiembre o el día de la Cruz de Mayo, coincidiendo con sus fiestas mayores. No recuerdo cuál fue con exactitud el año aquel en el que se dieron cita en Almoguera, con motivo de la Cruz de Mayo, varios poetas y oradores de lo mejorcito que había en España en el arte de la palabra (Ochaíta, Suárez de Puga, el padre Venancio Marcos, Rafael Dullos y Fray Justo Pérez de Urbel, entre algunos más), para deleitar al auditorio con su ajustada palabra a lo largo de las catorce estaciones de un Viacrucis por el camino de la ermita. Recuerdo que siendo muy joven anduve por allí como espectador. Debió de ser en la primavera del sesenta y seis, año antes o año después; pero fue sin duda una jornada memorable en la historia cultural de la villa. Don Cayo Martínez, sabedor como pocos del pasado reciente de su pueblo, me lo confirmó ilusionado en la plaza del ayuntamiento:
— Sí; tiene usted razón. Aquello dejó nombre en el pueblo. Nunca más se ha vuelto a hacer cosa semejante.
La situación del pueblo, entre el cerro de la Magdalena y el altiplano que dicen de las Sierpes, resulta comprometida. Queda en la confluencia de dos arroyos, habitualmente secos, que le vienen de dos vallejos con ancha vertiente y que se unen justamente allí, junto al mismo pueblo, donde en épocas no lejanas el medio natural advirtió al vecindario con algo más que un aviso, y con ello me refiero, sobre todo, a la tragedia ocurrida el 25 de julio de 1987, cuando una tremenda avenida de agua de tormenta asoló una buena parte de la villa, destruyó varias viviendas, acabó con la vida de miles de animales, arrastró vehículos y convirtió al bello pueblo en un enorme fangal. Se han tomado medidas importantes para evitar que el hecho se repita, los canales de recogida de agua, potentes y capaces, que, aunque han cambiado de alguna manera la imagen urbana del lugar, también es cierto que han devuelto la tranquilidad al vecindario ante cualquier otro imprevisto semejante con el que hay que contar, como aquel que es sin duda una de las páginas más amargas del libro de su historia.
En Almoguera uno se encuentra con dos plazas, vistosas y muy próximas las dos: la Plaza de España que preside el edificio del ayuntamiento, y la de la Constitución, en la que concurren un parque, el frontón de pelota y un leve monolito colocado el primero de mayo de 1995 en recuerdo y homenaje a don Carlos Fernández Estrada. Los álamos que rodean al pequeño parque se alzan rectos como velas y con el ramaje acabado de cortar. Arriba, sobre el cerro de la Magdalena, los repetidores de la telefonía móvil se pierden en el gris azulado del cielo como útil tributo a la modernidad.
La iglesia parroquial de Santa Cecilia queda al final de una calle que sube escalonada con dirección al Cerro del Castillo. Por detrás de la iglesia debe de estar abierta en el cerro la cueva o cuevas de las que procede seguramente el nombre musulmán que lleva el pueblo, y en la que, según he leído en alguna parte, sirvió antiguamente de refugio a los mendigos que durante el invierno pasaban por allí. La visión desde la altura es completa sobre los barrios y los chalés edificados después de la última riada. Los patos navegan y se zambullen en las pequeñas pozas que hace el arroyo al bajar.
La iglesia nos da idea en su interior de la importancia del pueblo. Está formada por una sola nave, un hermoso retablo mayor de fondo al presbiterio y dos capillas laterales, de las cuales, una ellas perteneció a la familia de los Manriqués y fue fundada por don Juan Francisco Manrique de Lara y Bravo de Guzmán, obispo de Plasencia y de Oviedo, nacido en Almoguera de familia noble en el siglo XVI.
Excepción hecha de los cuatro ancianos que toman el sol en las esquinas de la plaza, en la villa cada cual está en lo suyo. Almoguera es un pueblo activo y sus gentes pasan las horas metidos en sus ocupaciones agrícolas, industriales o de servicios. En el bar Herreros, sito en la calle de Castilla-La Mancha, sirven un café que pone a tono el cuerpo y el alma del viajero a la hora de emprender el viaje de vuelta.

