lunes, 28 de febrero de 2011

UN PASEO POR LAS NAVAS DE JADRAQUE


El pueblo de Las Navas es uno de esa docena de peque­ño lugares que rodean por todas sus caras a la Montaña Sagra­da, al Santo Alto Rey de la Majestad en las sierras del norte de la provincia. Su nombre coincide casi en todo con otro pueble­cito que hay algo más allá, serrano también y en dirección poniente, La Nava, en singular. Uno y otro se apellidan de Jadraque para mayor confusión, pero la verdad es que, aparte de eso, nada tienen que ver el uno con el otro, ni se parecen en nada. La Nava está en un llano entre dos montañas, y sus alrededores son de huertas y de árboles frutales, mientras que Las Navas en plural, porque, efectivamente, tiene por vecinos a más de un valle, asienta sobre un suelo más en vertiente, no tiene huertos alrededor, sino una pradera salpicada de robles en donde pastan las vacas, y su color es gris mate, mientras que en La Nava predominan los verdes de las huertas, los claros y los ocres. No sé si el lector lo habrá entendido bien, pero es así. En todo caso considero un buen consejo el animarle a que se pase por allí, por La Nava y por Las Navas, cualquier mañana o cualquier tarde, y goce como yo lo hice del paisaje y de la agradable temperatura de la serranía. Una liberación en ciertos momentos de la insufrible sofoquina de la ciudad, al tiempo que se regala unas horas de bien para los ojos y para el corazón.

Antes de llegar a Las Navas de Jadraque entré, digamos que por curiosidad o por capricho, a Gascueña de Bornova, a Villares de Jadraque y a Bustares. Los dos últimos como paso obligado para llegar a Las Navas. Gascueña es un pueblo de mucha altura, queda al pie mismo del Alto Rey en su cara sureste; se trata de un pueblo saludable de montaña rodeado de vegetación, con una plaza extensa y bien cuidada y una iglesia chiquita, en realidad tiene todo el aspecto de una ermita que sustituye a la iglesia que queda más arriba, entre los robles, quiero recordar que en estado de ruina. Villares es un pueblo de escaparate, un pueblo para ver; sus vecinos rayan el sobre­saliente en atención con el viejo habitáculo de sus mayores; la plaza-jardín del Ayuntamiento y la que tiene más abajo a distinto nivel, donde están la fuente y el lavadero, son dignas de verse; muchas de las viviendas han sido restauradas, no sólo con sentido común, sino incluso con elegancia, sin que para ello se hayan tenido que desviar del estilo tradicional de los pueblos de la comarca. Bustares ya es distinto, más grande que los demás, de mayor renombre, con varias casas en obras y en estado, digamos, de restauración, cuyos resultados se verán más adelante.
Pero es el pueblecito de más allá por el que hoy nos interesamos: Las Navas de Jadraque. Estuve una vez en él hace bastantes años, quince seguramente, y desde entonces no había vuelto a pisar sus calles polvorientas e incómodas. Desde Bustares se llega enseguida. Tres o cuatro kilómetros son los que separan a ambos pueblos, distancia que se salva viajando por una carretera de asfalto muy estrecha, en estado casi aceptable, pero que no quiero pensar en lo que ocurrirá cuando en ciertos tramos se junten en dirección distinta dos vehícu­los de buen tamaño.
Ya he dicho que en Las Navas predomina el color gris mate, con cierta tendencia al oscuro. Es el color de las lajas de piedra en grandes planchas que se dan por las cante­ras del término, y que las buenas gentes de siglos atrás em­plearon para edificar sus viviendas, para cubrir los tejados y para pavi­mentar en no pocos casos la planta baja de sus casas. Las Navas, también en proceso de restauración, está cuidando el viejo estilo autóctono, hagamos votos porque continúen en esa línea; pues, no muy lejos existe algún pueblecito anclado en un valle donde las viejas maneras han desaparecido y en sus calles y plazuelas comanda la anarquía, el descontrol, y los materiales y tonos que desdicen penosamente de la recia perso­nalidad de quienes antes vivieron allí y del carácter íntimo de la comarca. No es el caso, por fortuna, de Las Navas de Jadraque, en donde acabamos de entrar.
La iglesia, con campanario al poniente y portalejo reju­venecido por la mano del restaurador, queda al fondo de la primera plaza. Al otro lado de la iglesia una cuadrilla de albañiles andan de arreglos encima de un tejado. Poco más abajo me encuentro a una señora a punto de entrar en su casa. Es una mujer amable, educada, se llama Gregoria y en su cara y en su conversación se traslucen las buenas maneras y el seño­río de los castellanos viejos. La señora Goya me ha dicho que las casas del pueblo son casi todas viejas, que la suya la construyeron hace 227 años. Nunca tuvo muchos habitantes Las Navas -me sigue explicando la buena mujer-, pero que dentro de unos días el pueblo se volverá a quedar medio desierto cuando pasen unos días, porque sólo son cuatro o cinco las casas abiertas que quedan en el pueblo durante el resto del año.
En Las Navas de Jadraque no se han visto en la obligación de cambiar su fiesta a mediados de agosto, como ha ocurrido con cientos de ellos, sencillamente porque siempre tuvieron por patrona la Asunción de la Virgen con fiesta el día quince, como siempre. Durante esos días las casas abiertas son casi todas, excepción hecha de las pocas que se dejaron hundir, que, como cabe suponer, ha sido otro de los males endémicos de tantos pueblos de Castilla parejo al éxodo de sus habitantes sus habitantes durante casi toda la segunda mitad del siglo XX.
Una calle más larga que las demás y con pavimento recien­te de planchas de piedra y hormigón, me conduce hasta la plaza de abajo, irreconocible desde mi anterior viaje. Dentro del ruralismo de su estampa, es una plaza hermosa, con una fuente abrevadero en mitad y dos piedras planas en pie como remate, que quienes viven en ella procuran cuidar con decoro y sentido común.

A Las Navas lo rodean más allá de los valles próximos que le dan nombre, montañas en todas direcciones; montañas grises, cubiertas apenas de matorral y de estepas, de roble y de cualquier otra especie casual de esos cientos o miles de variantes que enriquecen la flora por estas serranías. Como nota señera por el saliente, las torres metálicas en la cima del Alto Rey.
Bajo el tibio sol de finales de agosto, Las Navas de Jadraque, el pequeño lugar de nuestro macizo norte, se dispone a atravesar en paz el complicado puente de un nuevo otoño y de un nuevo invierno, en uno de los parajes más recónditos y distinguidos de nuestra geografía.

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