viernes, 24 de septiembre de 2010

EN LA AUGUSTA SOLEDAD DEL BAJO SEÑORÍO



Decir que el campo de Castilla se está quedando sin gente no es un tópico, es una realidad palpable. Decir que el medio rural en el Bajo Aragón se está quedando solo, no es exagerar sino atenerse a la verdad más rigurosa, allí están para comprobarlo. Decir que la presencia humana en los pueblos de Molina va empezando a ser un artículo de lujo, significa estar de acuerdo con la realidad por más que nos pese. La provincia de Guadalajara es, con arreglo a su extensión, una de las más desiertas de España. Venimos a tocar a quince habitantes por kilómetro cuadrado, cuando la media nacional anda en torno a los ochenta según mis cálculos. Pues bien, en aquella entrañable comarca de nuestra provincia a la que hoy nos vamos a referir, las tierras del Bajo Señorío, el número de habitantes por kilómetro cuadrado se reduce a uno solamente, contando la propia ciudad de Molina como capitalidad de la comarca, que por sí sola tiene un censo de población la mitad aproximadamente de todas las tierras del Señorío. De ahí que en algunas subcomarcas concretas, como la que hoy va a entretener nuestra atención y nuestro espacio, la densidad de población se reduzca a unas cuantas décimas de habitante, do o tres, por cada kilómetro cuadrado de superficie.
Por aquellos pueblos resulta habitual andar por trochas y caminos durante horas y horas, sin encontrarte con la deseada presencia de alguien de tu especie con quien cruzar un ratito de conversación. Consuela comprobar que un coche o la furgoneta de algún vendedor ambulante se cruza en tu camino, o vislumbra a lo lejos un rebaño de ovejas que pasta en la solana.
La dicha soledad no es exclusiva del campo y de los caminos, pues son varios los pueblos que ocupan su debido lugar en el mapa de la Provincia y cuentan con su correspondiente reseña en los tratados, pero en los que sus viviendas, dado el caso de que todavía se encuentren de pie, están vacías. Precisamente a ese retazo de las tierras que forman parte del Bajo Señorío Molinés, y con la simple curiosidad de dar un paseo bajo el limpio sol de diciembre por las callejas y rincones de aquellos pueblos, me puse en camino de sol a sol uno de esos días apacibles que preceden a la Nochebuena.
La villa de Prados Redondos -simplemente Prados para los lugareños de la comarca- es el centro de una serie de pueblecitos diseminados en su entorno donde pienso hacer la primera parada. Estuve en Prados en ocasiones muy diversas y en diferentes épocas del año. El templete desde donde se muestran al pueblo para su veneración a la Santa Espina, o la recia portada de la casa de los Garcés, son detalles que me unen en el recuerdo a Prados Redondos. No obstante, es otra cosa lo que vengo a buscar en este viaje. Deseo conocer algunos de los pueblecitos de alrededor en los que no había estado nunca: Otilla, Pradilla y Aldehuela. Un vecino de Prados, el señor Albito creo recordar que era su nombre, me indicó con precisión desde las orillas cómo llegar hasta los dos primeros. Otilla viene a caer poco más allá de Torrecuadrada. Como parece indicar su nombre, el pueblo está situado sobre un otero con vistas a una extensa vega de tierra oscura, fría, pero más que apta para el cultivo. Al otro lado de la vega, las laderas se cubren de sabinas y de pinos jóvenes. En Otilla aún vive gente. Hasta ocho personas me dijeron que quedan en el pueblo de manera permanente. En su plaza chiquita sirve al vecindario, en día y hora precisos, la tendera ambulante de Alcoroches, momento en el que la gente acude al completo, y una docena de gatos avispados y listos a la espera de lo que pueda caer. La pequeña iglesia de la Purísima Concepción destaca a la caída.
Pradilla suena a hermana menor de la villa de Prados. Queda como a una hora de camino a pie. Pradilla, diferente a Otilla que dejamos atrás, está situada en el fondo de un valle, su iglesia de la Asunción ocupa la parte alta del pueblo, y las casas y las calles están vacías, las puertas cerradas, y por todo sentir tan sólo se oía el leve rumor del chorro de la puente sobre el pilón del abrevadero. Pradilla es un pueblo sencillamente bonito, de viviendas bien atendidas por sus dueños, y con una vega sombreada de chopos arroyo arriba que lleva hasta los cercanos cauces del río Gallo. Un pueblo dormido que presentimos de un dulce despertar cuando abra la primavera.