sábado, 12 de febrero de 2011

UCEDA. UN BALCÓN SOBRE EL JARAMA



Cuando se han dedicado tantas horas a visitar, uno trás otro, todos los pueblos y villas de la Provincia durante años y años, se siente en el ánimo el deseo de no cesar en esa actividad tan fructífera en conocimientos; aunque dando la vuelta a la moneda, se nota también el cansancio que lleva consigo el ejercicio de la repetición, y entonces comienza a bullir en aquel rinconcito de la voluntad donde se fraguan los torpes pensamientos, la tentación de apearse de la cabalgadura, y al momento surge la ristra inconveniente de los paraqués: ¿Para qué molestarme? ¿Para qué volver a lugares tantas veces vistos? ¿Para qué repetir y cargar las tintas sobre temas tan sabidos? ¿Para qué…? Luego viene la reacción oportuna que a Dios gracias nunca suele faltar: se sacude uno el duendecillo rondador de la pereza, se pone en camino, y al final descubre que las gentes y los pueblos, los paisajes y los senderos, las horas y los días, nunca son iguales, siempre tienen algo nuevo sobre lo que fijar la atención, alguna novedad merecedora del mayor interés y que antes había pasado desapercibida.
Con la villa de Uceda siempre ocurre lo mismo, jamás se llega a sentir ni a conocer como merece ser conocida, por muchos viajes que se programen y se lleven a cabo con más o menos tiempo de por medio. Es el encanto indefinible de los pueblos de Castilla que los siglos dejaron a la posteridad como sedimento y ahí están, para que la gente ponga los ojos en ellos aunque solo sea una vez de tarde en tarde.
Aparte de su situación, bien elegida por quienes la fundaron (dicen que Ptolomeo la cita como Barnacis entre las ciudades carpetanas), la villa de Uceda siempre tiene algo nuevo que ver y algo nuevo que decir. Los recuerdos del pasado se dejan caer poderosamente frente a cada piedra sostenida en un muro que tarda en desmoronarse, frente a cualquier escudo de armas incrustado en la pared, o frente a cualquier placa conmemorativa donde, grabado a fuego o a cincel, se dice alguna cosa acerca de cualquier personaje de la Gran Historia que en su tiempo anduvo por allí y cuyo nombre bien vale la pena traer a colación, aunque sobre las tapas de sus sepulcros se haya amontonado el polvo de los siglos: «Esta histórica villa al genio de la raza latina el cardenal Fray Francisco Ximénez de Cisneros, famoso arcipreste de Uceda», leeremos después al poco de haber entrado al pueblo, escrito sobre una placa de mármol en una fachada humilde, al lado de un escudo de caliza desgastado por vientos y aguas de muchos siglos, que hay tras el ábside de la iglesia cuyo campanario se alza por encima del hábitat de la villa renovada.
Al fondo los cerrucos encadenados, grises y mondos de la sierra, y a la caída, más cerca de nosotros, el valle del Jarama salpicado de pueblos, de caminos, de vegetación exponiendo a la luz del día su infinita variedad de verdes, hasta perderse aguas abajo por Torrelaguna, la villa natal de Isidro, el labrador, y de Cisneros, el cardenal, y panteón hasta el fin de los tiempos del poeta Juan de Mena —casi nada—, tres de esos personajes a los que antes me referí y que, dos de ellos, Isidro Labrador y Francisco de Cisneros, algo tuvieron que ver con la histórica Uceda en la que, de un momento a otro, nos disponemos a entrar veladamente, sin que nadie lo note.
Una ermita dedicada a San Roque, chiquita a la vera del camino, es el primer detalle con visos de antigüedad que anoto en mi cartera, como parte de aquel Uceda que aparece en los libros de Historia y que en esta ocasión fue el motivo principal de nuestro viaje.
