sábado, 19 de febrero de 2011

SABINAS, PINOS Y CARRASCAS


Esas son las especies arbóreas que tiñen el paisaje de un verde ceniza, de un verde mate y tristón por las tierras de la provincia que hoy elegí para salir de viaje en una mañana soleada y fría del mes de noviembre. El invierno según el calendario todavía tardará en venir, pero por estas soledades hace tiempo que se instaló de hecho. La Alcarria como comarca geográfica ha quedado atrás, para mi uso el cauce del río Ablanquejo sirve de límite entre la Alcarria y los primeros páramos molineses del alto Tajo.
Estoy a punto de llegar al pueblo de Huertahernando, una villa antigua y a trasmano, pero extraordinariamente hermosa. El pueblo deja ver arriba las casas que miran al barranco donde están los huertos, con la espadaña de su iglesia desafiante mirando hacia las puestas del sol. Por aquí son las sabinas las que puntúan la ladera que cae sobre el pueblo. Una vez arriba, dejando el pueblo atrás a nuestra mano izquierda, el terreno se allana y los pinos, las sabinas y el encinar, se reparten la superficie del campo dejando pequeños claros para el barbecho. Siempre que paso por aquí me viene a la memoria la figura mítica del obispo don Bernardo, que murió según la tradición peleando por estos páramos cuando los incondicionales de Alá ocupaban nuestro suelo desde hacía más de cinco siglos.
El monasterio de Buenafuente está más adelante. Antes de llegar a Buenafuente hay en el cruce varios indicado­res que informan sobre cuales son y adonde van los distintos ramales de carretera que parten de allí: el Monasterio, Mazarete, Ablanque y Villar de Cobeta. Según lo que tengo previsto es la carretera de Mazarete la que debo tomar. A Buenafuente del Sistal volveré en otra ocasión para dedicar al monasterio todo mi tiempo.
A partir de aquí el estado de la carretera es más deficien­te; corre entre bosque y calveras sin que en todo el trayecto me haya cruzado con vehículo alguno que venga o que vaya de un pueblo a otro. Ocurre a veces que al andar por lugares intransi­tados de la Provincia, como por el que ahora voy, de tarde en tarde aparece un vehículo conducido por alguna mujer joven, suelen ser la médica o la maestra itinerante que prestan sus servicios a la vez en varios pueblos de la misma comarca. Ni siquiera en esta ocasión me cruzo con el coche habitual conducido por manos blancas.
A mano derecha surge muy pronto otro desvío de carretera. Tomando ésta última se llega enseguida a Olmeda de Cobeta. Las casas del pueblo que dan a la umbría, con la espadaña de la iglesia al contraluz, se estiran de saliente a poniente a lo largo de un altillo. Ya he llegado al pueblo. A la entrada hay en Olmeda un pequeño monumento de piedra sillar acabado en una cruz de hierro; intento hacerme a la idea de que se trata de un pairón, pero nada tiene que ver con los característicos cruceros molineses, aun teniendo en cuenta que las tierras del Señorío llegan hasta aquí y que el suelo que piso es parte integradora de la antigua sexma del Sabinar. Pese a ser tierra de sabinas y no de olmos, el nombre del pueblo dicen que procede de los frondosos ejemplares de la especie que en otro tiempo debió de haber junto al arroyo.
Olmeda de Cobeta no es pueblo para el otoño, sino para el verano. Pequeño paraíso para el descanso en paz cuando las horas del día y de la noche se hacen insoportables en otras latitudes donde pica el sol, quema el asfalto y mortifican los ruidos incesantes de la ciudad. El campo está abierto para disfrutar de él. El frontón de pelota, construido en 1920 y restaurado después, queda en silencio con hojas secas sobre el liso pavimento. Un perro ladra allá abajo, por el fondo de la vega.
Espero que la villa de Cobeta sea el punto final de mi viaje según había previsto. Queda a poca distancia de aquí. La carretera entre los dos empalmes, el de Olmeda y el de Cobeta, está sencillamente aceptable; se nota que los restauradores se dieron una vuelta hace poco con la caldera del asfalto. Al cabo llego hasta la casilla de la que parte el otro ramal que baja hasta Cobeta. Hay un anciano sentado junto a la pared. Algo más abajo, me sorprende al lado de la carretera un banco de hormigón colocado a la sombra de una sabina. Seguro que los veraneantes de más edad suben de paseo y allí descansan, charlan un poquito bajo el ramaje de la sabina y se vuelven después al pueblo con la inclinación del suelo a su favor.
La villa de Cobeta saluda a los visitantes con el torreón completamente redondo de su castillo encima del otero que le sirve de peana. Y digo completamente redondo, como un tubo gigantesco de piedra rodena, porque es así, porque lo han completado con gusto y con acierto, sabido que hasta hace muy poco la torre estaba partida de arriba a abajo en su mitad.
Todavía conserva Cobeta la chispa señorial que tuvo hace varios siglos. Se nota su noble antigüedad en muchos detalles que se repiten a lo largo del pueblo y en su entorno más cercano. Es la villa de los Tovar que fueron los señores del Castillo, de los López Pelegrín que dieron a su tiempo personajes ilustres, posesión siempre en litigio hace más de cinco siglos de las monjas de Buenafuente, y escenario de duros enfrentamientos entre la francesada de Napoleón y los bravos molineses de la Junta de Defensa que aquí mismo, en este Cobeta donde acabo de entrar, instalaron su fábrica de armas.
En casi todos los edificios de Cobeta -los antiguos y los modernos- queda a la vista el color sanguino, amarronado, de la piedra dura pero fácil de trabajar de la arenisca, que sale de sus canteras próximas y tiñe al pueblo de unos tonos caracterís­ticos, exquisitamente elegantes. Lástima que a pesar de todo esto el pueblo se encuentre con su población diezmada con arreglo a lo que antes fue; prueba evidente de que son las condiciones de vida y las circunstancias personales de cada cual, lo que retienen al hombre en la tierra de origen, y no el ambiente urbanístico y climatológico del lugar, pues, de no ser así, la villa de Cobeta sería un paraíso lejano, perdido entre dos sierras, donde sólo unos cuantos podrían gozar de la dicha infinita de vivir al amparo de la naturaleza madre. Bien lo previeron los dueños de estas casas nuevas, medio castillo, medio chalé, que hay en la ladera, marcadas por el gusto y por la personalidad de acuerdo con el paisaje; serie de viviendas de ensueño, todas nuevas, impecables, que parecen inspiradas cinco siglos después del alma del castillo, cuya torre se yergue justamen­te al otro lado.
Hace muchos años, veinte quizás, que anduve por primera vez por las calles y plazuelas de Cobeta. El pueblo ha mejorado mucho desde entonces, no parece el mismo. Hoy no he visto aquellos pequeños corrillos de mujeres hablando y cosiendo a la puerta de sus casas y en el escalón de la iglesia; tampoco a los hombres faenar en los huertos de la veguilla. Era otro tiempo, es verdad; quizás vivan aún algunos de ellos intentando cruzar como buenamente puedan el túnel del invierno. Es la eterna cantinela de nuestros pueblos, donde la modernidad se llevó a pesar de todo la mejor parte: el elemento humano imposible de recuperar. Al salir, la fuente de la carretera rumorea sobre su leve piloncillo de piedra.

(En la foto, un aspecto de la villa de Cobeta)

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