Hasta aldehuela no se puede ir por carretera desde Prados Redondos. Están arreglando el puente sobre el Gallo y es preciso atravesar por pistas de tierra y caminos embarrados. La distancia es corta. Aldehuela ha resultado ser un pueblo sorprendente. Esperaba encontrarme con un caserío desierto y la realidad ha sido muy otra. En Aldehuela viven todavía, según me contaron, más de veinte personas. Las calles están arregladas y algunas casas nuevas llaman la atención por su elegancia y tamaño. Pienso que las ocuparán sus dueños durante las vacaciones de verano y en los fines de semana en que el tiempo les sea propicio. Buen campo de labor en lo que fue su término. Sobre un alto en la ladera, la pequeña ermita de la Soledad sigue siendo botón de muestra de la antigüedad del pueblo.
Y desde allí, de nuevo hasta Molina buscando otro retazo del Señorío donde los pueblos son hoy mero testimonio. Junto a Molina se alcanzan a ver al lado de la carretera las ruinas de un pueblo que desapareció: Novella, hoy “Finca privada. Prohibido el paso”. Uno lamenta no poder mirar de cerca lo que queda de Novella; tampoco entiende que el paso esté vedado a un lugar que en otro tiempo tuviera, no sólo un nombre, sino entidad pública propia. Este mismo hecho se repite en media docena de casos más dentro de la Provincia.
Desde Molina, siguiendo por la carretera que sale junto a la iglesia de San Francisco con dirección a Terzaga y al Alto Tajo, se llega muy pronto a Valsalobre. Había pasado decenas de veces junto a este pequeño lugar, pero no había entrado nunca. El sólido campanario permanece mudo, las calles desiertas, y en la que fue “Escuela Pública” según se puede leer escrito en un añoso azulejo que hay sobre la puerta, veo a través de las ventanas rotas algunos restos de mobiliario escolar inservible. La fuente, construida en 1910, mana sobre un leve piloncillo al final de una calleja en cuesta, ya en las afueras. Valsalobre, como Pradilla, comenzará a tomar vida de nuevo con los primeros soles del mes de mayo.
Un pastor de ovejas, que por el tono de su tez y difícil parlamento me pareció moro de raza, intenta informarme desde la carretera el camino para llegar a Castellote. Al fin conseguí enterarme. Será una pista de tierra la que me permita llegar a Castellote. Allí todo son ruinas. Un almacén o establo de construcción reciente y un cementerio de coches destacan al entrar. Entre los viejos edificios que malamente todavía se mantienen en pie, hay uno con ciertas trazas de casona señorial, tal vez se trate de la casa solar que tuvieron allí los señores Marqueses de Embid, que, según queda escrito, emplearon dedicaron su ancho patio en algunas temporadas al “esquileo de ganados finos”. La pequeña iglesia de San Miguel Arcángel se alcanza a ver, ruinosa y destartalada, sobre un altillo plagado de yerbajos.
Desde Castellote hasta la carretera de Ventosa se baja por una cinta estrecha de asfalto en buenas condiciones. Los abruptos crestones rocosos del Barranco de la Hoz nos quedan al contraluz en la media distancia. El lugar de Cañizares, del que tan sólo quedan cuatro piedras, estuvo por allí, y Terraza a dos o tres kilómetros de distancia por la carretera que sube hacia Teroleja. En Terraza puede verse el sólido frontal de su iglesia, la fuente que mana en el centro de una especie de plazuela, y el soberbio caserón de larga fachada que supongo debió pertenecer a los Arias y Castillos, y que ni siquiera me bajo a contemplar con detenimiento debido a la oscuridad de la tarde y a que unos cuantos perros, de aspecto nada amigable, no permitieron apartarse del coche ni un solo instante en los pocos minutos que estuve allí.
El día no ha dado para más. Las tierras de Molina están lejos de la capital de provincia a la que debo volver y la noche se echa encima. Tampoco hubiera dispuesto de más espacio en esta sección viajera en la que se pretende contar, sobre todo lo demás, la verdad, la única verdad de lo que somos.

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