Como pueblo importante que es, tiene Uceda una calle mayor larga y espaciosa. Desde la puerta de la iglesia —monumental como ninguna otra en su comarca— se domina la calle mayor, calle de San Juan, a todo lo largo. Hasta cuatro bares se dejan ver desde allí, uno tras otro, los cuatro situados en la misma acera: bar Rafael, bar Cape, bar Los Luises y Casa Palomo, lo que en principio nos da idea del ambiente de la villa, sobre todo en los días de fiesta, y no en una mañana cualquiera de un día de trabajo cuando, como mucho, son media docena de personas las que vemos conversando en la calle o sentadas al sol; el resto, como es natural, estarán en ese momento ocupadas en sus obligaciones.
Las cigüeñas tocan las castañuelas (crotoran) puestas a la pata coja en su nido de la torre. La Plaza Mayor queda al respaldo de la iglesia. Es una plaza bien cuidada, hasta un poco coquetona, con una cruz de piedra de moderna factura a la sombra de un pino en uno de sus laterales. Se nota que es una plaza digna de esta villa señora, en cuyo centro los chiquillos jugarán a placer.
La mayor prestancia de la iglesia parroquial la tiene cuando se ve des fuera con cierta perspectiva: “Iglesia Nuestra Señora de la Varga. Estilo clásico, siglo XVI-XVII” dice una carteleta asida al muro que encontramos al volver de la plaza. Se sabe que la iglesia de Uceda fue mandada construir a mediados del siglo XVI por el cardenal Siliceo, arzobispo de Toledo y señor de la villa; pero que las obras, de manera definitiva, no vieron su final hasta ochocientos años después, en 1800, a expensas de la feligresía y apoyada en lo económico por otro arzobispo toledano, el cardenal Lorenzana.
Desmerece el templo en su interior. Es la tercera o cuarta vez que voy a visitarlo y siempre salgo de él contrariado, manteniendo la misma opinión. Es completamente blanca la iglesia por dentro la iglesia de Uceda. No tiene ornamento alguno que por su arte o antigüedad se pueda destacar. Una gran cruz forrada de papel me llama la atención en el presbiterio. Las imágenes de San Isidro y de Santa María de la Cabeza, su mujer, ocupan respectivas peanas a un lado y otro del ábside. Santa María de la Cabeza era hija de este pueblo, y, por tanto, nacida dentro de la actual diócesis de Sigüenza-Guadalajara, donde, por cierto, ni siquiera en la liturgia de la iglesia diocesana se guarda su memoria. Quiero recordar que en Madrid celebran su fiesta el día 9 de septiembre, como copatrona que es en la Villa y Corte con su esposo el Santo Labrador.
Conviene no salir de Uceda sin haberse acercado durante algunos minutos hasta la ruinosa iglesia de la Virgen de la Varga extramuros, cuyos restos, con el triple ábside todavía en pie como bella muestra de lo que debió de ser, sirve al pueblo de cementerio. El románico tardío de la mejor clase se ofrece allí en exposición permanente, compartiendo silencio y soledad con las tumbas y los epitafios. La vista a los entornos de la primitiva iglesia de Uceda es un regalo para el corazón y para los ojos. Las cuatro piedras de su famoso castillo, donde sufrieron prisión en otra hora el contador real en la Castilla de Juan II, Alonso de Robles, y luego el Duque de Alba, quedan casi anexos a la joya derruida de la Varga; y al otro lado los pueblos blancos, uno, dos, tres, entre lo verde del campo: Patones de Arriba, Patones de Abajo y Torremocha de Jarama. Como fondo, algo más abajo, alzando sobre el noble caserío en la distancia, el augusto torreón de su iglesia, la ciudad de Torrelaguna, de la que ya tuvimos ocasión de hablar y de escribir detenidamente en otro momento, por lo que hoy la dejamos allí, con su historia y con sus recuerdos, en los últimos llanos de Madrid que preludian la sierra próxima, pero al margen de nuestro propósito.

