jueves, 6 de octubre de 2011

PÁLMACES DE JADRAQUE


La aguja viajera de nuestra ruleta, señala hacia un punto concreto en la rosa de los vientos a que da lugar en su conjunto la informe geografía de esta provincia. Vamos por la carretera de Soria. Los conos gigantescos de Hita, de Padilla, de Jadraque, todos ellos con el nombre común de Cerro del Castillo, lucen a estas horas del día un dorado intenso. Los campos quedos de esta Castilla que descansa son un mar de paz.

Un indicador a mano izquierda señala llegado el momento el camino hacia Pálmaces. Es una carretera estrecha y complicada, que corre marcando las difíciles formas del terreno hasta perderse en las sombras que preceden al pueblo. Pálmaces esconde sus tonos color tierra detrás de la alameda. En estos serenos parajes, anuncio de los grises y mates de la sierra vecina, el invierno se deja sentir, incluso en los días de sol como el de hoy, hasta bien entrada la mañana.

El pueblo anda sumido en un silencio profundo. Dentro, apenas se oye el soplo del viento en el pretil, luego de haberse estrellado con fuerza en la arenisca barroca de la portada de la iglesia. Pálmaces, en la soledad que propicia el día, presenta todo el aspecto de un pueblo señor que añora su pasada vitali¬dad, de un pueblo herido de muerte por la tragedia de la vega que se tragó el pantano y que forzó la emigración apresuradamente, despiadadamente, hasta dejarlo en cuadro, pero con ganas de vivir, como bien lo demuestra el nuevo aspecto de algunas de sus calles

En la Calle Mayor todavía es posible encontrarse con casonas antiguas, de fortísimos aleros dañados por las lluvias y por los soles de tantos años, muestrario fiel de lo más genuino en la arquitectura tradicional de la comarca. Juego de ocres y de sombras en cualquier rincón, que varían de intensidad y de tono según la postura del sol. Desde lo que fueron las eras, se ve la inmensa charca a que dan lugar las aguas del Cañamares allí detenidas, y las colinas entre las que se encaja el embalse presididas por el Cerro Picozo. Desde los callejones del Aroril, la llanura y el embalse sobre los campos de la vega ofrecen otra visión de verdadero impacto.

La actual ornamentación de tantas viviendas remozadas, cuidando con escrúpulo el gusto y el estilo personal que les viene de herencia; el aspecto de la Plaza Mayor, ajardinada y con instrumental a la vista para que disfruten los chiquillos de los veraneantes; el típico rinconcillo con crucero en mitad, extraño y sorprendente en estas latitudes que pisamos, no lejos del atrio de la iglesia, siempre con el espejo azul de las aguas poco más allá de las últimas casas, son, entre otros, los detalles más significa¬tivos que hoy distinguen al pueblo.

No lejos de nosotros se advierte, minúscula, la ermita de la Soledad, y las bodegas colando la roca; y en el declive, que acaba junto a la superficie del embalse, los chalés rodeados de árboles, cuya imagen romántica por aquellos parajes preserranos, se acrecienta y enriquece cuando las aguas suben. Al fondo, en las afueras, los cerrucos grises, las terreras rojizas, el manto verdinegro de las capotas del pinar.

La Plaza Mayor de Pálmaces es diferente a la primera que conocí. La iglesia parroquial queda al borde de la plaza; es uno de los edificios religiosos más sólidos y mejor conservados en su estructura de los que conozco, por lo menos por cuanto a su aspecto exterior se refiere. Alguien habló del buen sonido de las campanas que penden de la torre.

- Como éstas no las hay. Tienen un sonido divino. Cuando tocan las tres, parece que cantan los ángeles.

Por las calles de Pálmaces, y aun teniendo en cuenta la vuelta al pueblo que se le ha dado en su favor durante los últimos quince años, todavía pueden verse detalles ornamentales que sacan a la luz el sentido artístico de sus antiguos dueños: florituras curiosas y cuerpos de aves exóticas dibujados a dedo, son muestra de una muy peculiar -algo infantil, quizás, pero personalísima- manera de hacer. A lo largo de una gira postrera, antes de apartarse del pueblo definitivamente, porque el tiempo apremia y las mañanas no dan para más, uno se encuentra a cada paso con nombres de calles de evocadora denominación: Plaza de Cristo Rey, Calle Héroes del Alcázar, Pasaje de la Muela, EVa Duarte de Perón...

Pálmaces de Jadraque, en la lista de los pueblos más antiguos de Guadalajara, lugar con solera y tradición destacadas, se adormece por aquellas vegas del Cañamares un poco expectante; rendido como tantos más al capricho de los tiempos; sostenido dignamente por las cuatro docenas de habitantes con los que todavía cuenta, y por el cariño de los oriundos que acuden a él atraídos por el irresistible calor de la sangre, es hoy, en vísperas del nuevo milenio, un escondido paraíso residencial, acogedor y saludable que, cuando menos, bien vale la pena conocer.

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