sábado, 22 de octubre de 2011

BUJALARO, RIBERA DEL HENARES

            Han pasado muchos años, demasiados años, desde que anduve por estos parajes ribereños del Valle del Henares por primera vez. Busco en archivos y me encuentro con que son veinticinco, un cuarto de siglo y me parece que fue ayer. Cuando en aquella mañana de octubre del año 1980 aparecí en Bujalaro, anduve por sus calles, recorrí algunos de los parajes más cercanos en la ancha vega de los huertos que hay en la vertiente izquierda del río, algunas de las casas eran diferentes a como ahora son; aún vivía el frondoso olmo de la plaza al que hoy sustituye otro muy joven y de especie distinta. Las calles y las casas tal vez estuviesen en peor estado de cómo hoy las encuentro, pero el pueblo -cercenado ya por el azote cruel de la emigración de los años sesenta- todavía contaba con casi dos centenares de personas, el triple, más o menos, de las que ahora tiene. Por lo demás, todo en Bujalaro sigue siendo igual: las mismas casas, las mismas calles, la misma portada de su iglesia plateresca de San Antonio Abad, que si entonces tanto llamó mi atención, ahora no lo ha sido menos, y si no todos, sí algunos de los amigos que conocí entonces, que con una buena carga de años más sobre sus espaldas, siguen haciendo frente a la vida en aquel lugar, uno de los más tranquilos y apacibles de toda la provincia, adonde acabo de entrar en otra mañana fresca y clara, transparente y sutil, tan lejano de aquel de mi primer viaje.
           Acabo de dejar atrás, a la caída de “el cerro más perfecto del mundo” la villa de Jadraque. Para tomar la carretera que me llevará hasta el Valle del Henares debo girar enseguida a mano derecha hacia el desvío que pasa junto a las naves de los artesanos que trabajan el alabastro. A Bujalaro se llega en un instante. Ya lo tengo ahí, escondido en el llano al otro lado de la alameda. El lavadero público y las primeras casas del pueblo quedan al pie de las peñas del Castillo, de un castillo que no existe y que quizás nunca existió. La mañana es soleada y fresca. En una mañana de un día cualquiera del mes de noviembre, las calles de Bujalaro, como las de casi todos los pueblos de la sufrida Castilla, están desiertas. Los pocos que son deben de andar metidos en sus casas junto al fuego, o tomando el sol en cualquier esquina al abrigo de las primeras inclemencias serias del tiempo que nos viene.
            He llegado a la plaza. La plaza de Bujalaro, dedicada al periodista Antonio Pérez Henares, está partida por la curva de la carretera en dos niveles: el superior, en donde está el ayuntamiento; y el inferior, en el que está la fuente y se solaza como fondo la ermita de San Pedro. La fuente de la plaza mana rumorosa por sus cuatro caños bajo la estatua antiquísima de un león de piedra. A mi lado el árbol que sustituye a la voluminosa olma muerta hace dos décadas cuando la enfermedad.
            La iglesia de San Antonio Abad queda en un lateral de la plaza, al lado de la carretera. La portada de la iglesia de Bujalaro es una de las muestras más valiosas del arte plateresco en nuestra provincia. No se conoce quién fue el autor de esta portada, pero no me extrañaría que hubiera sido el mismísimo Alonso de Covarrubias quien la diseñase y dirigiera los trabajos en el año 1540, como así queda escrito en la piedra sobre uno de sus artísticos capiteles. La puerta de la iglesia está abierta. Doña Lucía Moreno y otra señora que la acompaña andan limpiando en su interior. Dos mujeres muy amables, enamoradas de su pueblo y de las cosas de su pueblo, que me permitieron conocer la iglesia por dentro, y me hablaron de las principales necesidades de Bujalaro, dando prioridad a la restauración de la ermita de San Pedro, empeño de solución en el que el pueblo ya se ha puesto en camino.
            - Sí, señor -dice doña Lucía- Hemos abierto una suscripción para arreglar la ermita. La gente va respondiendo bien; pero aún no tenemos bastante dinero. La suscripción sigue abierta, y esperamos que el pueblo nos ayude todavía más. La ermita es parte de la vida del pueblo, y San Pedro es nuestro Patrón. No podemos consentir que se nos caiga.
            Con la portada, comparten el esplendor del templo su artesonado y el magnífico retablo barroco, obra de mediados del siglo XVIII, que preside una imagen del titular de la parroquia, San Antón, especialmente venerado en Bujalaro a lo largo de toda su historia.