(En la fotografía: Primitiva iglesia de la Virgen de la Varga, hoy cementerio)

martes, 8 de febrero de 2011

LA INDUSTRIA DE LA CERA EN MARANCHÓN


ENTREVISTA A D. MELCHOR TABARNERO. 1979


A fe de ser sincero, debo decir que no tenía noción de esta especialidad laboral en ningún pueblo de la provincia. Más tarde he podido comprobar que, sin salir de Maranchón y sin apartarse siquiera de la familia de don Melchor Tabarnero, son varios los siglos que la industria de la elaboración de la cera han hecho de aquel pueblo molinés un importante núcleo de acti­vidad en este curioso quehacer.
La vivienda de nuestro entrevistado de hoy desprende elegancia añeja a primera vista. La fachada, salpicada de pequeñas pirámides en línea, como la del Palacio del Infantado, nos habla de cierto señorío en la familia de sus moradores. Una idea que se refuerza después de comprobar el aspecto inte­rior de la casa y, sobre todo, la cuidada personalidad de su dueño.
Me dice don Melchor que nació en 1892. Tiene, por tanto, 87 años. Sa­lud delicada y, según pude ver, es un apasionado de la Institución familiar, del amor limpio entre los esposos. Yo pensé, mientras me hablaba, que si fumase un poquito menos viviría mejor. Encontré a don Melchor muy afec­tado por el todavía reciente fallecimiento de su esposa que, como es lógico, no se resigna a poner en olvido después de tantos años de compañía feliz. Hicimos amistad inmediatamente y, sin más nos pusimos a hablar.
-¿Cuándo comenzaron en Maranchón a trabajar la cera?
-Pues mire: Mis antepasados comenzaron en el año 1712; es decir, a principios del siglo XVIII. Yo, por mi parte, me hice cargo de ello cuando tenía 17 años.
-¿En qué consiste lo que ustedes hacen, don Melchor?
-Nuestro trabajo ha consistido siempre en recoger la cera de las colme­nas en la provincia y en muchos lugares de España. La cera en bruto, claro, y aquí la prensamos por el sistema de romana, que es el más antiguo y yo creo el único que existe. Luego se envía, ya purificada, a los muchos lugares del mundo que nos la piden.
-¿Podría decirme cómo se hace todo eso?
-Sí. Esto se hace ahora como se ha hecho siempre. Se funde la cera en calderas a base de vapor, se prensa y se coloca en moldes de doce o de quince kilos. Así se hace la cera amarilla. Para convertirla en cera blanca hay que exponerla al sol y al aire durante unos cuantos días. No olvide que, según sea la cera blanca o amarilla, se empleará después para unas cosas u otras.
-Eso quería preguntarle ¿Cuál es la aplicación actual de la cera?
-La cera tiene muchas aplicaciones. Se emplea, como todos saben, pa­ra velas, pero su aplicación principal está en la industria para aprestos de te­las. También se usa mucho para aislantes y en los laboratorios para produc­tos químicos y de belleza. Tiene muchas más aplicaciones, como en odontología, por ejemplo. Pero, eso sí, ha de ser la cera pura, que ya prácticamente no existe.
-¿Por qué no existe?
-No existe la cera pura porque las placas que se ponen hoy a las colme­nas móviles, para que sobre ellas construya la abeja el panal, no son de cera pura. Entonces, eso se funde también con la cera producida en la colmena, por lo que el resultado siempre lleva un pequeño tanto por ciento de impu­reza que no es cera. Yo creo que si no se prohíben estas láminas y en su lu­gar se construyen de cera pura, llegará día en que este producto no se en­contrará ni para los procesos químicos, donde es imprescindible.
-Corríjame si estoy equivocado, pero yo creo que en el mercado se en­cuentran velas corrientes por diez pesetas o poco más. ¿Por qué es la cera tan barata?
-No; no se equivoca usted. Lo que ocurre es que esas velas que hoy se venden en el mercado no llevan ni un 10% de cera. Son un compuesto de parafinas y productos raros, sin valor apenas. Por eso estas velas se gastan tan pronto.
-Creo que aquí, en Maranchón, se fabricaron velas de cera. ¿Qué hay de esto?
-Sí que se fabricaron en algún tiempo. Nosotros no, desde luego. Aquí se fabricaban velas de cerilla, que son esas velas finas que se lían y se va sa­cando a medida que se gasta. Pero cuando se murieron sus titulares se deja­ron de fabricar. No ha continuado nadie.
-Al principio de la conversación me dijo usted que enviaban cera a muchos lugares del mundo. ¿Podría decirme algunos de esos lugares en los que se ha­ya consumido cera de Maranchón?
-Pues hemos enviado cera a algunas poblaciones de Francia, Alema­nia, Inglaterra y prácticamente a toda Europa, incluso a Rusia. Polonia ha consumido mucha cera nuestra y también algunos países de América, como Canadá. Los envíos se hacen en fardos de dos panes de unos treinta y cinco kilos cada uno, cuidando mucho que no se coloque cerca de algún producto de olor fuerte, porque la cera coge ese olor enseguida.
-¿Aumenta o disminuye el consumo de cera?
-El consumo ha disminuido en un 40% en lo que va de siglo y, como es natural, en esa misma proporción ha disminuido la producción.
-¿Tendrá continuidad esta industria secular en su familia?
-No. Al desaparecer la cera pura por razones que antes le he dicho, creo que esta industria aquí se acabará pronto. En estas condiciones no me­rece la pena.
Salí de Maranchón bien entrada la tarde. Cuando hablé con don Melchor comenzaban en el pueblo las fiestas patronales en honor a la Vir­gen de los Olmos. En las calles, ambiente extraordinario y una animada partida de pelota en el frontón de la Alameda. Salí, pensando quizás con un poco de tristeza, en otra actividad tradicional que se nos va para siempre y que, aunque un tanto anónimamente para el resto de la provincia, ha venido marcando desde allí el carácter variopinto de Guadalajara durante más de dos siglos y medio. Por otra parte, me sentí un poco vanamente satisfecho de haber llegado a tiempo todavía para poder dejar constancia de su existencia.

