sábado, 12 de febrero de 2011

UCEDA. UN BALCÓN SOBRE EL JARAMA



Cuando se han dedicado tantas horas a visitar, uno trás otro, todos los pueblos y villas de la Provincia durante años y años, se siente en el ánimo el deseo de no cesar en esa actividad tan fructífera en conocimientos; aunque dando la vuelta a la moneda, se nota también el cansancio que lleva consigo el ejercicio de la repetición, y entonces comienza a bullir en aquel rinconcito de la voluntad donde se fraguan los torpes pensamientos, la tentación de apearse de la cabalgadura, y al momento surge la ristra inconveniente de los paraqués: ¿Para qué molestarme? ¿Para qué volver a lugares tantas veces vistos? ¿Para qué repetir y cargar las tintas sobre temas tan sabidos? ¿Para qué…? Luego viene la reacción oportuna que a Dios gracias nunca suele faltar: se sacude uno el duendecillo rondador de la pereza, se pone en camino, y al final descubre que las gentes y los pueblos, los paisajes y los senderos, las horas y los días, nunca son iguales, siempre tienen algo nuevo sobre lo que fijar la atención, alguna novedad merecedora del mayor interés y que antes había pasado desapercibida.
Con la villa de Uceda siempre ocurre lo mismo, jamás se llega a sentir ni a conocer como merece ser conocida, por muchos viajes que se programen y se lleven a cabo con más o menos tiempo de por medio. Es el encanto indefinible de los pueblos de Castilla que los siglos dejaron a la posteridad como sedimento y ahí están, para que la gente ponga los ojos en ellos aunque solo sea una vez de tarde en tarde.
Aparte de su situación, bien elegida por quienes la fundaron (dicen que Ptolomeo la cita como Barnacis entre las ciudades carpetanas), la villa de Uceda siempre tiene algo nuevo que ver y algo nuevo que decir. Los recuerdos del pasado se dejan caer poderosamente frente a cada piedra sostenida en un muro que tarda en desmoronarse, frente a cualquier escudo de armas incrustado en la pared, o frente a cualquier placa conmemorativa donde, grabado a fuego o a cincel, se dice alguna cosa acerca de cualquier personaje de la Gran Historia que en su tiempo anduvo por allí y cuyo nombre bien vale la pena traer a colación, aunque sobre las tapas de sus sepulcros se haya amontonado el polvo de los siglos: «Esta histórica villa al genio de la raza latina el cardenal Fray Francisco Ximénez de Cisneros, famoso arcipreste de Uceda», leeremos después al poco de haber entrado al pueblo, escrito sobre una placa de mármol en una fachada humilde, al lado de un escudo de caliza desgastado por vientos y aguas de muchos siglos, que hay tras el ábside de la iglesia cuyo campanario se alza por encima del hábitat de la villa renovada.
Al fondo los cerrucos encadenados, grises y mondos de la sierra, y a la caída, más cerca de nosotros, el valle del Jarama salpicado de pueblos, de caminos, de vegetación exponiendo a la luz del día su infinita variedad de verdes, hasta perderse aguas abajo por Torrelaguna, la villa natal de Isidro, el labrador, y de Cisneros, el cardenal, y panteón hasta el fin de los tiempos del poeta Juan de Mena —casi nada—, tres de esos personajes a los que antes me referí y que, dos de ellos, Isidro Labrador y Francisco de Cisneros, algo tuvieron que ver con la histórica Uceda en la que, de un momento a otro, nos disponemos a entrar veladamente, sin que nadie lo note.
Una ermita dedicada a San Roque, chiquita a la vera del camino, es el primer detalle con visos de antigüedad que anoto en mi cartera, como parte de aquel Uceda que aparece en los libros de Historia y que en esta ocasión fue el motivo principal de nuestro viaje.
