lunes, 3 de octubre de 2011

A D O B E S


Adobes ya no es adobes, que ya es de piedra, me dijo unas horas después de haber estado allí un vecino de Piqueras. Yo diría algo más, piedra sí, pero piedra colocada con elegancia, con sentido común, con un empeño ejemplar por engrandecer su pueblo, y con dinero, con mucho dinero por parte de los vecinos, de los que viven fuera y también, supongo, por parte de las instituciones. Adobes, amigo lector, allá por los perdidos aledaños del sur de Molina, por aquellas serrezuelas que tiene al septentrión el arroyo Piqueras, es en su categoría el pueblo mejor cuidado que conozco.

Un largo barandal de rejería y murillos de piedra nos llevan hasta el corazón del pueblo desde la entrada. Es todo ello como un mirador hacia la riada de tierras de labor de la vega que dicen del Pandero, y con la otra que corta en perpendicular y que por allí conocen por los Quiñones. Al instante se llega a la plaza que queda al pie mismo del campanario, airosa y elegante, digna competencia en galanura e interés con la que viene a continuación coincidiendo con el atrio de la iglesia, en cuya margen izquierda se sitúan, una detrás de otra, las fachadas de la iglesia de Santa Cristina, con bella portada renacentista, y la del ayuntamiento, nueva y de corrido balcón. En medio, la ya típica farola capitalina que adorna tantas de las plazas mayores de nuestros pueblos.

Adobes, la antigua Adoveo que en sus anales menciona Zurita, es pueblo alargado por situación. Sus casas, colocadas en línea, corren de levante a poniente en dos calles paralelas y balconadas, sobre un mar de campos donde los sufridos labriegos de otra hora gastaron sus vidas a la busca del merecido pan de cada día.

Al poco de haber entrado en Adobes, uno se da cuenta de que es, además de todo lo dicho, un pueblo sano, de casas restauradas y cómodas, de artística rejería al estilo de Alustante, y de otras rodenas más antiguas labradas con esmero, con cierto empaque señorial como corresponde a la tierra a la que pertene¬cen. Le sobra luminosidad, orden, limpieza incluso, cielo azul para dar y tomar al pueblo de Adobes, pero le falta gente, aunque en pleno mes de agosto esa carencia apenas si se le echa de menos.

Se cosechaban trufas, según alguien me contó en otro viaje que hice al pueblo hará una docena de años; si bien, el campo y la ganadería era por entonces su principal manera de salir adelante. Ahora, tal vez ni aun eso siquiera. Tienen su fiesta patronal en honor de Santa Cristina y de la Virgen de la Cabeza a mediados de agosto; antes, se repartían las dos fiestas locales a lo largo del año, una en el mes de septiembre y otra en abril. El hecho de cambiarlas y de ponerlas juntas en un rinconcito del calenda¬rio, se debe, como es fácil suponer, a que es la del verano la única temporada en la que hay gente. Circunstancia que se repite en la inmensa mayoría de los pueblos.

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