(En la fotografía: "Casa de los Picos" de Maranchón, donde en el otroño de 1979 se realizó esta entrevista)

viernes, 4 de febrero de 2011

POR EL ALTO TAJUÑA


A mitad de semana, y a eso de las once en un día cualquiera del mes de febrero, los pueblos de Guadalajara se quedan desiertos; si además el tiempo es desapacible, los pocos que son se quedan dentro de sus casas y sólo salen a la calle si tienen algún trabajo que hacer o la necesidad les obliga. Cuando sale el sol los pueblos parecen otra cosa.
Anduve últimamente por algunos pueblos del Alto Tajuña en uno de esos días ingratos en extremo, en una mañana de aquellas que invitan a quedarse en casa sentado junto al fuego. Cuando llega febrero se nota que los días duran, pero la gente, por lo que vi, no suele tenerlo en cuenta; sólo los trabajadores de las obras públicas y los que laboran al resguardo de algo, suelen aparecer embutidos en sus monos de tela gruesa a pie de tajo, o dentro de la cabina de un tractor con las puertas bien cerradas.
Alaminos es un pueblo que por su situación en el llano, al cabo de una cuesta que sube dibujando curvas desde la veguilla de Cogollor, tiene la posibilidad de ver a lo lejos las montañas de la sierra del norte cubiertas de nieve. De unos años a hoy, la plaza de Alaminos parece otra; la espadaña de su iglesia, la fachada del ayuntamiento, la fuente pública y la picota que ha poco movieron de sitio y alzaron sobre triple grada en mitad, se presentan ante los ojos del visitante en un espacio realmente pequeño. Hace diez o quince años nada de esto era así. La picota y la fuente eran una sola cosa, y un olmo viejo las acompañaba como vecino. El olmo, que corrió la misma suerte que tantos más de los olmos de nuestros pueblos, se secó, y apenas queda de él tan sólo el recuerdo.
Cogollor queda poco más allá, camino abajo, escondido detrás de las choperas como un cogollo de casas -lo dice su nombre- por encima de las huertas y de los sembrados. Quien esto escribe tuvo un amigo en Cogollor, el señor Eugenio, un hombre de corazón grande y de difícil caminar, que ya no vive.
Con el Tajuña por testigo, verdadero río de la Alcarria que por aquellas fechas bajaba salido de madre, se encuentra uno en las vegas de Masegoso. Este de Masegoso, amigo lector que desconoces con detalle los secretos de la Alcarria, es uno de esos pueblecitos de la provincia de Guadalajara que durante la Guerra Civil quedaron convertidos en ruina por los bombardeos. A excepción de la iglesia, que queda subida sobre un altillo en las afueras, y de alguno de los corrales que dan al campo, el pueblo es todo nuevo, las casas iguales, todas pintadas de un ocre llamativo, y la plaza tajada en arcos perfectos, marcados a compás por la mano segura del aparejador en los talleres de diseño, que allá por los años cincuenta tuvieron por misión dibujar sobre el papel las calles y las plazas de los pueblos devastados, y así quedaron al final: limpios y hasta cierto punto elegantes, pero inexpresivos, monótonos y faltos de aquella personalidad que hasta antes de la metralla habían ganado con el correr de los siglos. En Masegoso hay que distinguir entre la zona de chalés ajardinados que coge a mano derecha de la carretera, y el pueblo propiamente dicho que cae en sentido opuesto, justo hacia donde deberemos girar, salvando el nuevo intríngulis de caminos, para seguir el viaje.
La carretera que lleva a Las Inviernas pasa entre la iglesia y la calle más alta de Masegoso. Durante un par de kilómetros anda paralela a las choperas que anuncian el cauce del río; luego tuerce con disimulo en dirección norte y se alarga dibujando curvas hasta Las Inviernas. Este pueblo, y aún más El Sotillo adonde iremos después, son pueblos situados a trasmano, pueblos en los que jamás se perderá uno por casualidad viajando de paso, porque es preciso ir hasta ellos para perderse, tomarlos como punto de destino, al resguardo de la vertiente o al fondo de la vega en aquel que, al menos para mí, es el corazón de la alcarria por infinitas razones, tanto geográfico-paisajísticas como económicas, costumbristas y humanas. La plaza mayor de Las Inviernas queda abajo, a la entrada, junto a la carretera. Subiendo la cuesta van apareciendo la fuente vieja, la iglesia parroquial y el pueblo en su conjunto con las puertas cerradas casi todas. El Paseo de la Soledad coincide con la carretera de llegada, y va desde la ermita que restauraron no hace mucho hasta la plaza. Sin duda, y pese a que en un día como aquel fuera difícil encontrar un alma deambulando por las calles, Las Inviernas es el mayor de todos aquellos pueblos.
La carretera sigue hasta El Sotillo. El arroyo de San Roque, condenado a la sequía durante largas temporadas, pasa lamiendo los cimientos y lavando el pie de los árboles, rebosante la salida de Las Inviernas. Hasta El Sotillo se va por una carretera enrevesada de enésimo orden, por una carretera cómoda de andar sin cruzarse con persona o vehículo alguno en el camino. Un tapiz inmenso de verde ceniza nos rodea por un instante en cualquier dirección. La carretera se retuerce entre el bosque de encinas. Una cuesta, un descenso, una curva junto al pedregal, el cauce de un regato por el fondo de un vallezuelo... El Sotillo aparece al final. Es un pueblo de mucha agua y está rodeado de montañas grises. Los desagües de la vertiente bajan hasta la carretera apenas entrar. A mitad de la calle que baja hasta la plazuela en la que está la pequeña iglesia, se siente el rumor de los seis chorros en línea de la fuente pública: "Ayuntamiento de 1931. Siendo alcalde D. Alejo Langa". Como hay avenida, también mana por la boca la cabeza del ternerillo que hay pegada al muro y que en el pueblo reconocen por "la cabeza del perro".
No es el momento más apropiado para ir a El Sotillo, pero a pesar de eso uno recuerda que se trata del más rico en costumbres acerca de la Pasión de todos los pueblos de la Alcarria, y posiblemente de toda la provincia de Guadalajara. Los "mil jesuses" del día de la Santa Cruz, y los treinta credos sin volver la vista atrás del día de Viernes Santo, son costumbres heredadas de la vieja piedad de sus antepasados que el pueblo no debería dejar perder por nada del mundo.
En El Sotillo, un pueblo bello como pocos, no se acaba el mundo, ni la carretera tampoco; pues, haciendo un viraje no lejos de allí se puede llegar, por tierras de La Tajera, hasta Torrecuadrada de los Valles, Renales, Laranueva, y entrar en la autovía por La Torresaviñán, muy cerca de Torremocha del Campo ya en tierras de Sigüenza.