Como pueblo importante que es, tiene Uceda una calle mayor larga y espaciosa. Desde la puerta de la iglesia —monumental como ninguna otra en su comarca— se domina la calle mayor, calle de San Juan, a todo lo largo. Hasta cuatro bares se dejan ver desde allí, uno tras otro, los cuatro situados en la misma acera: bar Rafael, bar Cape, bar Los Luises y Casa Palomo, lo que en principio nos da idea del ambiente de la villa, sobre todo en los días de fiesta, y no en una mañana cualquiera de un día de trabajo cuando, como mucho, son media docena de personas las que vemos conversando en la calle o sentadas al sol; el resto, como es natural, estarán en ese momento ocupadas en sus obligaciones.
Las cigüeñas tocan las castañuelas (crotoran) puestas a la pata coja en su nido de la torre. La Plaza Mayor queda al respaldo de la iglesia. Es una plaza bien cuidada, hasta un poco coquetona, con una cruz de piedra de moderna factura a la sombra de un pino en uno de sus laterales. Se nota que es una plaza digna de esta villa señora, en cuyo centro los chiquillos jugarán a placer.
La mayor prestancia de la iglesia parroquial la tiene cuando se ve des fuera con cierta perspectiva: “Iglesia Nuestra Señora de la Varga. Estilo clásico, siglo XVI-XVII” dice una carteleta asida al muro que encontramos al volver de la plaza. Se sabe que la iglesia de Uceda fue mandada construir a mediados del siglo XVI por el cardenal Siliceo, arzobispo de Toledo y señor de la villa; pero que las obras, de manera definitiva, no vieron su final hasta ochocientos años después, en 1800, a expensas de la feligresía y apoyada en lo económico por otro arzobispo toledano, el cardenal Lorenzana.
Desmerece el templo en su interior. Es la tercera o cuarta vez que voy a visitarlo y siempre salgo de él contrariado, manteniendo la misma opinión. Es completamente blanca la iglesia por dentro la iglesia de Uceda. No tiene ornamento alguno que por su arte o antigüedad se pueda destacar. Una gran cruz forrada de papel me llama la atención en el presbiterio. Las imágenes de San Isidro y de Santa María de la Cabeza, su mujer, ocupan respectivas peanas a un lado y otro del ábside. Santa María de la Cabeza era hija de este pueblo, y, por tanto, nacida dentro de la actual diócesis de Sigüenza-Guadalajara, donde, por cierto, ni siquiera en la liturgia de la iglesia diocesana se guarda su memoria. Quiero recordar que en Madrid celebran su fiesta el día 9 de septiembre, como copatrona que es en la Villa y Corte con su esposo el Santo Labrador.
Conviene no salir de Uceda sin haberse acercado durante algunos minutos hasta la ruinosa iglesia de la Virgen de la Varga extramuros, cuyos restos, con el triple ábside todavía en pie como bella muestra de lo que debió de ser, sirve al pueblo de cementerio. El románico tardío de la mejor clase se ofrece allí en exposición permanente, compartiendo silencio y soledad con las tumbas y los epitafios. La vista a los entornos de la primitiva iglesia de Uceda es un regalo para el corazón y para los ojos. Las cuatro piedras de su famoso castillo, donde sufrieron prisión en otra hora el contador real en la Castilla de Juan II, Alonso de Robles, y luego el Duque de Alba, quedan casi anexos a la joya derruida de la Varga; y al otro lado los pueblos blancos, uno, dos, tres, entre lo verde del campo: Patones de Arriba, Patones de Abajo y Torremocha de Jarama. Como fondo, algo más abajo, alzando sobre el noble caserío en la distancia, el augusto torreón de su iglesia, la ciudad de Torrelaguna, de la que ya tuvimos ocasión de hablar y de escribir detenidamente en otro momento, por lo que hoy la dejamos allí, con su historia y con sus recuerdos, en los últimos llanos de Madrid que preludian la sierra próxima, pero al margen de nuestro propósito.

(En la fotografía: Primitiva iglesia de la Virgen de la Varga, hoy cementerio)

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