           Suelo andar con pies de plomo siempre que, de regreso a cualquiera de los pueblos por segunda vez, deseo contactar con los amigos que dejé por allí en mi primera visita. Han pasado muchos años y son muchos, una inmensa mayoría, los amigos de entonces que ya no existen. Por fortuna no es éste el caso de Bujalaro, donde en mi primer viaje conocí a don Lorenzo Butrón, a su hija Tere y a su hijo Juanjo. Nuestro hombre debe ya andar próximo a los ochenta años, camina apoyado en un bastón, y lo encontré en el salón de su casa escribiendo sus memorias en un ordenador. Don Lorenzo no tiene otros estudios que los que pudiera cursar cuando fue niño en la escuela del pueblo. Luego fueron el campo y el ambiente rural el medio en el que se desenvolvió su vida. El interés de don Lorenzo por la cultura ha sido evidente desde su juventud, pese a las dificultades que marcaron el ritmo del vivir de los pueblos en tiempos pasados. Hoy, cuando las fuerzas apenas le sirven para ninguna otra actividad, ahí lo tenemos, sentado delante de la pantalla, y tecleando en “Windows” una o dos páginas cada día del libro de su vida, rebuscando en los escondidos rincones de la memoria, poniendo cada cosa en su lugar desde los años de su niñez, y sintiéndose feliz durante horas y horas volviendo a vivir el tiempo ya vivido.
            - Es verdad; me lo paso muy bien. Hay días que me siento delante del ordenador después de desayunar, y no me levanto hasta la hora de comer.
            - ¿Cuántas páginas lleva ya escritas?
            - Unas doscientas.
            - ¿Por qué periodo de su vida está trabajando en este momento?
            - Por los dieciocho años.
            Lo que quiere decir que cuando concluya sus memorias serán cerca de mil las páginas de apretado texto que haya escrito. No dudo que será un trabajo que merecerá la pena leer.
            Yo había terminado de leer por esos días la novela “Nublares”, escrita por Antonio Pérez Henares, el periodista y afamado escritor, hijo de Bujalaro, al que como antes dije está dedicada la plaza. Se trata de una novela fantástica, fruto de la brillante imaginación de su autor. El tiempo en el que se desarrolla la acción de “Nublares” queda cientos de siglos atrás, en cualquiera de los últimos periodos de la Prehistoria, y el espacio aquellos parajes próximos al cauce del Henares a su paso por Bujalaro.
            Pedí a don Lorenzo que me acompañase hasta el lugar de Nublares, el soberbio roquedo que abre en mitad, allá sobre la altura, la boca de una cueva en cuyo interior debieron de habitar, según el autor, los miembros de aquella importante familia de cazadores y pescadores prehistóricos que protagonizan el relato.
            - ¿Ha leído usted la novela de Chani?
            - Sí, claro. Es sobrino mío, pero me parece demasiado imaginativo.
            - ¿Se puede subir hasta la cueva?
            - Hay una senda para subir; pero eso es sólo para los excursionistas y para la gente joven.
            Son las doce de la mañana. Por los llanos del Huerto del Chocolatero sopla una ligera brisa que baja de la sierra. La tierra está mojada húmeda y las hojas de las nogueras caen sobre la tierra. Don Lorenzo y yo volvemos en coche por los caminos hablando de nuestras cosas.
(En la fotografía: "Ermita de San Pedro en la Plaza de Antonio Pérez Henares"   

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