(En la fotografía: "Fuente del Perro" en El Sotillo)

martes, 1 de febrero de 2011

DE NUEVO EN ALMADRONES



Me dolió mucho, esa es la verdad, leer ese párrafo en la revista periódica que arriba reseño. Para hacer referencia a uno de los desmanes más dolorosos, de los muchos que ha sufrido nuestra tierra en su patrimonio artístico a lo largo del último siglo, no es preciso tratar a la iglesia en la que tuvo lugar el saqueo de “abandonada”, entre alguna otra razón, por la más convincente de todas: porque no lo está ni tampoco lo estaba cuando se llevaron los cuadros, sino muy al contrario, Almadrones es hoy uno de los pueblos vivos y mejor cuidados de toda esta provincia, con el tanto a su favor, o tal vez por eso, de encontrarse junto la Nacional II y poseer en su término un campo de excelente calidad para el cultivo.
Ahora bien –y volviendo al hecho que nos ocupa-, si la consideración despectiva con respecto al pueblo intenta justificar el robo desconsiderado de la colección de Apóstoles pintados por el genial cretense, no deja de ser una crueldad sobre otra mayor que, por mi parte, intento desagraviar evocando ante los lectores mi paso por aquel bonito lugar de esta provincia tan cercano a nosotros. No obstante, quiero que acompañe a este breve preámbulo lo poco que sé –muy poco-, de aquel apostolado propiedad de la iglesia de Almadrones, robado y apartado de su lugar de origen con absoluta impunidad en los comienzos de la Guerra Civil española, días después del 25 de julio de 1936, fecha en la que se destartaló la iglesia, se destrozaron los retablos e imágenes, y se pretendió quemar el edificio, sin que esto último por fortuna tuviera lugar. El pueblo, ha lamentado desde entonces tan valiosa pérdida, con el agravante de no saber a ciencia cierta dónde se encuentran los grecos de su iglesia, ni siquiera el itinerario de su viaje desde el primer día. Se han dicho muchas cosas: Que si pasaron buena parte de la Guerra Civil guardados en el Fuerte de Guadalajara, que si luego se llevaron al Museo del Prado para su custodia quedándose allí un par de ellos como pago a tal servicio, que si el Obispado recibió alguna parte del capital por el que fueron vendidos…Divagaciones de escaso fuste, sobre las que se cierne una nube negra que es la única real: que la iglesia de Almadrones tuvo trece cuadros del Greco colgados de sus paredes, y que ahora no tiene ninguno, sólo le queda la indignación y el recuerdo. Se sabe que por lo menos dos de aquellos cuadros se encuentran en el Museo del Prado (un mal menor), que otros varios en colecciones particulares fuera de España, y que algunos más se cuelgan en el museo norteamericano de Indianápolis. Es todo.
Hace algunas fechas leí que se encontraban nada menos que tres de los Apostolados pintados por nuestro autor: el perteneciente a la Casa del Greco de Toledo; el de la colección del Marqués de San Feliz, ahora en posesión del Museo de Bellas Artes de Asturias, y el de la iglesia de Almadrones, en una exposición grandiosa que tiene lugar, o ha tenido, en la ciudad de La Coruña. Uno duda que estando tan repartidos por el mundo como están, puedan haberse visto las caras todos ellos en la ciudad gallega. No obstante la ocasión es, o ha sido, magnífica para empaparse de la incomparable pintura del Greco, y para conocer entre lamentos y sollozos del alma, una serie de cuadros que antes fueron nuestros.
Los más viejos del lugar que todavía viven en Almadrones, recuerdan perfectamente los cuadros colgados en la pared de la iglesia por encima de los arcos. Dicen que nunca se les dio la importancia que luego supieron que tenían, y, como los gustos de cada cuál andan a veces reñidos con el arte, los niños del pueblo tenían miedo de aquellas pinturas, y los mayores solían referirse a ellas como “los cuadros de los hombres feos”.
Un poco con el pesar de que, por ignorancia por parte del informador, se haya podido dañar el buen nombre y la merecida categoría de este pueblo de la Alcarria, y con mayor pesar aún por el hecho de que se llevaran de él todo un tesoro de la pintura más estimada de nuestros clásicos, me he sentado a escribir, con los honores que merece, unas cuantas líneas más teniendo al pueblo de Almadrones como protagonista. He vuelto a estar en él días atrás con el mismo motivo, y he vuelto a comprobar la imagen nueva de un pueblo que a nadie pasa desapercibido, pues aunque no está situado justamente al lado de la carretera (Nacional II), sino apartado como unos quinientos metros, su buena imagen nos lo recuerda al pasar por su famosa Venta, fundada en 1862 como venta para carreteros por una mujer llamada Celestina, y convertida hoy en un importantísimo complejo industrial de atención al viajero, ni qué decir que con arreglo a las exigencias de los nuevos tiempos.
Me acompañó en este último viaje a Almadrones su alcalde de casi toda la vida, Dionisio Juárez, un hombre cabal, un alcalde de los no muchos que han entendido bien y han puesto en práctica aquello de que la autoridad es un servicio, pero que opina que ya lo debe dejar, que ha llegado –y bien ganada, por cierto- la hora del relevo, aunque mucho me temo que en los tiempos que corren le va a ser difícil encontrar un sucesor, por lo menos un sucesor tan amante de su pueblo como él lo es, y tan dispuesto a soportar la llegada inoportuna de un forastero con la pretensión de que le acompañe.
- No, no. Tú no eres un forastero para mí; eres un amigo. Tampoco lo fuiste la primera vez que viniste a vernos.
Dionisio lamenta que su pueblo se vaya quedando sin gente, que ahora que tiene viviendas nuevas tantas de ellas y cómodas las demás, a la gente le haya dado por seguir con aquel empeño de marcharse que empezó hace más de cincuenta años y que ahora ha vuelto a sentirse de nuevo. Almadrones nunca fue grande, pero hasta no hace mucho sostuvo sus ciento cincuenta almas como población de hecho, cifra que ahora habría que dividir por tres como habitantes de manera continua.
Volví a ver otra vez la iglesia; bastante mejorada si la comparamos con la vez anterior que anduve por allí. Con su bellísimo retablo barroco, de retorcidas formas y ricos dorados, que se trajo desde la iglesia atencina de San Gil, la que ahora es museo, tal vez como compensación y desagravio al pueblo por el saqueo de marras. Después nos fuimos a ver en una casa próxima el escudo familiar de don Miguel del Olmo, gran personaje allá por los primeros años del siglo XVIII, nacido en Almadrones, y que llegó a la dignidad de obispo de Cuenca, al que se debe la llegada al pueblo de sus añorados relicarios de plata, y, posiblemente también, del Apostolado que a río revuelto alguien se llevó de su iglesia. Una historia triste, para mí tan triste como la del monasterio de Óvila o la de los tapices de Pastrana, ésta última, dentro de lo malo, con mejor final.
La Alcarria al fin, aquel “hermoso país al que a la gente no le da la gana ir” según don Camilo, y a lo que yo añado: ¡Ojalá, que algunos no la hubiesen conocido!


(En la foto, abside de la iglesia con el retablo actual, traido de la iglesia de San Gil de Atienza, que sustituye al desaparecido en la Guerra Civil)

