lunes, 20 de septiembre de 2010

ABANADES, UNA ISLA EN EL ALTO TAJUÑA



Puestos por orden alfabético, Abánades es el primero de los cuatrocientos y más pueblos que tiene la provincia de Guadalajara. Al pueblo de Abánades, uno de los menos conocidos, debido tal vez a su situación, pero de los más interesantes de esta tierra, se puede llegar, bien por la carretera que va de Cifuentes hasta el Alto Tajo, desde un empalme que hay antes de llegar a Sacecorbo, o por la autovía de Barcelona, apartándose en Torremocha del Campo y siguiendo por La Fuensaviñán, Laranueva y Renales. Siempre que he tenido necesidad de ir, lo he hecho siguiendo este último itinerario.
Abánades se avisa antes de llegar a él con la torre de su iglesia de San Pedro por encima del cerro que dicen del Castillo; y enseguida el puente sobre el río Tajuña, que nos permite entrar en el corazón del pueblo al final de una calle en cuesta. Las calles de Abánades -hecha excepción de la de Los Pradillos, que le corre al pie paralela al canal- suben escalonadas o en pendiente por la solana del cerro del Castillo, hasta llegar al pórtico arqueado de la iglesia que queda en lo más alto, y al que se consigue subir por una veintena de escalones de piedra.
A pesar del cambio habido en el pueblo durante los últimos quince años, que son más o menos los que hace que no paso por allí, sigue siendo el claustro románico de su iglesia el primero, aunque no el único, de los atractivos que tiene Abánades. A través de los arcos del pórtico se domina todo el pueblo como extendido a sus pies y una buena parte del campo que lo rodea, teniendo como fondo de la inmensa vega las alturas que allí conocen por el Rondal y el Alto de la Muela.
En Abánades me han dicho que viven en una isla sin que haya mar. Tienen razón. El río Tajuña por una parte, y el Canal por la otra, lo cercan de extremo a extremo, con el pueblo y su magnífico parque en mitad.

No fue mucho el tiempo que dediqué a visitar Abánades en este último viaje. No era para mí nada novedoso el conocerlo, y la mañana gélida de finales de diciembre tampoco aconsejaba alargar demasiado la visita. La iglesia de San Pedro, que en la primera ocasión que anduve por allí estaba clausurada, debido a su mal estado; la ermita de la Virgen de las Mercedes, que en otro de mis viajes logré conocer a mis anchas; y ahora el parque anexo al Canal, eran, una vez allí, los tres principales centros de interés que conseguí recorrer en muy poco tiempo.
Como viene ocurriendo en la mayor parte de nuestros pueblos, también en éste van quedando cada vez menos detalles de su original estampa. Los pueblos que han optado por sobrevivir sin quedarse en la estacada, y que son una inmensa mayoría, han ido experimentando un cambio profundo en su forma, y también en su destino, durante los últimos veinte años. Las casas son nuevas muchas de ellas, o acondicionadas a los tiempos y usos de la vida actual. Las infraestructuras, los servicios de agua y de pavimentado de calles, las comunicaciones con el exterior por medio del teléfono y otros servicios, son bienes necesarios que prácticamente todos poseen, y las carreteras de acceso, salvo alguna puntual excepción, son aceptables en la mayor parte de los casos, cuando no excelentes, para transitar por ellas. Pero falta, y bien que se nota al paso de los años, el elemento humano. Por una u otra razón el censo ha ido descendiendo en muchos de nuestros pueblos hasta haberse visto reducidos a la mínima expresión, de ahí que cada vez se note más cómo poco a poco se van convirtiendo en lugares para el descanso, en pueblos de vacaciones, en residencias de verano, siendo Abánades en ese aspecto uno de los más afortunados; un pueblo que, aunque se haya ido deshabitando al ritmo y hora que los demás por razones harto conocidas, rebosa vitalidad incluso en este fría mañana de invierno.
Este pueblo, amigo lector, tienen como protagonista a uno de los bienes más necesarios para la supervivencia y más escasos en tantos lugares de la tierra, incluso dentro de nuestra propia provincia: el agua. Abánades es el pueblo del agua.

