jueves, 26 de mayo de 2011

ROBLEDILLO DE MOHERNANDO



Con palabras de simple observador debo decir que el ocre de las laderas y los sienas suaves que tiñen y dibujan las tierras de la Campiña, se ofrecen a la vista de unos colores imprecisos, quimera para cualquier pintor de paisajes que deseara ser fiel a la primera impresión que ofrece el campo. Las tonalidades verdeoscuras de las encinas en la mañana soleada del mes de febrero tienen por allí no poco de misterio. Y los pueblos, pintados de tierra como el campo, los pequeños núcleos urbanos en los que durante el invierno sólo viven los ancianos y algún que otro labrador, cortan el limpio azul de los cielos a punta de torre campanario o a filo de espadaña en cada lugar, dejando en la llanura la imagen antigua de la Castilla cabal y trabajadora, nido de truhanes o claustro de místicos, fundamento y origen de una manera muy particular de entender la vida, de la que, a pesar de sus reconocidos pecadillos y de sus bien aireadas virtudes, nos cabe la dicha de haber podido libar de su sangre. La Campiña, amigo lector, es una hermosa comarca de tierras fecundas y puertas abiertas, de paisajes desnudos, de deslumbrantes puestas de sol, de gentes con el alma transparente y un corazón inmenso donde todo tiene su lugar.
En Robledillo -al margen de cualquier carretera principal y aun secundaria- uno se encuentra con un pueblo antiguo, levantado en su mayor parte con materiales propios con los que se fueron construyendo siglos atrás casi todos los pueblos de la comarca, el ladrillo y el adobe como más al uso, y la piedra donde hizo falta, lo que les dio un aspecto eminentemente rural. Con el impulso renovador de los últimos veinte años los pueblos han ido tomando un aspecto diferente, más confortable y acogedor, pero con el doloroso aquel de haberse quedado sin gente. Sobre lo más alto, la iglesia de la Asunción de Robledillo sirve de mirador no sólo sobre el pueblo en toda su extensión, sino también sobre los campos serranos y campiñeses que lo limitan a más o menos distancia.

La ermita de la Soledad y el cementerio nos han abierto, al final de una leve costanilla, las puertas del lugar. Luego una calle nos pone al instante en la Plaza Mayor que es el corazón del pueblo, una de las plazas más cómodas y vistosas que conozco en pueblos de igual o similar categoría. Viviendas reconstruidas o restauradas al lado de alguna casita antigua de puro estilo campiñés por aquello de la variedad, y el nuevo ayuntamiento coronado por un carillón de hierro, sirven de cerco a la plaza y a la fuente pública que tiene en mitad rodeando a una farola de brazos múltiples. El pilón redondo de la fuente guarda en su interior una pequeña pista de hielo. Junto a la fuente se levanta el mayo, recto como una vela, que Dios sabe cuándo lo debieron plantar los mozos en un esfuerzo admirable por conservar encendida la llama de la tradición.
Sobre un banco junto a la puerta del ayuntamiento hay sentados al sol dos hombres del pueblo: Aniceto Matey y Pablo Sanz. Durante algunos minutos hemos hablado de asuntos intrascendentes. Les he preguntado por mis amigos del pueblo, doña Demetria, don Lorenzo y don Marcelo.
- De los tres sólo vive uno, y en muy malas condiciones de salud se encuentra el hombre, el Tío Lorenzo. La Demetria y Marcelo hace ya tiempo que murieron los pobres.
La señora Demetria me acompañó en aquella mañana fría de 1982 a visitar el cementerio, donde está enterrado el piloto acróbata Pepe Raya, muerto en accidente de aviación en las afueras del pueblo y enterrado en el cementerio del lugar según sus deseos. Una sencilla lápida hace perpetua su memoria, en cuyo epitafio, precedido por la suave silueta de una golondrina, se puede leer: “El día 28 de julio de 1977, a las 4,30 de la tarde, Pepe Raya voló más alto que nunca. Que su ejemplo nos sirva para querernos más.”

Al señor Lorenzo y al señor Marcelo los conocí sentados al sol en al pórtico de la iglesia. Lo pasamos muy bien, hablamos un poco de todo y nos hicimos amigos. Veintitrés años después de aquel primer viaje a Robledillo las cosas han cambiado bastante, y como recuerdo vivo solo queda el doliente de Lorenzo Romero Cañete, que fue lector asiduo de “Nueva Alcarria”, hombre jovial y amigable cuando estuvo bien, y hoy a sus 88 años, soportando una ceguera casi absoluta, aparte de no sé cuántas privaciones más en su maltrecha salud, se encuentra sin ganas de nada y sin fuerzas siquiera para salir de casa.
- Perdóneme, pero me encuentro muy mal. Ya no salgo de casa. La vista es lo peor, y las piernas y todo.
Subir hasta la solana de la iglesia es algo gratificante que nadie debería perderse en las mañanas de sol del pleno invierno. Por sólo otear entre las arcadas del pórtico y contemplar en la lejanía el espectáculo de la sierra norteña con sus firlachos de nieve, bien vale la pena subir. Hay dos o tres calles que desde la plaza suben paralelas hasta el altiplano en donde está la iglesia.
Es recomendable, así mismo, sobre todo en tiempo mejor del que por esas fechas estábamos atravesando, acercarse hasta el aeroclub que viene a caer a un kilómetro o poco más de las últimas casas del pueblo. Fechas ideales serían las de competición o las de simple exhibición o entrenamiento, como suele haberlas a lo largo del año. No he tenido suerte en este mi último viaje a Robledillo. Era lunes y los lunes no hay allí actividad ninguna, incluso la oficina del aeroclub está cerrada. El campo vacío, la pista de despegue desierta, y tan sólo los hangares, los cobertizos, y el local de la cantina se pueden ver a puerta cerrada. Uno se encuentra con avios por todas partes de “prohibida la entrada”, muy al contrario de lo que encontré por allí en un viaje anterior, -ya hace años-, donde se me atendió gentilmente, y me enseñaron todos los departamentos del aeroclub que quise ver. Era el tiempo oportuno, había actividad en las oficinas y en el campo de vuelo, había avionetas en el aire y otras estacionadas en tierra, como las de una de las fotografías que acompañan a este trabajo, tomadas en aquella ocasión, y que cuando menos hoy nos puede servir de documento gráfico.
Cuando se habla de nuestros pueblos en general, o de la provincia entera en particular como “la gran desconocida”, me suena a tópico inadmisible. Produce cierto dolor pensar que seamos nosotros mismos, los que somos o vivimos aquí, los primeros en desconocer tantas cosas ocultas: lugares, fiestas, paisajes, pueblos, monumentos, y un sinfín de motivos más que tenemos quizás a cuatro pasos de nuestras casas, a una hora o a dos horas de viaje por buenas carreteras. Un reto para quienes estén picados por el insecto traidor de la comodidad, y un nuevo proyecto para que, cuando el tiempo lo aconseje, se nos abran los deseos de viajar.

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