jueves, 27 de enero de 2011

VIAJE A LOS VALLES DEL PIQUERAS


Son valles, sí, o pequeñas vegas de tierra fría las que abundan por allí, entre laderucas de poco valor donde se da el matorral, el carrasquillo y algunas plantas olorosas en el calizo, y de cuando en cuando el pino, el roble, la sabina, y toda aquella flora que da carácter al Bajo Señorío Molinés, dejando apenas las pequeñas hondonadas, resguardadas y a menudo fecundas, donde los expertos campesinos de la comarca hacen que produzca el trigo, la cebada, las hortalizas, y más raro como especie ajena a lo que son aquellas tierras, a veces también el girasol.
La mañana de un verano acabado de estrenar me empujó a poner en marcha el motor del coche y a partir hacia lo más lejano que pueda dar la Provincia, estirada en su forma y variadísima en pueblos y paisajes como sabido es, a todo lo largo y ancho de sus cuatro comarcas.
Puedo asegurar con datos fidedignos, comprobados en más de una ocasión, que el pueblo más apartado de la capital de provincia es Motos, allá en los rayanos con Teruel por la Sierra del Tremedal; pero que hay otros cuantos más que le andan rondando, siempre en torno a los doscientos kilómetros de distancia por aquella comarca, y que como suele ocurrir con lo desconocido, son por lo general los más dignos de verse. Ese es el caso de los pueblos más próximos al arroyo Piqueras (por tomar un nombre geográfico por referencia), pueblos que ya conocía, pero que esperaba la ocasión propicia para volver a verlos, es decir, días largos y ambiente climatológico seguro, como son los que a finales del mes de junio abren las puertas del verano.
Setiles y el arroyo Villares que pasa junto al pueblo, son como el pasillo de entrada hacia aquellos tres pequeños pueblos, tres, de la Guadalajara lejana, singular y menos conocida, no sólo por la distancia sino también por tocarles de lejos las principales y medianas vías de comunicación. Tordellego, Adobes y Piqueras, son los tres lugares que hoy visitaremos, y que muy en contra de lo que se pudiera pensar, desde hace veinte años que anduve por allí la primera vez, el cambio a favor habido en ellos está muy por encima de la mejora en general experimentada en el resto de los pueblos de la Provincia en ese mismo periodo tiempo, y que no ha sido poca.
Tordellego se deja ver en la lejanía confundido con los campos de labor que a principios de verano aún verdean por las tierras bajas que nos van quedando a un lado y otro del camino. Es como de un ocre terroso el aspecto general del pueblo de Tordellego visto desde la media distancia. La imagen del Sagrado Corazón, alzada sobre su histórica peana, es la enseña amable de aquel apartado lugar. Se puso a la entrada del pueblo en el año 1928, "A devoción del señor cura párroco D.Hermenegildo Malo y del pueblo de Tordellego, para perpetua memoria”. Por encima del noble caserío destaca la torre enhiesta de su iglesia parroquial de Santiago Apóstol, con su reloj que arroja sobre el silencio del campo las campanadas de las once. Dejo al pueblo a mano derecha, con sus fuentes callejeras y el estirado muro de hormigón que recorre de abajo a arriba la calle del Arroyo.
Situado en la distancia, aunque todavía le queda casi todo el día por delante, uno ni siquiera se detiene, prefiere concluir el viaje de ida a una hora prudencial, que le garantice el regreso alumbrado por el sol al ser posible, una medida que siempre le fue bien.
El pueblo de Adobes queda cerca. La carretera es estrecha y huérfana de tráfico. De entre la breña y el chaparral me ha salido al paso un ciervo enorme con una cornamenta descomunal. Yo había visto algunos ejemplares de la misma familia junto a las carreteras de nuestras sierras, pero siempre corzos huidizos y saltarines de un tamaño menor. Intento parar el coche para hacerle una fotografía. Hubiera sido un buen trofeo tras un viaje tan largo, pero el animal se dio la vuelta y se marchó sin correr, a paso solemne, dejándome como era su obligación, con la cámara en las manos.
Y luego Adobes. No era la del medio día la mejor hora para entrar en un pueblo. No vi a nadie. Anduve por Adobes, eso sí, y me admiré ante la realidad y el gusto que los vecinos han puesto en su restauración haciendo de él un pueblo cómodo y elegante. Se nota cómo los oriundos que pasan allí los meses de verano se han volcado sobre él. Desde el mirador de la Plaza de España, que es la de la iglesia y el ayuntamiento, verdean en la calma de la vega de Los Quiñones las espigas de los sembrados movidas por la brisa que sube del levante. Adobes ha colocado en las esquinas carteletas de pura artesanía con los nombres de sus calles y un dibujo alegórico a cada una de ellas: Calle de las Procesiones, Plaza Vieja, Plaza del Tiro de Barra, Calle de Buen Oriente. En su término municipal, recuerdo que alguien me contó hace años que se daban las trufas silvestres con la ayuda de perros buscadores. En pleno mes de agosto, este pueblo lejano y solitario, asentado en vertiente sobre la solana de un escogido rincón molinés, se puebla hasta los topes, y goza y festea con la doble celebración de sus dos patronas, la Virgen de la Cabeza y Santa Cristina, arrancadas las dos del calendario y puestas en otro lugar con arreglo a los tiempos.
Cinco o diez minutos más de viaje por aquellas serrezuelas pobres, y al poco Piqueras. Jamás he oído hablar de este Piqueras de nuestra Provincia por ninguna parte. Es un pueblo desconocido y especialmente hermoso y saludable como para vivir en él durante los días fuertes del verano. Cuando asome noviembre, es posible que las cosas para Piqueras y para el medio centenar escaso de personas que viven allí, sean distintas en ese sentido. ¿Se imaginan un puñado de casas blancas, de calles limpias, repartidas entre el uno y el otro margen de un arroyuelo bajo la sombra espesa de los árboles? Piqueras, ese pueblecito ignorado del Bajo Señorío es más o menos así. Y arriba el pórtico de su iglesia de la Asunción, con rica clavetería en la puerta de madera antigua y una portada renacentista del siglo XVI mostrando en la piedra tallada el mordisco de los siglos y también, quizás, del descuido.
La casa-ayuntamiento, el centro social y algún otro servicio, ofrece al visitante en la mañana su fachada blanca, con campanillo y reloj municipal por encima de las banderas. Y en un lateral de ese mismo edificio el bar del pueblo, limpio también, y extenso, demasiado amplio, creo yo, para un pueblo donde la clientela debe de ser más bien escasa. Atiende el mostrador una señora que colecciona las vistas desde avión de los pueblos de Guadalajara que publica nuestro periódico, con la ilusión de que algún día aparezca el suyo. Le digo que es sólo cuestión de esperar y se queda conforme.
A lo largo del pueblo, cruzando en mitad el puentecillo que comunica a los dos barrios, corre el arroyo Piqueras al poco de nacer, pero lejos aún de su desembocadura en el Gallo cerca ya de Molina.