Del cambio habido en su favor, uno se da cuenta apenas haber entrado en la primera calle. La piedra que en otra ocasión me sorprendió hace años, con la fecha de 1586 inscrita sobre ella, se luce hoy, restaurada y limpia, en el frontal de la casa nueva que ocupa el mismo lugar en donde antes estuvo la anterior que conocí en estado de ruina; una antigua vivienda que debió de pertenecer a una familia pudiente, justo en los años, para darnos una idea, en que la Princesa de Éboli vivía en su palacio de Pastrana, dando que hacer y que decir en la Corte, mientras que el Rey Nuestro Señor, don Felipe II, ultimaba con el almirante don Álvaro de Bazán los preparativos para una ofensiva naval contra Inglaterra, y que acabaría poco después con la célebre derrota de la Armada Invencible. Si esta piedra pudiese hablar, quizá nos diese noticia de aquellos hechos ocurridos hace más de cuatrocientos años.
Y no lejos, la flecha indicadora, labrada en piedra, que anuncia como “Parque del Agua” al espacio de solaz que hay al otro lado del Canal, para mi uso el más completo, cómodo y original, que recuerdo haber encontrado en pueblo alguno.
- Hombre, claro. El parque está muy bien; pero ha venido usted en mala época. Esto hay que verlo en verano. Ahora tiene muy poco que ver.
Entre lo muy poco que ver que me dice Pedro De Mingo, hay que contar con la impresión visual de las aguas tranquilas del canal que pasan junto a los troncos desnudos de los árboles bajo un llamativo, casi artístico, puente de madera que sirve de entrada al parque.
- Oiga, y este agua ¿tiene algo que ver con el Tajuña?
- No; el río Tajuña pasa al otro lado del pueblo. El río es una cosa y el canal es otra. El agua del canal la regulan desde una presa que hay más arriba
- Y seguramente que tendrá, o habrá tenido truchas.
- Sí, sí; truchas siempre las ha habido por aquí, de las autóctonas.
- Pues tienen el pueblo que es una envidia. ¿Cuántos habitantes son?
- Creo que censados hay ciento ocho. Tenemos ayuntamiento propio.
Y al otro lado en el ancho parque, la fuente surtidor en visión romántica, rodeada de las hojas secas de los árboles; y el horno de asar y de cocer bajo cubierta, con una especie de cúpula en forma de media naranja; y las cómodas mesas y asientos de madera, a manera de cómodo merendero bajo los árboles; y la chorrera que vierte sobre una especie de estanque, que en verano supongo servirá de piscina. Toda una provocación, pensando en esas mañanas y en esas tardes cálidas del estío por tierras de la Alcarria.
Mientras contemplo desde el pórtico de la iglesia la ancha caldera de tierras en hibernación que rodean al pueblo, pienso en el despoblado de San Llorente, un lugar de leyenda que hubo junto al cerro del Cornero. Cuentan de él que dejó de existir a causa de un envenenamiento general de todos los vecinos con el chocolate que comieron en una boda. Todos, menos una anciana que estaba por el campo cuidando los cochinos. La anciana -me contaron- quiso volver al pueblo, pero se perdió y fue a parar a Sotodosos; por eso, la imagen de la Magdalena que tienen en la iglesia de Sotodosos, era la Patrona de San Llorente, que se llevaron los del pueblo y allí está.
La historia, igual o muy parecida, la he oído contar en distintos pueblos de la comarca alcarreña. Como es fácil comprender, no se tiene en pie por sí sola. Me la contó el Tío Alberto, un señor de Abánades en mi primer viaje al pueblo el año ochenta y dos; y así la cuento, casi con sus mismas palabras.
Muchas de estas viejas sabidurías, inventadas por nadie sabe quién, pero con una posible base real, se pierden a medida que la gente mayor va desapareciendo sin que de ellas quede constancia escrita en sitio alguno, y por ser parte de nuestra cultura popular, pienso que conviene conservarlas. No tengo ninguna duda de que hay más saberes perdidos para siempre en las olvidadas tumbas de los cementerios, que escritos en los libros.
Terminé mi viaje subiendo el leve trozo de calle en cuesta que hay desde Los Pradillos hasta la ermita patronal de la virgen de Las Mercedes. Estaba cerrada. La señora Visi, que andaba colgando a secar la ropa de la colada, me dijo que la imagen de la Virgen era muy bonita, pero que la llave la tenía una señora del pueblo. Pensé que era demasiado pedir que me abriesen la ermita molestando a la gente, y con mayor razón habiéndola visto en otro de mis viajes, de modo que opté por dar el viaje por concluido.
Abánades, el “Pueblo del Agua”, un lugar para ver en cualquier momento, y para disfrutar de él en tiempo de verano.

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