(En la foto, ayuntamiento e iglesia de Santa Cristina en la plaza de Adobes)

lunes, 24 de enero de 2011

BAIDES, EN LA VEGA DEL HENARES


El pueblo de Baides, situado a la vera del Henares y de las vías del ferrocarril en tierras de Sigüenza, podría servir de ejemplo de lo que ha sido el cambio a favor en su aspecto externo de los pueblos de Guadalajara durante los últimos veinte años.

Baides en su actual imagen, ocupando un llano de tierras de labor al principio de la inmensa vega, es algo así como un delicado paraíso repleto de privilegios donde vivir cómodamente al menos durante el verano, un paraíso que apenas se percibe desde las ventanillas del ferrocarril cuando cruza la ribera, y nunca desde las del automóvil, pues tan sólo el indicador que hay al borde de la carretera cuando viajamos hacia Sigüenza nos habla de él, haciendo constar que la distancia que nos separa es de seis kilómetros, distancia que es preciso recorrer entre curvas y vericuetos, áspera al principio en su paisaje, pero luminosa, abierta y prometedora al final, ya junto a las primeras casas en plena vega.
No encontré en mí último viaje tráfico al bajar. El pueblo aparece al final con su calle larga, la Calle Mayor, con su tapial a mano derecha que nos aparta de la finca de los señores, con la mimosa fuentecilla en mitad adornando una plaza chiquita, la Plaza Mayor como paradoja, y más allá el puente sobre el río, la vía muerta del ferrocarril, y el Camino de la Estación al que desde hace un par de décadas se conoce oficialmente como Paseo del Escritor Ángel María de Lera, en honor a su hijo más preclaro.

El puente sobre el Henares que hay al final del pueblo, con sus alrededores de junto a la vía muerta, es para quien esto dice uno de los rincones más apacibles y románticos que pueda imaginarse. Se adivina estando allí, y mirando fijo al correr de las aguas, que Baides es un pueblo distinto a los demás, un pueblo para contemplación y para el ensueño. A la sombra de los árboles que hay al lado del puente, es el canto de los pájaros y el suave rumor del agua lo único que altera el silencio de la mañana, hasta que de tiempo en tiempo bufa sobre el paisaje el soplo de la velocidad que arrastran los trenes. Una anciana está sentada sobre un banco en la esquina. La señora me mira atentamente. Seguro que le gustaría saber quién soy, y, sobre todo, qué es lo que hago por allí con una cámara al hombro y un cuaderno de apuntes en la mano.
– Buenos días, señora.
– Hola, buenos días.
– Cuánta tranquilidad tienen en el pueblo.
– Demasiada. Antiguamente el pueblo era más alegre. Había más de noventa mozos; y mucha riqueza, y mucho trabajo.
– Trabajo del campo, claro.
– Del campo y de la fábrica de yeso y escayola que había. Otros trabajaban en la finca del palacio. Y la estación del tren, que nos daba tanta vida.
El palacio al que se refería la buena mujer era el de los condes de Salvatierra, que todavía se sostiene en pie, maltrecho, como pude comprobar desde fuera de la puerta de hierro que cierra la finca.

Por ambos lados de la carretera que sale hacia Huérmeces el campo es llano y feraz. Debió de ser en otro tiempo terreno de regadío el de aquellos llanos próximos al cauce del Henares que enmarcan las choperas, hoy hazas extensísimas dedicadas al cultivo del cereal. Junto a la carretera hay una ermita con la puerta cerrada, arco en ojiva y techumbre que se remata con un solitario campanillo que alguna vez habrá servido para avisar a los actos. La iglesia no es ésta. La iglesia se encuentra sobre una cuesta a la entrada del pueblo. Tiene casi nueve siglos de antigüedad, y hace tan sólo unos años que, al restaurarla, salieron a la luz varios de sus admirables valores románicos. Debe costar trabajo subir hasta la iglesia de Santa María Magdalena a la gente mayor. Resulta larga y demasiado pina la escalinata de hierba y guijarrillo que lleva hasta los pies del campanario, o hasta las comedidas plataformas de las eras que hay al lado de iglesia, y desde donde se contempla, como abierta a los ojos y al mundo, la hermosa vega del Henares por la que baja el río entre choperas y el tren silba corriendo por mitad.

El Henares pasa manso, bien surtido de caudal a la salida del invierno, por un ensanchamiento que hace la calle entre el Puente de piedra y el Salón de los Mozos, instalado desde hace años en una casa distinguida que hay al principio del Camino de la Estación, o Paseo del Escritor Ángel María de Lera. Es un camino hermoso, recto como una vela y casi con un kilómetro de longitud, arqueado de ramaje y de apretadas sombras que, por lo general, le dan los árboles que tiene a uno y otro lado. Los árboles son viejos, de grueso y arrugado tronco, y por estos días los están desramando casi completamente. Al final, siempre al lado del río, la Estación del ferrocarril.

La Estación, escrito con mayúscula, porque es un barrio por el que pasan los trenes, viene a ser como un segundo Baides. La Estación, vista en la actualidad cuando el pueblo se ha quedado sin gente, es una barriada residencial, con docenas de viviendas más recientes quizás que las que vimos en el pueblo. El apeadero del tren, o estación propiamente dicha, es un edificio bien conservado, al pie de la vía, con la consabida placa de metal que lo mismo que en las demás estaciones señala la altura sobre el nivel del mar: 844 metros. En las proximidades, el agua y las sombras. Baides es un pueblo de aguas y de sombras, ya que no de público a diario, pues andará con el medio centenar de almas en un día cualquiera, algo así como la quinta o la sexta parte de lo que tuvo antes, en tiempos de nuestros abuelos, cuando los lobos andaban en manada por entre la maleza de los cerros y los ánades criaban en las hierbas del río.